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Hasta ahora todo te parecía simpático en él. La mayor tacha que le ponías era su lenguaje; y no porque te sonara mal, sino por extrañarte el sonido. ¡Bien poca cosa tenías que tacharle! Pues de ayer acá, todo ha cambiado en el pobre chico, como si para mirarle te pusieran un velo negro delante de los ojos. ¿sí o no? Respóndeme, hija mía, pero acordándote de que te has alabado hace un momento de ser llana y a la buena de Dios. -Otra exageración tuya, papá -dijo Nieves eludiendo la respuesta terminante que se la pedía-. No es ese el caso. -Corriente -añadió Bermúdez tomando nueva postura en la silla-. Pasemos también por eso, y quédense las cosas donde y como tú quieres ponerlas. Pero bueno o malo, blanco o negro, ya está tu primo llegando a las puertas de Peleches: ¿qué hacemos con él? ¿se las cerramos? ¿le dejamos entrar? -Tampoco se trata de eso, papá: repáralo bien. Pues ¿de qué se trata, hija mía? -Se trata de responder a una pregunta que me hiciste al principio. Querías saber por qué no me alegraba yo con la noticia que me diste, y ya lo sabes.

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99 min Las Bolas Se Aprietan Mientras Se Corre Carlos, al verla, sintiose tan turbado como si viese a la misma Catalina y Elvira le lanzó una mirada tan celosa como hubiera sido la de aquélla. Enseguida, y mientras sostenía distraída una conversación lacónica e insignificante con don Francisco, en el cual no manifestó ni una sola vez su genial locuacidad, miraba frecuentemente a Luisa, y admirada y conmovida de su perfecta hermosura, volvía los ojos hacia Carlos con una expresión colérica y como si quisiese decirle: «Ud. Es indigno igualmente de su esposa y de mi amiga». Carlos no pudo soportar largo tiempo la violenta posición en que se hallaba. Despidiose con un pretexto frívolo, y en vano la mirada de su mujer expresó una tímida queja. Salió precipitadamente de aquella casa cuya atmósfera le ahogaba. Tenía el aspecto de un loco, y nadie al verle hubiera podido desconocer que un terrible combate tenía lugar en su alma. Apenas hubo vuelto a su casa despachó un correo a la condesa con una carta que sólo contenía estas incohesas palabras: «Mi esposa ha llegado, mi padre también. El rayo ha caído sobre mi cabeza. Estoy loco. Tranquilízate, Catalina: Yo te amo más que nunca. ¡Desventurado! ¡Más que nunca! No sé qué debo hacer, es terrible, es atroz la alternativa. Pero, ¿no te he jurado, al aceptar tus sacrificios, hacer por ti todos los que me exijas? Otro juramento había prestado antes, tú lo sabes, ¿será mi suerte el eterno perjurio? Y, sin embargo, soy más infeliz que culpable. Espero tus órdenes. Puedo morir por obedecerte y sería un bien para mí, para ti y para ella».

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98 min Lesbianas Sexy Orinan El Uno Al Otro Verdad era que la primera noticia la tuvo por aquel infame anónimo, pero parecía (y ella comenzaba a creerlo así) que sin su respuesta afirmativa él no hubiese dado crédito a nada por muy evidente que fuese, De todo ello se desprendía una consecuencia, que la causó honda amargura: aquel hombre la quería, y ella ¡necia! pensando ruinmente no creyó en su amor, y lo había destruido. Luego en el mundo había seres buenos, nobles y honrados, capaces de sentimientos hermosos en que para nada se mezclaban el vil interés ni las pasiones bastardas. Y su marido era uno de ellos. ¡Necia! ¡Mil veces necia! Ella, que tan necesitada estaba de consuelo. Tentada estuvo de ir a la alcoba donde yacía Ignacio, arrojarse a sus pies e implorar perdón. Pero ya fuera inútil. Era un hombre de honor, y si bien su bondad hubiera podido hacerle perdonar la falta humildemente confesada, no llegaría su magnanimidad hasta olvidar el grosero insulto. Además, ¿no achacaría su tardío arrepentimiento al miedo? Permaneció perpleja buscando la solución de aquel necio conflicto que una ligereza suya la había creado. Una idea infame parecida a una solución, iluminó sus sombríos pensamientos. ¡Estaba loco! ¿Qué duda cabía? ¿Y si no era cierto, por qué no afirmarlo? Todos lo creerían. ¿No tenían el convencimiento de que estaba harto de conocer su deshonra? En gracia de Dios era poco sabido.

