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34 min Sexy Erótico Adulto Archivos De Cuentos

Ya no sufrirá mucho; su muerte no será más que un pacífico sueño. El moribundo pronunció algunas palabras entrecortadas y el doctor se acercó a él. La respiración del enfermo se hacía difícil; el joven pedía aire. Levantaron enteramente las cortinas, y él aspiró con deleite la ligera brisa de aquella noche clara; las estrellas le dirigían su temblorosa luz, y la luna le envolvía en el blanco sudario de sus rayos. -¡Amigos míos -dijo con voz débil- me muero! ¡Que el Dios que recompensa les conduzca a puerto! ¡Que les pague por mí mi deuda de reconocimiento! -No pierda la esperanza -le respondió Kennedy-. Lo que siente no es más que un abatimiento pasajero. ¡No va a morir! ¿Se puede morir en una noche de verano tan hermosa? -¡La muerte está aquí! -respondió el misionero-. ¡Lo sé! ¡Déjenme mirarla a la cara! La muerte, principio de la eternidad, no es mas que el fin de las tribulaciones de la tierra. ¡Pónganme de rodillas, hermanos, se lo suplico! Kennedy lo levantó. Lástima daba ver aquellos miembros sin fuerza que se doblaban bajo su propio peso.

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120 min Ventura Entretenimiento Para Adultos Comedia Club De Baile Todos los que suben entre música y laureles, suelen bajar entre silbidos, cuando no por el balcón. Y atribuyo el hecho a la humana ingratitud, porque no puedo creer que el pueblo tenga razón siempre que se llama estafado por sus redentores políticos. En cuanto a Lucas, con su credencial en la maleta y las esperanzas en mejores destinos, me consta que se pagaba muy poco del desdén con que le veían irse para no volver, los descamisados ganapanes de Coteruco. El viernes por la tarde llegaron los señores de Sotorriva. Don Lázaro, muy mejorado de sus achaques, quiso hacer un esfuerzo en honor de tanta fiesta. Era hombre que rayaba en los setenta años; alto, pálido, bien proporcionado de cuerpo, y de cabeza noble y aristocrática; iba pulcra y severamente vestido; y a pesar de sus años y de sus padecimientos, regía con gracia y soltura el brioso caballo en que hizo el viaje. Su hija, de menos edad que Álvaro, era lo que se llama vulgarmente una muchacha muy bonita; es decir, una joven de intachables pormenores plásticos, pero cuyos ojos, sonrisas y ademanes no dicen todo lo que un aprensivo lee con delectación en la mujer ajena, y le asusta en la propia. Llegó entre su hermano y su padre, sentada en claveteado sillón de terciopelo rojo, sobre una jaca doble, airosa y bien arrendada. Ya para entonces se había provisto Narda en la villa de cuanto faltaba en Coteruco para la comida del día siguiente; y como los preparativos de la cocina estaban encomendados a buenas manos, sólo tuvo que ocuparse aquella noche en disponer las habitaciones para los huéspedes, tarea en que la acompañó Magdalena, sacando de los respectivos roperos y cajones las colchas de damasco, las sábanas de holanda con blondas de encaje, los candeleros de plata y las sobremesas de tapicería; riquezas tradicionales y de abolengo, que no salían a luz más que en las grandes solemnidades. ¡Pues si supiera el lector cómo había aderezado Narda la estancia nupcial con antiguas riquezas tales y otros modernos primores, que al efecto se habían ido adquiriendo en la ciudad, desde que se concertó el casamiento! Pero no cometeré yo la indiscreción de profanar ese púdico misterio con las miradas del público; ni de faltar a los buenos usos y costumbres de aquella ilustre casa, levantando siquiera la punta del velo que encubre lo que no debe ser visto. A la mañana siguiente, muy temprano, Magdalena, con las preciosas galas que Álvaro la había regalado y los collares y anillos riquísimos de sus mayores; don Román, vestido de rigorosa etiqueta, con gruesos diamantes en la pechera y valiosos dijes en la áurea cinta de su reloj; el novio, no peor ataviado ni con menos ricas alhajas; don Lázaro y su hija, que habían de ser los padrinos, bien provistos de ellas también, y en adecuado arreo, salieron juntos de casa, siguiéndolos la ávida curiosidad de los criados y la fiel Narda, en cuerpo y alma, que también había avisado a don Frutos para que la confesara. Decía la buena mujer que, a los ojos de Dios, tanto valdría su ruego por la felicidad de los que iban a casarse, como el del más guapo; y que si en santa gracia se querían poner sus amos y los padrinos para que la súplica llegase bien arriba, en santa gracia deseaba ponerse ella, como la más pecadora. Al salir de la portalada el cortejo, se halló con la plazuela invadida por una muchedumbre de curiosos, en la cual abundaban las mujeres. De entre ellas salieron doce, jóvenes y garridas, con sendas panderetas adornadas de lazos y cascabeles; y formándose de cuatro en cuatro, pusiéronse delante de los novios, y comenzaron a cantarlos al uso tradicional del país, sin olvidar en las coplas a don Román ni a los padrinos. Narda se echó a llorar como una boba, al ver aquello. ¿Cómo era posible que llegara a casarse «su Magdalena» sin que se desplomara Coteruco para decirle, al verla pasar: «bendita seas por todos los días de tu vida, y bendita en la otra, y bendito cuanto te quiere y te rodea»? Si tenía que suceder eso: siempre lo había creído ella así, porque los verdaderamente malos no pasaban en el pueblo de media docena; los demás eran engañados. ¡Dichosa la hora en que aquellas mozas idearon tal festejo!

