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79 min Mujeres Asiáticas Siendo Examinadas Por El Doctor

Los Ivones recién llegados se exponen a morir porque no hacen caso de las advertencias de los periodistas españoles que residen en París. Cuando llegué, hace diez años, a esta villa -luminosa, exceptuando parajes como la place d'Italie, que está como la boca de un lobo,- y di con el saco de mi ropa y con el saco de mis huesos en el bulevar Montparnase, porque está cerca de la oficina que por entonces tenía M. Garnier, alguien me advirtió que era muy expuesto trasnochar en la Avenida del Maine, en la avenida de Orleáns y en otras calles contiguas a dicho bulevar. Acepté de mala gana la idea de tropezarme de noche a los apaches, después de haber sufrido de dio al editor Garnier, y una vez, hablando con otro amigo mío, Constantino Román, y con otro que no he de nombrar, por lo que luego se verá, pasó a la vera nuestra una rubia, muy rubia y muy chula. El amigo que he nombrado se puso en movimiento, arrastrándonos a Román y a mí, en persecución de la rubia, que yo hubiera abandonado de buena gana, no sólo porque seguramente era una rubia más, sino también porque iba metiéndose en callejas tan laberínticas como obscuras; y así llegamos a la calle de Vanves, hizo alto la rubia, desapareció como por escotillón en la planta baja de una taberna, y momentos después salieron de allí una docena de bandoleros con casquetas altas y blusas azules. ¡Y, naturalmente, nos interpelaron! Contestéles algo, no más que por dejar bien la negra honrilla, y acto continuo emprendimos una retirada práctica, con método y no exenta de decoro y desenfado. Desgraciadamente, hubo una víctima que lamentar. Al salir de la calle, sin prisas, para que no se dijera, pero con un canguelo horroroso, Román y yo notamos la ausencia de nuestro compañero. El infeliz se había detenido en el lugar de siniestro, de palique, y pidiendo no sé qué explicaciones a los apaches, quienes, tratándole con singular desdén, se limitaron a darle unos coscorrones horrorosos con unas bolas de hueso. Para despedirlo largáronle, además, un puntapié, y el hombre nos dijo a Román y a mí: -Esos tipos, con tanta fama, no valen na. Si les doy yo, con la fuerza que tengo, los puntapiés que me han dado a mí, ¡los hago polvo! No, no somos tan asesinos ni tan terribles como cuenta la fama, y prueba de ello es que el desgraciado Ivón, sin un arma cualquiera para defenderse, se arriesgó a pasar, a hora avanzada de la noche, la peligrosa plaza de Italia. Por supuesto que igual resultado habría tenido aunque hubiese llevado a cuestas una armería. Porque los otros, asesinos de condición, y por tanto cobardes, eran, como de costumbre, ciento y la madre. Los italianos, que son muy previsores, van en patrulla por esos sitios, y con ellos no hay caso.

19 min La Ciencia Del Orgasmo De Una Mujer.

49 min La Ciencia Del Orgasmo De Una Mujer. Culpa mía fue tu desgracia. ¡Perdóname! Muy mal me porté contigo, lo reconozco. ¡Ay; cuando te cuente yo mis infortunios verás a qué pruebas tan duras me ha sometido el Señor! ¡Oh, qué dicha tenerte a mi lado! Hace días que no ceso de pedir a la Virgen Santísima me conceda el favor inefable de recobrarte. La Virgen me ha oído. y aquí estás. aquí te tengo. Dime tú ahora: ¿has venido con ese Concha? Los atropellados conceptos de Silvestra no tuvieron fin hasta que accedí a llevarla conmigo, colgada de mi brazo, por las calles curvas de la ciudad vieja. Observé en Chilivistra una desdichada transformación de la persona en lo tocante a la vestimenta y aliño del rostro. Venía mal trajeada, el cabello en desorden, ojerosa, revelando el descuido de las artes de tocador con que acicalar y componer solía su faz bella. Lo primero que me dijo al sosegar su ánimo fue que acababa de salir del convento de las Brígidas, donde había permanecido tres semanas en durísimos ejercicios espirituales, con toda la severidad de ayunos y mortificaciones y el sin fin de rezos que le fueron impuestos por su confesor. La causa de estos rigores me refirió en seguida con la tranquilidad propia de un alma cristiana.

