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16 min Plan De Negocios Para Servicios Diurnos Para Adultos.

Había llegado deslumbrada por el gran sol de Abril en las cocinas, y poco a poco se iba habituando a la que había antes parecido más grande obscuridad. Primero vio un brazo fuera de las sábanas. Luego sedosos rizos en desorden. Por último distinguía con toda exactitud la simpática belleza del rostro del herido. Muy blancos, sus dientes. Muy rojos, sus labios, donde se erizaba el bigote juvenil. La fiebre arrebataba su cara dándole una animación de rosa que no parecía la de la muerte. Y la fiebre y el calor le tenían un poco derribado el embozo de la cama sobre el pecho, donde veíase por entre la fina y desabrochada camisa la garganta blanca y fuerte y el principio de las gasas del vendaje. Inés, ya olvidada de rezar, y tomada otra vez por el triste cuadro romancesco, pensaba que habrían acostado al pobre herido en esta cama, que era la de ella y su marido, por ser la más cómoda y hallarse en la habitación más amplia de la casa. Sin saber por qué, ella sentía que este detalle aumentábale su dolorosa fraternidad con el joven infeliz. En una percha había algunas prendas íntimas de ella, que nadie se había cuidado de quitar. En el tocador estaban sus perfumes. De pronto apartó de Luis la mirada, al verle removerse, despertando. Pidió él agua, y se aprovechó la ocasión para darle otra cucharada de morfina. La madre y la monja se habían acercado al lecho. Inés se había puesto de pie. -¡Luis, mira, hijo mío! -dijo, después de darle un beso, doña Fernanda: -Aquí tienes a la dueña de esta casa, a la señora doña Inés Monteleón, que ha tenido la bondad de venir a acompañarme.

68 min Pollas Múltiples En El Culo De Chicas Universitarias

97 min Pollas Múltiples En El Culo De Chicas Universitarias Baste decir, gentleman, que hemos tenido buques de guerra mas grandes que la barca que le trajo a usted; navíos con cien piezas de artillería iguales al revolver que le sacamos del bolsillo, o tal vez mucho mas grandes, y llevando tres mil o cuatro mil hombres de tripulación. En fin, verdaderas islas flotantes. Y lo peor fue que estas construcciones gigantescas y los gastos enormes que exigían, todo resulto inútil. El continuo invento de medios destructivos dio vida a nuevas embarcaciones no más grandes que algunos peces de nuestros mares, pero que, a semejanza de estos, podían deslizarse por la profundidad submarina, atacando de lejos a los monstruos flotantes hechos de acero. A pesar de su humilde aspecto, muchas veces, en nuestros combates navales, echaron a pique a los navíos gigantescos, que representaban el valor de una ciudad. Toda guerra resultaba más mortífera y costosa que la anterior. Las madres, al dar a luz a sus hijos, sabían que no fabricaban hombres, sino soldados. No pretendo hacerle creer, gentleman, que la guerra era algo nuevo en nuestra historia y solo la habíamos conocido después que Eulame trajo sus inventos del país de los gigantes. Habíamos tenido guerras desde las épocas más remotas, como creo que las tuvieron todos los grupos humanos. Pero eran guerras con pequeños ejércitos, que no alteraban la vida del país; guerras sostenidas por tropas de combatientes voluntarios y profesionales; una especie de lujo sangriento, de elegancia mortífera, que se permitían nuestros viejos emperadores de tarde en tarde. Pero después de la demencia ambiciosa de Eulame y del perfeccionamiento de los medios de destrucción, las guerras fueron de pueblo a pueblo, y toda la juventud de un país, abandonando campos y talleres, corría a matar la juventud vigorosa del otro país que había hecho lo mismo. Cada guerra significaba un largo alto en el desenvolvimiento humano, y luego un retroceso. En la capital de cada país había un arco de triunfo para que desfilasen bajo su bóveda unas veces el ejército que volvía victorioso y otras los invasores triunfantes. Después de toda guerra, el suelo abandonado parecía vengarse del olvido y de la bestialidad de los hombres restringiendo su producción. Las grandes empresas militares iban seguidas por el hambre y las epidemias. Los hombres se mostraban peores al volver a sus casas durante una paz momentánea. Habían olvidado el valor de la vida humana. Reñían con el menor pretexto; se encolerizaban fácilmente, matándose entre ellos; pegaban a sus mujeres.

