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77 min Pechuga De Pavo Precocida Para Una Multitud.

Enviado en 1795 por la Sociedad africana de Londres, alcanza Bambarra, ve el Níger, recorre quinientas millas con un traficante de esclavos, explora la costa de Gambia y regresa a Inglaterra en 1797; vuelve a partir el 30 de enero de 1805 con su cuñado Anderson, el dibujante Scott y un grupo de operarios; llega a Gorea, se une a un destacamento de treinta y cinco soldados y vuelve a ver el Níger el 19 de agosto; pero entonces, a consecuencia de las fatigas, de las privaciones, de los malos tratos, de las inclemencias del cielo y de la insalubridad del país, no quedaban ya vivos más que once de los cuarenta europeos; el 16 de noviembre llegaron a manos de su esposa las últimas cartas de Mungo-Park, y un año después se supo por un comerciante del país que, al llegar a Busse, a orillas del Níger, el 23 de diciembre, el desventurado viajero vio cómo arrojaban su barca por las cataratas del río antes de ser degollado por los indígenas. -¿Y un fin tan terrible no contuvo a los exploradores? -Al contrario, Dick, porque entonces no sólo hubo que reconocer el río, sino también buscar los papeles del viajero. En 1816 se organizó en Londres una expedición, en la cual toma parte el mayor Gray; llega a Senegal, penetra en el Futa-Djallon, visita las poblaciones fuhlahs y mandingas, y regresa a Inglaterra sin otro resultado. En 1822, el mayor Laing explora toda la parte de África occidental próxima a las posesiones inglesas, siendo el primero en llegar a las fuentes del Níger; según sus documentos, el nacimiento de este río inmenso no tiene dos pies de ancho. -Es fácil de saltar -dilo Joe. -¡Fácil! -replicó el doctor-. Según la tradición, cualquiera que intenta cruzar de un salto aquel manantial es inmediatamente engullido, y quien quiere sacar agua de él se siente rechazado por una mano invisible. -¿Y me está permitido -preguntó Joe- no creer una palabra de la tradición? -Nadie te lo impide. Cinco años después, el mayor Laing atravesaría el Sahara, penetraría en Tombuctú y moriría estrangulado unas millas más arriba por los ulad-shiman, que querían obligarle a hacerse musulmán. -¡Otra víctima! -Entonces, un joven valeroso y con muy escasos recursos, emprendió y llevó a cabo el viaje moderno más asombroso.