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76 min Las Revistas De Mujeres Dicen Que El Porno Es Bueno.

WEB-DL Las Revistas De Mujeres Dicen Que El Porno Es Bueno. »Sobre esto del yacht, sólo le he dicho a usted que Nieves se perece por andar en él, y que su padre, menos aficionado que ella a esta diversión, cuando no quiere o no puede acompañarla, tolera muy gustosa que vaya sola conmigo y con el famoso Cornias; pero nada le he hablado de lo intrépida que es allí; de cómo se le revela el placer de que va poseída en el ardor de la mirada y en la gallardía de sus posturas; ni de cómo me tienta y seduce con palabras o con gestos más tentadores que ellas, a que fuerce y obligue al balandro a hacer lo que yo no quiero que haga, ni debe de hacer cuando lleva una carga tan preciosa. ¡Y el demonio del barquichuelo, como si lo conociera, hombre! Hasta al mismo Cornias se le antoja que parece otro cuando va Nieves dentro de él. ¡Carape, cómo se gallardea entonces, y con qué gracia escora y hace hablar al aparejo, y se desliza y gatea! En fin, una pura monada. Verdad que siempre fue una maravilla en estos particulares; pero así y todo, cabe mejorarse, y bien sabe usted lo que influyen en el aspecto de las cosas la distancia, la clase y el punto de la luz que las ilumina. «Al fin», me digo yo en estos casos, «la largueza de mi incomparable amigo halló su merecido premio; ya tiene la joya un empleo digno de su gran valor. Y entonces, amigo mío, no me remuerde la conciencia por ser dueño de lo que no merezco, y hasta me felicito de no haber opuesto mayores resistencias que las que opuse a la rumbosa dádiva de usted. ¡Bien empleada está ahora! Así me la conserve Dios muchos años. »Pero a todo esto, ¿hago yo bien o mal en entretenerle a usted con estas fantasías que me tienen como niño con zapatos nuevos? ¿Qué juicio formará usted de ellas y de mí? Por el amor de Dios, no se ría, y considere que estando obligado a referirle los sucesos, como se los he referido al principio de la carta, no podía dejarlos sin la salsa de lo que añado al relato, so pena de quedar usted sumido en más hondas confusiones, o de tomarme por un solemnísimo embustero; porque, verdaderamente, el caso de arriba resultaría increíble sin la explicación de abajo, para todo el que me haya conocido como usted me conoció. Lo que a mí me ha faltado, y de aquí nacen mis temores, son uñas para arrancar de mis adentros la entraña del asunto, tan limpia de adherencias y piltrafas, que llegara usted a verle con la misma claridad que yo le veo. como yo tuviera esas uñas metafísicas, ¡qué colores le hubieran resultado al cuadro ese y qué tranquila estaría ahora mi conciencia de narrador!

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84 min Posiciones Sexuales Para Dar Organismos A Las Mujeres.