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42 min Fotos Desnudas Espuelas Guardia George Hill Y era esto precisamente cuanto Daniel deseaba en lo demás, es decir, una ignorancia completa, o una confusión de relaciones en todos aquellos a quienes se había dirigido, y cuyos informes debía recoger en el resto de ese día. Ya sabía que el ministro estaba ajeno de cuanto había pasado. Iba a saber, por la linda boca de su Florencia, lo que hablaban Doña Agustina Rosas de Mansilla y Doña María Josefa Ezcurra sobre aquel incidente, cuya relación que de él hicieran, debía provenir directamente de la casa de Rosas, adonde habrían afocádose los informes de Victorica y sus agentes, y adonde esas señoras concurrían todas las mañanas; y por último, esa tarde sabría lo más o menos informada que estaba la Sociedad Popular y su presidente, sobre las ocurrencias de la noche anterior, con lo cual habría tomado entonces todos los caminos oficiales y semioficiales por donde podía andar, más o menos oculta, en la capital de Buenos Aires, una noticia de la clase de aquella que tanto le interesaba saber. Entretanto, él no había perdido el tiempo en su ministerial visita, pues había conseguido que el señor ministro Arana se envolviese en una red, primorosamente tejida por las manos de ese joven que, casi solo, sin más armas que su valor, y sin más auxiliares que su talento, en una época en que todos los vínculos y todas las consideraciones de honor y de amistad empezaban a ser relajadas prodigiosamente por el terror en ese pueblo sorprendido por la tiranía; pero en el cual, es preciso decirlo, no había desenvuéltose nunca ese espíritu de asociación que sus necesidades morales reclamaron siempre; por ese joven decíamos, que era una especie de conspiración viva contra Rosas, admirable por su temeridad, aun cuando reprensible por su petulancia al querer trastornar, con la sola potencia de su espíritu, un orden de cosas constituido más bien por la educación social del pueblo argentino, que por los esfuerzos y los planes del dictador. Don Felipe Arana, que tenía grande respeto a los talentos de Daniel, a quien más de una vez consultaba sobre alguna redacción de fórmula, o alguna traducción del francés, cosas ambas de muy grave importancia y de no menor dificultad para el señor ministro de Relaciones Exteriores, había consentido en aceptar un consejo de Daniel, con la candidez que le era característica, y con aquella inocencia que empezó a revelarse en él desde el año de 1804, en que se afilió en la Hermandad del Santísimo Sacramento, y cubierto con su pelliza de terciopelo punzó, y con la campanilla en la mano, marchaba delante de la custodia, cuando en el primer domingo de cada mes salía de la Santa Iglesia Catedral la procesión que se llamaba de la renovación, por ser el día en que se renovaba la hostia consagrada. Y aquella aceptación de aquel consejo iba a convertirse en un árbol de excelentes frutos para aquel joven, a quien sólo faltaba apoyo para ser uno de los actores principales del drama revolucionario por que pasaba el pueblo de Buenos Aires, y en cuya cabeza, a pesar de su aislamiento, se desenvolvía, después de algunos meses, un plan todo él de conspiración activa contra Rosas, que irá conociéndose más tarde, a medida que los acontecimientos sobrevengan; como dentro de poco habrá ocasión también de saberse algo sobre esa tan importante concesión que acababa de conseguir de Don Felipe Arana. Y entretanto, diremos que Daniel había doblado por la calle de la Reconquista, y caminaba con ese aire negligente, pero elegante, que la Naturaleza y la educación regalan a los jóvenes de espíritu y de gustos delicados, y que los elegantes por artificio no alcanzan a reproducir jamás. Con su levita negra abotonada, y sus guantes blancos, en la edad más bella de la vida de un hombre, y con su fisonomía distinguida, y ese color americano que sirve a marcar tan bien las pasiones del alma y la fuerza de la inteligencia, Daniel