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96 min La Cirugía Es Volver A Trabajar Con El Extractor De Leche.

-Iré yo -dijo Amalia sonriendo con esfuerzo. -¡Gracias a Dios que veo una sonrisa! ¿Y usted también, señor Don Eduardo? ¡Alabado sea Baco, santo de la alegría! Yo pensaba que de veras se habían enojado porque yo hubiese oído un poquito de lo mucho que naturalmente tienen ustedes que decirse en este solitario palacio encantado donde, aunque sea un año, he de venir a habitarlo algún día con mi Florencia. ¿Me le prestará usted, señora Doña Amalia? -Concedido. Recapitulemos, pues. Horas fijas, como hacen los ingleses, que jamás yerran sino en la América: a las diez; ¿te parece buena esa hora? -Preferiría más tarde. -¿Alas once? -Más todavía -contestó Amalia. -¿A las doce? -Bien, a las doce. A las doce de la noche, pues, estarás en casa de Florencia, para conducirla al baile, pues la señora Dupasquier sólo de este modo consiente en que vaya su hija.

50 min Hombre Contra La Naturaleza Cita Moby Dick

113 min Hombre Contra La Naturaleza Cita Moby Dick Mientras el doctor tenía todavía a sus huéspedes en su casa, pude observar que el cartero traía todos los días dos o tres cartas a Uriah Heep, que permaneció en Highgate tanto tiempo como los demás, bajo pretexto de que era época de vacaciones; cartas de negocios firmadas por mister Micawber, que había adoptado la redondilla para los negocios. Y yo había deducido con gusto, por aquellos indicios, que a míster Micawber le iba bien; por lo tanto, me sorprendió mucho recibir un día la carta siguiente, de su amable esposa: «Canterbury, lunes por la noche. Le sorprenderá mucho, mi querido Copperfield, recibir esta carta. Quizá le sorprenda todavía más su contenido, y quizá más todavía la súplica de secreto absoluto que le dirijo; pero, en mi doble calidad de esposa y madre, tengo necesidad de desahogar mi corazón, y como no quiero consultar a mi familia (siempre poco favorable a míster Micawber), no conozco a nadie a quien poder dirigirme con mayor confianza que a mi amigo y antiguo huésped. Quizá sepa usted, mi querido míster Copperfield, que había existido siempre una completa confianza entre míster Micawber y yo (a quien no abandonaré jamás). No digo que mister Micawber no haya firmado a veces una letra sin consultarme ni me haya engañado sobre la fecha de su cumplimiento. Es posible; pero, en general, míster Micawber no ha tenido nada oculto para el jirón de su afecto (hablo de su mujer), y siempre a la hora de nuestro reposo ha recapitulado ante ella los sucesos de la jornada. Puede usted figurarse, mi querido míster Copperfield, toda la amargura de mi corazón cuando le diga que mister Micawber ha cambiado por completo. Se hace el reservado, el discreto. Su vida es un misterio para la compañera de sus alegrías y de sus penas (es también a su mujer a quien me refiero), y puedo asegurarle que estoy tan poco al corriente de lo que hace durante el día en su oficina como de la existencia de ese hombre milagroso del que se cuenta a los niños que vivía de chupar las paredes. Es más, de ese se sabe que es una fábula popular, mientras que lo que yo cuento de míster Micawber es demasiado verdad, desgraciadamente. Y no es eso todo: míster Micawber está triste, severo; vive alejado de nuestro hijo mayor, de nuestra hija; ya no habla con orgullo de los mellizos, y hasta lanza una mirada glacial sobre el inocente extraño que ha venido últimamente a aumentar el círculo de familia. Sólo obtengo de él, a costa de las mayores dificultades, los recursos pecuniarios indispensables para mis gastos, muy reducidos, se lo aseguro; sin cesar me amenaza con hacerse despedir (es su expresión) y rechaza con barbarie el darme la menor explicación de una conducta que me desespera. Es muy duro de soportar; mi corazón se rompe. Si usted quisiera darme su opinión añadiría un agradecimiento más a todos los que ya le debo. Usted conoce mis débiles recursos; dígame cómo puedo emplearlos en una situación tan equívoca. Mis niños me encargan mil ternuras; el pequeño extraño, que tiene la felicidad, ¡ay! de ignorarlo todavía todo, le sonríe, y yo, mi querido míster Copperfield, soy Su afligida amiga, EMMA MICAWBER.

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104 min Alergias A Los Guantes De Látex En El Consultorio Dental.

