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No se tendrá sin duda por un Suetonio, ni por un austero Tácito. -Él dice que se parece a Tito Livio -respondió el estudiante- en eso de acomodar los acontecimientos de modo que formen un grandioso cuadro poético, aun con cierto perjuicio de la exactitud histórica. -Sin el fundamento de la verdad -repuso don Quijote- no hay obra maestra: la base de las grandes cosas es la moral: sin la verdad la moral no existe. Las inexactitudes de Livio no están sino en la forma, en esas oportunas y graciosas coincidencias con que el autor pergeña sus escenas trágicas; en lo tocante a la esencia misma de las cosas, Tito Livio es tan austero como Tácito. Sin este requisito no hubiera pasado a la posteridad. Tan noble, grande y respetable asunto es la historia, que Polibio, siendo hombre de mal vivir y muy desenfadado, no se atrevió a desfigurarla con supercherías, ni a envilecerla con la adulación; y ese sibarita, cuyas malas costumbres eran notorias, fue historiador casto, recto, y manifestó, como sacerdote del porvenir, inclinación violenta a la verdad y a la virtud. El historiador ha de tener muchas dotes y virtudes: sabiduría, rectitud, austeridad; discernimiento, criterio acendrado; osadía filosófica, olvido de sí mismo; valor a prueba de amenazas y peligros; sensatez, audacia, firmeza y disposición moral tan aventajada, que pase a caballo por delante las generaciones y los siglos, causando admiración y respeto. -¡Cuán bello modo de decir, señor -dijo el estudiante-, esto de pasar el historiador a caballo por delante de las generaciones y los siglos! -Quintiliano insinuó ya -respondió don Quijote- que la historia anda a caballo, aludiendo a la grandeza, elegancia y rapidez que caracteriza su estilo. Ahora quisiera yo saber el nombre del famoso historiador de quien vuesa merced me ha dado noticia, por si me ocurre la oportunidad de darle una lección: -Es el gran Remingo Vulgo, señor caballero -dijo el estudiante-; y no vaya vuesa merced a confundirlo con Mingo Revulgo, que éste es un cancionero de marras. -Yo sé quién es Mingo Revulgo -tornó a decir don Quijote-: conténtese vuesa merced con haberme hecho conocer a Remingo Vulgo y no se meta en biografías que no vienen al caso. -Si la mágica Felicia Propicia hace la buena obra de tener secuestrados a esos malandrines -dijo don Quijote-, me guardaré muy bien de pelear con los turcos que defienden su castillo. Y despidiéndose del joven cazador, picó su caballo y pasó adelante seguido de su escudero. No a mucho andar divisaron una casa entre jardines, arbustos y árboles corpulentos, en medio de un anchuroso valle. Una verde colina se levanta a un lado, y está hirviendo en lucios toros que suben y bajan rebramando lentamente; por otro se dilata una pradera, rompiéndola a lo largo un riachuelo cristalino en mil graciosas vueltas. A sus orillas crece la gayumba y esparce su olor por los contornos. Relincha el potro en la caballeriza, manoteando en las piedras con su herradura estrepitosa. Los perros ladran en el patio: las aves domésticas gritan en el huerto.