era acreedor muy privilegiado a la mirada de las mujeres, y a la observación de los hombres de espíritu, que no podían menos de reconocer un igual suyo en aquel joven en cuyos hermosos ojos chispeaba el talento, y que revelaba la seguridad y la confianza en sí mismo, propiedad exclusiva de las organizaciones privilegiadas, en su aire medio altanero y medio descuidado. Llegado a la calle de la Reconquista, nuestro joven no tardó mucho en pisar la casa de la bien amada de su corazón. De pie junto a la mesa redonda que había en medio del salón, y sus ojos fijos en un ramo de flores que había en ella, colocado en una hermosa jarra de porcelana, Florencia no veía las flores, ni sentía la impresión de sus perfumes, aletargada por la influencia de su propio pensamiento, que la estaba repitiendo, palabra por palabra, cuantas acababa de oír salir de boca de Doña María Josefa; al mismo tiempo que dibujaba a su capricho la imagen de esa Amalia a quien creía estar viendo bajo sus verdaderas formas. La abstracción de su espíritu era tal, que sólo conoció que habían abierto la puerta del salón, a cuya daba la espalda, y entrado alguien en él, cuando la despertó de su enajenamiento el calor de unos labios que imprimieron un tierno beso sobre su mano izquierda, apoyada en el perfil de la mesa. exclamó la joven volviéndose y retrocediendo súbitamente. Y ese movimiento fue tan natural, y tan marcada la expresión, no de enojo, sino de disgusto, que asomó a su semblante, y tan notable la palidez de que se cubrió, en vez de esos ramos de rosas con que asoma el pudor de las mejillas de una joven en tales casos, que Daniel quedó petrificado por algunos instantes. -Caballero, mi mamá no está en casa- dijo luego Florencia con un tono tranquilo y lleno de dignidad. -¡Mi mamá no está en casa, caballero! repitió Daniel como si fuera necesario decirse él mismo esas palabras para creer que salían de los labios de su querida-. Florencia -continuó-, juro por mi honor, que no comprendo el valor de esas palabras, ni cuanto acabo de ver en ti. -Quiero decir, que estoy sola, y que espero querrá usted usar para conmigo de todo el respeto que se debe a una señorita.

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48 min Mundo De Warcraft Desnuda Patche Transparente -preguntó Bermúdez después de la ligerísima pintura del suceso, que les hizo don Claudio. -La causa verdadera y fundamental de todo -respondió éste-, ha sido el artículo que le habrá chocado a usted, por lo desfachatadamente impío, que va a la cabeza del periódico que tiene usted en la mano. -No he leído de todo él -respondió don Alejandro-, más que la noticia ésta, que nos ha dado qué hablar y qué pensar a Nieves y a mí para toda la mañana. -exclamó Fuertes como si se alegrara mucho de ello-. Pues tanto mejor entonces. a ver, a ver, mi señor don Alejandro: como fiel cristiano que es usted, está obligado a entregarme ese periódico. Don Alejandro se le entregó siguiendo lo que le parecía broma de su amigo. -Y yo -añadió éste-, tengo el deber, como fiel cristiano que también soy, de hacer trizas el papelejo y arrojarlas por el balcón. Y como lo decía lo iba haciendo. -Porque han de saber ustedes -prosiguió después de volver a su asiento-, que este periódico ha sido excomulgado desde el altar por don Ventura en misa mayor, con encargo muy encarecido a sus feligreses, de que destruyan cuantos ejemplares lleguen a su poder o vean en el de sus deudos o amigos. Es el demonio el tal Maravillas. ¡Lo que él ha revuelto hoy! Estando en esto, avisó Catana que estaba servida la sopa. -Pues mientras ustedes comen -dijo don Claudio levantándose-, les daré cuenta minuciosa de todo lo ocurrido; porque ese solo fin es el que me ha traído aquí a estas horas. -Lo mejor será -contestó don Alejandro, apoyado enseguida por Nieves-, que coma usted con nosotros. -Aceptado el envite -dijo Fuertes-, contando con que también se me hará el favor de mandar un recadito a mi casa para que no me esperen.