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22 min Diferencia Entre Elefantes Africanos Y Elefantes Asiáticos.

Vivir Diferencia Entre Elefantes Africanos Y Elefantes Asiáticos. Al volver de registrar infructuosamente la oficina de Gouffé, Gabriela y yo enganchamos el cadáver a la polea para poder deslizarle con más facilidad en el saco. Yo lo colgué. El cadáver pesaba demasiado. Gouffé volvió a caer al suelo. -Me parece -advirtió Gabriela- que no está muerto. Juraría que le he visto abrir los ojos. Entonces volvimos a colgarlo. (Sensación). Deslizó a Gouffé en el saco de tela que hizo Gabriela y lo echó al fondo del baúl. Y Gabriela quedó allí, con el cadáver, mientras yo fui a dormir al hotel. Pocas aventuras tan siniestras como la de Gabriela Fenayrou, urdiendo uno y otro día cartas amorosas para atraer a Aubert a la emboscada que le preparó. Ninguna aventura tan siniestra como la de Gabriela Bompard, cosiendo uno y otro día el saco de tela que había de servir de sudario a Gouffé. Y estas dos mujeres han paseado ayer tarde por los bulevares de París festejando el Grand Prix. Nuestra Fenayrou y nuestra Bompard es la Cecilia Aznar. Atrasados y toscos en todo, nuestras criminales matan con planchas, al tuntún, sin preparar emboscadas, ni escribir cartas sutiles, ni coser sacos de tela, ni dormir amorosamente a la vera de un cadáver encerrado en un baúl, ni viajar con el cadáver llevándolo de equipaje. No creo, amigo Blasco, que la labor patibularia de la Cecilia tenga punto de comparanza con la labor patibularia de las Gabrielas, aunque no se admita ninguna de las circunstancias que la Cecilia alegó en su defensa. -Ha salvado a la Bompard -dije yo, comentando su suerte- la proverbial cortesía de los franceses. La guillotina no es ya instrumento tosco y brutal en manos de hombres soeces y sanguinarios. Es atributo de ley en poder de hombres cultos e inteligentes, pulimentado y embellecido en su forma, invisible la cuchilla, que no ha querido salir al encuentro de una cabeza femenina.

