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¿Era que una honesta esposa, creyéndose en completa soledad, no pudiera tumbarse y cruzar las piernas a su gusto? «¡Miserable, sí, bien miserable! Este descuido de la excelsa dama, habíalo aprovechado él villanamente para solazarse mirándole las piernas -y ella ¡era lo peor! habíalo visto, y no reconocería otra causa la complejidad de aquella sonrisita. -¡Traición y deslealtad! ¡Torpeza, sobre todo, mucha torpeza! Recobró la pluma y púsose a escribir. Su torpeza le escocía. Todo le hacía pensar que esta mujer era una zorra. hasta sus recuerdos del billar. Todo le hacía creer, no obstante, al mismo tiempo, que esta mujer era una santa. hasta sus cándidos olvidos y descuidos. En efecto, una mujer que entra y que se sienta a leer donde hay un hombre, ¿podría a los diez minutos haberse olvidado su presencia si no fuese la de ella un alma noble y pura que en nada se preocupa de los hombres? ¿Podría siquiera admitirse, además, que una dama de esta distinción, bella y rica, viniese a provocar a nadie enseñándole las piernas como una friega platos? ¡Oh, y a él. un humilde serviciario de la casa! Escribió, desechando de la mente tanto absurdo. Se atuvo a su estadística.

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56 min Peliculas De Mierda Gratis De Lenth Granny Gratis -Así en efecto fue, así. -dijo Leré suspirando con tristeza-. De todo esto resulta una verdad desconsoladora, y es que el carácter, el temperamento no se pueden reformar. La razón manda mucha fuerza, la piedad y la fe más todavía; pero las tres juntas no pueden variar la naturaleza de las cosas. Con todo, si el carácter no se modifica, puede domarse con esfuerzos de la voluntad sobre sí misma, repitiéndolos sin descanso un día y otro. El que consiga este triunfo sobre su propia ferocidad, el que sepa acorralar y tener encadenada su cólera, sintiéndose consecuente consigo mismo en su interior, y al propio tiempo dueño y carcelero de sus instintos malos, ese estará preparado para la vida eterna y gloriosa y como hemos convenido (Con gracejo. en que es preciso salvarle a usted a todo trance, tiene usted que prestarnos ayuda, empezando por nombrarse cabo de vara de sí mismo. -Acepto el empleo, y dime cómo se empieza, para entrar pronto en funciones. -Amigo D. Ángel, hay que usar con usted un poco de tiranía y de crueldad. Si no metemos en cintura ese carácter, nos hará una jugarreta el mejor día. Y para la doma, ya lo sabe usted, no hay mejor maestro que el látigo. Prepárese usted a descargar sobre su carácter una mano de zurriagazos de los que levantan tiras de pellejo y duelen horriblemente. Si lo trata usted con blandura, no adelantaremos nada con ese pícaro. Conque prepararse. -En ello estoy. Venga ese látigo, y yo te juro que me pondré como un Ecce-homo -replicó Ángel, tan fascinado por la bendita hermana del Socorro, que ante ella rendía la voluntad y el alma toda, como el caballero andante ante la señora ideal de sus pensamientos. VIII -Pues manos a la obra -dijo la maestra-.