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650 mb Linsy Dawn Mckenzie Clips De Sexo Gratis Hay que aprovechar ¡hasta los minutos! Esto es todo lo que te importa saber. Y ahora pedazo de bruto, lárgate de ahí a mudarte esa ropa. Bastián se dio media vuelta, atravesó la sala de dos zancadas, y entró en la alcoba frontera a la de don Sotero, exclamando al cerrar con ira la desvencijada puerta: -¡Dios! ¡qué hombre! El tal, cuando se vio solo, sacó del bolsillo la carta que había guardado al acercarse Bastián; tornó a humedecer la pluma en los cendales del tintero; hizo algunos números en la parte no escrita del sobre; luego se entretuvo en despegar el sello, que guardó cuidadosamente entre otros que tenía envueltos en un papel dentro del armario y, por último, rompió la carta en pedacitos muy pequeños, que aún subdividió en otros casi microscópicos. -¡Que aguarde la respuesta! -murmuró sonriéndose. Volvió a sentarse, y del cajón de la mesa sacó un libro que, según rezaba el tejuelo de la tapa era de cuentas de su «Administración de las rentas y aparcerías de doña Marta Rubárcena de Quincevillas»; y antes de abrirle, llamó muy recio desde la puerta de la alcoba: -¡Celsa! Y al punto apareció en la sala, arrastrando las chancletas, una mujer, ya de años, con no pocos remedos, si es que no era fiel trasunto de aquella piadosísima Pipota, consejera y buscona del archicélebre Monipodio. Y díjola don Sotero en cuanto la vio: -Avísame cuando oigas tocar a misa, que hoy no es día de perderla. Con lo cual, la vieja se volvió a su escondrijo, y el hombre a sus papeles. Si la superficie de un dormido lago se transformara súbitamente en pradera verde y lozana, y a un extremo de ella brotaran un bardal espeso aquí; un grupo de castaños allá; dos higueras enfrente; un robledal más lejos; una fila de cerezos delante de un barullo de manzanos y cerojales; una mimbrera junto a una charca festoneada de juncos, menta de perro y uvas de culebra, un alisal hacia el monte. y otros cien adornos semejantes, que el buen gusto del lector puede ir imaginando sin temor de alejarse de la verdad; y luego colocáramos una casita, agazapada debajo de su ancho alero, como tortuga en su concha, al socaire del bardal; otras dos parecidas, a la sombra de las higueras; cuatro o cinco, no mayores, detrás de los castaños; algunas con balcón de madera, aquí y allí compartiendo amistosamente con las más humildes el amparo del robledal o los sabrosos dones de los frutales; otras muchas, y cada una de por sí, arrimadas a la setura, de un solar, o a la pared de un huerto; y en el centro de este ordenado y pintoresco desorden, una iglesia modestísima alzando su aguda espadaña como pastor vigilante la cabeza para cuidar de su disperso rebaño; y, por último, subiéramos al monte frontero, y en una de sus cañadas tomáramos la linfa de un manantial, y la dejáramos descender a su libertad, y arrastrarse a las puertas de este caserío, y murmurar entre las lindes de dos huertos de la mala acogida que se le hiciera en las abiertas corraladas, hasta que después de refrescar las