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-¿Todo eso sabes, Narda? -exclamó Magdalena riéndose. -¿No he de saberlo, hija mía? Y mucho más. -Pues ya sabes más que yo. -Bien pudiera ser así, que a tiempo y con pulso tomé lenguas de lo que era menester. -¿Y qué supiste, Narda? ¿pícate la curiosidad? Pues ¿por qué te roe ese gusano, si no hay nada de lo dicho? -Por admirar el arte con que vas haciendo una montaña de lo que ni siquiera es grano de arena. si mío fuera ese grano, y de oro fino además, ¡qué buenas Indias tuviera yo! Esto dicho, miró Narda a Sebia. -Hace rato que duerme: no te cuides de ella, -dijo Magdalena adivinando la intención de Narda; a lo que añadió ésta con mucho retintín: -¡Vaya, que en todo estás! ¡Buen grano en ese para mi montaña! -¡Maliciosa!

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69 min Miami Chicas Sexo Follando Grupo De Succión ¿aconsejarle que destruyera tu felicidad? ¿prometerle que tú te casarías con ella? imposible también porque tú no tienes más que diez y siete años, y eres el único apoyo de tus hermanas y mío; yo sacrificaría gustosa mi felicidad, a la tuya; pero nada conseguiríamos, porque nuestra situación no es tan desahogada, que nos permita resistir el peso de una familia semejante, y en el caso de que ella resolviera aguar­darte, ¿qué haría mientras tanto, arrojada la familia de la casa, sin recurso y sin amparo? "ante esta situación tan apremiante, ella se ha decidido al fin, porque obligada a optar entre la muerte de su madre, la desgracia de su familia y tu amor, ha resuelto sacrificarse; por­que sí, no lo dudes, ella te ama mucho, y será muy desgraciada; ¡pobre niña, es un ángel! –¡Un ángel! y se vende –dije yo. –No blasfemes, hijo mío; ¿no harías tú otro tanto por salvarme a mí, si nos viéramos en caso semejante? –Madre, por salvar tu vida iría yo hasta el delito. –Pues bien, admírala y compadécela; ella también salva la vida de su madre; no me sentía con fuerzas para discutir, el dolor me había aletargado, y callé; mi madre, entonces se inclinó sobre el lecho, rodeando mi cuello con su brazo, y jugueteando con mis cabellos, como cuando me dormía en la cuna, y comenzó a hablarme de los muchos proyectos que tenía, y con los cuales creía halagarme; me habló del buen resultado que había tenido el reclamo de una parte de nuestros bienes, del próximo viaje a la Capital, y nuestro establecimiento allí, único anhelo de ella, que amaba tanto su ciudad natal; en fin, de otras tantas cosas con que abrigaba la idea de neutralizar mi pena; yo, la oía mudo como una estatua, el dolor había llega al paroxismo; sus palabras, se iban como alejando de mí, poco a poco, sentía un sueño horrible, que me embargaba por segundos  los objetos se cubrían de una niebla espesa, las luces se movían ante mí, vacilaban; últimamente la sombra me envolvió; pocas horas después, cuando abrí los ojos, mi lecho estaba rodeado de personas queridas, pero el rostro de Aura no estaba entre ellas; mi madre, estaba a la cabecera de la cama, mirándome con infinita ternura, y reflejaba en su rostro, las fatigas del insomnio   mis hermanas estaban de pie, el médico me pulsaba, y todos espiaban mis movimientos con cariñosa avidez; yo no podía darme cuenta de lo que había sucedido, mi memoria estaba poblada de sombras; quise pasarme la mano por la frente, como para despejarla; y al abrirla, rodó sobre el lecho un objeto que tenía fuertemente apretado; lo reconocí, y todo rotó entonces a mi memoria; ¡era el ramo de violetas de aquella tarde! * * * Convaleciente apenas, sorprendí una noche, en una conversación que sostenían muy paso mis hermanas, la fecha del día en que debía tener lugar el sacrificio de Aura; entonces medité mi plan; era preciso verla antes del día fijado, arrojarme así moribundo, a sus plantas, y ofrecerle mi mano, con el resto de vida que me quedaba; interponerme entre el altar y ella; disputársela al hombre que me la arrebataba, hacerla mi esposa, implorar luego el perdón de mi madre, y refugiarnos todos en nuestra antigua casa; allí viviríamos tranquilos, aunque modestamente, pero felices y amantes, como describe el poeta mejicano: ella, siempre enamorada, yo, siempre satisfecho, los dos, una sola alma, los dos, un solo pecho, y en medio de nosotros, mi madre como un dios; ¡la vida, sería así un paraíso, y mi imaginación se extasiaba contemplarlo! ¡espejismos del alma! celajes engañosos de la felicidad, que halagabais entonces un cerebro enfermo, y una imaginación calenturienta, ¿porqué no acabasteis de enloquecerlos? ¿para que alejasteis la luz en la mente, cuando cubríais de tanta sombra mi corazón? ¿no hubiera sido mejor la demencia, que esta laxitud del alma, esta eterna viudez de la existencia? un nuevo acceso de fiebre, me había tenido de gravedad, oscilando entre la vida y la muerte; nada había podido coordinar para mi proyecto, y el tiempo avanzaba rápidamente era preciso hacer el último esfuerzo; o salvarla, o morir a sus pies en la demanda. * * * La aurora, del día fijado por mí para ir a la ciudad, llegó al fin; aunque había estado algunos días privado de sentido por la fiebre, según mis cuentas, y lo que me parecía haber oído a mis hermanas, aun tendría tiempo para hablar con Aura y realizar mi plan; era preciso ocultar mi pensamiento, pero, ¿quién podría imaginar que en el estado de postración en que me hallaba, pensara en moverme de mí lecho?