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12 min Superando A Una Ex Novia Lesbiana Como dato de no escaso interés apuntaremos que lo que aquí se va contando ocurrió en un año que no está muy cerca del presente, ni tan poco muy lejos, así como también se puede decir que Orbajosa (entre los romanos urbs augusta, si bien algunos eruditos modernos, examinando el ajosa, opinan que este rabillo lo tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo), no está muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos al Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible esté en todas partes, y por do quiera que los españoles revuelvan sus ojos y sientan el picor de sus ajos. Repartidas por el municipio las cédulas de alojamiento, cada cual se fue en busca de su hogar prestado. Les recibían de muy mal talante, dándoles acomodo en los lugares más atrozmente inhabitables de las casas. Las muchachas del pueblo no eran en verdad las más descontentas; pero se ejercía sobre ellas una gran vigilancia, y no era decente mostrar alegría por la visita de tal canalla. Los pocos soldados hijos de la comarca eran los únicos que estaban a cuerpo de rey. Los demás eran considerados como extranjeros de la extranjería más remota. A las ocho de la mañana un teniente coronel de caballería entró con su cédula en casa de Doña Perfecta Polentinos. Recibiéronle los criados, por encargo de la señora, que hallándose en deplorable situación de ánimo, no quiso bajar al encuentro del soldadote; y señaláronle para vivienda la única habitación al parecer disponible de la casa, el cuarto que ocupaba Pepe Rey. -Que se acomoden los dos como puedan -dijo doña Perfecta con expresión de hiel y vinagre-. Y si no caben que se vayan a la calle. ¿Era su intención molestar de este modo al infame sobrino, o realmente no había en el edificio otra pieza disponible? No lo sabemos, ni las crónicas de donde esta verídica historia ha salido dicen una palabra acerca de tan importante cuestión. Lo que sabemos de un modo incontrovertible es que lejos de mortificar a los dos huéspedes que les embaularan juntos, causoles sumo gusto por ser amigos antiguos. Grande y alegre sorpresa tuvieron uno y otro cuando se encontraron, y no cesaban de hacerse preguntas, y lanzar exclamaciones, ponderando la extraña casualidad que los unía en tal sitio y ocasión. -Pinzón. ¡tú por aquí! pero ¿qué es esto? No sospechaba que estuvieras tan cerca. -Yo oí decir que andabas por estas tierras, Pepe Rey; pero tampoco creí encontrarte en la horrible, en la salvaje Orbajosa.

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24 min Lesbo Video 2008 Jelsoft Enterprises Ltd Lucrecia se me presentó desolada. La compadecí, le prodigué los consuelos que mi alma generosa me sugería, y por último, observando que su pena no tenía más alivio que el contármela a mí, decidime a protegerla; hablamos, nos entendimos, y punto concluido. Mi doble juego de amor fue descubierto a los pocos días por las dos apasionadas hembras, a quienes yo engañaba y entretenía con toda clase de sutilezas o equilibrios. El resultado fue que estalló el conflicto una mañana. Encontrándose en la calle de Santa Isabel se acometieron, se arañaron, se dijeron cuanto dos bravas mujeres pueden decirse en caso tal, y se arrancaron recíprocamente mechones de sus respectivas cabelleras, negra la una, rojiza la otra. El culpable de aquella mujeril trifulca, que los periódicos narraron como un caso de risa y festejo, fue el bendito chiflado don José Ido, a quien entregué dos cartas, una para cada cual, y el desventurado filósofo las trabucó y. Ya comprendéis lo demás. Cuando enterado de la zaragata increpé al mensajero por su descuido, me respondió con fría y angelical serenidad: «Francamente, naturalmente, yo pensé, señor don Tito, que usted, en vez de regañarme, me agradecería la equivocación, porque así, enzarzadas la una con la otra, se ve usted libre de las dos, y quedará en franquía para mejor arreglo con una sola». No dejé de apreciar en su justo valor esta sutil filosofía; pero, ¡ay! del lance mujeriego no me resultó el beneficio que el candoroso Ido presumía, sino todo lo contrario. Sucedió que cuando se hallaban Lucrecia y Pepita en lo más recio de su pelea, acudió a separarlas y a poner paz una señora que con su criada venía de hacer la compra en el mercado de los Tres Peces. Logró el armisticio entre ellas; oyó las razones de cada cual, y con humanitaria diligencia vino a mí para gestionar avenencia y concordia con una de ellas, ya que con las dos no podía ser. Y cómo se arreglaría la desconocida señora en su arbitraje, que de las sucesivas conferencias resultó que llegué a un modus vivendi con las dos separadamente, y luego me entendí con la mediadora, que era mujer agradable, viuda en buena edad y de no poca sal en la mollera. Yo no sé qué tengo, señores que me leéis, no sé qué tengo. Lo mismo es hablar yo con una mujer, que esta se pone tierna y no tarda en enloquecer por mí. No sé lo que tengo, repito, no sé. De lo que acabo de referir, salió, como podréis suponer, mayor desventura mía, y el trabajo hercúleo de tener que triplicarme con diarias fatigas y combinaciones. La más amada de las tres era la que fue mediadora. Trataba yo de que fuera la única; pero tales dificultades y trapisondas me salieron al paso en mi tentativa de moralidad, que hube de seguir bailando, como decía el otro, en el triple trapecio de Trípoli, hasta que la desdichada derivación de tales hechos dio su funesto resultado.