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104 min Enorme Polla Tubo Maduro Blog Tubo Eran allí todas las mujeres partidarias decididas de don Román, que tenía a raya los vicios de sus maridos; sabían lo que en la taberna se trataba delante de éstos, y los veían llegar a deshora de la noche, y no siempre en sus cabales. Reprendíanlos ellas, murmuraban ellos; y como los más crédulos o suspicaces dejaban traslucir las sugestiones de que iban henchidos, la indignación de las mujeres crecía, y llegaba al apóstrofe seco y punzante; el apóstrofe provocaba una réplica brutal, la réplica un lamento, el lamento la disputa, y la disputa arañazos y repelones más de dos veces. Algo se reflejaba de estos desacuerdos domésticos en la mies al otro día (andábase, a la sazón, en las faenas de la siembra); algún cuchicheo se notaba el domingo en el corro; pero podía asegurarse que, de tejas afuera, el respeto a don Román sellaba todavía los labios e impedía toda manifestación irreverente, hasta en los autores del infame complot. De todas maneras, lo que estaba sucediendo en el pueblo era por todo extremo alarmante, y aumentaba en gravedad de día en día: la taberna parecía absorbente vorágine que se engullía a los hombres de Coteruco en cuanto salían dos pasos más allá de los umbrales de sus puertas. En la noche a que en este nos referimos, no se veía a los cuatro jugadores, ni el velón que los alumbraba sobre el tosco tablero de roble que servía de mesa: tan circuídos estaban de curiosos. Amontonados unos sobre otros, de puntillas los más bajos, estirando todos el pescuezo y abriendo mucho los ojos y la boca, trataban de leer en los mugrientos naipes lo que ligaba cada uno, o quién envidiaba en falso, o quién se caía con treinta y ocho, o quién aceptaba el resto con veinticinco, sabiendo, por discretísima seña del compañero, que había cuarenta redondas en el mano. Real y positivamente lo entendían aquellos cuatro jugadores. Cada envite era una emboscada, y un prodigio de previsión cada caída. Estos atractivos y el inaudito valor de lo jugado, daban a la partida un interés incalculable. Además, Patricio hablaba como un sacamuelas, y siempre fue muy celebrada en el pueblo su garrulidad; Barriluco no cantaba un punto ni tendía una sota sobre la mesa, sin traer a cuenta los resbalones de algún notable; Facio echaba la culpa de sus golpes desgraciados a los deslices del cura, y Polinar se jactaba, en son de burla, de no apurarse por las pérdidas, porque cerca estaba don Román para sacarle de apuros «con su cuenta y razón», como había sacado en su día a Barriluco; el cual, a instancias de Facio, contó el episodio de la caldera y desmintió en redondo que se la hubieran devuelto a su mujer con dinero encima, jurando, por aquellas cruces que hacía con los dedos (un poco torcidas, eso sí), que para rescatarla tuvo que vender uno de la vista baja (con perdón de los oyentes) y un celemín de fisanes. En éstos y otros análogos trances, los concurrentes se miraban entre sí, y Patricio los miraba de reojo; y cuando en alguno de ellos notaba incredulidad, o siquiera duda, le alargaba un vaso de vino de lo del jarro que estaba sobre la mesa para consumo de los jugadores, y solía decir, como si le inspirara el piadoso fin de que allí no saliera nadie lastimado en su reputación: -Cuando los dichos son de ese modo, ya es pasarse de lo justo. Todos sabemos muy bien que a Dios no se le engaña. Pues dejemos a Dios que se entienda con el que obra mal. y nosotros, a lo que estamos. -Es de razón, -se le contestaba, apurando el vaso.

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66 min Hace Tu Polla Más Grande Tubo Aquí está una de rayar. -Perfectamente. Escriba usted con escritura española el mismo número y la misma palabra en estos otros papelitos -y Daniel dio a Don Cándido ocho papeles más. -¿Es decir, que quieres que desfigure la letra? -Pero, Daniel, eso está prohibido. Señor Don Cándido, ¿me hace usted el favor de escribir lo que le dicto? -Bien; ya está -dijo Don Cándido después de haber escrito con la pluma gruesa, y en forma española, el número y la palabra. -¿Tiene usted tinta de color? -Aquí hay punzó de la mejor clase, superior, brillante. -Úsela usted, pues, para estos otros-papeles. -¿El mismo número? -Y la misma palabra. -¿En qué escritura? -Francesa.

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WEB-DL Chicas Desnudas En Pulgares Pintados Uniformes -exclamó Luisa-. ¡Vamos adonde estén ellos: A salvarles! ¡Ella es amiga de Ud. y él es mi esposo! Elvira no necesitó oír más. Mandó al cochero ir a toda prisa a la casa de campo de la condesa. -No importa reventar los caballos -dijo-, yo los pago. Y el coche partió veloz desempedrando las calles po donde pasaba. Cuando don Francisco había ido a visitar a la condesa aquel día salió de Madrid bastante temprano, pero no tanto que Carlos, advertido la noche anterior de su resolución. No hubiese podido prevenirla. Así pues, recibió la visita del anciano con la posible serenidad, algunos minutos después de haberla dejado Carlos, que se anticipó a su padre. La visita fue corta, y Catalina, que no esperaba a su amante hasta la proximidad de la noche, habíase encerrado en su aposento con su habitual tristeza. Eran las cuatro de la tarde, poco más o menos, cuando oyó el ruido de un coche, y pensó que Carlos anticipaba su visita algunas horas, cosa muy natural atendida a su marcha que debía verificarse al siguiente día y que acaso la obligaría a dejarla aquella noche más temprano que lo hacía regularmente. Llamó a uno de sus criados y dijo: -Que entre. Sin salir a recibirle como lo tenía de costumbre.

