login to vote

102 min Adulto + Inicio + Asma + Moco

Tras él levantaban el vuelo las palomas, dando los buenos días con sus arrullos, y muchedumbre de gorriones salían por aquellos aires a robar lo que podían. En la cocina estaba el ama desplumando palominos, y a su lado Eufrasia dobladillando un pañuelo. La cocinera, majando cominos en el almirez, hacía un ruido tal que apenas se entendían las voces de la hija y la madre. Entraba Perantón renegando del precio de la partida de aceite que acababa de llegar, como si fuera él quien perdía en ello. Decíale Doña Leandra que tuviera paciencia y no fuese tan regañón, que a su edad no le haría provecho que se le encendiera la sangre. Al anochecer, no de aquel día, sino de otro, que debía de ser el siguiente, aunque de ello no hay seguridad, hallándose en el poyo del corral la señora y Lea, que por mas señas estrenaba un cuerpo nuevo del vestido muy majo hecho por ella misma, llegose allí Ramón, que era el mozo encargado de la persecución de topos, con diez de estos dañinos animales. Al olor del rico botín acudieron los gatos, y las señoritas Eufrasia y Lea se encargaron de hacer el reparto equitativamente. No bajaban de ocho los pretendientes: los dos de casa, el de la panadería, el de la mayordomía y tres o más de las cuadras y gallineros. Después de distribuir a topo por cabeza, Lea consintió que Morita, la gata de casa, como parida, se llevase tres para su prole, y así lo hizo. En esto llegaba D. Bruno; pero no debió de ser aquella misma noche, sino la siguiente, o quizás otra noche cualquiera de las muchas que trae el tiempo. Se le vio apearse del caballo, y oyeron el tin-tin de sus espuelas acercándose. Había ido a Daimiel a reñir con los de la Junta de Pósitos, porque no le pagaban su anticipo, y a comprar correas para el arreglo de los tiros de mulas, tabaco y un poco de aguardiente. Traía el buen señor una noticia estupenda. La Reina Isabel II se había casado, y ya teníamos a nuestra Reina hecha una señora de su casa. ¿Y quién era el marido? Pues un D. Francisco, a la cuenta como su primo carnal, primogénito de unos señores infantes, mozo muy galán, de bello rostro sonrosado, muy metido en religión, cualidad primera de todo gran Rey. Pero no había sido floja tracamundana la ocurrida en Madrid antes de la boda.

88 min Esposa Viendo Husban Recibiendo Pandillas

600 mb Esposa Viendo Husban Recibiendo Pandillas - Pero ¿quién cuida a los hijos? - Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aquí he visitado a la esposa masculina de mi colega el profesor de Física, que estaba en la cama con su pequeño. Son los hombres los que se acuestan para dar calor al recién nacido, mientras las mujeres vuelven a sus funciones, momentáneamente interrumpidas, para ganar el dinero que necesita la familia. El gigante lanzó una carcajada que hizo temblar el techo de la Galería, levantando un eco tempestuoso. Después, al serenarse, contó al profesor que muchos pueblos salvajes, allá en la tierra de los gigantes, habían seguido la misma costumbre. - Es que esas pobres gentes -dijo el sabio con sequedad- presentían sin saberlo el triunfo de las mujeres. Su enfado por las risas del Gentleman-Montaña no duró mucho. Además, Gillespie, queriendo desenojarla, se colocó bajo una ceja la lente que le había regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba pulido con una perfección digna de los ojos de los pigmeos, los cuales podían distinguir las más leves irregularidades de su concavidad. Vio Edwin a su amiga, a través del nítido redondel, considerablemente agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una arruga en el plácido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie, que la creía de edad madura, no le dio ahora mas de treinta años, y acabó por sonreír, agradeciendo la mirada de simpatía y admiración que el profesor le enviaba a través de sus anteojos de miope. Luego se dio cuenta de que el profesor, a pesar de la severidad de su traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acabó por depositarlo en una mano del gigante, acompañando esta ofrenda con una nueva mirada de ternura. Lo único que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso se hacía más fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban surgiendo de los orificios epidérmicos tenían ya la longitud de la mitad de uno de sus brazos. Había dirigido en las últimas veinticuatro horas dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le facilitase una orden de movilización para reunir a todos los barberos y hacerles trabajar en el servicio de la patria.