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73 min Videos De Hombres Entrando Coños El encontrarme tan solo, tan alicaído, tan desquiciado moral y materialmente, me aproximó a doña Milagros. Libre de la preocupación de que el trato con la comandante pudiese ocasionar celosos desvaríos, me entregué sin escrúpulo al consuelo de oír y ver a una señora que tan especial afecto me demostraba, y más aún que a mí, a mis hijos, y particularmente a las gemelillas, de las cuales puede decirse que no se apartaba casi. Mi amorosa lástima de los huerfanitos vestidos de luto que veía a mi alrededor, mis inquietudes por su porvenir; mi prurito de que fuesen dichosos, se convirtió en apasionada gratitud hacia doña Milagros, que obraba el prodigio de reanimar nuestra casa, siendo el único rayo de luz que entraba en mi hogar velado por tétricos crespones. En aquellos días de dolor, nostalgia y prueba, además de la pareja de ángeles que me dejó mi compañero como recuerdo vivo de sus últimos instantes, vino a aposentarse en mi casa otro ser impecable e inocente. Describiré su físico, con toda la prolijidad que merece belleza tan divina. Tenía esta lindísima criatura el cabello abundoso, rubio, de un matiz de oro cendrado, formando tirabuzones y caprichosas sortijillas alrededor de la frente, la cual era tersa, lisa y blanca como el alabastro más puro. Rodeaba sus ojos azules tan grandes que parecían mayores que la boca, una selva de curvas y negrísimas pestañas. Miraba con serena dulzura, algo atónita. Su naricilla era perfecta, redondeada y con meseta en la punta como las de las esculturas clásicas; bajo la nariz, un hoyo suave anunciaba las carnosidades y curvaturas de la imperceptible boquita, rehenchida como dos mitades de guinda, roja lo mismo que coral; y entre ella brillaban los dientes blancos, menudos y tan parejos, que su igualdad causaba asombro. No era menos sorprendente la pureza del contorno de sus mejillas, ni el arrebol siempre igual, limpio y delicadamente difuminado que las coloreaba. También las orejitas, la garganta y los brazos se hacían notar por su forma, así como las manos, que generalmente tenía extendidas, en actitud cariñosa de acoger o implorar. Con ser tan acabada la hermosura de la niña, debo mayores elogios a su dulce genio, a su índole apacible y encantadora. Mientras mis gemelas alborotaban y echaban abajo la casa a berridos, ya porque el ama no se desabrochaba pronto, ya porque no las paseaban o no las acunaban en el momento crítico en que las daba la gana, esta otra recién venida se pasaba horas y más horas en calma absoluta, en perfecto estado de reposo, siempre con sus ojazos azules abiertos de par en par y sus manos gordezuelas extendidas. Jamás se oyó decir de ella que hubiese reclamado destempladamente el necesario sustento, ni que cometiese ningún desafuero en pañales o camisa. Su limpieza y pulcritud rayaban en maravillosas, y a Pura y a Mizucha solíamos decirlas, cuando comían con los dedos o se pringaban de sopa los hocicos: -Mira la Nené, que no se baba y no es una puerca marrana como tú. Y cuando había que cambiarlas el vestido o quitarlas unos pantalones húmedos: -La Nené nunca hace chis en la ropa. Es una monada ver lo aseadísima que se conserva. No rompe los vestidos ni los zapatos andando arrastra por la habitación. En electo, la Nené, pues con este nombre habíamos bautizado familiarmente a la huéspeda, guardaría intacto y fresquísimo su traje de raso rosa con encajes negros, si mis hijas, sobándola y abrazándola y desnudándola y vistiéndola otra vez, no la ajasen sus trapitos de cristianar.

