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57 min ¿a Las Chicas Asiáticas Les Gustan Los Hombres Negros?

-¡Echa las dos escopetas! -exclamó el doctor. -No será sin haberlas descargado -respondió el cazador. Y cuatro disparos sucesivos hicieron morder el suelo a cuatro talibas, que cayeron entre los frenéticos gritos de la horda. El Victoria se levantó de nuevo, dando saltos enormes, como una inmensa pelota que bota en el suelo. ¡Extraño espectáculo el que ofrecían aquellos desdichados intentando huir a pasos de gigante, y que, a semejanza de Anteo, parecía que recobraban fuerzas al llegar a tierra! Pero aquella situación no podía prolongarse incesantemente. Era casi mediodía. El Victoria se agotaba, se vaciaba, se alargaba; su envoltura se tornaba fofa y ondulante; los pliegues del tafetán rechinaban al rozar unos con otros. -¡El Cielo nos abandona! -dijo Kennedy-. ¡Vamos a caer! Joe no respondió, no hacía más que mirar a su señor.

39 min Cazador De Acebo Desnudo Viviendo En Voz Alta

26 min Cazador De Acebo Desnudo Viviendo En Voz Alta Al comprenderlo así, volvió con infinito dolor los ojos al recuerdo de sus padres. «¡Padres míos, no me abandonéis! Sollozó, ocultando la cara entre las manos. Cuando se descubrió vio ante sí una figura, que por un momento pudo suponer creación de su mente alucinada. Era un anciano de luenga y pobladísima barba, de eucarística blancura. Su rostro, surcado de profundas arrugas, tenla una grave y majestuosa calma, que imponía suave respeto; en él brillaban, con luces semejantes a fuegos fatuos, dos pupilas negras como la lóbrega profundidad de la muerte; tenían algo de la sombría y quemadora claridad de los iluminados, que hace temblar en un escalofrío a aquel en quien se fijan. Alrededor de su cráneo calvo y reluciente, y la frente exceptuada, crecía nívea corona de plateados rizos, revueltos y enmarañados. Cubrían su demacrado cuerpo, donde los huesos querían taladrar la carne, viejísimas vestiduras a medias cubiertas por una raída capa, que después de darle la vuelta a la cintura y pasarle sobre un hombro, aún arrastraba por el suelo en nobles pliegues. De sus manos, largas y huesudas, manos prerrafaélicas, una sustentaba aquella a modo de talar vestidura, y en la otra apoyaba la abatida frente, cual si el peso insustentable del pensamiento le rindiera. Aquella figura profética, deífica, apostólica, fluctuando entre dulce y amenazadora, recortándose sobre el fondo dorado de la arena bañada por los últimos rayos del sol, abrillantada por el contraste con la sombría verdura del follaje, semejaba la imagen escuálida de un patriarca bíblico, arrancada de las tablas de alguno de los maestros italianos del Renacimiento. Con voz sonora y armoniosa, en que había alguna de las notas solemnes y profundas de los cantos en loor de los difuntos, dijo: «En el mundo todo es falsía y vanidad»; y emprendió de nuevo su camino, con pasos graves, mesurados e iguales, fijos en tierra los ojos para hallar la verdad, ya que no es dable a los mortales remontarse al cielo en su busca. Ignacio le siguió con la vista hasta que se perdió entre los árboles, quedando de él tan sólo el ligero rastro que en la arena marcaba su capa. No tuvo tiempo de dar forma concreta a los pensamientos que a su cerebro acudieron en tropel. Por uno de los senderos avanzaba hacia él una mujer, si mujer puede llamarse aquel ser con facha de vieja cortesana enferma, que sólo repugnancia podía inspirar en quien la contemplaba.

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106 min La Realidad De La Revolución Sexual Contraataca.

550 mb La Realidad De La Revolución Sexual Contraataca. ¡y siempre estás llorando! Pero no volveré a hacerlo para no afligirte. -Eso dices siempre. y con todo, lloras. También me prometiste otra cosa. -¿Qué cosa, hija mía? -Despachar a don Sotero. ¡Qué miedo me da ese hombre! Desde que se murió mamá parece que tiene los ojos más verdes, y la voz más agria, y la boca más honda, y los dientes más afilados. ¡Algunas veces me manda las cosas con un aire! Antes no hacía eso. Échale, Águeda!