http://wow.datacion.icu/151402735.html

Vivir Pintura Base De Aceite Versus Pintura Base De Látex

61 min Pintura Base De Aceite Versus Pintura Base De Látex Porque conozco al hombre no le aborrezco, y porque le conozco soy indulgente con sus defectos. Lo repito, sólo la juventud que aún no ha vivido ni juzgado es severa y exigente en este punto. El hombre que se conoce y conoce a los demás perdona muchas cosas. ¿Cree Ud. que no encuentro yo bellas cualidades en hombres llenos de defectos o que sus defectos pesen más para mí que sus virtudes? No, Carlos, ya he dicho a Ud. antes que hay defectos que pueden contribuir a hacer a un hombre amable; y añadiré que ninguno existe tan feo y odioso que me preocupe hasta el punto de juzgarle completamente despreciable. Pero si soy indulgente es porque ya no soy entusiasta, si no desprecio es porque ya no admiro, si no pido a la humanidad virtudes sublimes es porque sé que no las posee, y que sólo en la primera juventud puede el corazón del hombre dar ese perfume de poesía que bien presto la vida arrebata entre sus turbiones. El mundo, como dice Shakespeare en Hamlet, es un campo inculto y árido que sólo abunda en frutos groseros y amargos. Cada hombre aisladamente puede, estudiándosele, presentar algunas virtudes más o menos raras, y defectos proporcionados a ellas; y aun no dudo que existan seres dotados de buena organización y favorecidos por felices circunstancias, en los que hallaremos una bondad inepta para ejecutar el mal. En el hogar doméstico acaso veamos un padre de familia que ama a su esposa y a sus hijos, y que es bueno, puesto que es amado. Pero busquemos a ese hombre en la masa común llamada sociedad, y posible es que le veamos intrigar para perder a un rival que sirve de obstáculo a su engrandecimiento. Observaremos a un joven en quien hallamos muchos sentimientos de honor, que se sonrojaría si dudásemos de que es incapaz de una vileza, y en la sociedad le veremos hacer gala de sus vicios, burlarse de la credulidad de un corazón inocente, mancillar con lengua inmunda el nombre de una madre de familia. La mujer que posea en el fondo más dulzura, más amabilidad de carácter, y aun tal vez cualidades más bellas, despedazará a una rival a quien acaso estime en secreto, y se abatirá a la mentira y a la hipocresía para engañar a un marido, y usará de arterías miserables para vengarse de un enemigo, y de astucias para libertarse de un censor. A la sociedad nadie va a lucir sus virtudes. Los buenos sentimientos se guardan para la vida privada, para la intimidad, para la confianza. A la sociedad del hombre va armado de la desconfianza que le defiende y de la malicia que le venga. La sociedad, sobre todo en las ciudades civilizadas y corrompidas, es la cloaca en que se vierten todas las inmundicias del corazón humano; la roca cóncava en que hallan eco todas las mentiras; la fragua en que se forjan todos los puñales que deben herir al corazón sin que se vea el amago. Yo prefiero los crímenes a las bajezas.

