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115 min No Puedo Decir Si Al Marido Le Gusta Mi Pecho O No

Subido el cuello del abrigo, a pesar de lo avanzado de la estación, por miedo a las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal borrado el blanquete, corto el cabello en la fuerte nuca, algo saliente la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón tendí la tela de un devaneo psíquico. Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora, terminada la faena artística: le adivino invitado a una cena con admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias, encargados ad hoc para que no raspen su garganta, absorbiendo Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín del Grial, sino porque ha justificado sus miles de francos de contrata, pagaderos en oro; y, a fin de que no se le tenga por afeminado, propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y caracterizan el ágape de los apasionados del divo. Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y, despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos sale un cuchicheo. -No la conozco. -¡Buena mujer! - II - El de Polilla Una mañana, ¡sorpresa! Se aparece en mi casa el bueno de don Antón, pidiéndome familiarmente de almorzar. Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los cuerpos de los niños mártires. -Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación, Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía Carranza?

115 min Fácil Cum Fácil Ve Por Stomper

73 min Fácil Cum Fácil Ve Por Stomper -Tanto peor, señora, porque siquiera usted puede saber con quién habla, cuando alguna de esas damas, o caballeros, se le acerquen. -¿Pero qué, no tiene usted ningún pariente en Buenos Aires? -preguntó la señora, fijando sus ojos como para conocer la verdad de la respuesta que iba a recibir. -Ninguno al servicio, o en la amistad del gobierno -contestó Amalia, comprendiendo que la señora buscaba seguridades. Pues entonces, sólo ganaría usted una cosa con conocer lo que desea. -¿Y cuál es, señora? -Un poco de risa. -Es algo. -En esta época especialmente. ¿Qué le parece a usted aquel caballero que está recostado contra el marco de aquella puerta estirándose su hermoso chaleco colorado? -Me parece bien. -No, señora, le parece a usted mal.

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H.264 Dios De La Guerra Ps2 Diosa Desnuda

650 mb Dios De La Guerra Ps2 Diosa Desnuda ¡Qué feliz fue usted con su marido! Dicen que todo lo que usted tiene se lo hizo traer de Francia, ¿es cierto? -Sí, señora, es cierto. -¡Oh, qué felicidad! La conversación siguió, poco más o menos, sobre los asuntos que hacían en esa época el mundo, el paraíso de Agustina. Daniel iba a tomar parte en la conversación para darle otro giro cuando se interpusieron entre él y Agustina un caballero negro y gordo y bajo, y una señora alta y gorda y blanca, que eran nada menos que el señor Rivera, doctor en medicina y cirugía, y su esposa Doña Mercedes Rosas, hermana también de Su Excelencia el Gobernador. No lucía tanto en esa señora el vestido de raso color sangre que traía puesto, con guarniciones de terciopelo negro, ni los grandes zarzillos de topacio, ni los hilos de coral que traía al cuello, como lucían sobre la blanquísima cutis de su rostro unos rizados lunares rubios, cuya exuberancia se ostentaba con más esplendidez en la redonda y turgente barba. Esta señora, cuya vocación eran las Musas, y cuyos instintos eran por la democracia, paróse entre Agustina y Amalia, no como si acabara de beber un vaso de agua de la fuente Hipocrene, sino como si acabase de sorber cuatro grandes tazas de la ponchera de Hoffmann; es decir, que la buena señora del médico Rivera tenía la cara roja y no rosada, y que por los carrillos, que habrían dado envidia al mejor guardián del buen economista San Francisco, caían en hilo unas líquidas perlas que, filtrando por los abiertos poros de las sienes, bajaban como rocío a humedecer los redondos y blanquísimos hombros. te he andado buscando por todas partes -le dijo a su hermana Agustina. -Bien, ya me has hallado, ¿qué quieres? -Sudando estoy, mujer; vamos a la mesa.