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110 min Fotos De Modelos Sexy Vistiendo Ropa Interior Ambos permanecieron en silencio durante breve rato. Rosario se había levantado. Volvió a sentarse. -Tiemblas otra vez -dijo Pepe-. Rosario, tú estás mala; tu frente abrasa. Tentola y ardía. -Parece que me muero -murmuró la joven con desaliento-. No sé qué tengo. Cayó sin sentido en brazos de su primo. Agasajándola, notó que el rostro de la joven se cubría de helado sudor. -Está realmente enferma -dijo para sí-. Esta salida es una verdadera calaverada. Levantola en sus brazos tratando de reanimarla, pero ni el temblor de ella ni el desmayo cesaban, por lo cual resolvió sacarla de la capilla, a fin de que el aire fresco la reanimase. Así fue en efecto. Recobrado el sentido, manifestó Rosario mucha inquietud por hallarse a tal hora fuera de su habitación. El reló de la catedral dio las cuatro. -¡Qué tarde! -exclamó la joven-.

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H.264 Tía Y Tío Fuerza Joder Adolescente Se desfiguraba el buen caballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberle dado riendas en tierra que al fin no era la suya, venía siempre a parar en que don Manuel tocase en la guitarra que se había traído cuando el viaje, con una ternura que solía humedecer los ojos suyos y los ajenos, unas serenatas de su propia música, que más que de la rondalla aragonesa que le servía como de arranque y ritornello, tenía de desesperada canción de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un duro castellano, en un castillo, allá tras de los mares, que el trovador no había de ver jamás. En esos días la linda doña Andrea, cuyas largas trenzas de color castaño eran la envidia de cuantas se las conocían, extremaba unas pocas habilidades de cocina, que se trajo de España, adivinando que complacería con ellas más tarde a su marido. Y cuando en el cuarto de los libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba don Manuel, sacudiéndose más que echándose sobre uno y otro hombro alternativamente los cabos de la capa que so pretexto de frío se quitaba raras veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, con su cuerpo elegante y modesto, la buena señora doña Andrea, poniendo mano en un pisto manchego, o aderezando unas farinetas de Salamanca que a escondidas había pedido a sus parientes en España, o preparando, con más voluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababan de calmar las iras del republicano, jamás dijo mal don Manuel del Valle, aun cuando en sus adentros reconociese que algo se había quemado allí, o sufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o entrambos. ¡Fuera de la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedras negras parece que sale luz de astro! Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos que fueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos ni escasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por el mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las gentes de talento menesterosas, con tal que éstas se presten a ayudar con sus habilidades el éxito de las tramas con que aquellos promueven y sustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, está hoy viviendo la gente con tantas mañas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado. En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el país, escribió el señor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta, sus azotainas contra las monarquías y vilezas que engendra, y sus himnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, de que «los campos nuevos y los altos montes y los anchos ríos de esta linda América, parecen natural sustento». Mas a poco de esto, hacía veinticinco años a la fecha de nuestra historia tales cosas iba viendo nuestro señor don Manuel que volvió a tomar la capa, que por inútil había colgado en el rincón más hondo del armario, y cada día se fue callando más, y escribiendo menos, y arrebujándose mejor en ella, hasta que guardó las plumas, y muy apegado ya a la clemente temperatura del país y al dulce trato de sus hijos para pensar en abandonarlo, determinó abrir escuela; si bien no introdujo en el arte de enseñar, por no ser aun este muy sabido tampoco en España, novedad alguna que acomodase mejor a la educación de los hispanoamericanos fáciles y ardientes, que los torpes métodos en uso, ello es que con su Iturzaeta y su Aritmética de Krüger y su Dibujo Lineal, y unas encendidas lecciones de Historia, de que salía bufando y escapando Felipe Segundo como comido de llamas, el señor Valle sacó una generación de discípulos, un tanto románticos y dados a lo maravilloso, pero que fueron a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los gobiernos tiránicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las de poner en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el señor don Manuel de ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar en manos de los guindillas americanos «en estas mismísimas Repúblicas de América». A la fecha de nuestra historia, hacía ya unos veinticinco años de esto. Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba año sin que los discípulos tuviesen ocasión de celebrar, cuál con una gallina, cuál con un par de pichones, cuál con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo de la casa. -Y ¿qué ha sido, don Manuel? ¿Algún Aristogitón que haya de librar a la patria del tirano? -¡Calle usted, paisano, calle usted; un malakoff más! -Malakoff, llamaban entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo que en llano se ha llamado siempre miriñaque o crinolina. Y don Manuel quería mucho a sus hijos, y se prometía vivir cuanto pudiese para ellos; pero le andaba desde hacía algún tiempo por el lado izquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba de verdad, como una cestita de llamas que estuviera allí encendida, de día y de noche, Y no se apagase nunca. Y como cuando la cestita le quemaba con más fuerza sentía él un poco paralizado el brazo del corazón, y todo el cuerpo vibrante como las cuerdas de un violín, y después de eso le venían de pronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por tierra, que le ponían muy triste, aquel buen don Manuel no veía sin susto cómo le iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte habían de ser más un estorbo que una ayuda para «esa pobre Andrea, que es mujer muy señora y bonaza, pero ¡para poco, para poco! Cinco hijas llegó a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas le había nacido un hijo, que desde niño empezó a dar señales de ser alma de pro. Tenía gustos raros y bravura desmedida, no tanto para lidiar con sus compañeros, aunque no rehuía la lidia en casos necesarios, como para afrontar situaciones difíciles, que requerían algo más que la fiereza de la sangre o la presteza de los puños.