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27 min Lecciones De Amor Erótico Juego De Sim.

66 min Lecciones De Amor Erótico Juego De Sim. Pues si mi madre estuviera bien de salud y me hablara de esto. ¡Oh qué cosas le diría yo! ¡Cómo razonaría mi conducta, cómo le explicaría por qué quiero a esa mujer, y por qué olvido sus culpas y su pasado negro, obra de su propia mansedumbre y de la miseria! Yo me río a carcajadas de los escrúpulos sociales, y del fariseísmo de todo ese vulgo tiránico y egoísta que quiere gobernarnos. Doña Sales había cerrado los ojos. Por efecto de la prolongada quietud física, Ángel sintió también algo de pesadez en sus párpados. Pero repentinamente se despabiló, cual si hubiera oído la voz de la enferma que le increpaba. La miró, cerciorándose, por su aspecto, de que reposaba tranquila, al menos en apariencia. Volvió a cerrar los ojos, y entonces la voz interna vibró dentro de él, hilando conceptos iracundos, que no eran divagaciones, como los de antes, sino más bien réplicas a algo que doña Sales no le había dicho, pero que muy bien le habría podido decir. Óigase la réplica: «Parece mentira, mamá, que sostengas cosa tan contraria a la verdad de los hechos. ¡Que yo me debo a mí propio mis desgracias! ¡que todo el mal que sufro es obra mía! ¡que tú te has desvivido por rodearme de bienes, y yo he tirado esos bienes por la ventana! Pero, mamá, vamos a cuentas, y examinemos un poco lo pasado. ¿Quién es responsable del mayor mal de mi vida, de mi matrimonio, sino tú? En aquel tiempo, yo sentía en mí los instintos cismáticos; pero aún conservaba la forma ortodoxa, la obediencia. Yo te quería y te respetaba sobre todas las cosas, y tu voluntad era sagrada para mí. Influida por esos amigos de la familia, que tú admiras y veneras tanto como yo les detesto, te empeñaste en que me había de casar con Pepita Pez.

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111 min Entrenando Horney Mujeres Maduras Para Bailar

68 min Entrenando Horney Mujeres Maduras Para Bailar Invito a usted con un hojaldre de jamón. Estoy casi segura que el compañero no tendría tiempo de obsequiarme. -Verá usted que a todo podrá atenderse. Aquello es un primor aderezado como en casa de sibarita, que hace pensar en el comedor de Cleopatra todo cubierto de rosas hasta la altura de una vara, según dicen los egiptólogos. Decídase usted por el hojaldre. -Puede usted tomarlo en mi nombre, aparte de una buena dosis en el suyo; más ahora que le he sorprendido un visaje de hastío y sueño. ¿Por qué viene usted al baile? -No lo crea usted, interesante Julieta; me siento con placer a su lado. Pero, si he de ser franco, vi hace un momento abrir la boca con la mayor delicia a aquella señora anciana, que está en el confidente de la izquierda; y nada causa más envidia que un bostezo, aunque el mío fue un barrunto. Conque iremos, mi encantadora Cleopatra. -Le tengo advertido, caballero Bafil, que no le permito confianzas, ni comparaciones odiosas. Está usted hoy pesimista en extremo, y sin apartar la vista de Areba y de Selis, como si algo le fuera en ello. Felizmente aquí se aproxima mi compañero para la mazurca, que me resarcirá de sus momentos y a quien haré confianza de cosas muy interesantes que reservaba para usted -¡Oh! cuánto lamento esta circunstancia que me priva. -agregó interrumpiéndose, al oído de la joven, viendo acercarse al candidato. Mirole Julieta con enfado y dijo: -Un poeta de delicadeza suma, y de dotes muy relevantes, que no se acuerda para nada del jamón y del pastel cuando va con una dama.

