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-De uno y otro modo -respondió el bachiller-, si es verdad que en la variedad está el deleite. Ahora, pues, hablando de los guisos, dispondrá vuesa merced se nos sirvan currucas migadas a una por barba. Gusto yo de comer aves, no solamente sabrosas cuando muertas, sino también bonitas cuando vivas. Mire vuesa merced cómo acuden a nuestras comarcas esos lindos pajarillos al rayar la primavera, y retozones y alegres se aposentan en jardines, alamedas y cañaverales, animándolo todo con su inquietud ruidosa e inocente. Currucas, pues, señor alcaide, curruquitas. -Las cojo en tal abundancia -respondió el alcaide- que tengo hasta para los arrieros. -¿Eso hay? -replicó el bachiller-: guárdese mucho vuesa merced de infestar mis manteles con semejante pájaro, y ponga en su lugar papafigo o ficédula. Esta avecita se alimenta de uvas e higos maduros, de suerte que su cuerpo es una grasa de admirable suavidad y ligereza; la poesía, digamos así, de los convites, por no decir la poesía del estómago. Cuide vuesa merced asimismo de que no nos falten la alondra ni el hortelano, y mucho menos el pitirrojo. Tan enamorado como bello, este pajarito es por su desgracia la cosa más agradable del mundo, y paga con la vida la pena de sus buenas cualidades. Tiene la virtud de ser madrugador más que todas las avecitas menores; y así vuesa merced le oye en el jaral antes que rompa la aurora, y le está oyendo todavía al cerrar la noche. -A falta de pitirrojo -respondió el ventero-, vuesas mercedes serán servidos de contentarse con un jabato, que mis empleados lo aliñan como para la casa real; y donde no, ahí está el carnero, que en siendo gordo, no hay para con él currucas ni curruquitas. -No venga vuesa merced a embastecernos con esas carnes ordinarias -replicó el bachiller-; pitirrojo ha de ser, o prendo fuego al castillo. -Eso será -dijo el ventero-; ni somos aquí tan para poco que no tengamos una varilla de virtudes. -Virgula divina -respondió el bachiller-. ¿Piensa vuesa merced regalarnos con un banquete de Escotillo? Sepa el señor alcaide que mi antojo y necesidad no son de viento, sino de substancias reales, y que no es mi ánimo comer hoy a lo fantástico, sino muy a lo verdadero. -Se hará lo que se pueda -dijo el alcaide-.

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59 min Babero Maduro Boob Pelo Corto Morena Todo el país ardía en guerra. Íbase a dar una nueva batalla. Los contendientes habían concentrado todos sus elementos para esta acción decisiva y determinose lo indispensable para aguzar sus armas, como aseguran hacen los leones con sus garras al salir de las cavernas. La misma fiebre, el mismo celo, idéntico coraje: todo presagiaba un choque formidable, y venían el uno hacia el otro los ejércitos, ora a marchas forzadas en columnas paralelas, ora deteniéndose o retrogradando en batalla en busca de un teatro adecuado a la tragedia. En ciertos lugares, el repliegue o la contramarcha de flanco se hizo difícil, y la evolución cesó. El panorama, a todos rumbos, era alegre y sonriente: la tierra gorda y negra ofrecía el grano de la abundancia, sus sabrosos frutos la vegetación arbórea, franca hospitalidad la mansión del labrador. Parecía aquella la región del trigo. Un arroyo franjeado por ligeros boscajes serpenteaba al pie de las cuchillas, destacándose en forma de hilo plateado en pequeñas planicies, y perdiéndose en los declives y hondonadas, para presentar a lo lejos en algún llano de cultivo su doble festón de talas, sauces y espinillos en caprichosas isletas. En otra dirección, distinguíanse árboles solitarios junto a moradas humildes, doradas mieses, caminos de agaves, grandes parvas amarillentas y ganado doméstico esparcido en terrenos de pastoreo. La paz, la tranquilidad y el trabajo reinaban en aquellos sitios, hasta la llegada de los ejércitos; enormes culebras de anillos de acero, que debían dejar a su tránsito surcos más profundos que los del arado, llenos de un riego de sangre viril y generosa. En parajes semejantes, ya acosado por el cañón, dio el frente uno de los ejércitos, como el paladín que midiese campo y sujetara al corcel, haciendo crujir al volver cara con fiero estridor todas las piezas de su armadura. Nada más imponente y majestuoso que el movimiento de las columnas en su desfile final, y en la formación de la línea, cuando deslizándose por retaguardia de la cabeza o avanzando de frente en perfecta alineación, fusiles al hombro, en sus cujas las lanzas, empujados los cañones, desnudas las espadas, desplegadas las banderas, batientes los tambores, las dos masas preparan el encuentro llenas de fe y de brío, buscando