login to vote

23 min Requerimientos Diarios De Proteínas Para Un Adulto.

Los bordados, las cestas de costura, rellenas de fastidiosas telas blancas de indiana y cotonía, pertenecían a Presentación; los libros, el altar con todo lo que en él había de místico e infantil, eran de Asunción; y los lujosos trajes y adornos eran de Inés, que los había bajado para que los viesen sus primas. Estaban las tres vestidas según lo que entonces el vulgo, no menos galicista que ahora, llamaba un savillé. Con semejante traje, que era, por exigirlo la moda, la menos cantidad posible de traje, y lo absolutamente necesario para que las lindas personas no anduvieran desnudas, ni la madre más tolerante y descuidada habría permitido que se presentasen delante de un hombre, aunque fuese pariente cercano. Estaban las tres, como digo, graciosísimas y sin comparación más guapas que en las tertulias. La libertad permitiéndoles una alegre y bulliciosa agitación, había impreso en sus mejillas frescos y risueños colores, ylas lenguas charlatanas de las dos hermanitas llenaban con dulce y picotera música el ámbito de la estancia. La voz de Inés apenas se oía. Os diré lo que hacían y esto es reservado, reservadísimo, pues si doña María supiese que ojos humanos habían visto a sus niñas en tales arreos, y que orejas de varón habían oído cantar seguidillas a una de ellas, reventara de pesadumbre, o se sepultaría para siempre, antes avergonzada que muerta en el sarcófago de sus mayores. Pero seamos indiscretos y contemos lo que vimos, ocultos en la estancia inmediata y sin ser vistos por ellas. Inés, en quien primeramente se fijaron mis ojos desde la puerta, estaba en la reja, como en acecho, mirando ora a la calle, ora adentro, sin duda para dar la voz de alarma en cuanto el pomposo perfil y los pomposos y temidos espejuelos de doña María volviesen la esquina de la calle Ancha. Le oí decir claramente: -No seáis locas. que va a venir. Presentación, la más pequeña de las dos hermanas, estaba en medio de la pieza. ¿Creerán ustedes que rezando, cosiendo u ocupada en algún otro grave menester? Nada de eso, pues no estaba sino bailando, sí, señores, bailando. ¡Y qué zorongo, qué zapateado tan hechicero! Quedeme absorto al ver cómo aquella criatura había aprendido a mover caderas, piernas y brazos con tanta sal y arte tan divino cual las más graciosas majas de Triana. Agitada por la danza, chasqueando los dedos para imitar el ruido de las castañuelas,su vocecita sonora y dulce decía con lánguida y soñolienta música:    Toma, niña, esta naranja que he cogido de mi huerto, no la partas con cuchillo que está mi corazón dentro. Asunción, que era la mayor, de una hermosura menos picante y graciosa que su hermana, pero más acabada, más interesante, más seria, digámoslo así, en una palabra, mucho más hermosa, se había puesto algunas de las joyas y preseas de Inés.

H.264 Chica Follada En El Culo

112 min Chica Follada En El Culo Resuelto a buscarme un rincón, salgo por el pasillo de mi camarote a la baja cubierta. Deténgome a ver los tanques de agua y las provisiones vivas; jaulones de gallinas, de pavos, de terneras. todo para vomitarlo en pocos días. Subo a la proa. Entre dos ruedos de maromas y las cabrias de las anclas, que cuelgan fuera enormes a ambos lados, junto a las letras doradas del nombre, CONDE DE REUS, no hay nadie; pero sopla con molestísima violencia el viento de la contramarcha. En seguida vuelvo a bajar la escalilla, de espaldas, según he advertido que hacen para mayor comodidad los marineros, y entro nuevamente por la galena izquierda, recto, recto; es decir, recto en lo que buenamente puede mi intención, abriendo los pies, vigilando los balances y sin perjuicio de ir alguna vez a las paredes. A la izquierda, la serie sin fin de puertecillas; a la derecha, a lo último, los cuartos de baño, los retretes. y saliendo a otro gran trecho libre, en cuyo centro alza un palo hacia lo azul su maraña de cruces y de cuerdas, contemplo por las dos abiertas escotillas de dos bodegas la negra profundidad donde todavía ordenan los marineros la carga, trasladando fardos y cajas a su fondo. Empieza inmediatamente otra galería larguísima, de la cámara de segunda. Ya lo advierto, en el menor brillo de los barnices, de los dorados, y en la menor limpieza proveniente de la concentración de los servicios incómodos: las cocinas y despensas dan su tufo de grasas; el botiquín, de éter la barbería, de pomadas rancias; la panadería y la entrada de las máquinas su ruido y su calor. Parece todo esto una ciudad, una inmensa fonda que alguien ha apretado y reducido entre las manos hasta dejar por estancias estas celdillas de un panal enorme. Hay carbones por el suelo, y en el comedor, más pequeño que el nuestro, un simple mobiliario con tapicerías de crines plomo, sin una maceta, sin un adorno. Los pasajeros que encuentro son pocos, modestos, criadas del pasaje de primera, algunos hombres. una vistosa dama, también, con traje claro, francesa, que me llama vivamente la atención. -¡Buenos días! -«¡Bonjour, monsieur! -ha dicho pasando. Por último, salgo a la popa, entre soldados y emigrantes acampados en montón.