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ULTRA HD 4K Lo Que Quiero Es Una Puta Letra

72 min Lo Que Quiero Es Una Puta Letra La miga del cuento es que D. Francisco daba crédito a la historia, y el D. Enrique no. Ahí tienes la diferencia: el uno, como dice Centurión, es un cerebro fácilmente accesible a las paparruchas teocráticas; el otro, como dice Milagro, es un caletre robusto, educado en lo que llaman el Enciclopedismo. Sean o no verdad estas públicas referencias, existan o no ese fraile y esa monja que con sortilegios vanos quieren embaucar a nuestros príncipes, ello es que la corriente de maquiavelismo milagrero es un hecho, querida Leandra, y que se ha trabajado y se trabaja por poner en el Trono a Montemolín. Probado está que D. Francisco se cartea con su primo, y que anda muy alborotadillo de la conciencia, creyendo que Doña Isabel II usurpa el Trono, y que Dios desatará sobre el país todas las calamidades mientras no se dé a cada uno lo suyo y no reine quien debe reinar. Con que ya ves si puede ser marido de Isabel un joven que tal piensa, aunque adornado esté, como dices, de tantas virtudes y sea tan piadoso. También te digo que mejor le sienta a un Rey el coraje que la devoción, y que eso de pasarse las horas adorando a la Virgen del Olvido será muy bueno para ganar el Cielo; pero a mí no me des Reyes de esta condición santurrona, porque los Reyes, hija, aun siendo maridos o consortes, han de ser capitanes Generales y han de mandar tropas, y figurar como ejemplo de valentía y de calzones muy apretados. Pues esto es nuestro D. Enrique, al cual verás en su bergantín Manzanares, hecho un marino intrépido, desafiando las olas. Además de bravo es liberal, y más se entretiene en lecturas de filósofos, como dice Milagro, que en libros de religión y de mística; y no le verás haciendo novenas, sino echando discursos muy avanzados, y en los puertos donde su barco fondea, le verás platicando con los hombres del Progreso y rodeado de patriotas. Este es D.

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69 min Puedes Lamer Tu Propia Vagina

106 min Puedes Lamer Tu Propia Vagina En estos versos derramé toda la hiel y las tristezas de mi alma; los coloqué bajo de un sobre, con una súplica para que fueran enviados a su destino, y los arrojé sobre la mesa; pensé escribir a mi madre, pedirle perdón, y excusarme ante ella; mas, ¿cómo disfrazar mi acción? ¿cómo disculparme del abandono en que iba a dejarla? era mejor callar; arrojé la pluma lejos, y reuní todas mis fuerzas; abrí con mano convulsiva, un cajón del escritorio, y hallé lo que deseaba; mi revólver estaba allí; a su vista, mis ojos brilla­ron de alegría, y sin embargo temblé; al cogerlo en mis manos, para cargarlo, estaba confuso, apenas acertaba a poner los proyectiles; cuando estuvo listo, volví a mirar; estaba aún solo, algo como el silencio del sepulcro me rodeaba ya; ¡los momentos avanzaban! hice el último esfuerzo, y llevé el arma a la sien; el frío de la muerte me tocó; en aquel momento levanté los ojos, y al ver el retrato de mi madre, exclamé como una despedida, montando el arma fatal: –¡Madre del alma! –¡Hijo mío, hijo del corazón! –escuché decir detrás de mí; el arma rodó, a mis plantas, y en mi frente en vez del plomo suicida, sentí posarse los labios temblorosos de mi madre, que había entrado por la puerta del corredor; pálida, convulsiva, nerviosa, me tocaba como para convencerse de que estaba vivo; me miraba, pero sus ojos tenían una fijeza extraña, y rodaban sobre su rostro, las lágrimas, como las gotas de la lluvia sobre las estatuas que adornan los monumentos mortuorios; súbitamente dio un grito, llevó las manos al pecho, y cayó Poniendo su frente sobre mis rodillas, como para morir sobre su hijo, y luego rodó al suelo.

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