el plano donde harán pie firme hasta destrozarse con el plomo y el acero. Tendiéronse ambos contendientes formando paralelas; batallones al centro y fuertes baterías de campaña, caballería en las alas compacta y numerosa, con reservas sobre los bagajes y tren rodante. Algunos destacamentos de cazadores apoyaban los flancos, y otros hacían despliegue al frente en guerrilla, preparando con sus descargas aisladas el sangriento drama. Alineados, en descanso, resueltos, en un terreno desfavorable en parte para la maniobra, esperaban la palabra de orden. ¡Eran como dos nubes sombrías cargadas de electricidad, cuyo choque inevitable debía producir la catástrofe al soplo de aciagos vientos; o encelados colosos, acostumbrados a recibir nuevas fuerzas de la madre tierra en la caída, prontos a lanzarse el uno sobre el otro para renovar con vigor increíble un combate perdurable! Ya algunos cuerpos humanos tendidos aquí y acullá sobre la línea de la escaramuza preliminar en ambas avanzadas, inmóviles y yertos marcaban los vacíos hechos por el plomo de las descargas: jalones de carne y rotos huesos, del que debía ser para uno u otro combatiente el campo de la victoria. A intervalos de los dos centros que se contemplaban mudos, siniestros y airados, partían relámpagos enmedio de espesas humaredas, y el hierro pasaba rugiendo por los claros de las guerrillas, abría brecha en la línea firme e inmóvil que cubría en el acto el hueco, o rebotaba en las colinas con choque estridente levantando yerbas entre una niebla de polvo. Entonces un clamor lúgubre surgía de las masas de las alas, compuestas de inquietos escuadrones, como si la guadaña de la muerte hubiese girado vertiginosa sobre todas las cabezas: vibraba sonoro en el espacio el toque del clarín, los caballos escarbaban la tierra temblorosos con sus remos delanteros, y se sucedía luego un silencio solemne al estampido del cañón.

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350 mb Nuturing Biológico Recostado La Lactancia Materna Esta idea creció en mí de tal manera que resolví volver al astillero antes de comer y preguntar al botero si creía que había alguna probabilidad de que Ham volviera por mar, y, si me dejaba alguna duda, obligarle a venir por tierra yendo a buscarle. Ordené aprisa la comida y volví al astillero con toda oportunidad, porque el botero, con una linterna en la mano, estaba cerrando la entrada. Casi se rió cuando le hice mi pregunta, y me contestó que no había miedo de que ningún hombre en sus cabales saliera a la mar con semejante galerna, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para marino. Tranquilizado con esto y casi avergonzado de haberlo preguntado, volví a la posada. Si un vendaval como aquel podía aumentar, creo que entonces estaba aumentando. El rechinar de ventanas y puertas, el aullido del viento dentro de las chimeneas, el aparente temblor de la casa misma que me cobijaba y el prodigioso tumulto del mar eran más tremendos que por la mañana. Además, había que añadir la oscuridad, que invadía todo con nuevos terrores, reales e imaginarios. No podía comer, no podía estar sentado, no podía prestar una atención continuada a nada. Algo dentro de mí, contestando débilmente a la tormenta exterior, revolvía lo más profundo de mi memoria, confundiéndola. Sin embargo, en el atropello de mis pensamientos, que corrían, como salvajes, al compás del mar, la tormenta y mi preocupación por Ham me angustiaban de un modo latente. Se llevaron la comida sin que casi la probara. Intenté refrescarme con un vaso o dos de vino; pero fue inútil. Me amodorré junto al fuego, sin perder del todo la consciencia ni de los ruidos de fuera ni de donde me encontraba. Pronto se oscurecieron por un nuevo e indefinible horror, y cuando desperté (o mejor dicho, cuando sacudí la modorra que me sujetaba en mi silla) todo mi ser temblaba de un miedo sin objeto e inexplicable. Me paseé de arriba abajo; intenté leer un periódico viejo; escuché los ruidos horribles de fuera; me entretuve viendo escenas, casas y cosas en el fuego. Por fin, el tranquilo tictac de un reloj que había en la pared me atormentó de tal modo que resolví irme a la cama. Me tranquilizó un poco el oír decir que algunos de los criados de la posada habían decidido no acostarse aquella noche. Me fui a la cama excesivamente cansado y aburrido; pero en el momento que me acosté todas estas sensaciones desaparecieron como por encanto, y estaba perfectamente despierto y con todos los sentidos aguzados. Horas y horas estuve oyendo al viento y al agua, imaginándome que oía gritos en el mar; tan pronto disparaban cañonazos como oía derrumbarse las casas de la ciudad.