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78 min Chica Desnuda En La Tienda De Limpieza En Seco Este apareció al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora y todo el suelo en torno de él cubierto de enemigos, gritó con entusiasmo: - ¡Victoria! Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos en un instante con el gobierno de las mujeres. ¡Viva la emancipación masculina! Pero Edwin se había inclinado sobre el, tomándole con sus dedos, y lo elevó hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habían quedado medio clavadas en el paño de la chaqueta. - Lo que vas a hacer, querido Ra-Ra -dijo-, es quedarte quietecito dentro de este bolsillo, donde encontrarás una agradable sorpresa. ¿Crees que voy a perder el tiempo mezclándome en esta ridícula guerra entre hombres y mujeres? ¡A callar! Es inútil que protestes, porque no te oiré. Ahora ya no necesito guías; puedo moverme solo. Y como su estatura le permitía ver por encima de los tejados, se dirigió hacia el puerto por el camino más corto. Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asomó a su abertura, braceando entre gritos de desesperación. Pero el gigante no quiso escuchar lo que juzgaba protestas políticas del revolucionario y le dio un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, enviándolo otra vez al fondo del bolsillo. Llegó Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho espacio de terreno libre de gentío. Todos huían a ambos lados de el, pero era para juntarse luego que había pasado, profiriendo gritos de alarma y amenazas. A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automóvil-tigre de Flimnap. El profesor, puesto de pie sobre el vehículo, iba arengando al gentío.