http://tipos.datacion.pw/1057094626.html

33 min Tarjeta De Crédito Gratis Película No Necesita Porno

21 min Tarjeta De Crédito Gratis Película No Necesita Porno Míster Micawber continuaba hablando con la mayor volubilidad; pero me parecía observar en su rostro que escuchaba con interés ciertos ruidos que provenían de la habitación de al lado, como si mistress Micawber se lavara las manos y abriera y cerrara precipitadamente cajones que no eran fáciles de abrir. -Nos encuentra usted, Copperfield -dijo míster Micawber mirando a Traddles de reojo-, establecidos por el momento en una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe que en el curso de mi carrera he tenido que atravesar tremendas dificultades y muchos obstáculos que vencer. Usted no ignora que ha habido momentos de mi vida en que me he visto obligado a hacer un alto en espera de que algunos sucesos previstos salieran bien; y, en fin, que algunas veces he tenido que retroceder para conseguir lo que espero llamar sin presunción dar mejor el salto. Por el momento estoy en una de esas épocas decisivas en la vida de un hombre. Retrocedo para saltar mejor, y tengo motivos para esperar que no tardaré en terminar con un salto enérgico. Le expresaba toda mi satisfacción por aquellas noticias, cuando entró mistress Micawber. Un poco más descuidada todavía de indumento que en el pasado, o quizá consistiera en que había perdido la costumbre de verla; sin embargo, se había preparado para ver gente, y hasta se había puesto un par de guantes oscuros. -Querida mía -dijo mister Micawber acercándola a mí-; aquí está un caballero que se llama Copperfield y que querría renovar la amistad contigo. Habría sido preferible, por lo visto, preparar aquella sorpresa, pues mistress Micawber, que estaba en un estado de salud precario, se conmovió tanto, que mister Micawber tuvo que correr en busca de agua a la bomba del patio y llenar un cacharro para bañarle las sienes. Se repuso pronto, sin embargo, y manifestó un verdadero placer al verme. Estuvimos charlando todos juntos todavía cerca de media hora, y le pregunté por los mellizos, «que estaban enormes», me dijo; en cuanto al señorito y a la señorita Micawber, me los describió como «verdaderos gigantes» ; pero no los vi en aquella ocasión. Mister Micawber quería convencerme de que me quedase a comer, y yo no habría hecho ninguna objeción si no me hubiera parecido leer en los ojos de mistress Micawber un poco de inquietud calculando la cantidad de fiambre que tendría en la despensa. Declaré que estaba comprometido en otra parte, y observando que el espíritu de mistress Micawber parecía libertado de un gran peso, resistí a todas las insistencias de su esposo. Pero les dije a Traddles y a mister y mistress Micawber que antes de decidirme a dejarlos era necesario que me fijaran el día que les convenía venir a comer a mi casa. Las ocupaciones que encadenaban a Traddles nos obligaron a fijar una fecha bastante lejana; pero por fin se eligió una tarde que convenía a todo el mundo, y me despedí de ellos. Mister Micawber, bajo pretexto de enseñarme un camino más corto que aquel por el que había ido, me acompañó hasta un rincón de la calle, con intención, añadió, de decir algunas palabras en confianza a su antiguo amigo. -Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber-, no tengo necesidad de repetirle que para nosotros, en las circunstancias actuales, es un gran consuelo tener bajo nuestro techo un alma como la que resplandece, si puedo expresarme así, en su amigo Traddles. Con la lavandera que vende galletas, que es nuestra vecina más cercana, y un guardia que vive en la casa de enfrente, puede usted comprender que la amistad de míster Traddles es una gran dulzura para mistress Micawber y para mí. Por el momento estoy dedicado, míster Copperfield, a comisionista de trigos, lo que no está muy remunerado; en otros términos, no se saca nada de ello y los apuros pecuniarios de una naturaleza transitoria han sido la consecuencia.

http://que.datacion.icu/1919296115.html

67 min Marido Teniendo Sexo Con Otras Mujeres

103 min Marido Teniendo Sexo Con Otras Mujeres ¡Como que venías harto! Y el médico se paseaba nervioso, medio afligido, pero sin dar su brazo a torcer. -Sí, harto. de ver miserias y oír lamentos. -Y ahora -continuaba Alicia- porque me rebelo, porque no quiero ser plato de segunda mesa, ¡me insultas y me ultrajas! Yo seré una histérica, como tú dices, pero tú eres un miserable. Yo no he leído en los libros; pero he leído en la vida y ya nadie me engaña. ¿Y quién es más digno de censura: yo, pobre lugareña, sin principios ni cultura intelectual, o tú, sabio, educado en París, hecho a la vida del refinamiento, como llaman los parisienses a todas esas porquerías de alcoba? Asígname una renta con que poder vivir y verás qué pronto se acaba todo. ¡Yo no quiero vivir así, no quiero! -Y pateaba en el suelo furiosa, dando vueltas de aquí para allá, desgreñada y en camisa. El médico, en jarras, la miraba fijamente, meneando el busto con mal reprimida cólera. -Habla sin gritar -la decía. Ella continuaba, poseída de un deseo irresistible de hablar sin tregua. -Me echas en cara que no quiero tener hijos. No, no les quiero. ¿Para darles el triste espectáculo de nuestra vida?