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24 min Ver A Tommy Lee Y Pamela Anderson Follar Gratis A veces, me dijo, había tardes en que hablaban de Emily; pero siempre la mencionaba como niña, nunca como mujer. Me pareció leer en la cara del joven que quería hablarme a solas, y decidió encontrarme en su camino a la tarde siguiente cuando volviera del trabajo. Habiendo resuelto esto, me quedé dormido. Aquella noche, por primera vez desde hacía mucho tiempo, apagaron la luz que iluminaba la ventana; míster Peggotty se balanceó en su vieja hamaca, y el viento gemía como otras veces alrededor de su cabeza. Todo el día siguiente estuvo ocupado en arreglar su bote de pesca y las redes, en empaquetar y mandar a Londres todos los pequeños efectos domésticos que creía necesarios y en deshacerse de lo demás o regalárselo a mistress Gudmige. Esta estuvo con él todo el día. Como tenía un triste deseo de volver a ver el antiguo lugar antes de que lo cerraran, les propuse ir allí por la tarde; pero lo arreglé de modo para poder estar antes con Ham. Era fácil encontrarlo, pues sabía dónde trabajaba; me lo encontré en un sitio solitario del arena, que yo sabía que tenía que atravesar, y volví con él para que tuviera ocasión de hablarme si realmente quería hacerlo. No me engañó la expresión de su cara. No habíamos andado apenas cuando dijo sin mirarme: -Señorito Davy, ¿la ha visto usted? -Sólo un momento, mientras estaba desvanecida -le respondí suavemente. Anduvimos un poco más y dijo: -Señorito Davy, ¿cree usted que la volverá a ver? -Quizá sea demasiado doloroso para ella -dije. -Ya lo había pensado -añadió-; es probable, sí, señor; es probable. -Pero, Ham -le dije dulcemente-, si hay algo que yo pueda escribirle de tu parte, en el caso de que no se lo pueda decir; si hay algo que quieras hacerle saber, lo consideraré como un deber sagrado. -Lo sé, y se lo agradezco muchísimo. En efecto, hay algo que yo quisiera que le dijeran o le escribieran. -¿Qué es? Anduvimos un rato en silencio y continuó: -No se trata de decirle que la perdono; de eso no hay por qué hablar.

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34 min Películas En Línea Gratis She-Males Follando Mujeres -repitió Kennedy, que se dejaba contagiar por el entusiasmo de Samuel Fergusson. -¡Viva el Nilo! -dijo Joe, que, cuando estaba alegre, vitoreaba gustoso cualquier cosa. Enormes rocas obstaculizaban en diversos puntos el curso de aquel misterioso río. El agua espumeaba; formaba rápidos y cataratas que confirmaban al doctor en sus previsiones. De las montañas circundantes partían numerosos torrentes; se podían contar a centenares. De la tierra se veía brotar delgados hilos de agua, dispersos, que se cruzaban, se confundían, rivalizaban en velocidad y se precipitaban en aquel riachuelo que, después de absorberlos, se convertía en caudaloso río. -He aquí el Nilo -repitió el doctor con convicción-. El origen de su nombre ha apasionado a los sabios no menos que el origen de sus aguas. Se lo ha hecho derivar del griego, del copto, del sánscrito; después de todo, es lo de menos, ya que finalmente ha tenido que revelar el secreto de su procedencia. -Pero ¿cómo podremos estar seguros -preguntó el cazador- de que este río es el mismo que exploraron los viajeros del norte anteriormente? -Tendremos pruebas seguras, irrecusables, infalibles -respondió Fergusson-, si el viento sigue siéndonos propicio aunque no sea mas que una hora. Las montañas se separaban, dando paso a numerosas aldeas y a campos cultivados de sésamo, dourrab y caña de azúcar. Las tribus de aquellas comarcas se mostraban agitadas y hostiles. Presintiendo extranjeros, y no dioses, parecían más propensas a la cólera que a la adoración. Se diría que el hecho de dirigirse a las fuentes del Nilo significara usurparles algo. El Victoria tuvo que mantenerse fuera del alcance de los mosquetes. -Difícil será abordar aquí -dijo el escocés. -¡Peor para esos indígenas!