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80 min Clip De Película Desnuda Del Día Siga usted adelante, Merlo, y condúzcanos. Merlo obedeció, en efecto, y siguiendo la calle de Venezuela, dobló por la callejuela de San Lorenzo, y bajó al río, cuyas olas se escurrían tranquilamente sobre el manto de esmeralda que cubre de ese lado las orillas de Buenos Aires. La noche estaba apacible, alumbrada por el tenue rayo de las estrellas, y una fresca brisa del sur empezaba a dar anuncio de los próximos fríos del invierno. Al escaso resplandor de las estrellas se descubría el Plata, desierto y salvaje como la Pampa, y el rumor de sus olas, que se desenvolvían sin violencia y sin choque sobre las costas planas, parecía más bien la respiración natural de ese gigante de la América, cuya espalda estaba oprimida por treinta naves francesas en los momentos en que tenían lugar los sucesos que relatamos. Los que alguna vez hayan tenido la fantasía de pasearse en una noche oscura a las orillas del río de la Plata, en lo que se llama el "bajo" en Buenos Aires, habrán podido conocer todo lo que ese paraje tiene de triste, de melancólico y de imponente al mismo tiempo. La mirada se sumerge en la extensión que ocupa el río, y apenas puede divisar a la distancia la incierta luz de alguno que otro buque de la rada interior. La ciudad, a dos o tres cuadras de la orilla, se descubre informe, oscura, inmensa. Ningún ruido humano se percibe, y sólo el rumor monótono y salvaje de las olas anima lúgubremente aquel centro de soledad y de tristeza. Pero aquellos que hayan llegado a ese paraje, entre las sombras de la noche, para huir de la patria cuando el desenfreno de la dictadura arrojó a la proscripción centenares de buenos ciudadanos, ésos solamente podrán darse cuenta de las impresiones que inspiraba ese lugar, y en esas horas en que se debía morir al puñal de la Mazorca si eran notados; o decir adiós a la patria, a la familia, al amor, si la fortuna les hacía pisar el débil barco que debía conducirlos a una tierra extraña, en busca de un poco de aire libre, y de un fusil en los ejércitos que operaban contra la dictadura. En la época a que nos referimos, además, la salud del ánimo empezaba a ser quebrantada por el terror: por esa enfermedad terrible del espíritu, conocida y estudiada por la Inglaterra y por la Francia, mucho tiempo antes que la conociéramos en la América. A las cárceles, a las "personerías", a los fusilamientos, empezaban a suceder los asesinatos oficiales ejecutados por la Mazorca; por ese club de bandidos, a quien los primeros partidarios de Cromwell habrían mirado con repugnancia, y los amigos de Marat con horror. El terror, pues, que empezaba a apoderarse de todos los espíritus, no podía dejar de obrar su influencia eficaz en el ánimo de esos hombres que caminaban en silencio por la costa del río, en dirección a Barracas, a las once de la noche, y con el designio de emigrar de la patria, crimen de lesa tiranía que se castigaba irremediablemente con la muerte. Nuestros prófugos caminaban sin cambiarse una sola palabra; y es ya tiempo de dar a conocer sus nombres. Aquel que iba delante de todos era Juan Merlo, hombre del vulgo; de ese vulgo de Buenos Aires que se hermana con la gente civilizada por el vestido, con el gaucho por su antipatía a la civilización, y con el pampa por sus habitudes holgazanas. Merlo, como se sabe, era el conductor de los demás. A pocos pasos seguíalo el coronel Don Francisco Lynch, veterano desde 1813; hombre de la más culta y escogida sociedad, y de una hermosura remarcable. En pos de él caminaba el joven Don Eduardo Belgrano, pariente del antiguo general de este nombre, y poseedor de cuantiosos bienes que había heredado de sus padres; corazón valiente y generoso, e inteligencia privilegiada por Dios y enriquecida por el estudio.

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26 min Coño Abierto Y El Coño Estirado

