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Las buenas burguesas se habían fijado en la dulce belleza de Tónica, y sin dejar de mover los labios como si rezasen, murmuraron bajo sus velos negros: —Será su querida. Sonaron en la plazuela el sordo rumor de muchos carruajes y los gritos de los cocheros. Después un coro de voces lúgubres entonaron la primera estrofa del De profundis. Ya estaba allí la parroquia, ¡Abajo el muerto! Y en el salón sonaron los golpes del martillo sobre las tachuelas del féretro, que el eco repetía con extraña sonoridad. En la plazuela, los balcones estaban repletos de gente, como si esperase el paso de una procesión. En torno de la cruz de plata agolpábanse los negros bonetes, las rizadas sobrepellices y las lustrosas chisteras del acompañamiento. Allí estaba lo mejorcito de la Bolsa. «Alcistas», que respiraban satisfacción por la reciente victoria; los partidarios de la baja, mustios y desalentados, y los que ganaban siempre, los corredores y sus ayudantes, gente joven y amiga de Juanito, recordando con cierto enternecimiento las bromas que se permitían con aquel barbudo de corazón de niño. En todo el camino, hasta la puerta de San Vicente, el fúnebre cortejo fue una sesión ambulante de la Bolsa. Aquellos señores, sin acordarse del motivo que les obligaba a andar por las calles en procesión, hablaban de los negocios, de la fuga de Morte, con gran estallido de fin de mes, y de la desesperada situación de los discípulos del famoso banquero. El nombre de don Antonio Cuadros estaba en todas las bocas. Había huido el día anterior, con el convencimiento de que no podía pagar sus deudas, avergonzado sin duda de su ruina.

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450 mb Cirugía Mamaria Tubular Hipoplásica Sin Implantes. La venda era angosta, y prestaba singular realce al rostro de la muchacha, en cuyos ojos ardía la fiebre. Todo esto debía asustarme. Consulté, en primer lugar a mi amiga. -Sí, señó -exclamó la andaluza cuando la manifesté mi propósito de avisar al Doctor-. Hase usté mu bien; pero no sé que el Doctor le pueda sacar a la chica los mengues del cuerpo y el clavo del corasón donde afincao lo tiene. Los médicos piensan que too es resetar, que too es tomar el pulso y dar medicamentos contra el flato y para engordá la sangre, y yo le digo a usté que hay otras cosiyas en el arma, y que los médicos no hasen caso de eya, y son unos jumentos, hablando mal. -Según eso, ¿usted cree que no la curará el Doctor? Doña Milagros, querida doña Milagros, dígame su opinión, porque estoy que se me puede ahogar con un pelo. Usted, que ve a la chiquilla a todas horas; usted, que la acompaña mil veces (Dios se lo pague); usted, a quien, como mujeres que son las dos, ella entenderá de cosas íntimas que conmigo no ha de conferir nunca, sea franca conmigo. Siempre he tenido en usted mucha confianza; pero de algún tiempo a esta parte, la miro a usted como a un ángel bajado del cielo. Y no digo más, porque no quiero enternecerme. La comandanta sonrió, apoyando su dedito moreno y afilado en sus labios descoloridos, tan lindos y tentadores. Era la actitud de la reflexión, en ella poco usual.

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DVDRIP / BDRIP Gratis Directorio Abierto Gordito Desnudo Mujer Madura Fotos ¿Vienes para que hagamos juntos las estaciones? Pues no pienso salir hasta la tarde. Y don Juan, abandonando la ratonera, fue hacia su sobrino con la sonrisa paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y malhumorado con todos. La mirada curiosa e interrogante del sobrino llamó su atención. —¿Desde cuándo no has estado aquí. Creo que desde que eras un chicuelo y subías a enredar con tus compinches. Lo menos hace veinte años. Está bien arreglado, ¿verdad? Las ventanas cerradas, los postigos de arriba alambrados, para que entre el sol y el aire. Me he gastado una barbaridad de dinero: lo menos doce duros; pero tengo un palomar en el que se criarían perfectamente todos los animales de pluma que entran en la plaza Redonda durante medio año. El único inconveniente son las malditas ratas. No hay ratonera ni polvos que puedan con ellas. Parece que los telares paran las ratas a montones.