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31 min Top Gratis Video Porno Completo Dvd El licor de grosella lo fue dando uno a uno en una copa rota que era propiedad suya. Yo estaba sentado a su derecha; los demás, agrupados a nuestro alrededor, unos en las camas más próximas y otros en el suelo. ¡Cómo recuerdo aquella noche! Allí sentados, ¡cómo charlábamos en un susurro! Mejor dicho, charlaban: yo escuchaba en silencio. La luna entraba en la habitación por la ventana, dibujando otra pálida ventana en el suelo, y la mayoría de nosotros estábamos en la oscuridad, excepto cuando Steerforth encendía un fósforo de su caja para buscar algo en la mesa, y era un instante de luz azul sobre todos nosotros. Un misterioso sentimiento, consecuencia de la oscuridad, del secreto del festín y del cuchichear de todos a mi alrededor, se apodera nuevamente de mí al recordarlo, y escucho lo que dicen con un sentimiento vago de solemnidad y temor, sintiéndome dichoso de sentirlos al lado y asustándome, aunque finjo reír, cuando Traddles dice que ve a un fantasma. Les oí las cosas más diversas sobre toda la escuela y los que la habitaban. Oí decir que míster Creakle tenía mucha razón al llamarse a sí mismo tártaro; que era el maestro más cruel y severo, y que todos los días golpeaba a los niños a diestro y siniestro, lo mismo que a un rebaño, y sin compasión; que no sabía nada, fuera de castigar, siendo más ignorante (lo decía J. Steerforth) que el chico más obtuso de la escuela; que hacía muchos años había sido comerciante en vinos en Boroug; que había emprendido el negocio de la escuela después de hacer bancarrota en los vinos, y que si al fin había conseguido salir adelante era gracias al dinero de mistress Creakle. Les oí todo esto y muchas cosas más de este calibre, que yo no comprendía cómo habían sabido. Supe también que el hombre de la pierna de palo se llamaba Tungay; que era bruto y tozudo-, que había trabajado con Creakle en el negocio de vinos, y que si luego le había conservado en este otro negocio era porque se había roto la pierna a su servicio, le había ayudado en muchas cosas sucias y estaba enterado de todos sus secretos. Supe también que, exceptuando a Creakle, Tungay consideraba a todos, profesores y discípulos, como sus naturales enemigos, y que el único goce de su vida era hacer daño. Oí que mister Creakle había tenido un hijo, a quien Tungay no quería; que el muchacho había ayudado a su padre en la escuela, pero que habiéndole hecho en una ocasión observaciones sobre la disciplina del colegio, tachándola de cruel, y habiendo protestado también, según se suponía, del mal trato que daba a su madre, míster Creakle le había repudiado, y desde entonces su mujer y su hija estaban siempre tristes. Pero lo que más estupor me produjo de todo fue saber que existía en la escuela un muchacho sobre el que míster Creakle no se había atrevido a poner aún la mano, y este muchacho era Steerforth.

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Gratis ¿cómo Puedo Conseguir Un Poco De Coño ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres? ¿Cómo fundar o refundar una aristocracia con los Rozsahegy a la rastra? Yo tenía fuerzas suficientes para imponer a Eulalia, pero no a Irma y a don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería. Eulalia, a veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me había desgraciado. -María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de triunfo -me decía yo-. Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente, Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María, es la única que no puede exigirme que la imponga a esta sociedad, por mezclada que esté, porque no he de llevarla a los «bailes de la Bolsa» u otros «peringundines», sino precisamente a los salones tradicionales que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos recibieran mal. Mi tía Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque un médico, allá en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la dejó para siempre con la cabeza bamboleante, como una perlática, mi madrina de casamiento, en fin, me ilustró el punto casi con tanta crueldad inhábil como la del cirujano que la mutilara, agostando su juventud, su gracia y su talento de mujer. -Tenemos, sí -me dijo-, la aristocracia del dinero; pero es superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en el Colón, al ver cuajada de diamantes nuestra más alta sociedad: «¡Muy hermoso, pero huele a bosta! Todos somos descendientes de negociantes o estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos de su abuelo pulpero, tendero, zapatero o criador, es el más aristócrata. Tú, con tu casamiento, has perdido dos o tres peldaños, porque el patán de tu suegro vive y se muestra demasiado. Es un «carcamán», y eso no se te perdona.