15 min Coño Abierto Y El Coño Estirado La carta estaba dirigida a mí (míster Micawber no desperdiciaba nunca la ocasión de escribir una carta) y ponía: «Confiada a los buenos cuidados de T. Traddles, esq. du Temple». «Mi querido Copperfield: -- No le sorprenderá mucho saber que me ha surgido una buena cosa, pues, si lo recuerda, le había prevenido hace ya algún tiempo que esperaba sin cesar algo análogo. Voy a establecerme en una ciudad de provincias de nuestra isla afortunada. La sociedad de este lugar puede ser descrita como una mezcla feliz de los elementos agrícolas y eclesiásticos, y estaré en relaciones directas con una de las profesiones más sabias. Mistress Micawber y nuestra progenie me siguen. Nuestras cenizas se encontrarán probablemente depositadas un día en el cementerio dependiente de un venerable santuario que ha llevado la reputación del lugar de que hablo desde la China al Perú, si puedo expresarme así. Al decir adiós a la moderna Babilonia hemos tenido que soportar muchas vicisitudes y ¡con qué valor! mistress Micawber y yo sabemos que abandonamos quizá para muchos años, quizá para siempre, a una persona que está unida a los recuerdos más potentes del altar de nuestros dioses domésticos. Si la víspera de nuestra partida quiere usted acompañar a nuestro común amigo míster Thomas Traddles a nuestra residencia actual para cambiar los votos naturales en semejantes casos, hará el mayor honor a un hombre siempre fiel WILKINS MICAWBER. Me alegré mucho de saber que mister Micawber había por fin sacudido su cilicio y encontrado de verdad algo. Supe por Traddles que la invitación era para aquella misma noche, y antes de que fuera más tarde expresé mi intención de asistir. Tomamos juntos el camino de la casa que mister Micawber ocupaba bajo el nombre de míster Mortimer, y que estaba situada en lo alto de Grayls Inn Road. Los recursos del mobiliario alquilado a míster Micawber eran tan limitados, que encontramos a los mellizos, que tendrían unos ocho o nueve años, dormidos en una cama-armario en el salón, donde míster Micawber nos esperaba con una jarra llena del famoso brebaje que le gustaba hacen Tuve el gusto en aquella ocasión de volver a ver al hijo mayor, muchacho de doce o trece años, que prometía mucho si no hubiera estado ya sujeto a esa agitación convulsiva de todos los miembros que no es un fenómeno sin ejemplo en los chicos de su edad. También vi a su hermanita miss Micawber, en quien « su madre resucitaba su juventud pasada», como el Fénix, según nos dijo míster Micawber. -Mi querido Copperfield -me dijo-, míster Traddles y usted nos encuentran a punto de emigrar y excusarán las pequeñas incomodidades que resultan de la situación.

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98 min Mamá Hijo Sexo En Historias Universitarias

62 min Mamá Hijo Sexo En Historias Universitarias Jadeaba la enferma; y las ropas del lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire a los resecos labios atravesara mallas de alambre caldeado. Sentada junto a la cabecera de la cama estaba una joven de cabellos rubios y cutis blanquísimo, con los brazos cruzados bajo el pecho de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta a los menores movimientos de su cuerpo. Al alcance de su mano había una mesa con jaropes de botica, que desde lejos se daban a conocer por lo subido de sus olores; y entre los jaropes, un reloj de bolsillo con la tapa abierta. Sobre la cabecera de la cama, colgado en la pared, un crucifijo de marfil; y debajo, una benditera y un ramito de laurel sujeto al lazo de seda que la sostenía. Al aparecer en la alcoba el doctor, se levantó la joven y quiso decirle algo, tal vez como expresión de su agradecimiento; pero el llanto apagó su voz. Comprendióla el médico, al mismo tiempo que don Lesmes se la presentaba como hija de la enferma y autora de la carta que él había recibido, y no le faltaron en aquel momento oportunas frases de las muchas que aún conservaba en su repertorio de médico viejo de la corte y hombre de buena sociedad. Diose comienzo a la inspección facultativa, que fue detenida y minuciosa. El doctor mostró durante ella el certero desembarazo que da una larga y gloriosa práctica. Se hallaba junto a aquel lecho, que era casi un ataúd, como los buenos generales en los trances apurados de una batalla perdida: explorando, con perfecto conocimiento del terreno, los únicos puntos vulnerables del enemigo. Águeda y don Lesmes, por no poder hacerlo la enferma, respondían a sus preguntas. No cansaré al pío lector con el relato minucioso de estas investigaciones facultativas, porque ni son del caso, ni yo entiendo jota de ellas. Pero he de citar un detalle, por lo que de él corresponde a la figura de don Lesmes. El doctor había puesto bajo el brazo de la enferma, en contacto inmediato con la piel, un primoroso tubo de cristal graduado. Don Lesmes, como si no supiera qué iba a pasar allí, miraba de reojo la operación y el tubo. Cuando el doctor retiró el termómetro y hubo consultado la altura del mercurio: -Vea usted -dijo a don Lesmes poniéndole el aparato delante de la cara. -Ya, ya. ya veo -respondió don Lesmes sin saber qué mirar en aquello que le parecía un alfiletero grande.