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106 min Galleta Rayada Pavo Cacahuete Taza Rolo

23 min Galleta Rayada Pavo Cacahuete Taza Rolo A esta acción los marineros dieron, por una sola vez, una impulsión inversa a los remos, y la ballenera quedó como clavada sobre las aguas en medio del silencio y de las sombras. Estaban a una cuadra de la costa. Entonces, el oficial pidió dos sombreros a los marineros. Colocó la linterna entre los dos sombreros de hule, uno de cada lado, de manera a que la luz se proyectase en línea recta, sin esparcir claridad en redor suyo; y tomándola de este modo entre sus manos, se paró y la levantó a la altura de su cabeza, con la luz en dirección a la costa. Permaneció de este modo algunos minutos, mientras que la mirada de todos buscaba en tierra la correspondencia de aquel telégrafo misterioso. Pero inútilmente. El joven meneó la cabeza y, colocando la linterna en su lugar anterior, dio orden de seguir. Cinco minutos después volvió a repetirse la misma operación con las mismas precauciones. Pero inútilmente también. El oficial, ya con un poco de mal humor, volvió de nuevo a examinar la dirección que se había dado, y confirmado de que estaba en ella, de que estaba en el mismo paraje, al mismo rumbo que se marcaba en el plano, dio orden de marchar un poco más a tierra para salir de la sombra que formaba la barranca inmediata. En efecto, a pocos minutos de marcha, la ballenera pasó por frente a un pequeño cabo, y como a dos cuadras de su anterior estación, volvió a funcionar el telégrafo entre las manos del oficial. No habría pasado un minuto que aquella luz flotante despedía su rayo sigiloso en dirección a la tierra únicamente, cuando sobre la barranca inmediata brilló una luz, algo más viva que la que parecía requerirse por la luz marítima, que se rodeaba de tantas precauciones. -Allí está -exclamaron todos los de la ballenera, pero con una voz apenas perceptible de ellos mismos. La linterna subió y bajó entonces, por dos veces, en las manos del oficial, y la luz de tierra extinguióse en el acto.

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69 min En El Trabajo Norfolk Adolescente Junto Al Agua

82 min En El Trabajo Norfolk Adolescente Junto Al Agua Sin desembrollar este lío, que pasó por su cabeza como un relámpago, oyó que le decía Nieves, por despedida también y también muy afectuosa: -Y al subir a comer con nosotros, no se le olviden a usted ciertas acuarelas que deseamos ver. Esto ya estaba más claro; pero no todo lo que debía de estar. Era indudable que su padre se había despachado a su gusto aquella tarde en la botica. En cuanto salieron del Casino los de Peleches, le faltó tiempo a él para largarse hacia su casa. En dos zancadas llegó; en breves palabras enteró a su padre de todo lo que acababa de pasarle, y en pocas más le satisfizo el boticario la curiosidad, declarándole todo lo ocurrido aquella tarde en la botica. Por cierto que don Adrián subió la bocamanga izquierda hasta el codo, y el arco de las cejas hasta el casquete, a fuerza de rascarse y de admirarse al ver que Leto, de quien esperaba un estampido, en lo del convite no puso el menor reparo, y en lo de las acuarelas se despachó con tres «carapes» seguidos y unos muy dulces restregones de manos a las barbas. Al salir la gente de misa mayor, Leto, como de costumbre, se quedó, con otros amigos, enfrente del pórtico echando un pitillo, un párrafo y algunas ojeadas maquinales a las villavejanas de todos los días; y hablando, fumando y mirando, vio salir a Nieves con su padre. Bien le había parecido la noche antes la sevillana en la penumbra mal oliente del Casino, con el sombrerito de paja y la túnica de color de barquillo; pero ¡cuidado si tenía que ver en plena luz meridiana, vestida de obscuro y con la cara monísima encuadrada en los pliegues graciosos de su mantilla de pura casta andaluza! No pudo menos de declarárselo así al fiscal que estaba a su lado comiéndola con los ojos, ni, al notar que le recordaba algo con los suyos, quizá lo de las acuarelas, dejar de acercarse a ella y a su padre para ofrecerles sus respetos, con la mejor intención, eso sí, pero bien sabe Dios que con las más fuertes ligaduras de sus nativas desconfianzas en el espíritu. Mientras hablaban los tres, la goma villavejana se chupaba los dedos y no sabía de qué lado ponerse ni qué majadería inventar para que Nieves se clavara. ¡lo mismo que la goma de todas partes! y las hembras peripuestas la miraban de reojo al pasar a su lado, de los pies a la cabeza, ¡igual que todas las presuntuosas de todo el mundo! porque son achaques esos que están en la masa de la sangre, aun en la de los que usan taparrabo. Posible es que Nieves no se fijara en los unos ni en las otras, aunque cueste creerlo por lo que se sabe del prodigioso alcance de vista que tienen las mujeres guapas para esos lances y otros parecidos; pero podría apostarse algo bueno a que en la comparación que hizo mentalmente, después de mirarle de arriba abajo en menos de dos segundos, del Leto que tenía delante, vestido de día de fiesta, con el Leto de la víspera, desaliñado, ardoroso y con el pelo alborotado y la barba revuelta, aunque ambos eran buenos mozos, optaba por el segundo; es decir, por el Leto del billar, en calidad, se entiende, de mujer artista y esforzada.

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