raíces de los álamos cercanos a la iglesia y hacer a ésta una humildísima reverencia que le costara un nuevo rodeo en su camino, se largara mies abajo, entre berros y espadañas, tendríamos, lector discreto, pintiparado a Valdecines. Así está tendido al comienzo de un angosto y no muy largo valle, llano como la palma de la mano; así están distribuidos como en un dibujo de hábil artista, sus caseríos, sus huertos, sus arboledas y sus aguas. Montes de poca altura, pero bien vestidos, y la sierra que conocemos, amparan el valle por todas partes: y se une a otro más extenso por el angosto boquete que da salida al riachuelo que, paso a paso y con la ayuda de otros vagabundos como él, va tomando humos de río. La casa en que han ocurrido los sucesos de que dimos noticia al lector en eles de las más próximas a la sierra. Como la mayor parte de las solariegas de la Montaña, sólo en dos fachadas tiene balcones: al oriente y al mediodía. La corralada, de que también hemos hablado, está delante de esta fachada; la del oriente cae sobre un jardín separado de la vía pública por un enverjado que arranca de la pared del corral y se une por el otro extremo a un muro que, después de describir una curva extensísima, va a soldarse con el otro costado de la portalada, dejando encerrado un vasto parque en que abunda, con inteligente distribución, lo útil y lo agradable.

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120 min Mesa De Billar Sexo Fotos Znd Vids Hace una semana que no te veo, te creía feliz, muy feliz, puesto que me olvidabas . y encontrarte así me sorprende. Siéntate y habla . - Me alegro de que hayas venido ahora; mi madre está ausente y podré decirte todo. - Ah, ya me lo esperaba yo. Enrique . - Enrique no me ama ni me ha amado nunca; ese hombre no tiene corazón, y tenías razón sobrada para aconsejarme que no confiara en sus palabras. ¿Sabes lo que ese libertino quería? Quería mi deshonor, quería mi vergüenza. ¿Se ha atrevido a insultarte el infame? - Comenzó, como te dije, por hablarme de amor con el lenguaje de la sinceridad: dos semanas ¿comprendes? dos semanas de un trato constante habían acabado por hacerme perder la poca reserva que había tenido para él. Verle era una necesidad para mí, necesidad tanto más irresistible cuanto que mi pasión ha llegado al extremo. Estoy loca, no pienso sino en él, no hablo sino de él, no quería vivir sino para él; pero antes que mi felicidad estaba mi honra, que Dios me da bastantes fuerzas para conservar intacta y para defender aun a costa de la paz del alma, porque yo no te ocultaré, he jurado no volver a hablarle; pero le amaré toda mi vida: es un libertino, es un malvado, pero me es imposible borrar su imagen de mi corazón, me es imposible aborrecerle y despreciarlo como merece. - Pues bien -interrumpió Clemencia cada vez más asombrada de lo que oía- ¿qué te ha dicho, qué te ha hecho? - Ya desde hace seis u ocho días sus palabras eran para mí sospechosas; había perdido su voz ese acento de respetuoso cariño que había hecho tanta impresión en mi alma, sin por eso alarmar mi delicadeza.