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77 min Fotos Gratis De Estrellas Masculinas Desnudas. Un momento no más, duró aquel éxtasis bendito; volvió la tempestad a rugir en el cerebro, la sombra a aposentarse en la conciencia, el dolor a apoderarse del alma, y la memoria, como barquilla sin lastre, a perderse en el mar de los acuerdos; entonces, como cruza un cielo preñado de electricidad, la luz fosforescente de un relámpago, cruzó las sombras de mi mente un pensamiento; ¡Eureka! pareció gritarme el genio del mal, desde el fondo de la conciencia; creí que estaba salvo, entonces sonreí; mi sonrisa era convulsiva y triste, como la de los locos; vaga y sombría; tenía tintes de crimen, de delirio y de sepulcro;  la sonrisa de la desesperación, que cree burlarse del dolor, esa sonrisa que lo hace a uno exclamar con el poeta: "Me duele el corazón, pero me río"; lágrima, que escapada del corazón, no alcanza a llegar a los ojos, y se derrama por los labios; el dolor también tiene sus sonrisas; ¡qué horribles son las sonrisas del dolor! Pablo, y dos jóvenes más, enviados por mi madre, entraron al templo en busca mía; era ya tiempo, porque decaído el ardor febril que me sostenía por la fuerza de las emociones, empezaba a desfallecer; sostenido por ellos abandoné el templo; poco antes de llegar a la puerta, por el mismo camino que la comitiva había llevado, mis pies tropezaron con un objeto, me incliné para recogerlo:  ¡era un ramo de violetas! ¿había sido desprendido del traje de Aura, o dejado caer por ella, en el acto de la sorpresa? ¿era aquello una casualidad o era un recuerdo? yo no lo sé, pero al acercarlo a mis labios, me pareció notar que las gotas de su llanto, le habían servido de rocío; lo guardé sobre mi corazón; me lancé adentro del carruaje y grité: –A casa. * * * Era ya tarde, cuando el coche se detuvo en el patio de la hacienda; en todos los rostros, se leía la ansiedad, y la tristeza; en el descanso de la escalera, hallé a mi madre, que venía a recibirme, tratando de ocultar las huellas del llanto. –¡Hijo mío! –exclamó al verme, y se lanzó a mis brazos; luego me brindó el suyo, para servirme de apoyo, y acabamos de subir juntos; ni un reproche, ni una reconvención, asomó a sus labios, pero sus miradas estaban llenas de quejas contenidas, y tenían esa dulce ternura que sólo saben acendrar las madres; su amor hacia mí, había aumentado desde que era tan des­graciado; he ahí la condición del amor materno; único afecto al cual la desgracia hace aumentar el cariño al ser amado; ved adondequiera: el hijo más infeliz, es el más querido *de* la madre; aquel a quien la naturaleza, ha negado sus dotes físicas, o intelectuales, tiene mayor parte en el amor de la madre, el idiota, el enfermo, el extraviado, he ahí el hijo predilecto, el criminal mismo, a quien la sociedad rechaza, la madre no lo repudia nunca; siempre en sus labios, hay un beso para nuestra frente, una disculpa para nuestras faltas, un consuelo para nuestros dolores;  siempre en sus labios, palpitan estas palabras: ¡pobre mi hijo! ¡pobre hijo mío! un canto de dulzuras infinitas, de infinitas ternezas, de arranques de generosidad, de desprendimiento, de abnegación, de sacrificios, de lágrimas, y de caricias; he ahí el poema del amor materno; la madre, como la escala mística de Jacob, es el lazo que nos une a Dios; entre Dios y los hombres, la madre; entre Jesús y la humanidad, María; la pasión del Cristo, es un gran poema, el poema más grande de la humanidad; casi siempre se lee con lágrimas en los ojos, pero ninguna de sus escenas, conturba tanto, como el encuentro con su madre; quitad a María, de la vía dolorosa, y habréis quitado a aquel drama sublime, si no su grandeza, sí toda la sublime poesía de su ternura; de la madre, a Dios, no hay sino un paso; yo no he podido dudar nunca de Dios, porque he visto sus reflejos en los ojos de mi madre; he tenido que forjarme la ilusión de un cielo, porque lo necesito para ella; he tenido que creer en el premio de los buenos, y de los mártires, porque ¿cómo imaginarme que aquella santa mujer, que ha recorrido tantas escalas del martirio, no será premiada por Dios? yo, he podido comprender, lo que es la virtud llevada al heroísmo, porque he tenido a mi madre por modelo; yo, no he podido concebir nunca, que haya hombres que no quieran a su madre, porque si los hay, son bestias feroces con aspecto humano; ¡ay! ¡qué hubiera sido de mí, sin mi madre, sin este amparo en mi desgracia, sin este ángel cuyas alas se han interpuesto siempre entre el dolor y yo; estrella cuyos blancos resplandores han caído sobre mi frente, en esta noche eterna y borrascosa de mi angustia! ¡Madre del corazón! ¡Madre del alma! ¡tu recuerdo, sólo es un consuelo en mis dolores!