http://gogo.datacion.top/4178881891.html

59 min Preso Acusado Falsamente De Abuso Sexual

41 min Preso Acusado Falsamente De Abuso Sexual Nuevas curiosidades para mí: los médanos, el mar. No quise pasar por chapetón y dejé mis preguntas de lado, como una vergüenza, esperando instruirme por mis cabales. En el cielo, las primeras claridades empezaban a alejar la noche y las estrellas se caían para el lado de otros mundos. Orillamos un bajo salitroso y unas lagunas encadenadas, en que los pájaros, medio dormidos, se espantaron de nuestra presencia. Clareó más y comenzaron a vivir los animales de la pampa. Pasamos cerquita de una osamenta hedionda, que unos treinta caranchos aprovechaban, porfiando ganársela a la completa podredumbre. ¡Qué amabilidad la de esos pagos, que se divertían en poner cara de susto! Al querer despuntar el sol, divisamos a contra luz la línea de los médanos. Era como si al campo le hubieran salido granos. Varios vacunos trotaron por lo alto de una loma, nos miraron un rato y huyeron disparando. Mis compañeros iniciaron los clásicos gritos de arreo. Pronto pisamos las primeras subidas y bajadas. El pasto desapareció por completo bajo las patas de nuestros pingos, pues entrábamos a la zona de los médanos depura arena, que el viento en poco tiempo cambia de lugar, arriando montículos que son a veces verdaderos cerros por la altura. La mañanita volvió de oro el arenal. Nuestros caballos se hundían en la blandura del suelo, hasta arriba de los pichicos. Como buenos muchachos, retozamos, largándonos de golpe barranca abajo, sumiéndonos en aquel colchón amable, arriesgando en las caídas el quedar apretados por el caballo. Satisfechos nuestros impulsos, nos decidimos a atender el trabajo. Andábamos torpemente, hamacados por el esfuerzo del tranco demasiado blando. Ni un pasto entre aquel color fresco, que el sol nuevo teñía de suave mansedumbre.

http://top.datacion.xyz/1997354282.html

17 min Paparazzi Oops Upskirts No Bragas Fotos

46 min Paparazzi Oops Upskirts No Bragas Fotos Bestias había yo conocido que no me desagradaban. Bien vengas, bestiezuela, para el amor, mas no para el matrimonio. A los tres días de hacer yo el cochinito, supimos que en un lugar de Navarra llamado Oroquieta, había dado el General Moriones un tremendo palizón a los carlistas, echándolos a la frontera con su iluso rey, desvanecido por la adulación de sus prosélitos montaraces, y por el estímulo de las plumas y voces que en Madrid movía la turba de neocatólicos y tradicionalistas hidrófobos, explotadores de la religión como resorte de absolutismo. El desconsuelo y turbación que tal noticia produjo en la villa de Durango, y marcadamente para mí en nuestra tertulia o cabildo de ojalateros, ignorantes de cuanto concierne a gobierno de pueblos y al fuero de ciudadanía, no es para referido. Unos clamaban, otros gruñían. Llegó mi cuñado Zubiri, desarmado, rabioso, sin que la vista de su hogar y de su familia le consolase del porrazo recibido en lo más delicado de su amor propio y en lo más duro de su barbarie. Por no desentonar en el coro, yo me mostré afligidísimo, como si la derrota de Carlitos VII me quitase la breva de ser su Ministro Universal; mi padre era la imagen de la consternación paralítica y estupefacta, cual si oyera el son terrorífico de las trompetas del Juicio final. Todos se hallaban igualmente cariacontecidos, incluso el cura Choribiqueta, aunque este lo hacía por comedia, pues cuando salimos, y a discreta distancia de mi casa nos hallamos, rompimos los dos en la misma exclamación: «¡Tenía que suceder! Sin disimular su alegría, el valiente clérigo me dijo: «¿Estaba yo en lo cierto, querido Tito? ¿Se puede esperar algo de un Carasa, de un García, de un Urraza? ¿Cabe en lo humano que nos traigan la Monarquía de Dios las cabezas más vacías que tenemos en nuestra tierra? Amigo, cada día me encontrará usted más aferrado a mi tema. Dios no quiere que haya dos epopeyas dentro de un siglo». -En el otro será, don José Miguel. -En el siglo XX resucitaremos. lo creo como si lo estuviera viendo. resucitaremos los soldados de la fe para traer a España el Reino de Dios. Por la tarde fui con mi padre a visitar al amigo Choribiqueta, que a la hora de ritual nos dio chocolate con exquisitos bizcochos.

http://solo.datacion.top/4220475735.html