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Camrip Polla Negra Gratis Adolescente Video Blanco Lo que a todos más agobiaba era no tener nada de comida, pues a ningún precio se encontraba. «¿Pero nada tenéis que pueda serviros de alimento -le dije-: higos, mojama, el gato? -Nada hay en nuestra casa ni en la de Fresco más que las drogas que vendemos: azufre, aloes, incienso, agalla, matalahúva y zarzaparrilla. Con algún enjuagatorio de esto, refrescación de tripas, vamos engañando el hambre. Ven y verás nuestra miseria. Respondile que no podía en aquel momento ir a su casa, por tener que personarme en la de Ahmed Abeir, donde los Principales estaban reunidos. Allí acordaríamos algo que aliviase la miseria y previniera nuevos desmanes. Seguí mi camino, apartando a un lado y otro los grupos de hambrientos y llorones. En casa de Abeir hallé unos catorce individuos, de posición los unos, otros dedicados al transporte comercial, como el renegado El Gazel (Torres). En pocas palabras me informó el dueño de la casa de que se había llegado al acuerdo de enviar al campo español, al día siguiente, una comisión de cinco vecinos con el fin de ofrecer a O'Donnell la entrega de la ciudad, siempre que el General español prometiese respetar vidas, haciendas y religiones. Más de tres y más de cuatro dijeron que en la embajada debía ir yo, a lo que me negué, alegando que he tenido cuestiones desagradables con españoles del comercio de Ceuta y de Algeciras, y que sonaría mal en los oídos cristianos el nombre de El Nasiry. Razones di con fundamento lógico y hasta con elocuencia, y por término de mi perorata propuse que fuese Torres en la embajada. Así se acordó. ¡Loores mil al Poderoso Allah! Habíamos determinado lo que te escribo, ilustre Señor, sin contar para nada con los locos que aún seguían presumiendo y fanfarroneando en la Alcazaba. Mas era preciso que nos armáramos de valor, y nos atreviéramos a decirles que se retiraran dejándonos dueños de la plaza. Con otros dos fui comisionado para poner en conocimiento del Bajá y su tropa la destitución que acordó la Junta del Pueblo, cosa desusada en nuestras historias, y una novedad más que aprendíamos de los españoles. ¡Sobre todo los designios de Allah!

