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103 min Nos Estadísticas De Adultos De La Circuncisión Masculina Tendencias

Hubo un rato de silencio. Pablo tenía la respiración oprimida. Dos gruesas lágrimas cayeron lentas por las mejillas de Clemencia. -Esto te lo digo, Clemencia -prosiguió Pablo, cuya voz alterada salía con dificultad de su pecho-, porque nos vamos a separar, y quizás para siempre; a no ser así, no me hubiese atrevido a ello; pero he querido que ya que no me tengas amor, me tengas gratitud y. lástima. Diciendo esto Pablo, no pudiendo por más tiempo comprimir la vehemencia de su dolor, se levantó y salió apresuradamente. -¡Pablo! -exclamó Clemencia, profundamente conmovida. Si Pablo hubiese tenido más ciencia de mundo y más experiencia del, corazón humano, habría sabido aprovechar aquellos bellos momentos de enternecimiento para ganarse un corazón que latía de admiración y de gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles almas; pero su timidez le ataba, su modestia lo desesperanzaba y su delicadeza lo detenía; se paró un momento en la puerta del segundo cuarto y se dijo: ¿Y a qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad? Entonces cuanto he hecho parecería premeditado; nada grande se lleva a cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta a concederme, arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo. Y se alejó sin vacilar. Pasada la primera emoción, Clemencia se serenó, pensó que de todos modos, aun cediendo a los deseos de Pablo que fueron también los de su padre y de su tío, no debía permanecer a su lado, ni habitar ya aquella casa sino como su mujer; sintió que la separación que proyectaba por respeto humano, debía ahora que Pablo se había declarado, llevarla a cabo por respeto a sí misma, y apresuró los preparativos de su partida. Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y comprendiendo que su presencia turbaría a Clemencia, se había ausentado. De suerte que la declaración de Pablo había servido para levantar entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que hasta entonces entre ellos había existido. <<<<--->>de la Tercera Parte>> Ir a la navegación Ir a la búsqueda Clemencia de Fernán Caballero - Tercera Parte - Clemencia Prólogo - Primera Parte - Segunda Parte - Tercera Parte - Epílogo Índice de s: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII Obtenido de «https://es.

84 min Dulce Dulce En Jeans Ajustados Mamada

50 min Dulce Dulce En Jeans Ajustados Mamada Tenía el servicio de la casa, desde tiempo inmemorial, ajustado a una tarifa votada en junta general de socios, con asistencia del contratista, un cafetero establecido en la calle trasera, en un local de muy mala traza; pero, según fama, cumplía bien sus compromisos, y hasta gozaban de mucho crédito sus géneros, su diligencia, y particularmente sus limonadas en la estación de verano. Y no había otra cosa digna de mencionarse en el Casino de Villavieja. Aquella tarde, o más bien, aquel anochecer, había, como de costumbre a tales horas, poca gente en el gran salón. En las mesas de tresillo, nadie; en los veladores inmediatos, lo mismo; en el sofá de gutapercha jironeada y en las cuatro butacas contiguas a él, Maravillas y dos «chicos de la redacción», hablando u oyendo leer, muy por lo bajo, a uno de ellos unos papelucos. Cerca de la mesa de billar, tomando café arrimados a un velador, el fiscal y dos amigos; y jugando chapó, con el estrépito de siempre, el Ayudante de Marina y Leto Pérez el farmacéutico: el primero sin corbata y con el cuello y el chaleco desabotonados; el segundo lo mismo, y además en mangas de camisa; licencias muy justificadas en aquella ocasión, porque tal era el calor que hacía, que «se asaban los pájaros», al decir del hijo del boticario sin apartarse mucho de lo cierto. A pesar de este calor y de la peste que daban los dos reverberos de petróleo colgados sobre la mesa, recientemente encendidos, aunque a media luz todavía por recomendación del conserje, muy encarecida al muchacho que apuntaba; a pesar de esto, y de llevar más de dos horas jugando, ni el Ayudante ni Leto mostraban señales de cansancio. Particularmente Leto, parecía endurecerse y animarse con la pesadumbre del calor y los esfuerzos de la brega. Le faltaba tiempo para todo: apenas se detenía su bola, largaba el tacazo y tomaba la contraria casi al vuelo; agarrado a la baranda, veía correr las tres, porque a no estar en mano una de ellas, a las tres ponía en movimiento disparatado, y las seguía y arreaba con los ojos; y como siempre hacía algo, cuando no lo hacía todo, palos, carambola, pérdida y dos billas, con un estruendo espantoso (porque el paño tenía heridas y recosidos, y las bolas desconchados, y sonaban sobre el tablero como si llevaran clavos de resalto), las sacaba de las troneras y plantaba los palos antes que el pinche acabara de cantar el golpe. Al Ayudante le daba siete tantos y la salida, si la quería; y así y todo le llevaba de calle, porque no había defensa posible contra un modo de jugar como el de Leto. Y cuidado que el Ayudante jugaba bien; pero como no lograra pegar al otro a la baranda, cosa perdida. Con una cuarta de taco que pudiera meter en la mesa el farmacéutico, golpe hecho por donde menos podía esperarse. Para una fuerza inicial como llevaba su bola, no había nada seguro en la mesa, ni en las inmediaciones las más de las veces. El Ayudante desfogaba sus contrariedades llamándole san Bruno, y chiripero, y leñador y otras cosas parecidas. Leto le concedía que le salía bastante más de lo que tiraba; pero no que estuvieran bien aplicados los calificativos aquellos. Y sobre eso porfiaban a cada instante y apelaban al juicio de los mirones, ¡y daba Leto cada carcajada y decía cada cosa! Porque aunque todo lo tomaba con calor, rara vez se incomodaba. Tenía eso de bueno, por de pronto; amén de la estampa, que no era mala por ningún lado que se la mirase. Al contrario, reparando mucho en ella y sabiendo mirar, había momentos en que resultaba hasta hermosa.

