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No hay cosa más fea que ver el suelo lleno de colillas de cigarro. Mira el lavabo. Para la ropa tienes un ropero y una cómoda. Creo que la relojera está mal aquí y se te debe poner junto a la cama. Si te molesta la luz no tienes más que correr el transparente tirando de la cuerda. ¿ves? risch. Pepe estaba encantado. Rosarito abrió una ventana. -Mira -dijo-, esta ventana da a la huerta. Por aquí entra el sol de tarde. Aquí tenemos colgada la jaula de un canario, que canta como un loco. Si te molesta la quitaremos. Luego abrió otra ventana del testero opuesto. -Esta otra ventana -añadió- da a la calle. Mira, de aquí se ve la catedral, que es muy hermosa y está llena de preciosidades.

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96 min La Vida Erótica De Anais Nin Entreabiertos los ojos, risueña la boca, el rostro como siempre descarnado y casi cadavérico, miraba Doña Leandra a su esposo; mas seguramente no le veía, porque ni con gesto ni mirada daba testimonio y señal de tener expeditas las entendederas. ¿Cómo había de contestarle si estaba en el campo de Calatrava? El hondo suspiro que exhaló, azotando el rostro de su marido con una bocanada de aire, fue como aviso de que ya venía de vuelta. También a Narváez le llevaba su demencia del orden a estados imaginativos muy parecidos al éxtasis. Gustaba de ver caer a los que a su juicio eran estorbo para establecer la balsa de aceite en que pensaba desarrollar sus altos planes de regeneración, y no siendo en realidad un hombre cruel ni despiadado, lo parecía, por el sincero convencimiento de que sacrificando una porción de la humanidad, aseguraba la dicha de la humanidad restante. Su falta de cultura, su desconocimiento de la Historia, su ignorancia infantil de las artes de gobierno lleváronle a tan descomunal sinrazón. En Enero del 45 fusiló a Martín Zurbano y a sus hijos, después de haber intentado amansar la fiereza del guerrillero con una admonición caballeresca, que si en cierto modo hace menos odioso el carácter del tirano, no acaba de redimirle ni en la esfera privada ni en la política. Bravo hasta la insolencia, su corazón atesoraba, junto al arrojo indomable, la jactancia andaluza de que ningún otro mortal podría medirse con él. Por esto incitaba a los enemigos a dejar de serlo, y les abría los brazos diciéndoles: «Miren que soy el más crúo y no pueden conmigo. Vengan a mí, o encomiéndeze ostej a Dios». Llevaba, como se ve, al gobierno las mañas de la caballería morisca degenerada; era, como muchos de sus predecesores, poeta político, un sentimental del cuño militar, como otros lo eran del retórico. Al son de los fusilamientos cundían las conspiraciones, y ya teníamos en el extranjero el núcleo de emigrados que trabajaban en combinación con los descontentos de acá para volver la nacional tortilla. Juntas secretas funcionaban con tapujo en Madrid y en otras capitales, y contra ellas empleaba el Gobierno la violación de la correspondencia y el huroneo de un ejército de polizontes. Víctimas de su odio al despotismo y de los ministriles de este fueron multitud de personas muy significadas. Las cárceles rebosaban de presos políticos; habíamos vuelto a los tiempos de Chaperón, o poco menos, y al delicioso sistema de las purificaciones, atenuado en la forma, más que en el fondo, por la poquita cultura ganada entre unos y otros años.

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34 min Ecuación De La Corriente Hentai Inmoral -Pues bien; todo eso lo hago con el dinero que he sabido adquirir. Yo he tenido y tengo capacidad para adquirir dinero. Pero al ver que mi sobrino ha adquirido ciencia y gloria, he comprendido que el dinero no me bastaba, y que hay otras cosas que valen tanto casi como el dinero. La ciencia, por ejemplo. ¿Cómo adquirirla, sin embargo? Ya está duro el alcacer para zampoñas. Ya es tarde para que yo me engolfe en estudios. Hay otra cosa que me atrae, que me seduce, y no es tarde aún para que yo la adquiera. -¿Qué será? ¿Qué no será? -murmuró doña Manolita. -Adivínalo, muchacha; lúcete; muestra que ves crecer la hierba. -Confieso que soy tonta: nada adivino. Ya que no aspira usted a sabio ni a santo, ¿a qué aspira? -Aspiro al poder. El poder es el complemento del dinero.

