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Celestina la llevó consigo, sedienta de cariño maternal, que apenas había gustado en su vida liosa. Enterose de ello la Marquesa de Navalcarazo, y queriendo apartar a la pobre niña de todo influjo maléfico, obligó a la madre a ponerla bajo la guardia y custodia de unas monjitas de la calle de San Leonardo. Accedió Celestina, movida de un vago prurito de corrección espiritual, y las mañanas pasaba en la iglesita del convento, o en la fronteriza parroquia de San Marcos, entretenida en rezos y otros actos de devoción. Hablando de esto, me confesó que hasta las oraciones más elementales, Credo y Padrenuestro, se le habían olvidado, y en aquella ocasión las aprendía de nuevo, sintiéndose volver a sus años infantiles. En estos contactos con la vida eclesiástica, la antes pecadora, y después reformada Celestina, echose también su director espiritual, y tuvo la suerte de topar con un sacerdote ejemplarísimo, llamado don Hilario de la Peña. Hablando de él la pícara convertida no agotaba el filón de las alabanzas. Tales cosas me dijo, que me entraron vivas ganas de conocer al bendito clérigo. Y una mañana, en que mis divagaciones callejeras me llevaron a la de San Leonardo, me deparó mi suerte el encuentro de Celestina, que del convento salía con su reverendo amigo y capellán don Hilario, y ambos iban hacia la parroquia de San Marcos. Presentome la pícara como periodista y cultivador de las Letras, y apenas hablé diez palabras con el buen señor le diputé por hombre bueno, tolerante, y de no común cultura. Metiose Celestina en la parroquia, y yo seguí con el cura hasta la puerta de su casa. Era viejo, de gran talla y al parecer gotoso. Aliviaba su cojera con un grueso bastón. Lucio y carilleno, pareciome hombre que se había dado buena vida. Su afable sonrisa y sus ojuelos vivarachos delataban el amplio conocimiento del mundo y el hábito de la preciosa indulgencia. Mostrose complacido de hablar con un escritor, y juzgándome con benevolencia cortés, por desconocer mi escasa valía, me reveló que él también plumeaba, por pasar el rato, y sin pretender el galardón de la fama. «Soy aficionado a los estudios históricos -dijo con modestia-, y he consagrado mis ocios a escribir la Historia del Clero Mozárabe en Toledo, de la cual llevo ya publicados tres tomos. Es obra de pura erudición, árida, como centón de documentos».

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104 min Letra De La Que Quiero Lamerte Créeslo tú; mas no lo dices por no adolorar a los tuyos». «¡Guárdeme Allah Misericordioso de las asechanzas de Satán el Pérfido, el Corruptor de Adán y de toda su prole! Con esta exclamación arrojé de mi lado a la impostora, dándole un empujón que la hizo vacilar sobre sus pies como la estatua sacudida por terremoto, y salí de su casa. En la puerta, mujeres hebreas y chiquillos de la misma casta gritaban: «¡Paz, paz! azuzándome con burla. Seguí mi camino sin echar una mirada sobre tan ruin caterva, y doblando la esquina me dirigí a la casa de Riomesta, una de las pocas que en el Mellah reciben al visitante con olor de sahumerios, y así previenen nuestra respiración en favor de los dueños. En el patio estrecho me recibió la hija de mi amigo, Yahar (Perla), hermosa joven que cautiva por su ideal blancura. Díjome que su padre estaba en la Sinagoga, donde tenían reunión los Principales para tratar de su defensión. Añadió la buena moza que había venido una orden de Muley El Abbás, prohibiendo a las familias tetuaníes ausentarse de la ciudad. Nada de esto sabía yo; mas lo tuve por cierto, y la medida me pareció acertada, pues la fuga de los ricos era mayor pánico de los que quedaban, y fomentaba el ladronicio y pillaje. ¡Loor al Grande, al Dueño de todo el Universo! Estas novedades desviaron mis propósitos del camino que llevaban, y prometiendo a Yohar que volvería para platicar con su padre, salí del Mellah, y me fui en busca de los moros de más cuenta y poderío, cuya opinión necesitaba conocer. Visité a Brisha, después a Erzini y a Ibn El Mefty, que son los más acomodados. Los tres me dijeron que la orden de Muley Abbás les parecía bien; pero que ellos no la obedecían, mirando sobre todo a la seguridad de sus familias. Se marcharían, pues, desafiando las iras del Kaid, pues maldito lo que confiaban en que la plaza, con cañones viejos, artilleros inhábiles y una guarnición insubordinada, pudiera defenderse y amparar los intereses de sus moradores. Que estas manifestaciones llenaron mi alma de tristeza, no es menester decirlo.