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15 min Esposa Desnuda Responde A Los Vids De La Puerta

15 min Esposa Desnuda Responde A Los Vids De La Puerta Ocurriósele amarrarle con el pañuelo al tosco retenedor, y así lo hizo con cuanta fuerza halló en sus trémulas manos. Hubo en la sala unos instantes de silencio. Águeda aprovechó aquella tregua para entreabrir la ventana que daba a la calle. Pilar, en tanto dormía profundamente. Volvieron a oírse rugidos e interjecciones, y la puerta de la alcoba fue violentamente sacudida. Águeda creyó en aquel instante que se convertía en escarcha toda la sangre de sus venas. Pilar despertó con el ruido, y al ver el espanto de su hermana, se arrojó del lecho y se abrazó a ella. -la dijo Águeda al oído mientras la estrechaba contra su corazón. -Pero ¿qué es? ¿qué pasa? -preguntaba muy bajito la pobre niña. -Nada, hija mía. Nada de particular. Creí haber oído. Otra sacudida más fuerte que la anterior dada a la puerta, dejó sin voz a Águeda y aterrada a la niña. Ésta creyó oír al mismo tiempo ruido en el corral. Díjoselo a su hermana que, al oírlo se lanzó a la ventana y gritó con todas sus fuerzas: -¡Socorro!

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44 min Como Dar Pelicula De Sexo Oral

115 min Como Dar Pelicula De Sexo Oral Raúl cumplió la promesa con usura. -Tus medios reales han ganado interés, simpático Roberto -le dijo-; pues has tenido que perseguir hasta entre dos aguas a los heridos. Aquí tienes el premio. Roberto, que se había escurrido a dos manos el cabello, y puéstose las ropas con la misma facilidad con que se desvistiera, recogió el dinero sin escrúpulo. Luego repuso con la mayor ingenuidad: -Para que vea usted. Suelo deslizarme así, entre dos semanas, sin encontrarme con un vintén. Hoy es distinto. ¡Había habido hueva en el remanso! Riose Raúl de la ocurrencia, echose la escopeta al hombro y se alejó diciendo: -Adiós Roberto. Espero que nos volveremos a ver. Encaminose enseguida a pasos largos, con el morral pendiente de un costado, a una colina próxima. Pocas cuadras más allá encontrábase Selim con el carruaje. Raúl hízole una seña. Selim era un cambujo vigoroso de veinte años, en cuyo rostro resaltaban los rasgos del indio sobre los del negro, acentuados y enérgicos, con sus pómulos salientes, los labios delgados, el hueso frontal un poco hendido en su parte superior y enarcado de una manera notable sobre las cuencas; ojos negros, pequeños y brillantes, de mirar rápido y vivo, bigote ralo, crespo y retorcido, y cuello ancho y robusto bien plantado en un tronco formidable por lo macizo del esqueleto y del músculo. Difícilmente se encontraría mejor conductor de cuadriga en un juego olímpico, ni auriga más diestro en una confusión de vehículos de plaza. Sabía afirmarse bien en los lomos de un redomón, y sujetar por el bocado un tronco rebelde, y aun correrse por la lanza, hasta ceñir con sus dedos cortos y fornidos, a manera de tenazas, las narices de los potros, que al fin daban con ellas en los guijarros, llenos de roja espuma. Había nacido enmedio de las sierras de los Tambores, en una de aquellas habitaciones pajizas levantadas sobre algunas rocas de las vertientes, colgantes del abismo, sacudidas por las rachas de los ventisqueros, como un nido de buitre; y aunque habíase trasladado desde muy joven a Montevideo, contrayendo otros hábitos y costumbres, conservaba algo de las energías indómitas, propias de la savia semisalvaje que circulaba por sus venas. Astuto, leal y entendido, granjeose desde el principio la simpatía de Raúl, por quien él sentía respeto y afecto profundo.

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