120 min Alergias A Los Guantes De Látex En El Consultorio Dental. La joven se sentía perpleja. En diversas ocasiones hubo de revelárselo todo; pero un impulso secreto desvió su intención y no llegaron a ser confidencias las esperanzas que aleteaban con alborozo en los asilos de su alma. Desde la noche del baile Areba empezó a inspirarla temor, ¡y no tardó en adivinar el origen de sus alarmas y desazones! Triste era para Brenda su derecho a ser envidiada, especialmente por una amiga de corazón; mas no era suya la culpa, ni por eso debía ella dejar de quererla. ¡Ay, cuando el amor viene envuelto en su iris de ventura, cómo huyen los afectos que uno deseara retener! El vacío se hace en rededor, hasta donde alcanzan los haces luminosos; y desde lejos, observan todos los ojos penetrantes esta dicha nueva, a que aspiran los pechos sin amores, y que recuerdan con tristeza los corazones ulcerados. El pobre Zambique inválido, negro, senil, ruina humana que no tardaría en desmoronarse por completo al menor empuje de cualquier borrasca de la vida era el único que recogía y guardaba los desahogos, las puerilidades y los fervores de aquella pasión contrariada, tanto cuanto parecía ser de irresistible y profunda. Por eso la joven hallaba más grato que el soliloquio, el diluir sobre aquel ente fiel, oscuro y silencioso, toda la claridad de su ilusión. ¿No había sido él el testigo mudo y discreto de las primeras entrevistas? Hablábale sin zozobra: tenía ella la llave del sepulcro de piedra. Zambique satisfizo las preguntas que le hiciera Brenda; y después narró el hecho por el cual debía a Raúl la existencia. La joven le escuchó con interés, fijos en él los ojos, sin interrumpirle en sus patéticas manifestaciones. Luego volvió a interrogarle, con cierto orgullo, mezclado a un goce íntimo: -¿Fue eso en un combate? Zambique contestó afirmativamente; y entreabriendo los labios hasta descubrir la caverna de su boca, imitó con un ronquido la voz del cañón, para oprimirlos después y remedar el silbido siniestro de las balas. -¡Noche de Navidad! -exclamó enseguida-. En esa brega, niña, murió el coronel Delfor. Brenda fue acometida de un estremecimiento; y por algunos instantes respiró con pena.

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110 min Fotos Del Coño De Mujeres Desnudas Con Clase

65 min Fotos Del Coño De Mujeres Desnudas Con Clase -A ver si puedo yo ir ayudándote un poquito -interrumpió Bermúdez con un gesto, como si mascara ceniza-. Tú eres una jovenzuela sin experiencia y sin malicias; y él un mozo que, aunque no largo de genio, al fin ha rodado por las universidades; se ha visto agasajado en Peleches y muy estimado por ti, que no eres costal de trigo; y ¡qué canástoles! hoy una palabrita y seis mañana, habrá ido insinuándose y atreviéndose poco a poco, hasta despertar en ti. -¡Él? -exclamó Nieves, reviviendo de pronto por la virtud de aquella injusta suposición de su padre. -Él, sí -insistió éste con verdadera saña-. ¿De qué te asombras? -De que seas capaz de creer eso que dices, -respondió Nieves más serena ya-. ¡Él, que es la humildad misma! Se le había de presentar hecho y aceptado por nosotros todo cuanto tú supones, y no había de creerlo. Te juro que no me ha dicho jamás una sola palabra de esas, y que ni le creo capaz de decírmela. -Pues entonces, ¿qué hay aquí? -Y ¿lo sé yo acaso, papá? Tú mismo le has traído a casa; tú mismo me has ponderado mil veces sus prendas y sus talentos; si yo me ha confiado a él y le he tomado por guía en unas ocasiones, y por maestro y confidente en otras, por tu consejo y con tu beneplácito ha sido. Tratándole con intimidad y a menudo, como le he tratado delante de ti, casi siempre, he visto que vale mucho más de lo que juzgábamos de él, y que es capaz de dar hasta la vida por nosotros sin la menor esperanza de que se lo agradezcamos. Todo esto sé de él. ¿Tiene algo de particular que yo lo sepa con gusto y que me complazca con el trato de un mozo de tan raros méritos? Pues no hay más, papá, y en eso se estaba cuando me anunciaste la venida del otro.