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24 min Hombre Libre Viejo Porno Mujer Joven -Pues sírvale a usted de gobierno -le había dicho éste al salir, que en la mesa habrá un cubierto destinado a usted. Allí se estará intacto y representándole, si usted no nos honra con su asistencia. No merece menos consideración la persona a quien hoy debo la alegría de mi casa. Y como lo dijo se hizo: durante la comida, y a la derecha de don Frutos, hubo un cubierto de respeto y una silla desocupada. Tampoco he de decir nada al lector de aquel acontecimiento extraordinario; ni una palabra de aquella mesa cubierta, materialmente, con la maciza plata acumulada durante diez generaciones de Pérez de la Llosía, sobre finísimos manteles; ni el más leve comentario acerca de la comida, en que se mezclaban, de muy mala gana, los tradicionales estofados, potajes y pepitorias, obras de las manos de Narda, con los modernos condumios hechos por mercenaria cocinera; las macizas reposterías de antaño, con las vaporosas e impalpables merengadas del nuevo estilo; el chacolí de la tierra, con el Burdeos delicado; el patriarcal, añejo Málaga, negro como la tinta, dulce como las mieles, con el liviano, bullanguero y parlamentario Champagne. De nada de esto, repito, ni de otras cosas parecidas, quiero dar cuenta detallada al lector. Y al proceder así, me acomodo a los deseos de don Román, que, en virtud de los tiempos que corrían, se propuso celebrar el acontecimiento con una comida de familia íntima, más bien que con una boda ruidosa. pues si los tiempos hubieran sido distintos; si Coteruco no hubiera prevaricado; si el casamiento de Magdalena hubiera sido un año antes, ¿cómo dejara él de hacer, en alguna forma, partícipe de la boda al vecindario? ¿Para qué quería su provista bodega, los ajamonados perniles y el colmado gallinero? Pero en esto no había que pensar ya. ¡Harto era, y hasta milagroso le parecía, por lo inesperado, el síntoma de reacción benéfica que había notado por la mañana en sus convecinos! Meditando en esto se hallaba poco antes de alzarse los manteles, cuando don Frutos dijo, sacando del bolsillo interior de su levita un ancho papel impreso: -Aunque a don Román no le deleite mucho, por esta vez, y en gracia de lo que tiene de cómico este documento, voy a leerle en alta voz para fin de fiesta.

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78 min Sitios Porno Gratis Sin Iniciar Sesión -Sí, yo sé lo que le digo, y para eso lo he llamado. Su primo es de confianza, y está en todos estos secretos. -¿Y qué hay, pues? -Que no conviene todavía. -Todavía hay pocos. Pero lo que empiece la buena, se ha de llenar la casa. Y allá para el 8 o el 9. ¿me entiende? -Sí, Don Daniel -contestó Cuitiño radiante de una feroz alegría al comprender a Daniel. -¡Pues! Juntitos. Don Cándido creía que estaba loco, pues no podía creer lo que estaba oyendo.

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86 min Humillar Y Chantajear Las Historias De Sexo Masculino. Tampoco le causaban tedio las faenas domésticas: al contrario, se aficionó de repente al trabajo y se apasionó del aseo y del orden; y siempre en actividad y movimiento, la antigua rigidez de su talle se trocó en agradable y hasta elegante flexibilidad. Dormía poco y soñaba con Antón; y no bien oía su cantar en la calleja, ya estaba atisbando por las rendijas de las ventanas para ver y oír si la cantaba a ella y si el que cantaba era él. Por de contado que para esto, y hasta para pensar, se ocultaba de su padre, que desde la escena consabida la trataba con la severidad más implacable. Entretanto Antón, a quien dejamos más atrás saludando a don Robustiano después de haber declarado su atrevido pensamiento a Verónica, al ver cómo ésta le abandonó a lo mejor, cuando él aguardaba de sus labios una palabra digna del emperejilado discurso que ya conocemos, sintió crecer más y más su entusiasmo por la solariega, y juró que había de llevar adelante la empresa, o de «finiquitar» en ella. En consecuencia de sus firmes propósitos. Pero atiendan ustedes, y perdonen, que donde hay hechos están de más los comentarios. Era una tarde del mes de agosto. Pesados, plomizos nubarrones avanzaban casi tocando las cumbres de las altas montañas que limitaban el horizonte de la casa de don Robustiano; las hojas de los castaños que la circundaban no se movían; los vencejos se cernían y revoloteaban sobre el campanario de la aldea, como si jugaran a las cuatro esquinas; el aire que se respiraba era tibio; el calor, sofocante. De vez en cuando se rasgaban los nubarrones, y una rúbrica de fuego, precursora de un sordo y prolongado trueno, daba fe de que se estaba armando por allá arriba el gran escándalo: los obreros se apresuraban a hacinar en la mies la hierba segada y seca; el ganado suelto se arrimaba a los bardales de las callejas, y los perros, con las orejas gachas y rabo entre piernas, a un trote menudito tornaban a sus corraladas respectivas a roer un hueso el que había tenido antes la suerte de robarle, o a lamerse las patas o echar una siesta los menos afortunados, al amparo de una pértiga o de un montón de junco seco, mientras pasaba la ya próxima tormenta. Don Robustiano y Verónica contemplaban estos síntomas con un miedo cerval, y al oír el cuarto trueno cerraron todas las puertas y ventanas de la casa. Siguiendo la costumbre establecida en ella en lances de tal naturaleza, Verónica corrió a buscar el libro del Trisagio y la vela de los truenos -cuya virtud consistía en ser una de las empleadas en alumbrar el Monumento de Semana Santa-, y entregó ambas cosas a su padre. Este sacó de un haz de pajuelas una a medio quemar, y se dirigió con ella a la cocina, seguido de Verónica, que no se atrevía a estar sola en ninguna parte de la casa. Arrimó con mucho tiento la pajuela a las brasas y después a la vela, y ésta quedó encendida a vueltas de tres estornudos del pobre señor, a cuyas narices llegaba sofocante y nauseabundo el humo del infernal amasijo.

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