http://como.hombre.fun/3241056366.html

22 min Mi Culo Caliente Vecino 4 Onlice

porno Mi Culo Caliente Vecino 4 Onlice Esta y Enrique, que se hallaban tan próximos escucharon todo. Clemencia se hallaba agitada de una manera febril, y ponía un cuidado exquisito en no ver a los que estaban a su frente. Trajeron el champaña; pero Clemencia, pretextando que no quería tomar ese vino y que prefería respirar aire fresco y enseñar a Fernando, que era muy instruido en botánica, sus flores, le suplicó que la acompañase. Fernando lo hizo y se dejó conducir como un niño. Salieron a uno de los corredores. Las lámparas de cristal apagado derramaban una luz suave sobre aquel encantado lugar. El perfume de las magnolias, de las violetas y del azahar del patio, y el de los heliotropos y de las madreselvas del corredor, embalsamaban la atmósfera completamente. Aquello era un jardín encantado, un paraíso. Clemencia condujo a Fernando hasta donde estaba un soberbio tibor japonés, sobre un pedestal de mármol rojizo, frente a una puerta abierta y que dejaba ver al través de sus ricas cortinas una pieza elegantísima, e iluminada también suavemente por una lámpara azul. - Aquí está mi planta querida, es una tuberosa de la más rara especie . Vea usted qué hermosa es y qué rico aroma tiene. Aunque el invierno aquí no es nada riguroso como usted lo conoce, cuesta siempre trabajo conservar esta planta, que vive mejor en la primavera: por eso la estimo más hoy. No encontraría usted en todo Guadalajara un ejemplar igual. Y vea usted, esta flor se abre en la mañana, pero todavía más en la noche, y esta más perfumada. - En efecto, es divina esta flor. - Pues bien; va usted a guardarla. - ¿Qué va usted a hacer, Clemencia? - A cortarla ¿no he dicho a usted que iba a ofrecérsela?

http://hot.datacion.pw/966517207.html

650 mb Inicio Ácido Glicólico Exfoliaciones Faciales Nueva Orleans

Descargar Inicio Ácido Glicólico Exfoliaciones Faciales Nueva Orleans El apasionado amante las refutó victoriosamente. ¡Se tiene tanta elocuencia para defender la causa del corazón! En tales casos el hombre más limitado encuentra recursos estupendos. El papá, que sin ser muy prudente era, por fin, un papá, que había tenido veinte años y tenía ya cincuenta y cuatro, no dejó de hablar mucho de la solemnidad del empeño que iba a contraer, de la necesidad de reflexionarlo maduramente, de conocer un poco el mundo antes de querer ocupar en él el augusto rango de esposo y padre, de lo horrible que sería un arrepentimiento tardío. pero todo esto no hizo mella alguna en su hijo. ¡Arrepentimiento! ¡Cuando se tienen veinte años no se concibe nunca el arrepentimiento! ¿Se prevé cuando se ama la posibilidad de cesar de amar? ¡La juventud! ¡El amor! Si tuvieran por compañeras a la prudencia y a la previsión no producirían tantos errores, tantos arrepentimientos, tantos dolores: pero, ¡ah! ¿tendrían entonces tantos encantos? Don Francisco racionaba: Carlos sentía, Carlos debía triunfar y triunfó. Quince días después de las siete de la mañana se celebró en la catedral la ceremonia que unía a dos personas hasta la muerte. Ceremonia solemne y patética en el culto católico, y que jamás he presenciado sin un enternecimiento profundo mezclado de terror. Al salir de la iglesia Carlos que daba el brazo a su joven esposa estaba radiante de alegría: Luisa tenía los ojos bajos, la frente y las mejillas bañadas de rubor, y en toda su persona se advertía una especie de vaga inquietud y dulce melancolía; pero solamente cuando de vuelta a su casa fue conducida con Carlos por los padrinos al sillón en que estaba su madre (cuyo mal estado de salud no le permitió aquel día acompañarla a la iglesia), sólo entonces se vio una cristalina lágrima deslizarse lentamente por su mejilla. Doña Leonor, cuyo rostro descarnado y amarillo contrastaba de una manera singular con el semblante puro y hermoso de su hija, tendió sus brazos enflaquecidos hacia los dos jóvenes, que doblaron las rodillas delante de ella para recibir su bendición. Las facciones enfermizas y adustas de la anciana, se suavizaron y reanimaron en aquel momento, y poniendo sus manos trémulas sobre las cabezas de ambos jóvenes, levantó al cielo una mirada que jamás hasta entonces se había visto en sus ojos: la mirada de una madre que pide al cielo la felicidad de su hija, ¡mirada elocuente, indescribible, sublime.