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40 min Sexo Para Anciana Y Joven Quiebra con el crédito, y trata de algunos engaños de mujeres y de los daños que las contraescrituras causan, y del remedio que se podría tener en todo Luego que a casa llegué, me fui derecho a el pozo y, fingiendo quererme refrescar, porque mi criado no sintiera mi desgracia, le hice sacar dos calderos de agua. Con el uno me lavé las manos y con el otro la boca, que casi la desollé y no estaba bien contento ni satisfecho de mí. En toda la noche no pude cobrar sueño, considerando en la verdad que la mujer me había confesado, que me acordaría de sus manos para en toda mi vida. Ved si la dijo, pues aún hago memoria dellas para los que de mí sucedieren. Yo aseguro que no se hizo tanta de las de la griega Helena ni de la romana Lucrecia. Cuando daba en esto, la conversación de la otra me destruía. Quería olvidarlo todo y acudía por el otro lado la memoria del guijarro; alterábaseme otra vez el estómago. ¿Qué ha de ser esto desta noche? ¿Cuándo habemos de acabar con tantos? Que si de una parte me cerca Duero, por otra Peñatajada. Decía, considerando entre mí: «Si aquesta pequeña burla, no más de por haberlo sido, la siento tanto, ¿cómo lo habrán pasado mis parientes con la pesada que les hice? ¿Cuando aquesto así duele, qué hará con guindas? Ya lo pasaba en esto, ya en lo que había de hacer el siguiente día, cómo y de qué me había de vestir; si había de arrojar la cadena del día de Dios, de las fiestas terribles; por dónde había de pasear, qué palabras me atrevería [a] decir para moverla, o qué regalo le podría enviar con que obligarla. 321 de 442 Prosigue Guzmán de Alfarache con el suceso de su casamiento, hasta que su mujer falleció, que volvió a su suegro la dote ¿Habéis bien considerado en qué labirinto quise meterme? ¿Qué me importa o para qué gasto tiempo, untando las piedras con manteca? ¿Por ventura podrélas ablandar?

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119 min Madura Corta Pelo Oscuro Tetas Grandes y de mis protectores -agregué, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo. -Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todavía la marcha del país -dijo con sorna. -La oposición sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que se fija en todo. hasta en mí. Yo estoy a la baja. -Sí, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son «alharacas» de los opositores, nada más. Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo más tarde en el club, que mi actitud había complacido mucho al Presidente. -¡Poco me importa! -contesté-. Lo único que quiero es demostrar carácter. Podría comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen a perder. ¿Y «vos»? -Yo -contestó Pepe- se lo debo todo al «doctor»; soy consecuente y tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejaría de estimarme a mí mismo.

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116 min Video Xxx Gratis Noruega Finlandia Suecia Además, en la buena moral de don Galo, era para él el anuncio del casamiento de una bella, lo que para el cazador, por torpe que sea, el anuncio de la veda: así fue que exclamó consternado: -¿Qué os casáis? -¿Y por qué no, señor mío? ¿Tienen las sabias, además de otras desgracias, la de ser incasables? -Pero -dijo don Galo sin prestar atención a lo que decía Clemencia, y esperando aún que lo dicho fuese una broma-; ¿pero quién es el dichoso? -El dichoso, porque a fe mía que lo será, es don Pablo Ladrón de Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son míos. Pablo alargó sonriendo la mano a don Galo. -Sea en buena hora,-sea para bien, tartamudeaba cortado don Galo,-felicito-tomo parte-celebro-los Guevaras están predestinados. -Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que vestido de traje de ciudad no tenía el aire de un petimetre de los modernamente designados con la palabra inglesa dandy, se decía a sí mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas de Eva! ¡Vea usted, Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y la nata! yo la creía incasable. si hubiese sospechado lo contrario. ¿Casarse? ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he llevado chasco! no seré el solo.

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