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62 min El Sexo Y La Ciudad Mr Demasiado Grande Y, sin embargo, pudo ser, vaya si pudo ser. Durante toda la mañana, sin dejar de atender a su obligación con rutinaria y maquinal asiduidad, se caldeaba los sesos imaginando cómo sería la prodigiosa cábala del matemático de Madrid, y entreteniendo con variadas hipótesis su afán de conocerla. Corriendo parejas con el viento, aquella imaginación que en la edad senil se desbocaba, renovando los brincos y retozos de la juventud, lanzábase por otros espacios. Ya se figuraba el buen viejo que, los planes de casar a Lorenza tenían realización cumplida, y que su sobrina era dueña de medio Toledo; ya que le encargaban a él la administración de las fincas rústicas y urbanas, y que se estaba comiendo, en el cigarral de Guadalupe, los primeros albaricoques de la cosecha del año. Y qué bien le sabían, ¡zapa! ¡y qué ricos estaban! I Ya no empleaba Guerra las frescas mañanas de Diciembre en vagar con soñadora inquietud por las partes más solitarias y poéticas del histórico pueblo. Como reacción de aquella actividad, entrole una pereza también soñadora, y se pasaba las horas muertas en su cuarto, sin más compañía que la del Niño Jesús y los acericos, leyendo o meditando hasta que llegaba el ansiado momento de visitar a los mancebos. El sabio Palomeque prestábale libros, entre los cuales Guerra prefería los de Historia, y de éstos los de Mariana, porque aquel estilo ingenuo y viril le cautivaba, así como la espontaneidad y frescura con que el mundo antiguo salía de sus páginas. Los reyes y príncipes que la lectura, cual arte mágico, ante sus ojos resucitaba, parecían encajar dentro de los muros y entre las callejuelas de aquella ciudad, como si no debieran ni pudieran existir allí otra clase de habitantes. ¡Qué disonancia entre Toledo y D. José Suárez, verbigracia, o D. León Pintado y el mismo Palomeque! Echándose a divagar mentalmente, comparaba lo que leía con la realidad coetánea, y en verdad no llegaba a convencerse de que lo presente fuera mejor que lo pasado. Acordándose de Madrid, y de la política y la sociedad, todo informado de un modernismo que lustrea como el charol reciente, llegaba a creer que vivimos en el más tonto de los engaños, sugestionados por mil supercherías, y siendo los prestidigitadores de nosotros mismos.

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109 min Experimentos En Plantas Reproductivas Sexuales. La dehesa de los duques, Los Cimbrales, que empezaba en Torrecilla, del Pardal, tenía el histórico palacio a media legua y tendíase por los valles y montañas de tres pueblos. Más de veinte años hacía que no habían venido a ella estos señores. Al duque únicamente le recordaba Mataburros, porque, cuando niño, habíale acompañado con su padre en las grandes cacerías. Así se lo manifestó a los contertulios. -¡Anda, hombre, salúdale! -excitó en seguida a José de San José. Y ya que éste, mirando como lelo al corro que íbase formando, no se resolvía, lanzóse él mismo, gorra en mano. Un pasmo, tanta audacia. Vióse a Mataburros, con sus grotescas figura y decisión de Sancho Panza, abrirse paso entre la gente, llegar al automóvil principal y darse a conocer: -Señor duque, yo tuve el honor de cazar con vuestra, excelencia cuando chico. Soy el hijo del Pelao, y veterinario, para lo que pueda necesitar vuestra excelencia. -¡¡Del Pelao? El duque le tendió una mano, y con la otra palmeábale en el hombro. Se informaba, del Pelao, ya muerto, célebre cosario, por quien él tuvo simpatías.