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DVDRIP Gratis Mayores Gay Jack Off Películas -Tire usted no más, está abierta. Una vez en el patio, Victorica hizo una señal al comisario, que por la verja de fierro se dirigió a la quinta; y él y Luisa se dirigieron a aquella parte del edificio en que estaban las habitaciones de Eduardo, y el comedor. -¿Quién habita en ese cuarto? -preguntó Victorica examinando el de Eduardo. -El señor Don Daniel cuando viene a quedarse -contestó Luisa sin la mínima turbación. -Y ¿cuántas veces por semana sucede eso? -La señora me ha mandado que le enseñe a usted la casa, y no que le dé cuenta de lo que pasa en ella. Puede usted preguntárselo a la señora. Victorica se mordió los labios no sabiendo qué hacer con aquella muchacha, y pasó a otra habitación, y, por último, al comedor, sin haber encontrado cosa alguna que le diese indicios de lo que buscaba. Durante se ejecutaba esta pesquisa policial, en el modo y forma adoptada por la dictadura, una escena bien diferente, pero no menos interesante, tenía lugar en la sala. Luego que Victorica y el comisario pasaron a las piezas interiores, Amalia, sin levantar los ojos a honrar con su mirada la fisonomía de Mariño, le dijo: -Puede usted sentarse, si tiene la intención de esperar al señor Victorica. Amalia no estaba rosada, estaba punzó en aquel momento. Y Mariño, por el contrario, estaba pálido y descompuesto en presencia de aquella mujer cuya belleza fascinaba, y cuyas maneras imperiosas y aristocráticas, podemos decir, imponían. -Mi intención -dijo Mariño, sentándose a algunos pasos de Amalia-, mi intención ha sido la de prestar a usted un servicio, señora, un gran servicio en estas circunstancias. -¡Mil gracias! -contestó Amalia con sequedad.

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El video Galerías De Fotos Lesbianas Viejas Y Jóvenes »Salió la hormiguita y creció hasta ser el Malo. Comenzaron a brotar del cuerpo de Lucifer todos los demonios y redepente, en() un tropel, tomó esta diablada por esas calles de Dios, levantando una polvadera como nube'e tormenta. »Y aura viene el fin: »Ya Miseria estaba en las últimas humeadas del pucho, porque a todo cristiano le llega el momento de entregar la osamenta y él bastante la había usao. »Y Miseria, pensando hacerlo mejor, se jue a echar sobre sus jergas a esperar la muerte. Allá, en su piecita de pobre, se halló tan aburrido y desganao, que ni se levantaba siquiera pa comer ni tomar agua. Despacito no más se jue consumiendo, hasta que quedó duro y como secao por los años. »Y aura es que, en habiendo dejao el cuerpo pa los bichos, Miseria pensó lo que le quedaba por hacer y, sin dilación porque no era sonso, el hombre enderezó pa'l Cielo y después de un viaje largo, golpió en la puerta deste. »Cuantito se abrió la puerta, San Pedro y Miseria se reconocieron, pero al viejo pícaro no le convenían esos recuerdos y, haciéndose el chancho rengo, pidió permiso pa pasar. »-¡Hm! -dijo San Pedro-. Cuando yo estuve en tu herrería con Nuestro Señor, pa concederte tres gracias, te dije que pidieras el paraíso y vos me contestaste: 'Callate viejo idiota'. Y no es que te la guarde, pero no puedo dejarte pasar aura, porque en habiéndote ofrecido tres veceh'el Cielo, vos te negaste a acetarlo. »Y como ahí no más el portero del Paraíso cerró la puerta, Miseria, pensando que de dos males hay que elegir el menos pior, rumbió pa'l Purgatorio a probar como andaría. »Pero amigo, allí le dijeron que sólo podían dentrar las almas destinadas al cielo y que como él nunca podría llegar a esa gloria, por haberla desnegao en la oportunidá, no podían guardarlo. Las penas eternas le tocaban cumplirlas en el Infierno. »Y Miseria enderezó al Infierno y golpió en la puerta, como antes golpiaba en la tabaquera sobre del yunque, haciendo llorar los diablos.