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80 min Código De Truco Gta 4 Gay Perdido

1080p Código De Truco Gta 4 Gay Perdido Volvió a perder la noción clara y precisa de las cosas; y el tiempo, y Pilar, y don Sotero, y Fernando, y aquella casa y los peligros que en ella pudiera correr, confundiéronse en un nuevo montón de sombras impenetrables, que ofuscaron el horizonte de sus ideas y fueron poco a poco estrechándolas, hasta oprimirlas y asfixiarlas, como asfixian y oprimen los plúmbeos lazos de una horrenda pesadilla. Comenzaba a anochecer cuando don Sotero pidió permiso, con los golpecitos de siempre y su dulzura acostumbrada, para entrar en la alcoba. Recorríala entonces Águeda con febril desasosiego, mientras Pilar miraba a la calle, maquinalmente, por una rendija de la ventana, cansada ya de llorar, de temer y hasta de preguntar sin obtener respuesta. Entró el hombre, a una breve y nerviosa indicación de Águeda. -Vengo -dijo, suave y humildemente- a tomar las órdenes que tengan ustedes a bien darme. -Nada se nos ofrece -respondió Águeda volviéndole la espalda, mientras la niña corría hacia ella y se agarraba a los pliegues de su vestido. -En ese caso -añadió don Sotero-, réstame sólo advertir a ustedes, para su gobierno, que mientras es hora de cenar, y siguiendo con ello mi vieja y piadosa costumbre, voy a la iglesia a rezar un poco. Celsa queda en casa para servirlas en cuanto se les ofrezca y cuidar de la puerta de la calle, cuya llave recogerá cuando yo salga. Dios nuestro Señor las acompañe a ustedes. Dijo y salió, hecha la indispensable y acompasada reverencia. Se oyó el ruido de sus pasos alejándose, después la de la puerta principal, que rechinaba al moverse, y el de la llave al trancarla. y después, ni el aleteo de un mosquito. El silencio y la oscuridad reinaron en la casa, como dueños y señores de ella en aquel instante. Pilar se hubiera vuelto loca de espanto, y Águeda poco menos, si alguna que otra vez no llegara a sus oídos el eco lejano de los cantares de la gente que se encaminaba a la hoguera, y el sonido armonioso de las campanas. Sin estos rumores del mundo, donde había seres libres y contentos, las tristes prisioneras se hubieran creído sepultadas en las profundidades de un calabozo subterráneo. Pilar recordó a su hermana que había fósforos sobre la mesa. Águeda, a tientas, dio con la caja y encendió la pringosa vela de sebo. Pero aquella luz sólo servía para hacer más patente a los ojos de las prisioneras el pavoroso cuadro de su prisión. Pilar, considerando que estaba expuesta a pasar allí toda la noche, volvió a llorar amarga y copiosamente; y Águeda conoció que había contado con fuerzas que no tenía cuando se resolvió en su casa a correr en la de don Sotero cuantos peligros pudieran amenazarla.

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76 min Videos Gratis De Gays Gordos