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116 min Azotó A Su Esposa Varias Veces

105 min Azotó A Su Esposa Varias Veces -Mirella. La exclamación es casi un bostezo, también hacia Mirella. Hemos hablado ya muchas veces de literatura, y he podido admirar cuánto ama la vida esta mujer tan mal amada. Ella no comprende los idílicos o plácidos libros pasados, en nuestra época. Gusta de psicologías y problemas hondos, y detesta, más que nada, de los exquisitos del arte por el arte que no saben encarnar un corazón -en odios, en pasiones, en todas las modernas recónditas fierezas que surgen por las entrañas detrás de los aspectos escépticamente sonrientes. La he oído frases que no olvidaré: «Lo que más necesita un escritor es un concepto total y firme de la vida. «Escribir novelas debe ser el arte de saber todo aquello que no debe ser escrito». «Una novela que no encierra toda la vida aplicada a un caso particular, vale poco». Ha vuelto de nuevo la cabeza hacia mí y está mirando la admiración de ella en que caigo tan fácilmente; pero la ve tan alta, tan llena de noble fraternidad, que la acepta amiga y confiada en sus serenos ojos valerosos. Habla: -¿Quiere usted prestarme la Lea, de Prevost, que leía ayer? -Sí -contesto- y usted deme Mensonges, si la acabó; no la conozco. -Sí -responde. Y se levanta, con su gracia ágil, y me levanto, y bajamos.

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2160p Fotos De Coño Joven Apretado Xxx

90 min Fotos De Coño Joven Apretado Xxx Bajo la dirección de la santa mujer, las asperezas se fueron suavizando, las brusquedades desapareciendo, adquirió aquel carácter dulce igualdad, y perdió todo lo que de exaltación en él había. Y como si, cumplida su misión sobre la tierra, la dulce mártir volar pudiera al cielo, llegó su hora. Eran las once de la mañana de un magnífico día de junio. Brillaba el sol en medio de la lámina azul de un cielo de cobalto que se reflejaba en la transparente superficie de las dormidas aguas; bandadas de pájaros cortaban la atmósfera límpida y tibia; blancas velas se perdían del horizonte al confín, y a veces la brisa rizaba las ondas y venían las olas a morir en las costas. En la terraza estaba la enferma hundida en almohadas. Sobre la nívea blancura se dibujaba el amarillo contorno de su agónica tez; de su pecho escuálido salía ronca y trabajosa la respiración; sus ojos azules, hundidos, muy hundidos, miraban con inmenso fervor al cielo. A sus pies, sentado en un pequeño taburete, estaba su hijo estrechando entre sus manos la demacrada de su madre, que de vez en cuando cubría de besos. Habló la pobre tísica con voz apenas perceptible, llena de cadencias de ternura. Iba a morir, y su hijo quedaría solo en medio del mundo, que desconocía. Era preciso que buscase una mujer digna de ser su compañera en las alegrías y tristezas de la vida. Él era bueno, noble, listo, sabio; ¿cómo no serlo, si su padre, compendio de sobrias virtudes, le había dedicado su vida entera, y ella, pobre mujer, todo su corazón? Era preciso, sí, que buscase una muchacha que le amase, pero no para ir a enterrarse con ella en el viejo caserío, sino para vivir en el hermoso mundo, donde sus méritos debían lucir y donde soñaba en su amor materno lauros para él. No; ella no creía, como su marido, que día llegaría en que resucitaran los nobles con todos los esplendores de la edad feudal, y que, mientras, deben esperar recluidos en sus casas el momento del triunfo. pero, en cambio, creía en la bondad de aquel mundo donde quería lanzar a su hijo, convencida de que la victoria sería suya. Y habló cual si hubiera muerto.

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