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49 min Chicas Hablando Con La Cara De Esperma estas disputas que terminan por enfadarse! Al oír estas palabras, pronunciadas con un ligero y gracioso acento andaluz por una voz musical, desarrúguese la frente de don Francisco de Silva, y una sonrisa de orgullo maternal asomó a los pálidos labios de doña Leonor que un momento antes temblaban de cólera. -Ven, Luisita -exclamó la buena señora, removiendo en un ancho sillón de damasco encarnado con galón de plata, su cuerpo enjuto y acartonado-. Ven y tráeme agua de colonia, éter, cualquier cosa, porque me siento muy mala. ¡Ay, Dios mío, qué flato! estas cosas me asesinan. -Hermana -dijo don Francisco mirándola con inquietud- yo siento mucho. ¡pero tú me insultas de un modo. En fin, olvídese esto; si te he ofendido perdóname. Ya sabes mi genio. soy una pólvora. pero repito que me perdones. Mientras el caballero tartamudeaba estas palabras, sintiendo sinceramente la indisposición de su hermana, aunque debía estar acostumbrado a tales escenas que eran demasiado frecuentes, Luisa salió del gabinete con un frasquito de éter, y poniéndose en una banquetita delante de su madre, acercó su linda cabeza para examinar con tierno sobresalto las facciones de la anciana, alteradas aún por la cólera, pero en las que se traslucía la satisfacción que le causaba la victoria que, merced a su flato, acababa de obtener sobre su antagonista. Luego la hermosa niña aplicó el frasquillo a la nariz de la enferma, y volviendo a su tío dos bellísimos ojos azules, llenos de ternura y mansedumbre, pareció decirle con ellos: «¿Por qué, por amor a mí, no es Ud. más dulce con mi madre? Don Francisco se levantó de su silla, no ya con las cejas fruncidas ni la frente arrugada, sino con aire contrito y avergonzado, y tomando una mano de su hermana. -Leonor -la dijo-, dime que me perdonas. De todos modos Carlos no irá ya a Madrid. Estas palabras fueron un himno de triunfo de triunfo para doña Leonor, que aparentó sin embargo no atender a ellas, y haciendo alarde de generosidad.

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115 min Interpretar Eros Ramazzotti Song-Titel Todas Las Historias -Quien menos vale más merece -opinó uno de los presentes. ya sabe la viudita -añadió una de las señoras mayores-; ¡Guevara, que heredó de su tío don Martín y que tiene por su casa! ¡Es una gran boda; ya sabe! -Es la opinión más errada -dijo un oidor amigo de Clemencia-, y la menos justificada, la que atribuye a las mujeres que tienen alguna instrucción el que saben mucho en el sentido que se ha dado a esta frase común, que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal y notoriamente lo contrario; esta clase de saber suele ser propia de aquéllas que no tienen otra cosa en que explayar su imaginación y ocupar sus facultades intelectuales, y les es seguramente más útil que a las otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte la deberán ciertamente a otras causas que a su saber en el sentido dicho. Quien atribuya cálculo a Clemencia, debe precisamente no conocerla. -Para predicador de honras os pintáis solo -observó agriamente la señora de la Tijera. -Pues no ha dicho más que la pura verdad -opinó don Galo-. Sepa usted, Lolita, hija mía, que a sus espaldas hace ese caballero otros justos elogios de usted. -Eso no quita, santo varón -contestó Lolita-, que sepa mucho Clemencia Ponce y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el pueblo, mientras que ella se las gaste aquí en toda libertad. -No es Clemencia gastadora por cierto -repuso don Galo. si no tenía bastante para ello, ¿cómo había de serlo? -dijo la Tijera-. Su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; así es, que sólo tenía lo que le dejó el tío Abad. -Y una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero de la casa. Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo-, dijo otra. -Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta, lo sé por su tía -observó don Galo.

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119 min Mi Esposa Mostrando Su Coñito Peludo que son, no obstante, madres y hermanas de los demás. Huyo del pensamiento volviendo a contemplar el maravilloso espectáculo de fuera. El más bello del mundo -según el capitán. Encanta, efectivamente, como una magia. Conforme navegamos hacia Singapore, nos van rodeando y estrechando los islotes, los flotantes vergeles de tierra roja de coral y de fina y varia vegetación de parque. Los lagos, es decir, las extensiones de mar en que se ensanchan los canales, son verdes, verdes en su calma dilatada, verdes de un verde lívido y fantástico, como las fosforescencias de los ojos felinos. El cielo es verde, decididamente verde en su pálida transparencia de ensueño. Acá y allá, por las islas, cerca, lejos, se ven floridas colinas de la tierra de coral, por cuyas faldas bajan, entre fronda, las casitas de madera, hasta grupos de ellas sumergidos en el agua, sobre estacas. Aldeas divinas. Rústicas Venecias deliciosas. Doblamos una punta, y un buque hundido asoma su bauprés y las crucetas inclinadas de los palos. Tiene por señal de aviso faroles encendidos, aunque no ha hecho el sol más que ponerse. Está así hace años. Ya había hablado de él el capitán en la mesa. -¡A su vista voy figurándome los Pascuales, las Auroras, las Charos que yacerán dentro del casco inmenso dignificados por la muerte! ¡Cuántas veces el morir nos torna respetable una vida estúpida! «Excelentísima señora condesa de Fuente-Fiel». leería entre los nombres de los náufragos cualquier lector de periódico si nos hundiésemos; y soñaría, antes que esta bufa partiquina repintada, cualquier augusta heroína de leyenda, como D'Annunzio en sus retratos del Vinci. Vuelvo los gemelos a la proa.