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300 mb Boyfriend Making Girlfriend Embarazada Porn Movie -Dejá eso no más -intervino Goyo- y arrimate a tomar unos tragos del chifle que te loh'as ganao. Con explicable alegría, recibí aquella oferta, que me resultaba el más rico de los premios. Media hora después, como se agotaran los elogios y las palmadas y la yerba, volvimos a nuestras impasibles actitudes de troperos. Pero yo llevaba dentro un tesoro de satisfacción, que saboreaba a grandes sorbos con el aire joven de la mañana. Entretanto, los nubarrones amontonados en el horizonte habían recubierto el cielo y, cuando el arreo en marcha volvía a la angostura del callejón, las primeras gotas sonaron de un modo opaco y precipitado. Como a pesar de la hora temprana sintiéramos calor, fue más bien un goce aquel tamborineo fresco. Algunos empezaron a acomodar sus ponchos; yo esperé. Mirando al cielo colegimos que aquello era preludio de algo más serio. La tierra se había puesto a despedir perfumes intensamente. El pasto y los cardos esperaban con pasión segura. El campo entero escuchaba. Pronto, un nuevo crepitar de gotas alzó al ras del callejón una sutil polvareda. Parecía que nuestro camino se hubiese iluminado de un tenue resplandor. Esa vez me acomodé el «calamaco» preparándome a resistir el chubasco. La lluvia se precipitó interceptándonos el horizonte, los campos y hasta las cosas más cercanas. Los troperos se distribuyeron a lo largo de la novillada para cerrar demás cerca la marcha. -¡Agua! -gritó Valerio entreverándose a pechadas entre los brutos. Por mi parte me entretuve en sentir sobre mi cuerpo el cerrado martilleo de las gotas, preguntándome si el poncho me defendería de ellas.

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30 min Otra Película Com No Es Sexo Adolescente -¿Y no sabés quién es? -Sé que no es de aquí. no hay ningún hombre tan grande en el pueblo. Don Pedro frunció las cejas como si se concentrara en un recuerdo. -Decime. ¿es muy moreno? -Me pareció. sí, señor. y muy juerte. Como hablando de algo extraordinario el pulpero murmuró para sí: -Quién sabe si no es don Segundo Sombra. -Él es -dije, sin saber por qué, sintiendo la misma emoción que, al anocher, me había mantenido inmóvil ante la estampa significativa de aquel gaucho, perfilado en negro sobre el horizonte. -¿Lo conocés vos? -preguntó don Pedro al tape Burgos, sin hacer caso de mi exclamación. -De mentas no más. No ha de ser tan fiero el diablo como lo pintan ¿quiere darme otra caña? -¡Hum! -prosiguió don Pedro- yo lo he visto más de una vez. Sabía venir por acá a hacer la tarde. No ha de ser de arriar con las riendas.

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107 min Adolescente Caliente Posa Para Una Bicicleta

31 min Adolescente Caliente Posa Para Una Bicicleta Por lo cual -dijo míster Omer, agitándose en su sillón a fuerza de reír por el éxito de su estratagema- ella y Joram están en el baile. Le estreché la mano y le deseé las buenas noches. -Un minuto -dijo míster Omer-. Si se marchara usted sin ver a mi pequeño elefante se perdería usted uno de los mejores espectáculos. ¡Nunca habrá visto nada parecido! ¡Minnie! Una vocecita musical contestó desde arriba: «Voy, abuelo»; y una monísima chiquilla, con larga, sedosa y rizada cabellera, entró corriendo en la tienda. -Este es mi elefantito -dijo míster Omer acariciando a la niña-. Pura raza siamesa, caballero. ¡Vamos elefantito! El elefantito dejó la puerta del gabinete abierta, de manera que pude ver que en aquellos últimos tiempos lo habían convertido en el dormitorio de míster Omer, pues ya no le podían subir con facilidad; después apoyó su linda frente y dejó caer sus hermosos rizos contra el respaldo del sillón de míster Omer. -El elefante embiste cuando se dirige hacia un objeto -dijo míster Omer guiñándome un ojo-. ¡A la una, elefante, a las dos y a las tres! A esta señal, el pequeño elefante, con una agilidad que era maravillosa en un animal tan pequeño, dio la vuelta entera al sillón de míster Omer, lo empujó y lo metió dentro del gabinete, sin tocar la puerta. Míster Omer, indescriptiblemente regocijado por esta maniobra, me miraba, al pasar, como si fuera una salida triunfante de los esfuerzos de su vida. Después de haber dado una vuelta por la ciudad fui a casa de Ham. Peggotty se había trasladado allí para estar mejor y había alquilado la suya al sucesor en los negocios de Barkis, que le había pagado muy bien el traspaso, quedándose con el carro y el caballo. Me parece que era el mismo caballo lento que Barkis solía conducir. Los encontré en una cocina muy limpia, acompañados de mistress Gudmige, a quien había sacado del viejo barco el mismo míster Peggotty.