40 min Videos Gratis De Gays Gordos Sin duda le parecía ésta muy grave para acometida de frente, porque después de flanquearla con aquella mímica embarazosa, habló de la feria y de las labores de la estación, de la última nevada y de la futura cosecha; de todo menos del caso. Al fin, y cuando ya se le iba acabando al otro la paciencia, amparóse del recuerdo de Magdalena, llenó con él todo su corazón vacilante, y se atrevió a expresarse del siguiente modo: -Pues los asuntos que aquí me traen, mi señor don Román, son dos, y los dos muy serios. Si usted se sirviera escucharme. -Rato ha que no hago otra cosa. -Se estima la fineza. Y prosigo. Primeramente, yo vine a Coteruco a descansar de las fatigas de mi trabajo, y a gastar, como el otro que dice, entre los míos y en santo amor y compaña, el dinero que honradamente gané. -Nada más puesto en razón. -Viniendo así a mi pueblo, me encontré con la iznorancia de las gentes: no eran quién para uno amoldado a la buena sociedad de los tiempos. De modo y manera, que fabriqué mi casa, como usted sabe, y me encerré en ella, atenido a cuidar de mis peculios y a vivir con algo de ellos, pues del total del rédito me sobra, sin que sea bambolla, más de la mitad. -Hasta ahora, no mucho que digamos. -Seguiré el relate. Este comportamiento mío no ha sido al gusto de todos: al cabo, no es uno onza de oro. Y sé que tengo enemigos; sé que de mí se han dicho, señor don Román, las miles indiznidades por esos inseztos venenosos: que si fui, que si voy, que si vengo. en fin, ¡herejidas! Pero como mi conciencia estaba muy limpia, y no debo a nadie un centavo, me reí de los dichos, y la guerra se ha ido acabando ella sola. ¿Se va enterando usted? -Ni pizca.

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54 min Maggie Gyllenhaal Se Masturba En La Secretaria

46 min Maggie Gyllenhaal Se Masturba En La Secretaria -Caballeros -respondió míster Micawber-, hagan de mí lo que quieran; soy una paja que lleva el océano furioso; estoy empujado en todas las direcciones por los elefantes. Ustedes perdonen, quería decir por los elementos. Reanudamos la marcha, del brazo; tomamos el ómnibus, llegando sin dificultad a Highgate. Yo estaba muy confuso y no sabía qué hacer ni qué decir; a Traddles le ocurría lo mismo. Míster Micawber estaba sombrío. De vez en cuando hacía un esfuerzo para reponerse, y silbaba una cancioncilla; pero pronto volvía a caer en profunda melancolía, y cuanto más abatido estaba, más se retorcía el sombrero y más se estiraba el cuello de la camisa. Nos dirigimos a casa de mi tía, mejor que a la mía, porque Dora no estaba bien. Mi tía acogió a míster Micawber con graciosa cordialidad. Míster Micawber le besó la mano, se retiró a un rincón de la ventana, y sacando el pañuelo del bolsillo se dedicó a una lucha interior contra sí mismo. Míster Dick estaba en casa. Era naturalmente compasivo con todo el que sufría, y sabía descubrirlo tan pronto, que en cinco minutos lo menos estrechó media docena de veces la mano a míster Micawber. Este afecto, que no esperaba por parte de un extraño, conmovió de tal modo a mister. Micawber, que repetía a cada instante: «Mi querido señor, es demasiado». Y míster Dick, animado por el éxito, volvía a la carga con nuevo ardor. -La bondad de este caballero, señora -dijo míster Micawber al oído de mi tía---, si usted me permite que saque una comparación florida del vocabulario de nuestros juegos nacionales, un poco vulgares, me traspasa; semejante recibimiento es una prueba muy sensible para un hombre que lucha, como yo, contra un montón de preocupaciones y dificultades. -Mi amigo míster Dick -repuso mi tía con orgullo- no es un hombre vulgar. -Estoy convencido, señora -dijo míster Micawber-. Caballero -continuó, pues míster Dick le estrechaba de nuevo las manos-, agradezco vivamente su bondad. -¿Cómo está usted?

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104 min Negro Negro Por El Hombre Follado Libre Maduro Espectáculo Video Mujer No sabes lo que me alegro de saberlo. ¡Es tan consolador, es tan agradable saber que no sienten sus sufrimientos! A mí, a veces me había preocupado esa clase de gente; pero ahora ya no volveré a pensar en ellos. Vivir y aprender. Tenía mis dudas, lo confieso; pero ahora ya han desaparecido. Es que antes no sabía; esta es la ventaja de las preguntas, ¿no es verdad? Pensé que Steerforth había dicho aquello para hacer hablar a miss Dartle y esperaba que me lo dijera cuando se fuera y nos quedáramos solos sentados ante el fuego. Pero únicamente me preguntó qué pensaba de ella. -Me ha parecido que es inteligente, ¿no? -¡Inteligente! A todo saca punta -dijo Steerforth-. Lo afila todo como se ha afilado su rostro y su figura en estos últimos años. Es cortante. -¡Y qué cicatriz tan extraña tiene en los labios! Steerforth palideció y nos callamos un momento. -El caso --dijo- es que fue culpa mía. -¿Algún accidente desgraciado?

