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59 min Cómo + Casa Adulta Media

Era un pobre sucio y feísimo: en obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé mis guantes que le tocaron; supongo que iría en seguida a emborracharse a mi salud. Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron a sus ojos. Sir George las notó y le preguntó: -¿Qué tenéis, Clemencia? -Nada -contestó ésta levantando su suave y sonriente cara. ¡así! -exclamó sir George queriendo besar su mano, que ella retiró-: sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! sólo os falta para llegar al apogeo femenino, el que améis, como faltaba el rayo de vida a la perfecta estatua de Pigmaleón. ¿Por qué no amáis? -dijo sonriendo Clemencia-, ¿no hay más que amar así a tontas y locas? ¿No hay más que darle rienda suelta al corazón sin saber antes donde nos arrastra? -Vosotros los españoles, -dijo sir George, que penetró las graves ideas de Clemencia-, entendéis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se hastiaría y perdería su brillantez en las innecesarias trabas de la obligación. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo. -No pensé -repuso Clemencia con gravedad-, que vos, sir George, pudieseis decir cosas tan en extremo vulgares, que pudieseis gastar un lenguaje de don Juan, completamente relegado no sólo al mal tono social, sino al mal gusto literario; sobrepuja en ellas lo ridículo a lo inmoral. ¿Estaríais aún, por ventura, en ese período de lo romancesco desenfrenado, que tira piedras a una unión consagrada, y lodo al amor exclusivo?

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34 min Culo Bush George Va A Ser Joe Lieberman Whoop Cerca del Retiro vieron pasar los coches. Guerra observó las caras de los sargentos. ¡Pobrecillos! Algunos llevaban ya la lividez de la muerte impresa en sus rostros atezados, los menos querían aparentar una serenidad que se les caía del semblante, como máscara mal sujeta. Al parar los coches para que bajaran de ellos los reos, que eran veinte, atados codo con codo, la confusión era grandísima. Arremolinose el gentío; la tropa no pudo aislar a los reos sin repartir algunos culatazos; pero las mujeres, más intrépidas que los hombres, y los chiquillos, que se filtran por todas partes, pudieron acercarse por un momento a las víctimas. Guerrita vio a una mujer que, abriéndose paso a fuerza de empujones, ofrecía cigarros a los sargentos. Uno de éstos, que en el espantoso trance alardeaba de estoicismo, echose a reír y despreció el ofrecimiento con palabras groseras: «¿Para qué. quiero yo cigarros ahora? Colocose también una aguadora, que intentaba vender vasos de agua fresca a las víctimas; pero hubo de salir a espetaperros. Angelito no se acobardó cuando la tropa empezó a despejar para formar el cuadro, y eso que su miedo era grande; le amargaba horrorosamente la boca; sentía dolorosa opresión en el pecho; pero la curiosidad pudo más que el instintivo terror, y se hubiera dejado pisotear por los caballos antes que renunciar a meter su hocico en la hecatombe. Formose el cuadro, y fuera de él la tropa seguía conteniendo a los curiosos; pero el gran Guerrita se coló, sin darse cuenta del procedimiento, por entre los caballos, por entre las piernas, por entre los fusiles. Sentíase más delgado que un papel, y tan difuso como el aire. Sin saber cómo, hallose junto a un seco arbolillo en el cual pudo encaramarse, próximo a un montón de escombros, en el extremo superior del cuadro, junto a la tapia de la Plaza. Un hombre que parecía loco, logró escabullirse también en aquel sitio. Guerra le vio aparecer en el montón de escombros como si de entre las piedras y el cascote saliera. Ninguno de los dos se asombró de ver al otro. Imposible apreciar ni sentir cosa alguna fuera del espectáculo terrible que se ofreció a los ojos de entrambos.

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Bdrip ¿por Qué La Cerveza Se Mantiene En El Estante Inferior?