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Camrip Control De La Natalidad Y Riesgo De Cáncer De Mama.

56 min Control De La Natalidad Y Riesgo De Cáncer De Mama. Al volver a mi estancia, vi que Casiana, reclinando su cabeza en el respaldo del sofá, estaba como adormecida. Al llegar yo a su lado se despabiló y me dijo: «Tito, tú hablabas aquí con alguien. ¿Quién era? -No te asustes. Era una señora, una tal Efémera, que vino a traerme un recado. -¿Cómo dices que se llama? ¿Efe. -Efémera, nombre que quiere decir la historia de cada día, el suceso diario, algo así como el periódico que nos cuenta el hecho de actualidad. ¿De modo que esa doña Femera viene a ser un periódico vivo que no dice las cosas escritas sino habladas? -Justo, así es. ¡Oh, Casianilla, tú tienes mucho talento y todo lo comprendes! Desde aquella tarde no se apartó de mi mente la idea de que don Antonio me llamaría para echar un parrafito conmigo. ¿Era verdad el anuncio que me trajo la vagarosa Efémera, o era un artilugio de los espíritus familiares que a ratos venían a divertirse con el pobre Tito? Mientras llegaba la ocasión de salir de dudas, Casiana y yo matábamos el tiempo acudiendo a presenciar todo suceso pintoresco que el flamante reinado nos ofrecía. Un luminoso día de Enero se puso Casiana el más decente de sus vestiditos, yo la pañosa con embozos de terciopelo carmesí que adquirí con los dineros de la Madre, y nos fuimos al Prado a presenciar la entrada del nuevo Monarca.

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58 min Hombre Anormal Con Dos Pollas Corridas