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600 mb Ella Piensa Que Mi Trackor Es Sexy

450 mb Ella Piensa Que Mi Trackor Es Sexy Un tercer sujeto, que presuroso vino de las mesas interiores, nos dijo en tonillo parlamentario: «¡Ah, señores! Mi teoría es que política nueva pide hombres nuevos. Las cosas caen del lado a que se inclinan. O la regia prerrogativa no sabe lo que se pesca, o ha de poner en seguida en manos de don Práxedes el timón de la nave del Estado». Reunidos todos, enzarzaron sus ágiles lenguas en el discreto político sin tocar ningún punto de interés público, picoteando tan sólo en las cuestiones de orden burocrático, que eran para los Fusionistas o Constitucionales el único imán de sus pueriles ambiciones. Diferentes nombres sonaron de mesa en mesa para distribuir entre ellos los cargos políticos de la nueva Situación, Direcciones generales y Gobiernos de provincia. Entre aquellos ociosos charlatanes no faltaron algunos vivos que graciosamente se adjudicaron las mejores prebendas. A la entrada de los agarenos, o si se quiere cartagineses, no consagró ninguno de los allí reunidos, hombres de diferente cartel político, una sola palabra. Asqueado de la frivolidad de tales majaderos, que con raras excepciones sólo apreciaban la vida pública por los apremios de su vanidad o de su flaco peculio, pretexté para retirarme un repentino dolor de estómago con ganas de vomitar, y cogiendo del brazo a Casianilla nos plantamos en la calle. A casita, a mi caverna solitaria, o a darle albricias a nuestra coruscante amiga la Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega. Ibamos por la calle del Lobo, y en los extremos de ella vimos lujosa berlina parada junto a una puerta humilde. De esta salió una dama en quien al punto reconocí a la Marquesa de Villares de Tajo, mujer talentuda y de historia, vistosa todavía y de buen talle aunque había rebasado con creces las fronteras del medio siglo. En su coche partió hacia la Carrera de San Jerónimo. Venía de parlotear con los Caballeros de la Tenaza, albergados a espaldas de la iglesia de San Ignacio. Pensé que ya le estaban ajustando las cuentas para mandarla al otro mundo bien limpia de pecados, y aliviada del peso de sus cuantiosos intereses.