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1080p La Superestrella De Hollywood Realizó Un Acto Sexual Sobre Sí Mismo Mientras

10 min La Superestrella De Hollywood Realizó Un Acto Sexual Sobre Sí Mismo Mientras Sí, Tito, sí; yo gobernaría esta villa mejor que nadie. Bien apañado estaría el pueblo, y bien derechos andarían todos mis administrados, que al propio tiempo serían mis feligreses. ¡Ayuntamiento y parroquia en una pieza! ¡Qué gusto! Pues aún me sobraría tiempo para otro cargo, por ejemplo: maestro de escuela. A los chicos los despacharía yo en dos palotadas. Conque ya sabe usted lo que piensa un hombre que siempre dice la verdad. Recorte usted eso de la traída de frailes y monjas, y en lo demás conformes, y grandemente entusiasmado de su talento, de su oratoria, de su arranque. ¡Viva Dios Uno y Trino, y la Purísima Concepción, Madre del Verbo, inspiradora de toda elocuencia! De los demás curas recibí enhorabuenas, no todas ardorosas, algunas bastante frías como de quien no ve con buenos ojos al que descuella demasiado pronto, y gana con un solo acto la voluntad colectiva. Avancé en la sala para saludar a los que humildemente iban saliendo sin atreverse a dirigir la palabra al gran orador. A muchos di mis gratitudes, y en uno de los grupos rezagados que requerían con apreturas la puerta de salida distinguí una cara de mujer que me dejó paralizado de estupor. O yo veía visiones, o la que vi era Mariclío en apariencia equívoca, medio señora, medio aldeana. Con trabajo y abriéndome paso como pude llegué hasta ella. Me miraba y reía. Cuando a su lado estuve, acercó su boca a mi oído para decirme con susurro: «Eres el granuja de más chispa que he visto en el mundo. He pasado un rato delicioso oyéndote desatinar con tanta gracia y picardía.

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111 min Como Puede Una Vaca Tener Sexo

10 min Como Puede Una Vaca Tener Sexo De que ahora se levantara de su asiento el señor presidente y le diera dos palos a Ostolaza. -Aquí no es costumbre que el presidente apalee a los diputados. -exclamó con extrañeza-. Pues debiera hacerlo. Me estaría riendo hasta mañana: dos palos, sí señor, o mejor cuatro. Los merece. Aborrezco a ese hombre con todo mi corazón. Él es quien aconseja a mamá que no nos deje salir, ni hablar, ni reír, ni pestañear. sunción dice que es un zopenco. ¿No cree usted lo mismo? -¡Que le den morcilla! -gritó una voz becerril en el fondo de la galería. -Comparito -dijo otra voz dirigiéndose al orador- ¿todo ese enfao es verdá o conversasión? -Señores -exclamó volviéndose a todos lados, un diarista almibarado, peli-crecido y amarillento- estos escándalos no son propios de un pueblo culto. Aquí se viene a oír y no a gritar. -Camaraíta -preguntole con sorna un viejo chusco que allí cerca había- eso que osté ha dicho ¿es jabla o rebuzno? -Sóplenme ese ojo -gritó otro.

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79 min Chica Caliente Con El Pie En La Vagina

46 min Chica Caliente Con El Pie En La Vagina He recuperado la pista interrumpida de los viajeros, lo que es, amigos míos, una feliz fatalidad. Podremos enlazar los trabajos de los capitanes Burton y Speke con las exploraciones del doctor Barth. Hemos dejado a los viajeros ingleses para encontrar a un hamburgués, y no tardaremos en llegar al punto extremo alcanzado por este atrevido sabio. -Me parece -dijo Kennedy-, a juzgar por el espacio que hemos recorrido, que entre las dos exploraciones hay una extensión de país muy considerable. -Es cosa fácil de calcular; coge el mapa y mira cuál es la longitud de la punta meridional del lago Ukereue alcanzada por Speke. -Se encuentra aproximadamente a treinta y siete grados -dijo Kennedy. -Y la ciudad de Yola, cuya situación fijaremos esta noche y a la que llegó Barth, ¿a cuántos grados se encuentra? -A unos doce grados de longitud. -Son, pues, veinticinco grados; a sesenta millas cada uno hacen un total de mil quinientas millas. -Un agradable paseíto para hacerlo a pie -dijo Joe. -Se dará, sin embargo, ese paseo. Livingstone y Moffat siguen subiendo hacia el interior; el Nyassa, descubierto por ellos, no está muy lejos del lago Tanganica, reconocido por Burton, y, antes de que concluya el siglo presente, estas comarcas inmensas serán indudablemente exploradas. Pero -añadió el doctor, consultando su brújula- siento que el viento nos empuje tan al oeste; yo hubiera querido remontar hacia el norte. Después de doce horas de marcha, el Victoria se encontró en los confines de la Nigricia. Los primeros habitantes de aquella tierra, árabes chouas, apacentaban sus rebaños nómadas. Las inmensas cumbres de los montes Alantika pasaban por encima del horizonte. Sus montañas, que hasta ahora no ha pisado ningún pie europeo, tienen una altura que se calcula en mil trescientas toesas. Su pendiente occidental determina el curso de todas las aguas de aquella parte de África hacia el océano; son las montañas de la Luna de aquella región.

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