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26 min ¿cómo Se Sintió Perder La Virginidad?

WEB-DL ¿cómo Se Sintió Perder La Virginidad? Celín delante, la señorita detrás, entraron, y el chicuelo guiaba mostrándose conocedor de los rincones del edificio. Como llegaran a un sitio obscuro, sacó Celín del seno su caja de cerillas y encendió una contra la pared, para alumbrar el tránsito. Cuando había que bajar dos o tres escalones, alargaba la mano con galantería para que la señorita se apoyase. Penetraron en una pieza abovedada y rectangular, mal alumbrada por un candilón cuya llama ahumaba la pared. Por un agujero del techo aparecían varias sogas, cuya punta tocaba al suelo. En este había un ruedo y sobre él un hombre sentado a la turquesca, y entre sus piernas montones de castañas y dos botellas de aguardiente. Era el campanero, maese Kurda, y estaba profundamente dormido, la barba pegada al pecho, dando unos ronquidos que parecían truenos subterráneos. De rato en rato, sin salir de su sopor, conservando los ojos cerrados y la respiración de perfecto durmiente, estiraba el tal los brazos, y agarrando las cuerdas hacía un esfuerzo, cual si quisiera colgarse de ellas. Sonaban allá arriba las campanas con estruendo terrorífico y vibraba todo el edificio como si fuera de metal, mientras se desvanecían y alargaban en el aire las hondas del sonido. Luego, maese Kurda sepultaba nuevamente la barba en el pecho y seguía roncando, hasta transcurrir el tiempo exacto entre un doble y otro. Celín hizo provisión de castañas, metiéndose por las cuchilladas de su jubón todas las que cupieron, y en seguida indicó a la señorita la puerta que a la iglesia conducía. No tardaron en encontrarse en la nave principal, y respetuosamente pasaron a la capilla del Espíritu Santo. La primera impresión de Diana fue miedo de verse entre tantísimo sepulcro. Descollaba la estatua yacente del Gran Maestre de Pioz, terror de los turcos, y había más allá otra imagen marmórea, barbuda y en pie, mirando terroríficamente con sus ojos sin niñas a todo cristiano que osaba entrar allí. Los sepulcros de los Polvorancas tenían el emblema de la casa, que era un reloj de arena, y en las tumbas de los Pioces campeaba la paloma tutelar de la estirpe. Alumbraban la capilla los cirios encendidos junto a la sepultura de D. Galaor. Casi todos estaban ya en lo último del cabo, y sus pábilos negros se enroscaban como lenguas de la llama bostezante, mientras el lagrimeo de la cera derretida escurría por los blandones abajo, goteando sobre el suelo. Diana se sintió sobrecogida de respeto y religioso pavor.

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