86 min ¿por Qué La Cerveza Se Mantiene En El Estante Inferior? Devolví el tenedor y el cuchillo al capitán Hopkins y regresé a casa para tranquilizar y dar cuenta de mi visita a mistress Micawber. Se desmayó al verme, después de lo cual preparó dos vasos de ponche para consolarnos mientras le contaba lo sucedido. Yo no sé cómo consiguieron vender los muebles para alimentarse, ni sé quién se encargó de aquella operación; en todo caso, yo no intervine en ella. Todo se lo llevaron en un carro, a excepción de las camas y de alguna que otra silla y la mesa de cocina. Campábamos con aquellos muebles en dos habitaciones de la casa vacía de Windsor Terrace mistress Micawber, los niños, la huérfana y yo, y de allí no salíamos. No recuerdo cuánto duró aquello; pero me parece que bastante tiempo. Por último, mistress Micawber decidió trasladarse a la prisión, donde su marido tenía ahora una habitación para él solo. Me encargaron de llevar la llave de la casa a su dueño, que por cierto me pareció encantado de ello, y las camas se enviaron a Bench King's, menos la mía. Alquilamos para mí una habitacioncita en los alrededores de la prisión, lo que me alegró mucho, pues ya me había acostumbrado a vivir con ellos a través de nuestras mutuas penas. La huérfana también fue acomodada en un baratísimo alojamiento de las cercanías. Mi habitación era un poco abuhardillada y nada cómoda; pero me creí en el paraíso al tomar posesión de ella, pensando que la crisis de las dificultades de Micawber había terminado. Todo este tiempo seguía trabajando para Murdstone y Grimby en lo mismo de siempre, con los mismos compañeros y con el mismo sentimiento de degradación inmerecida que al principio. Pero, felizmente, no había hecho ninguna amistad, no hablaba con ninguno de los niños a quien diariamente me encontraba al ir y venir al almacén o al vagar por las calles a la hora de comer. Seguía llevando la misma vida triste y solitaria; pero mi pena continuaba siempre encerrada en mí mismo. El único cambio del que tuve conciencia fue que mi traje estaba cada día más viejo y usado, y que en parte estaba algo tranquilo respecto a los Micawber, que vivían en la prisión más desahogados que hacía mucho tiempo y que habían sido socorridos en su desgracia por parientes o amigos. Desayunaba con ellos en virtud de un arreglo que hicimos y del que he olvidado los detalles. También he olvidado a qué hora se abrían las puertas de la prisión para dejarme entrar; únicamente sé que me levantaba a las seis de la mañana, y mientras esperaba a que abrieran las puertas iba a sentarme en uno de los bancos del viejo puente de Londres, donde me divertía mirando a la gente que pasaba o contemplando por encima de la balaustrada el sol reflejado en el agua o iluminando las llamas doradas de lo alto del monumento. La huérfana venía muchas veces a reunirse allí conmigo para oír las historias que yo le inventaba de la torre de Londres, y puedo asegurar que yo mismo me convencía de lo que contaba.

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Bdrip Adolescentes Rubias Follan En Mesa De Masaje

Bdrip Adolescentes Rubias Follan En Mesa De Masaje ¿por qué os conocí? pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hacia vos nació sin que lo sembrase la voluntad ni cultivasen esperanzas, como nace el día por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque resumiendo en vos todas las virtudes y todos los más bellos dotes femeninos, esparcís la felicidad que de ellos dimana alrededor vuestro como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido a vos, mi vida hubiera sido un encanto, y porque a vuestro lado lo presente habría sido tan bello que habría olvidado llorar lo pasado y ansiar por el porvenir. -Habéis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño, y lo que hacéis ahora es afligirme. -Lo conozco -repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño de su dolor-; lo conozco, porque no sois vos, no, de las mujeres que gozan en ver sufrir a los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspiráis; amor que hacéis nacer sin desearlo, que rehusáis sin injuriarlo con el desprecio, graduándolo de mentido; pues sería difícil precisar lo que en vos es más bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazón o vuestra persona. sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del que no he sabido hacerme amar por mi desgracia. Diciendo esto, de Brian se levantó, se acercó a Clemencia, tomó su mano, que besó, y salió sin añadir más que: -Adiós, Clemencia. Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se encerró en su cuarto y se puso a llorar amargamente. -pensaba-, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? esos hombres que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen y se convierten en tiranos sólo porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mío, hijos de cariño? ¿No lo serán más bien de amor propio? ¿Son en estos hombres estas escenas amargas, este veneno vertido, hijas de ese sentimiento dulce, el amor, o lo son de sus caracteres?