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Youtube Pantimedias Y Piernas Y Se Inclinó Y Trabajo De La Cabeza

20 min Pantimedias Y Piernas Y Se Inclinó Y Trabajo De La Cabeza Él se llamaba Patrocinio Salvatierra y vivía como a unas ocho leguas de distancia, en una tierra linda y pareja. No tenía yo más que ver su tropilla de gateados. Era cierto y le dije que le contestaría esa noche. -Si es su voluntá -agregó- también le compro el lobuno. -Allá veremos. Me quedé cabizbajo. El día anterior casi había perdido al Comadreja y ahora me veía obligado a venderlo. -Está de Dios -dije- que no me había de ir con el bayo. Hoy me lo cornean, ayer por poco no deja el cuero en el cangrejal. -¿Qué andaba haciendo? -Curiosiando. -¿Curiosiando? ¡Por bonitos que son! -Pa'l que nunca ha visto. Calló un rato para enseguida ofrecerme. -Si quiere ver toito el cangrejerío rezando a la puesta'el sol, puedo llevarlo aquí cerca. Son cangrejales grandes. Los que usté vido ayer, no alcanzan a ser más que retazos. Acepté el ofrecimiento y, nos fuimos galopando, rumbo a los médanos, hacia un lado distinto del que a la madrugada habíamos seguido para la recogida.

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120 min Escorts Que Tienen Sexo En Seattle Washington.