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2160p Strippers En El Valle De San Fernando Abordando a Suecia por el paralelo de Estocolmo, y Noruega a la latitud de Cristianía, descendió el Albatros hacia el Sur, pasando a 1000 metros sobre Francia, y bajando hasta París, dominó a la gran capital a un centenar de pies, en tanto que sus proyectores eléctricos lanzaban haces luminosos. Por último, desfilaron por Florencia, Roma, Nápoles y atravesando el mar Mediterráneo en vuelo oblicuo, hasta alcanzar las costas de la inmensa África, paseáronse sobre Egipto, Argelia, Túnez, Marruecos, aventurándose luego hacia la superficie del Atlántico. Y marchando siempre en dirección sudoeste, nada les detuvo, ni siquiera las tormentas que estallaron con una violencia extrema, ni una de las formidables trombas que lo envolvió en su torbellino, y de la que Robur el conquistador pudo librarse con admirable inteligencia y sangre fría, deshaciéndola a cañonazos. Reapareció la tierra a la entrada del estrecho de Magallanes. El Albatros la atravesó de norte a sur, para abandonarla en la extremidad del cabo de Hornos, y lanzarse por los parajes meridionales del Océano Pacífico. Entonces, desafiando las desoladas legiones del mar Antártico, después de luchar con un ciclón, logrando ganar el centro relativamente en calma, Robur se paseó por comarcas casi desconocidas de la tierra de Graham, en medio de las magnificencias de una aurora austral, balanceándose durante unas horas por encima del Polo, cogido por un huracán, arrastrado hacia el Erebus, que lanzaba sus llamas volcánicas, fue milagroso que pudiera escapar de él. En fin, en los últimos días de julio se detuvo cerca de una isla del Océano Índico. El ancla mordió las rocas del litoral, y el Albatros, por primera vez después de su partida, permaneció inmóvil a 150 pies del suelo, mantenido por sus hélices superiores. Esta isla era la de Chatham, a 15 grados al este de Nueva Zelanda. El aparato habíase puesto en contacto con tierra porque sus propulsores, averiados en el último huracán, ya necesitaban reparaciones, sin las cuales no era posible que llegase a la isla X, distante todavía 2800 millas; una isla desconocida, del Océano Pacífico, donde habíase construido el Albatros. Uncle Prudent y Phil Evans comprendían que una vez hechas todas las reparaciones, el aparato seguiría sus interminables viajes. Así es que, una vez puesto el sol, parecióles que se les ofrecía la ocasión de intentar evadirse. El cable del ancla que retenía al Albatros medía unos 150 pies. Dejándose deslizar los dos pasajeros y su criado Frycollyn, llegarían hasta tierra; y si la evasión se efectuaba de noche, no corrían el riesgo de ser descubiertos. Verdad es que al llegar el día, echaríase de menos su presencia a bordo, y como no podían salir de la isla Chatham, los fugitivos serían de nuevo hechos prisioneros. He aquí entonces el audaz proyecto que ellos concibieron: hacer saltar el aparato por medio de un cartucho de dinamita hurtado a las municiones de a bordo, romper las alas de la poderosa nave, destruirla con su inventor y su tripulación. Antes de que el cartucho hiciera explosión tendrían tiempo de huir por el cable, y asistirían a la caída del Albatros. Como lo pensaron lo hicieron. Una vez encendida la mecha del cartucho, deslizáronse los tres sigilosamente hasta el suelo; pero en aquel momento descubrióse su evasión, y desde la plataforma dispararon en contra de los fugitivos, que tuvieron la suerte de no ser alcanzados por una bala.

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