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119 min Encontrar Sexo Ho Chi Minh Saigon

90 min Encontrar Sexo Ho Chi Minh Saigon Pero como nuestros gobernantes no le conocen y temen una humorada como las de aquel Hombre-Montaña que se enloquecía bebiendo un líquido cáustico, será usted sometido a las siguientes precauciones: "Una máquina voladora irá delante, después de haber enroscado un cable a su cuello. Otra volará detrás, con su cable amarrado a las dos manos de usted cruzadas sobre la espalda. Puede avanzar sin miedo. Los tripulantes de nuestros voladores conservaran siempre flojos estos lazos metálicos. Pero por si usted intentase (lo que no espero) alguna travesura, le advierto que los guerreros del aire tienen orden de dar un tirón inmediatamente con toda la fuerza de sus máquinas, y que los tales cables metálicos cortan lo mismo que una navaja de afeitar. Y ahora, gentleman, póngase de pie con cierta precaución, para no causar graves daños en torno de su persona. Debemos separarnos por unas horas; yo marcho delante. Además, la comunicación va a quedar interrumpida entre nosotros desde el momento que usted recobra la posición vertical, aislándose en su grandeza inútil. El ingeniero quiso protestar, algo ofendido por las precauciones a que se le sometía. - Ni una palabra más -insistió el doctor-. Le advierto que anoche casi demolió usted en la oscuridad una de nuestras máquinas voladoras al dar un zarpazo en el aire. Falto poco para que cayese al suelo desde una altura enorme, matándose sus tripulantes. Después de esto, reconocerá que nuestro gobierno obra prudentemente al no tratarle con una confianza ciega. Se aparto el vehículo-lechuza, sin que por esto la traductora, dejase de dar órdenes a través de su bocina. Gillespie, después de convencerse de que no quedaban cerca de él personas ni animales a los que pudiera aplastar, empezó a incorporarse. Sus piernas, tras una inmovilidad de tantas horas, estaban entumecidas y se resistían a obedecerla. Al fin se puso de pie después de largas vacilaciones, y al recobrar su posición vertical, los árboles mas altos quedaron a la altura de su pecho. Todo su busto sobrepasaba la centenaria vegetación, y la muchedumbre de enanos, casi invisible bajo el ramaje, saludo con un largo rugido la cabeza del gigante al surgir ésta por encima del bosque.

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94 min Fotos De Sexo Gratis De Joslyn James Temblando de frío y de sueño te esperaba hasta el amanecer, y tú te aparecías diciéndome que habías pasado la noche con un enfermo. ¡Y yo lo creía! Claro, era una infeliz sin mundo ni malicia. Y saltándote al cuello te besaba, te besaba, loca de amor y de angustia. Y ahora que vuelvo los ojos atrás, recuerdo que volvías la cabeza y me rechazabas. ¡Como que venías harto! Y el médico se paseaba nervioso, medio afligido, pero sin dar su brazo a torcer. -Sí, harto. de ver miserias y oír lamentos. -Y ahora -continuaba Alicia- porque me rebelo, porque no quiero ser plato de segunda mesa, ¡me insultas y me ultrajas! Yo seré una histérica, como tú dices, pero tú eres un miserable. Yo no he leído en los libros; pero he leído en la vida y ya nadie me engaña. ¿Y quién es más digno de censura: yo, pobre lugareña, sin principios ni cultura intelectual, o tú, sabio, educado en París, hecho a la vida del refinamiento, como llaman los parisienses a todas esas porquerías de alcoba? Asígname una renta con que poder vivir y verás qué pronto se acaba todo. ¡Yo no quiero vivir así, no quiero! -Y pateaba en el suelo furiosa, dando vueltas de aquí para allá, desgreñada y en camisa. El médico, en jarras, la miraba fijamente, meneando el busto con mal reprimida cólera. -Habla sin gritar -la decía.