47 min Escorts Que Tienen Sexo En Seattle Washington. Patricio Rigüelta fue a verle, andando los días, y púsole sobre las mismas nubes, movido del afán de poner mucho más abajo, y aun despellejados, a los notables de Coteruco. Esto levantó un poco los abatidos humos de don Gonzalo; pero llegóse después a saludarle don Frutos, el señor cura, que era hombre muy cumplido; y lo echó a perder con la mejor intención. Díjole que se complacía en ver que la suerte había sido justa por aquella vez, colmando de dones a quien tanto y tan desnudo había rodado por el polvo de la miseria; con lo cual se ensoberbeció el indianete, cuyo prurito era olvidarse y pretender que los demás se olvidasen de que era hijo del perdulario Bragas. Supo don Román de que pie cojeaba el recién venido, a quien, siendo él mozo, había conocido muchacho y dádole de comer muy a menudo, y se apresuró a visitarle porque no tomara a desdén su alejamiento; pero como hombre cuerdo, limitóse en la visita a darle la bienvenida y a ofrecerle todas las atenciones y la buena voluntad de un convecino. Echó de menos don Gonzalo en este tributo de cortesía un sahumerio a su importancia de acaudalado y a su saber de hombre del día, y amoscóse, tachando a don Román de lugareño incivil y de vanidoso destripaterrones. Pero, en medio de todo, diéronle estas visitas ocasión, al devolverlas, de zarandear durante tres días su levita y su manatí por las callejas, no sin amargos contrapesos; pues bien sabe Dios lo que el hinchado personaje se requemaba cada vez que las viejucas del lugar, al cruzarse con él, se santiguaban, llenas, quizá, de complacencia, exclamando al verle alejarse: «¡Bendito sea el Señor que tanto puede! ¿Quién le diría al infeliz muchachuco de Antón Bragas que había de pasearse por estas callejas lleno de oro y paño fino, como un caballero de los más prencipales? Y cuando tras esto, y algo parecido, salía a relucir el por qué de llamarse Gonzalo con el item más «de la Gonzalera», sin pizca de Colás González, como se llamó de niño, dábase a Barrabás el hombre; y gracias si, alguna que otra vez, oía por consuelo la afirmación de un transeunte de que, «según se corría por el pueblo, el llamarse así el hijo de Bragas, era motivao a que la reina, sabedora de sus caudales y de la mucha mano que tuvo en la otra banda, le dió esa nomenclatura». La primera vez que don Gonzalo entró en casa de don Román, conoció a Magdalena. ¡Y cómo se puso, al verla, de dulce y remilgado el ya de suyo meloso y presumido visitante! Aquella joven elegante, fresca y risueña, hija de un señor pudiente, respetado y de noble solar, era la realidad, mejorada en tercio y quinto, de sus más hechiceras ilusiones; y como ni siquiera puso en duda el éxito de sus ya nacidos propósitos, al despedirse de ella hecho un caramelo, alargó a don Román, mientras lanzaba ternísima mirada a su hija, juzgando el regalo como fuerza del mejor gusto, un ejemplar de su retrato y una tarjeta verde con letras de oro. Y aguijoneándole la impaciencia estas emociones súbitas, en aquella misma semana comenzóse por su orden a desgajar peñascos de la vecina montaña, para edificar la casa en proyecto. Necesitábala pronto para nido de sus amores, y también para conquistar, con esta nueva ostentación de su riqueza, el respeto y consideración de sus convecinos, que continuaban mirándole con la mayor indiferencia, y hasta con cierta sonrisilla maliciosa. Como su vida de rico era una perpetua equivocación, la obra emprendida sólo sirvió para poner de manifiesto sus resabios de origen y su falta absoluta de cultura. Pensaba que al hombre de dinero le sentaba muy bien la dureza de sus jornaleros, y con ellas los confundía, a la vez que les escatimaba, con reflejos de avaricia, el mísero salario. Murmuraba de ello la gente y trabajaba renegando; y don Gonzalo, para trocar el descontento en admiración, ostentaba en cada lance de apuro, subiéndose a la pared más alta, una nueva cadena en su pecho, o un anillo nunca visto en su mano; o bien disparando tres docenas de cohetes, so pretexto de que se ponía clave en tal arco, o se sentaban en el otro los salmeres; con lo cual, si no lograba el objeto que se proponía, daba pábulo a las rechiflas de los maliciosos del lugar, que le ponían de roña fina, fachendoso y bragucas, que no había por donde cogerle. Al propio tiempo, juzgando que el hombre de caudal, que ha rodado por el mundo, está obligado a ser irreligioso, jactábase de no ir a misa, y se burlaba de las pláticas del cura y de la credulidad de sus feligreses. Delante de don Román invocaba a los Estados Unidos y a Inglaterra, en testimonio de que los pueblos verdaderamente ilustrados no se confiesan, pensando que con estos atrevimientos, desconocidos en aquel rincón apacible y patriarcal, iba el padre de Magdalena a admirarle como a un asombro de cultura y de saber, y él a sembrar de flores el sendero que había de conducirle a los brazos de la garrida doncella.

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61 min Las Mujeres Se Comportan Mal En El Club De Striptease.