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56 min El Sexo Y La Ciudad La Agonía. Pero la ausencia del público corrige luego las resoluciones tomadas arbitrariamente, de suerte que cuando quedé soló púseme, a pesar mío, a consultar las posibilidades de sostener mi gallardía. ¿Cómo hablaría, en efecto, cuando «el recao me dentrara a lonjiar las nalgas»? ¿Qué tal me sabería dormir al raso una noche de llovizna? ¿Cuáles medios emplearía para disimular mis futuros sufrimientos de bisoño? Ninguna de estas vicisitudes de vida ruda me era conocida y comencé a imaginar crecientes de agua, diálogos de pulpería, astucias y malicias de chico pueblero que me pusieran en terreno conocido. Todo lo aprendido en mi niñez aventurera, resultaba un mísero bagaje de experiencia para la existencia que iba a emprender. ¿Para qué diablos me sacaron del lado de mamá en el puestito campero, llevándome al colegio a aprender el alfabeto, las cuentas y la historia, que hoy de nada me servían? En fin, había que hinchar la panza y aguantar la cinchada. Por otra parte, mis pensamientos no mellaban mi resolución, porque desde chico supe dejarlos al margen de los hechos. Metido en el baile bailaría, visto que no había más remedio, y si el cuerpo no me daba, mi voluntad le serviría de impulso. ¿No quería huir de la vida mansa para hacerme más capaz? -¿Qué estah'ablando solo? -me gritó Horacio que pasaba cerca. -¿Sabeh'ermano? -¡Qué me voy con el arreo! -¡Qué alegría pa la hacienda! -exclamó Horacio, sin la admiración que yo esperaba.

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20 min Como Dar Placer A La Vagina De Una Mujer -Déjame allí -repuso secamente Raúl. Selim dirigió con la mayor gravedad a los caballos una palabra imperiosa, y el break arrancó con rapidez. Eran ya cerca de las ocho cuando llegaron al sitio. Bajose Raúl con su escopeta y morral vacío, ordenando a Selim que se fuese por un camino vecinal; y él se entró al baldío, salvando de un salto una zanja estrecha, y ya casi cegada por los aluviones. Por allí vagó algunos minutos, hallando en efecto regular número de perdices entre muy viejos rastrojos, pues hacía meses que nadie cultivaba aquel terreno fue bastante afortunado para apoderarse de todas ellas, y recorría todavía los extremos, cuando sintió cansancio y sed. A fin de aplacarla, antes de efectuar el regreso, a lo largo del seto -camino el más corto para llegar a su morada- buscó con la vista en rededor, algún edificio. Había uno cercano, seto por medio, y dirigiose a él, resueltamente, trasponiendo los agaves por un portillo angosto, que daba entrada a una huerta espaciosa y atendida con esmero, a juzgar por su aspecto halagador. En la parte este de la quinta de Nerva se alzaba una especie de choza africana, de forma cónica y paredes de adobe, coronada por una Cúspide pajiza. Constaba de una sola pieza, con una puerta tosca y una ventanilla de dos vidrios azules, encuadrados en un marco de pino blanco sin postigo. Algunos medallones de flores silvestres arreglados con cierta simetría, y cinco o seis sauces rodeaban esta choza. Las enredaderas comunes en los cercos serpenteaban en el frente y cubrían la entrada, formando una bóveda caprichosa de la cual pendían moradas campanillas, en cuyo hojoso centro fabricaban los colibríes sus complicados nidos, semejantes a delicadas escarcelas que guardasen finísimas perlas. El interior presentaba un aspecto pintoresco. En un extremo veíase un lecho singular, consistente en una piel vacuna bien extendida y sujeta en cuatro estacones de guayabo, a medio metro del suelo, un colchón delgado de paja, y un cobertor de algodón de fuertes colores, con borlillas negras. Había junto a esta cama una mesa llena de extraños objetos y utensilios, yerbas, al parecer medicinales, marcela hembra y apio cimarrón, separadas en pequeños manojos, vajilla de latón, ollas de tierra cocida, y ejemplares dispersos de periódicos e ilustraciones, en curiosa mezcla y desorden. En el medio, y contorneando el grueso madero que sustentaba el peso de la choza, una banqueta circular que servía sin duda de asiento permanente; del madero pendían diversos objetos: sogas, canas de