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62 min Sexo Duro Por Señores De Ácido

29 min Sexo Duro Por Señores De Ácido Tal vez el temible orador estaba ya hablando a estas horas. Flimnap corrió al palacio del gobierno, entrando en el ala ocupada por el Senado. Su amor por Gillespie le sugería las más atrevidas resoluciones. El tímido profesor, que pocos días antes era incapaz de la más pequeña iniciativa, se asombraba ahora de su audacia. Pensó hablar a Gurdilo, si es que aun no había empezado su interpelación al gobierno. No se conocían, pero el desde unos días antes era un personaje célebre, del que se ocupaban mucho los periódicos, y bien podía permitirse la libertad de hacer una visita a un compañero suyo de gloria. Dentro del Senado, al preguntar por el famoso orador, se convenció de que había llegado tarde. Gurdilo estaba ya en el salón de sesiones, y no admitía visitas que le distrajesen cuando preparaba mentalmente sus terribles discursos. El catedrático subió a una de las tribunas destinadas al público, viendo abajo, entre las matronas que formaban el Senado, al temible Gurdilo, hacia el que convergían todas las miradas. Nunca sufrió el pobre Flimnap una tortura igual a la de escuchar a este personaje confundido entre el público y sin poder contestarle. Después de su triunfo en el templo de los rayos negros, se consideraba tan tribuno como el célebre senador; pero aquí no era más que un simple oyente que podía ser encarcelado si osaba alterar con sus interrupciones la calma de la majestuosa asamblea. La oradora senatorial, con la faz más amarilla que nunca, la mirada torva, la nariz encorvada y una voz silbante, atacó a Gillespie durante mucho tiempo, procurando que sus golpes al coloso cayesen de rebote sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo. Hizo la historia de todos los Hombres-Montañas que habían llegado al país en el curso de los siglos. El primero, según el testimonio de viejos cronistas, acabo siendo un traidor al Imperio de Liliput que le había dado hospitalidad, pues se fue con los de Blefuscu, que eran entonces enemigos. Además, al regresar a su monstruosa patria, publicó, según vagas noticias traídas por Eulame, un libro en el que ponía en ridículo a todos los liliputienses. Los colosos que habían llegado después eran gentes bárbaras y viciosas, sin educación universitaria y de una capacidad estomacal que acababa causando grandes escaseces y hambres en la nación. Cometían tales desafueros, que finalmente había que suprimirlos. Y cuando se había aceptado como medida prudente el matar a estos intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de una epidemia, llegaba el último Hombre-Montaña, y el Consejo Ejecutivo, faltando a la tradición, le concedía la vida.

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30 min Bragas Sujetadores Oficina Putas Historias Gratis Al buen entendedor. -Pues entonces me largo a escape. Conque ¿hasta la noche, don Alejandro? -Hombre, me parece bien la idea: vuélvase, solo por supuesto, un ratito esta noche para darme cuenta del resultado de sus primeras negociaciones. -Sí, señor, y para saludar a Nieves de paso. que también yo soy hijo de Dios. Se fue el comandante y se quedó Bermúdez en su gabinete un buen rato, palpándose el tronco, atusándose el cabello a dos manos, tomando alientos y moviéndose a un lado y a otro; hasta que se detuvo y dijo, volviendo a llevarse las manos a la cabeza: -Pues, señor. ¡a ello, y que Dios lo bendiga! Y salió del gabinete. Polanco, julio de 1890. Al correr el año 186. sorprendió al mundo entero la noticia de una tentativa científica sin precedentes en la ciencia. Los miembros del “Gun-Club”, círculo de artilleros fundado en Baltimore durante la guerra de Secesión, concibieron el propósito de ponerse en comunicación nada menos que con la Luna, enviando hasta dicho satélite una bala de cañón. El presidente Barbicane, promotor del proyecto, después de consultar a los astrónomos del observatorio de Cambridge, tomó las medidas necesarias para el éxito de aquella empresa extraordinaria, que la mayor parte de las personas componentes declararon realizable, y después de abrir una suscripción pública que produjo cerca de treinta millones de francos, dio principio a su tarea gigantesca. Según la nota redactada por los individuos del observatorio, el cañón destinado a lanzar el proyectil debía colocarse en un país situado entre los 0° y 28° de latitud Norte o Sur, con objeto de apuntar a la Luna en el cenit. La bala debía recibir el impulso capaz de comunicarle una velocidad de doce mil yardas por segundo; de manera que, lanzada por ejemplo, el 1 de diciembre, a las once menos trece minutos y veinte segundos de la noche, llegase a la Luna a los cuatro días de su salida, o sea el 5 de diciembre, a las once en punto de la noche, en el momento en que el satélite se hallara en su perigeo, es decir, a su menor distancia de la Tierra, o sean ochenta y seis mil cuatrocientas diez leguas justas. Los principales individuos del “Gun-Club”, el presidente Barbicane, el comandante Elphiston, el secretario J.

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