39 min Las Mujeres Se Comportan Mal En El Club De Striptease. Lucía, como una flor que el sol encorva sobre su tallo débil cuando esplende en todo su fuego el mediodía; que como toda naturaleza subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e impaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza verdadera, amaba lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos desalados, de los ascensos por la montaña, de las noches de tempestad y de los troncos abatidos; Lucía, que, niña aun, cuando parecía que la sobremesa de personas mayores en los gratos almuerzos de domingo debía fatigarle, olvidaba los juegos de su edad, y el coger las flores del jardín, y el ver andar en parejas por el agua clara de la fuente los pececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas blandas de su último sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojos brillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como águilas, que Juan reprimía siempre delante de gente extraña o común, pero dejaba salir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y de flores, apenas se sentía, cual pájaro perseguido en su nido caliente, entre almas buenas que le escuchaban con amor; Lucía, en quien un deseo se clavaba como en los peces se clavan los anzuelos, y de tener que renunciar a algún deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando el anzuelo se le retira queda la carne del pez; Lucía que, con su encarnizado pensamiento, había poblado el cielo que miraba, y los florales cuyas hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que lo escribía con lápices de colores, y el pavimento a que con los brazos caídos sobre los de su mecedora solía quedarse mirando largamente; de aquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas partes por donde miraba le resplandecía, porque ella lo fijaba en todas partes con su voluntad y su mirada como los obreros de la fábrica de Eibar, en España, embuten los hilos de plata y de oro sobre la lámina negra del hierro esmerilado; Lucía, que cuando veía entrar a Juan, sentía resonar en su pecho unas como arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles, unas rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo veía salir, le tendía con desdén la mano fría, colérica de que se fuese, y no podía hablarle, porque se le llenaban de lágrimas los ojos; Lucía, en quien las flores de la edad escondían la lava candente que como las vetas de metales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho; Lucía, que padecía de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojos de Juan Jerez, puesto que era pura, sintió una noche, una noche de su santo, en que antes de salir para el teatro se abandonaba a sus pensamientos con una mano puesta sobre el mármol del espejo, que Juan Jerez, lisonjeado por aquella magnífica tristeza, daba un beso, largo y blando, en su otra mano. Toda la habitación le pareció a Lucía llena de flores; del cristal del espejo creyó ver salir llamas; cerró los ojos, como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como si la felicidad tuviese también su pudor, y para que no cayese en tierra, los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo a aquel cuerpo envuelto en tules blancos, de que en aquella hora de nacimiento parecía brotar luz. Pero Juan aquella noche se acostó triste, y Lucía misma, que amaneció junto a la ventana en su vestido de tules, abrigados los hombros en una aérea nube azul, se sentía, aromada como un vaso de perfumes, pero seria y recelosa. -Ana mía, Ana mía, aquí está Pedro Real. ¡Míralo qué arrogante! -Arrodíllate, Adela: arrodíllate ahora mismo -le respondió dulcemente Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes cabellos castaños-; mientras que Juan, que venía de hacer paces con Lucía refugiada en la antesala, salía a la verja del zaguán a recibir al amigo de la casa. Adela se arrodilló, cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Ana hizo como que le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo al oído, como quien ciñe un escudo o ampara de un golpe, estas palabras: -Una niña honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que no haya recibido de él tantas muestras de respeto, que nadie pueda dudar que no la solicita para su juguete. Adela se levantó riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones, en el galán caballero, que del brazo de Juan venía hacia ellas, los esperó de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro, parecía querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva viveza. Pedro, aturdido y más amigo de las mariposas que de las tórtolas, saludó a Adela primero. Ana retuvo un instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellos derechos de señora casada que da a las jóvenes la cercanía de la muerte. -Aquí -le dijo-, Pedro: aquí toda esta tarde a mi lado -¡Quién sabe si, enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le pesaba a la pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! ¡Quién sabe si quería solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno de aquella luz de belleza, se lastimase las alas! Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba, resplandecía. Y aunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estaba brillando aquella tarde, alrededor de Ana se veía una claridad de estrella. Corrían arroyos dulces por los corazones cuando estaba en presencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparcía por los adentros del alma, como la luz de la mañana por los campos verdes, dejaba en el espíritu una grata intranquilidad, como de quien ha entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo, aquellas musicales claridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar a quien lo hace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablaba aquella dulce Ana, purificaba. Pedro era bueno, y comenzó a alabarle, no el rostro, iluminado ya por aquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a las almas vulgares, sino el ajuar de niño a que estaba poniendo Ana las últimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosía, y armaba lazos, y los probaba en diferentes lados del gorro de recién nacido: Adela súbitamente se había convertido en una gran trabajadora.

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