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550 mb Usando Una Bomba De Pene En Ella Y lo que sigue. Que le encarcelen, que le fusilen, que le ahorquen. ¿y qué? Yo no he de meterme por eso donde no me llaman. ¡Rayos y centellas! ¡Pícaros, bribones! Cerca de una hora pasó don Lope engolfado en semejantes meditaciones-, hasta que de ellas le sacaron fuertes y acompasados golpes en la escalera, como los que daba Lucas con la muleta sobre los peldaños cuando subía o bajaba. Apareció, en efecto, el Estudiante en el pasadizo, pero seguido de Magdalena y Narda, ambas sobrecogidas y pálidas. Quiso Lucas conducirlas al páramo que en aquella casa servía de estrado; pero en cuanto distinguieron al Hidalgo entre las sombras del otro extremo del carrejo, las dos mujeres corrieron hacia él. -Señor don Lope -exclamó Magdalena con voz angustiosa-, ¿dónde está mi padre? Don Lope se quedó yerto, mudo de sorpresa, al oír la pregunta y conocer a quien se la dirigía. Luego se encaró con su sobrino, y le dijo con voz alterada: -¿Por qué se me hace a mí esa pregunta? A lo cual respondió el otro, con cínico descaro: -Hallé a estas señoras al salir de la iglesia de Pontonucos; y como por ahora nada tienen que hacer en su casa, las he conducido a ésta, donde, según las prometí, tendrán noticias de. esa persona. -¿Qué quiere decir eso? ¡Habla claro.

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12 min ¿hay Algún Porno De Anime Gratis? diga Ud. -exclamaron a un tiempo las dos señoras. Y doña Beatriz comenzó su historia después de sacar su caja de oro con el retrato de lord Wellington, y ofrecer un polvo a sus oyentes. Luisa, sentada en un rincón del aposento, procuraba serenarse, y don Francisco después de darla al oído algún consejo con la seguridad de la pronta vuelta de Carlos, se acercó también a la narradora para oír la historia de la partida del padre de don Eustaquio. La conversación se sostuvo más de una hora sobre este asunto; luego se habló del tiempo frío que estaba haciendo, de las enfermedades que producía en Sevilla, según relato del médico de doña Leonor, de la madre abadesa de las capuchinas que padecía horriblemente todos los inviernos; de una vista que la habían hecho doña Serafina y doña Beatriz; de lo que pensaban hablar en otra visita que proyectaban hacer a la reverenda madre; en fin, la noche se pasó con corta diferencia como las anteriores, y la pobre Luisa vio con sorpresa y dolor que lo que era poderoso a destruir su felicidad era un acontecimiento muy indiferente en sí. Mientras tanto, ella apacentaba su dolor con la contemplación de todos los objetos que le recordaban más vivamente a su marido. La silla que acostumbraba ocupar, los libros que había leído y que aún estaban esparcidos sobre la mesa. Luisa notó que uno de ellos tenía marcada con una cintita la página última que había leído Carlos, y tomó con disimulo la cintita que desde entonces no se apartó nunca de su pecho. Al despedirse las dos señoras no dejaron de repetirla los consuelos de costumbre, y doña Leonor la exhortó después seriamente a moderar un exceso de sensibilidad peligroso sino culpable, habiendo conseguido con su discurso sino calmar el dolor de Luisa, hacerlo parecer extremado e injusto a sus propios ojos. Acostose pensando en ello y diciéndose a sí misma que era, en efecto, una locura afligirse tanto por una corta separación, pero a pesar de sus exactos raciocinios su tierno corazón continuaba opreso de un sentimiento doloroso, y como que una voz interior la gritaba sin cesar que aquella separación destruiría para siempre la felicidad de su vida. ¿Y por qué hemos de combatir como una locura los presentimientos? El corazón tiene un instinto particular y previsor, y muchas veces lo que nos parece una aprensión de la fantasía, suele ser el anuncio anticipado por él de una enorme desventura. Desde el día que siguió al de la partida de Carlos todos los de Luisa fueron iguales, sin otro interés, sin otro objeto, sin otro pensamiento que el de recibir las cartas de su adorado; eran para ella otros tantos siglos los días que separaban a aquéllos en que legaba el correo de Madrid. La única ocupación a que se entregaba sin repugnancia era a la de escribir larguísimos diarios a su marido; todo lo que no tenía relación con él le era insoportable. Los cuidados que le eran tan dulces cuando los dividía con Carlos, llegaron a fatigarla. No era por esto menos diligente y esmerada en la asistencia de la enferma, pero no tenían ya sus acciones para ella la misma facilidad y dulce encanto.

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