gramíneas, diferentes clases de mates de retorcidos picos, sombreros viejos, bolsas de lona, espuelas de grandes rodajas y hasta un par de botas de media caña, con las punteras abiertas y el hilo formando arco dentario, a manera de fauces de un pez hambriento. En este raro museo, las arañas tejían vastas telas concéntricas. Pero, lo más curioso del ajuar consistía en un instrumento -convenientemente colocado bajo el ventanillo-, que va desapareciendo ya con la generación importada en otras épocas de las riberas africanas, y que constituía, por decirlo así, toda la delicia del arte musical congo o cafre, para el canto y la danza. Tal instrumento, con sus monótonos sones, trasladaba la mente del negro a, los climas del trópico, bajo la sombra del baobab y de los datileros del oasis: cual si remedara en cierto modo los rugidos de los leones en el cardizal ardiente y en la estepa desolada, o las broncas quejas de la pantera en sus noches de amor y celo entre los juncos, a la orilla de aquellos grandes ríos inmóviles plateados por la luz de las estrellas, que se perdían en la inmensidad del desierto en curvas gigantescas como fiel trasunto del destino incierto, oscuro y vago de una raza infeliz. Sus ecos parecían recordarle así los aires de la tierra, rumores del edén salvaje donde se desenvuelven los dramas de la sociedad primitiva, o roncos lamentos de esas pasiones sensuales que marcan el límite intermedio del instinto y de los nobles anhelos del ideal humano.

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27 min Clase Superior De Correo Electrónico De Las Vías Aéreas Atlánticas Vírgenes Como los tres hombres medio desnudos se mostraban algo reacios y hasta osaron murmurar un poco, Golbasto los refrenó con varios latigazos. Luego, afirmándose la corona de laurel sobre las melenas grises, subió al carruajito y dio una orden a su tiro, acariciándolo por última vez con la fusta. - Vamos a la Universidad, a la casa del doctor Momaren. En el camino oyó la trompetería que anunciaba el paso del gigante, y se vio obligado a dar un largo rodeo por calles secundarias para no tropezarse con el. - ¿Hasta cuándo nos molestará el animal-montaña? –murmuró rabiosamente-. El senador Gurdilo tiene razón: hay que desembarazarse de ese huésped grosero e incómodo. A pesar de que el poeta vivía de sus continuas peticiones a los altos señores del Consejo Ejecutivo y de las munificencias de Momaren, que también era personaje oficial, sentía hoy cierto afecto por el jefe de la oposición y encontraba muy atinados sus ataques contra un gobierno que no sabía velar por las glorias establecidas y apoyaba las audacias de los principiantes. Entró en la Universidad por la gran puerta de honor; dejó en un patio su vehículo, amenazando con los más tremendos castigos a los tres caballos-hombres enganchados a él si no eran prudentes y osaban moverse de allí. Siguiendo un dédalo de galerías y pasadizos, únicamente conocidos por los amigos íntimos de Momaren, llegó al pequeño palacio habitado por el Padre de los Maestros. Ninguna de las recepciones vespertinas del potentado universitario se había visto tan concurrida como la de esta tarde. Todos los que abominaban del contacto de la muchedumbre acudían a una tertulia que proporcionaba a sus asistentes cierto prestigio literario. Además, la reunión de esta tarde tenía un alcance político. El Padre de los Maestros quería darle cierto sabor de protesta mesurada y grave por la ofensa que Golbasto se imaginaba haber recibido del gobierno. Momaren, haciendo este alarde de interés amistoso, se vengaba al mismo tiempo del joven poeta universitario que había osado criticarle como historiador. Golbasto, que allá donde iba se consideraba el centro de la reunión, entró en los salones saludando majestuosamente a la concurrencia. Casi todos los altos profesores de la Universidad habían venido con sus familias. Las esposas masculinas y los hijos, con blancos velos, coronados de flores y exhalando perfumes, ocupaban los asientos. Las mujeres triunfadoras y de aspecto varonil se paseaban por el centro de los salones o formaban grupos junto a las ventanas.

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