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68 min Antes Y Despues De Fotos No Desnudas Adolescente En su carita reconocí inmediatamente la tranquila y dulce expresión de la señora que había visto retratada en el piso de abajo. Me parecía que era el retrato quien había crecido, haciéndose mujer, mientras que el original continuaba siendo niña. Tenía el aspecto alegre y dichoso, lo que no impedía que su rostro y sus modales respirasen una tranquilidad, una serenidad de alma, que no he olvidado ni olvidaré jamás. -He aquí la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield-, mi hija Agnes. Cuando oí el tono con que pronunciaba aquellas palabras y el modo como agarraba su mano, comprendí que aquel era el motivo de su vida. Llevaba un minúsculo cestito con las llaves y tenía todo el aspecto de una ama de casa bastante seria y bastante entendida para gobernar la vieja morada. Escuchó con interés lo que su padre le decía de mí, y cuando terminó propuso a mi tía que fuera con ella a ver mi habitación. Fuimos todos juntos; ella nos guió a una habitación verdaderamente magnífica, con sus vigas de nogal, como las demás, y sus cuadraditos de cristales, y la hermosa balaustrada de la escalera llegaba hasta allí. No puedo recordar dónde ni cuándo había visto en mi infancia vidrieras pintadas en una iglesia, ni recuerdo los asuntos que representarían. Sé únicamente que cuando vi a la niña llegar a lo alto de la vieja escalera y volverse para esperamos, bajo aquella luz velada, pensé en las vidrieras que había visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de Agnes Wickfield. Mi tía estaba tan contenta como yo de las decisiones que acababa de tomar, y bajamos juntos al salón, muy dichosos y muy agradecidos. Mi tía no quiso oír hablar de quedarse a comer, por temor de no llegar antes de la noche a su casa con el famoso caballo gris, y creo que míster Wickfield la conocía demasiado bien para tratar de disuadirla. De todos modos, le hicieron tomar algo. Agnes volvió a su cuarto con su aya, y míster Wickfield a su despacho, y nos dejaron solos para que pudiéramos despedimos tranquilos. Me dijo que míster Wickfield se encargaría de arreglar todo lo que me concerniese y que no me faltaría nada, y después añadió los mejores consejos y las palabras más afectuosas. -Trot -dijo mi tía al terminar su discurso-, a ver si te haces honor a ti mismo, a mí y a míster Dick, y ¡qué Dios te acompañe! Yo estaba muy conmovido, y todo lo que pude hacer fue darle las gracias, encargándole toda clase de cariños para míster Dick.

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77 min Un Chico Que Parece Un Pulgar -Entonces, no se trata sólo de instalarte. -Ya te dije que tenía algunas deudas de honor. ¡Sé franco! ¿Has jugado y has perdido? No vacilé, entonces, en decirle la verdad. -Es cierto -exclamé-. or eso hablaba de una deuda de honor. Tienes buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿De las doce, mejor dicho, porque ya llevo otras doce perdidas? Acompáñame y los tendrás. Fue a ver a uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi provincia no soltaban el dinero así como así aunque se tratara de su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar a mis ganadores, quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar a poner casa, como era, en realidad, mi deseo y, buscando el desquite, hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni siquiera un recibo. Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado, pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba «en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más o menos fiel y discreta, al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban a hospedarse allí.

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65 min Anillos De Compromiso De Diamantes Talla Esmeralda Vintage Tengo remordimientos por esto, y la muerte de usted emponzoñaría con su recuerdo mi vida entera. Quiero ahorrarme esta pena y, además, hay una mujer que moriría si lo fusilasen a usted. Quiero que viva y que sea feliz; ella lo ama y a su amor deberá usted su salvación. He aquí lo que vengo a proponerle. Usted se vestirá en este momento mi uniforme, se ceñirá mi espada y mis pistolas; he dicho que voy a salir a ver al general, con el objeto de que nadie extrañe verle a usted atravesar la puerta. Se echará usted el capuchón sobre la cabeza, y nadie podrá reconocerle. Se dirigirá usted a la casa de Clemencia, que mi asistente que irá con usted señalará, y allí encontrará de seguro caballos para escaparse. Todavía más, aconsejo a usted que no tome el camino de Tonila para Zapotlán, porque usted supondrá que correría peligro, sino el del paso del Naranjo, y de allí, con guías seguros que le dará su amada, puede usted dirigirse a Guadalajara por caminos extraviados, y Dios ayude a usted. Enrique quedó estupefacto . no podía creer aquello. - ¿Pero esto no es un lazo, Fernando? - ¿Lazo para qué? -respondió sonriendo tristemente Valle- ¿para matarle? No tendría yo sino dejar que pasara la noche, y a las siete de la mañana estaría usted fusilado. Además, cuando un hombre como yo le habla así, no engaña. Yo puedo ser desgraciado, pero no desleal. - Pero usted ¿qué hará?

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