http://una.datacion.icu/1008040933.html

porno Marido Alienta A Su Esposa A Follar Videos

61 min Marido Alienta A Su Esposa A Follar Videos Pero su voz tenía inflexiones desapacibles y pese a sus melosos aspavientos, me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas desazones. Tan honda fue esta impresión que -vuelto a ser niño, como ya dije- los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como pude por que nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba en realidad, pero que hubiera desconsolado a Mamita si la hubiese supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto. Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron a saludarlo, y poco a poco se llenó de gente la vasta sala desmantelada, de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas con asiento de paja -las de enea, o anea de los españoles- dos sillones «de hamaca», amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas, paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios, como las de Épinal, o las aleluyas, una consola de jacarandá muy lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad, como si tuvieran lepra. Dos chinitas descalzas, y vestidas con una especie de bolsas de zaraza floreada, atadas a la cintura formando buches irregulares y sin gracia, con las trenzas de crin, azul a fuerza de ser negro, pendientes a la espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos e indecisos, como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa -que no he descrito-, pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas y más desarrapadas también. Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que formaban las visitas, sentado en un rincón oscuro, olvidado por todos, muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de escuchar un rato la chismografía social y política a que se entregaban aquellos ciudadanos, hablando a ratos cuatro y cinco a la vez, mi atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo que sólo me permitía oír palabras sueltas, que no me sugerían sino imágenes borrosas e inconexas. Mi padre puso, por fin, término a esta situación, proponiendo un paso «para estirar las piernas», frase cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café o el club a jugar al billar o al truco y a beber el vermouth de la tarde. Fui el primero que se puso de pie lanzando un suspiro de liberación. De los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron a acompañar a Tatita. -¡No vuelvan tarde, que pronto va a estar la cena! -recomendó misia Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su corto repertorio. Salimos, pues, y en el trayecto comencé a conocer la «maravillosa» ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones a la antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos, pretendidamente dibujados a lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y toscas rejas de hierro forjado. A cada cien varas o menos se veía la fachada, el costado o el ábside de alguna iglesia o capilla, el largo paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas, análogas a la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de ladrillo o de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas e ingenuos adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes de yeso, y a veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo. Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es muy posterior a mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos.

http://one.datacion.top/951951644.html

87 min Anal Teen Angels Natalia Anal Freeones

54 min Anal Teen Angels Natalia Anal Freeones Luego me fui al mostrador, con el señor Tomás. De allí a la trastienda. Oí palabras sueltas de los puntos que bebían y charlaban. Até mis cabos. Volví al mostrador; el señor Tomás y un hombre de mala facha, que llaman el tío Martín, secreteaban. Pesqué alguna frase que me abrió las entendederas. En fin, chico, te diré lo que he podido traslucir: Esta noche matarán a don Amadeo. ¿A qué hora? Cuando los Reyes vuelvan de los Jardines del Retiro a Palacio. ¿Sitio? La calle del Arenal. Verás cómo resulta cierto. Otra cosa: el pote gallego se ha pegado, y en su lugar nos mandarán unas chuletas de vaca y patatas fritas. Andan abajo esta noche muy desconcertados. ¡Qué caras he visto en la trastienda! Para mí, son los mismos que mataron a Prim». No di gran importancia al cuento de Obdulia; pero tampoco lo eché en saco roto.

http://que.datacion.top/2501334810.html

86 min Kim Posible Anime Xxx Sexo Caliente

24 min Kim Posible Anime Xxx Sexo Caliente -Porque es usted, señor, quien debe probar lo contrario. -¿Y sabe usted dónde se encuentra actualmente? -Belgrano. -No lo sé, señor; pero si lo supiera no lo diría -contestó Amalia alzando la cabeza, contenta y altiva porque se le presentaba la ocasión de decir la verdad. -¿Ignora usted que estoy cumpliendo una orden del Señor Gobernador? -dijo Victorica empezando a arrepentirse de su indulgencia con Amalia. -Ya me lo ha dicho usted. -Entonces debe usted guardar más respeto en las contestaciones, señora. -Caballero, yo sé bien el respeto que debo a los demás, como sé también el que los demás me deben a mí misma. Y si el Señor Gobernador, o el señor Victorica, quieren delatores, no es esta casa, por cierto, donde podrán hallarlos. -Usted no delata a los demás, pero se delata a sí misma. -Que usted se olvida que está hablando con el jefe de policía, y está revelándole muy francamente su exaltación de unitaria. -¡Ah, señor, yo no haría gran cosa en serio en un país donde hay tantos miles de unitarios! -Por desgracia de la patria y de ellos mismos -dijo Victorica levantándose sañudo-, pero llegará el día en que no haya tantos; yo se lo juro a usted. -O en que haya más. -¡Señora!

http://datacion.icu/2869788193.html