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108 min Chicas Metiendo Cosas En Su Vagina

46 min Chicas Metiendo Cosas En Su Vagina -solía decirle-: Sois delicada por naturaleza, culta instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué hada os hizo al nacer lo que sois? -No soy hada, sir George -respondía con su incontestable sinceridad Clemencia-; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero he vivido a su lado. Era entonces él amable cual pocos; su conversación, llena de entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo a las personas de talento e ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el ilustre literato Pastor Díaz, el talento subyuga con más fuerza al talento que a la ignorancia. También subyugaba a Clemencia la alta esfera en que se movía su amigo; pero algo triste le quedaba siempre, después que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa: era que su corazón no hallaba en aquel sol brillante, pero frío, el calor que hace brotar la fe y la confianza. Si alguien entraba, sir George era otro hombre; el que un momento antes atraía con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono, aquella morgue, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio que el de rebajar a los demás. Rechazaba igualmente por la constante ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenían entera buena fe, no siempre comprendían, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, a nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demás: así era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba o entusiasmaba a todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que a nadie llamaban la atención: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato sentir ajeno. Una noche en la que más que nunca había sido amena y animada la conversación de Clemencia y de sir George vivificada con aquel delicioso sentimiento que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; convicción que cual un benéfico genio parece soplar el sobrefuego de nuestro entendimiento para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese enjouement, como llaman los franceses a un estado de inocente, pura y alegre excitación. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye en un jardín la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George le descubría; Clemencia le ignoraba aún. -Clemencia -dijo sir George con sincero entusiasmo-; entre la niña que encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, y es la mujer que se ama. ¿No preferís el serio a los otros seres que alternativamente sois? -Sir George -contestó Clemencia-, no concibo la felicidad de ser amada, a no ser por un solo hombre. -¿Qué hombre, Clemencia? -El que yo amase. -Sois quizás la única mujer a quien esto sucede. -¿Esto es decir que soy original? -repuso Clemencia volviendo a su tono festivo-; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi Padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la encuentra.

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21 min Lámpara De Diez Vírgenes Artesanía Biblia Clase -¡Qué utopía tan arcádica, sir George, muy a propósito para regir en los campos Elíseos! ¿En el oasis de cuál desierto lo habéis soñado, ilustrado Platón? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos observadores de sus preceptos, sería esto dable, pues el gran Bonald ha dicho: El decálogo es la gran ley política y la carta constitucional del género humano, y dice igualmente el profundo Balzac: «El cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo de represión de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor elemento de orden social. ¿Pero mientras? -¡Represión! ¡represión! -exclamó Sir George interrumpiendo a Clemencia-, esto es. ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aún más la vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio! -¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, sir George! -dijo Clemencia-, pues por mí no creo que el fin del hombre sea hacer la vida divertida, sino hacerla buena. -Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta santos y no los halla el hombre. ¿Sabéis Clemencia, que hay veces en que compraría un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna? -Esto es -respondió ella-, que no halláis los unos, ni sentís los otros. -¡Pobre amigo! -dijo con sincera compasión Clemencia-; habéis pulido vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no llegan al alma, ni satisfacen el corazón), hasta el punto que sobre él resbalan los verdaderos. -¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia? -Son para mí tantos y tan variados, sir George, que me sería difícil enumerarlos.

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