40 min Posiciones Sexuales Para Dar Organismos A Las Mujeres. Voy a ver si puedo servirlos. »Cuando, ya en la pieza, se acomodaron sobre unas sillas de patas quebradas y torcidas, Nuestro Señor le preguntó al herrero: »-¿Y cuál es tu nombre? »-Me llaman Miseria -respondió el viejo, y se jue a buscar lo necesario pa servir a los forasteros. »Con mucha pasencia anduvo este servidor de Dios, olfateando en sus cajones y sus bolsas, sin hallar nada. Acobardao iba a golverse pa pedir disculpa a los que estaban esperando, cuando regolviendo con la bota un montón de basuras y desperdicios, vido una argolla de plata, grandota. »-¿Qué haceh'aquí vos? -le dijo, y recogiéndola se jue pa donde estaba la fragua, prendió el juego, reditió la argolla, hizo a martillo una herradura y se la puso a la mulita de Nuestro Señor. ¡Viejo sagaz y ladino! »-¿Cuánto te debemos, güen hombre? -preguntó Nuestro Señor. »Miseria lo miró bien de arriba abajo y, cuando concluyó de filiarlo, le dijo: »-Por lo que veo, ustedes son tan pobres como yo. ¿Qué diantre les vi a cobrar? Vayan en paz por el mundo, que algún día tal vez Dios me lo tenga en cuenta. »-Así sea -dijo Nuestro Señor y, después de haberse despedido, montaron los forasteros en sus mulas y salieron al sobrepaso. »Cuando iban ya retiraditos, le dice a Jesús este San Pedro, que debía ser medio lerdo: »-Verdá, Señor que somos desagradecidos. Este pobre hombre nos ha herrao la mula con una herradura'e plata, no noh'a cobrao nada por más que es repobre, y nohotros los vamos sin darle siquiera una prenda de amistá.

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31 min La Vulva 2009 Jelsoft Enterprises Ltd

19 min La Vulva 2009 Jelsoft Enterprises Ltd Desde este punto pierdo yo de vista esas espadas: deben de hallarse ahora en la Armería Real, o en otro depósito de curiosidades antiguas. -Yo sé de otra espada -volvió a decir el bachiller- que irá a reunirse con Tizona y Colada. Acuéstese vuesa merced y huélguese esta noche: mañana es otro día, y puede ser que conozca el arma que le digo. Riose don Quijote, y ganó una de las tarimas que rodeaban el aposento. El bachiller Sansón no tenía sueño; don Quijote estaba lejos de dormir, y solamente Sancho Panza estaba ya soñando con las bodas de Camacho, circuido de doradas nubes. Las doradas nubes eran los quesos amontonados en columnas; las roscas de Utrera puestas allí cual gloriosas coronas; las gallinas, los pollos y capones asados y aderezados, de los cuales él podía espumar tres o cuatro a modo de advertencia preparatoria. Estaba el buen Sancho rebulléndose y zambulléndose, como queda dicho, en esa gloria celestial, cuando un viejo a quien el ventero había también alojado en ese cuarto, empezó a estornudar con tal brío, que a Sancho Panza mismo, con ser quien era, le sacó de su sueño y sus casillas: en vez del sacramental Ave, María santísima, echó Panza una maldición y un pésete, que hicieron estremecerse al viejo estornudante, quien, recobrándose, dijo: -¿Así saluda vuesa merced a sus hermanos, y de este modo se aprovecha de la ocasión de alabar a la Virgen? -La Virgen no ha menester los estornudos de vuesa merced para ser alabada -respondió Sancho. -¿Y quién le ha dicho a vuesa merced -replicó el viejo- que el estornudar es malo? -Ahora entro yo -dijo el bachiller Sansón-: el estornudar es bueno y muy bueno. ¿Por qué piensa el buen Sancho que invocamos el nombre de María en este caso, sino porque esa es gestión sumamente buena, que tiene olor y resabio de cosa celestial? Pues sepa, si no lo sabe, que el estornudo, según Aristóteles, indica plena salud en la cabeza, la parte más noble del cuerpo humano, y armonía en sus órganos, de suerte que el pensamiento surge en ella y se dilata en ondas sublimes. Saludar al que estornuda es como darle el parabién de tan gran favor de la Providencia, cual es el tener ideas prontas, cabales y abundantes. -Puede el Estagirita -respondió don Quijote, apartándose de aquel dictamen- tener mucha razón; lo que hay de cierto en el caso es que los hombres debían morir la primera vez que estornudasen; ley de la naturaleza que se cumplió rigurosamente en los tiempos patriarcales. Nuestro padre Jacob, en la segunda lucha que tuvo con Dios, consiguió que ley tan dura para la especie humana fuese revocada. En memoria de este triunfo, los hombres acostumbraron a saludarse cuando estornudaban.

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