46 min Hombre Anormal Con Dos Pollas Corridas Nadie habría reconocido en ella la elegante joven que fue: su traje era más que modesto, era pobre; llevaba siempre un vestido de coco o tela de algodón negro, con pequeños lunares grises; cubría su garganta un pañuelo de la India, gris y negro, prendido al cuello con un alfiler; gastaba en todo tiempo manga larga y zapato de piel, y su cabello primorosamente alisado, estaba sujeto con dos peinecillos sobre sus sienes, sin ningún género de pretensión. Esta abnegación del placer de agradar y de la satisfacción de parecer bien, es el más heroico que en aras de la severa virtud puede ofrecer como sacrificio la mujer; y este mérito, mayor de lo que los hombres creen, sólo se ve en España, sin que por eso neguemos que en otros países haya mujeres admirablemente virtuosas, profunda y severamente religiosas; pero este tipo de completo desprendimiento de las cosas del mundo, no se ve sino aquí, por más que se afanen en querer probar que los tipos son generales. No, las nacionalidades no se borran de una plumada, ni con un aforismo falso, ni con algunas modas universales en el vestir. Dícese que la completa igualdad es un resultado necesario de la ilustración y de la facilidad de comunicaciones; pero ¿no basta a probar la falsedad de este aserto, el ver que los dos focos de ilustración, que son al mismo tiempo las dos capitales más cercanas, han sido, son y serán los dos mayores contrastes? ¿En qué ha mudado ese diario contacto las respectivas y marcadas fisonomías de París y de Londres? Es para nosotros un enigma el móvil que lleva a muchas personas de mérito y de talento a defender y aplaudir esa nivelación general, y cuál es la ventaja que de ella resultaría. Que un país sin pasado, sin historia, sin nacionalidad, sin tradiciones, adopte un carácter ajeno por no poseerlo propio, como ha hecho la América del Norte adoptando el inglés, y la del Sur adoptando el español, se comprende; pero que se afanen por hacer esto algunos hijos del país de Pelayo y del Cid, de Calderón y de Cervantes, para desechar el suyo y adoptar el ajeno, es lo que no concibe ni el patriotismo, ni la sana razón, ni el buen gusto, ni la poesía. Constancia era pues, sin ostentarlo ni ocultarlo, una beata. Las beatas no son perfectas, aunque las gentes del mundo exigen de ellas una perfección de que ellos se creen dispensados; pero Constancia lo era, porque coronaba sus demás virtudes con la tolerancia, que a algunas suele faltar, y unía al estricto cumplimiento de sus deberes, una dulzura adquirida; la que en su carácter fuerte y áspero era un hermoso triunfo obtenido al pie del tribunal de la penitencia. De sus ojos serenos habían desaparecido aquellas miradas ariscas y altivas que antes le fueron propias, y de su tranquilo semblante el aire esquivo y desdeñoso; sin afectar formas afables, las tenía benévolas y dignas. Llevaba con la perseverancia de la consagración, toda la asistencia prolija que hacía necesaria la larga y terrible enfermedad de su madre, y sus excesivas impertinencias con no desmentida paciencia. Si alguna persona íntima celebraba su comportamiento, hacía grandes esfuerzos para disimular la incomodidad que la causaban estos elogios que rechazaba. En las demás personas el cambio no había sido notable. Sobre don Galo habían pasado estos ocho años como otra infinidad de anteriores. Los siete mil reales seguían su curso inmutable, las pelucas hacían su servicio periódico, el lente de plata no se cansaba de servir a su dueño ni éste de servir a las damas. Todos sus compañeros habían cambiado de destino o de lugar, hasta la oficina había variado de local, y don Galo la había seguido como un fiel perrito a su amo, ocupando su mismo puesto y su misma carpeta, con los que estaba identificado. Sobre la robusta arrogancia de doña Eufrasia, habían pasado los años como pasan sobre las plazas fuertes los vendavales. En ellos había cobrado muchas viudedades, sin dar la más mínima esperanza al Monte-pío de libertarlo de esta carga.

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27 min Todas Las Fotos Desnudas De Miley Cyrus

800 mb Todas Las Fotos Desnudas De Miley Cyrus Raúl extrajo las cápsulas, y volviose, al concluir de colocar nuevos cartuchos en las recámaras de su escopeta. A pocos pasos de él, con los dos patos en la mano, encontrábase uno de aquellos diablillos que habían librado batalla con los loros y avispones, y que acababa de acudir presuroso al ruido de los disparos. -Gracias -dijo Raúl-, cogiendo las piezas que le alargaba el oficioso recién venido, y colocándolas en su saco de caza. -Roberto me llamo, para servir a usted. -De ello ya tengo prueba. ¿Sabes nadar? Ése es un remanso, y hay hondura. Dijo esto Roberto con un mohín expresivo, que indicaba no serle desconocido el arte, acercándose al ribazo, donde se detuvo, rascándose con el dedo mayor de un pie el tarso del otro, y con la diestra la mollera. Sonriose Raúl, mirando con fijeza el semblante abierto y despejado del pequeño sagaz, y añadió: -Medio real cuesta cada pato, y allí hay ocho. -¡No es por interés, señor! ¡Aquí hubo de irse al fondo uno no hace mucho! Pero voy a probar. Los patos son diez. Y así hablando, tiró de la blusa y del calzón deshilachado, en un momento; dio un salto hasta el borde del arroyo, humedeció dos de sus dedos -con los que se hizo en la cara la señal de la cruz- echose en el pecho un poco de agua y se arrojó de cabeza, escurriéndose bajo la superficie como un pejerrey -en balance flexible y gracioso-, hasta asomar sus mojadas renegridas greñas por entre las anchas hojas de un camalote. Pronto entró al remanso, y minutos después, él y las piezas estaban en la orilla. Raúl cumplió la promesa con usura.

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