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82 min Aventuras De Campamento Para Adultos En Las Montañas De Humo

Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos hemos sentido atraídos, por algo superior a la. a la mera atracción del. del sexo. No, no es posible que me equivoque. Aquí estamos reunidos para tratar de una idea salvadora. -Para eso. y para algo quizás mejor -objeta él, soliviantado. -¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio? -Según. según -tartamudeó-. Lina, hay horas en que olvida uno lo que piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de aquellas que. ¡Sea piadosa! ¡No me obligue a recordar ahora mi labor dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia! -Sí, recordémosla -argüí-, pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese es mi oficio providencial.

81 min Mariach Carey Pechos Expuestos Tv Alemana

39 min Mariach Carey Pechos Expuestos Tv Alemana Así me gustan los hombres -dijo Daniel apretando la mano del soldado-. Cien como usted, y yo respondería de todo. Hasta mañana, pues. Cierre usted la verja y el portón cuando hayamos salido; ¡hasta mañana! -¡Hasta mañana, señor! Alcorta estaba ya de pie despidiéndose de Amalia, cuando volvió Daniel. -¿Nos vamos ya, señor? -Me voy yo; pero usted, Daniel, debe quedarse. -Perdón, señor, tengo necesidad de ir a la ciudad, y aprovecho esta circunstancia para que vayamos juntos. -¡Bien, vamos, pues! -dijo Alcorta. -Un momento, señor. Amalia, todo queda dispuesto; Fermín vendrá a mediodía a saber de Eduardo y yo estaré aquí a las siete de la noche. Ahora, recógete. Muy temprano haz lo que te he prevenido, y nada temas. ¡Yo no temo sino por ti y por tu amigo! -le contestó Amalia, llena de animación.

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WEBRIP Letra Para Fucking Perfect By Pink

En linea Letra Para Fucking Perfect By Pink Francisco daba crédito a la historia, y el D. Enrique no. Ahí tienes la diferencia: el uno, como dice Centurión, es un cerebro fácilmente accesible a las paparruchas teocráticas; el otro, como dice Milagro, es un caletre robusto, educado en lo que llaman el Enciclopedismo. Sean o no verdad estas públicas referencias, existan o no ese fraile y esa monja que con sortilegios vanos quieren embaucar a nuestros príncipes, ello es que la corriente de maquiavelismo milagrero es un hecho, querida Leandra, y que se ha trabajado y se trabaja por poner en el Trono a Montemolín. Probado está que D. Francisco se cartea con su primo, y que anda muy alborotadillo de la conciencia, creyendo que Doña Isabel II usurpa el Trono, y que Dios desatará sobre el país todas las calamidades mientras no se dé a cada uno lo suyo y no reine quien debe reinar. Con que ya ves si puede ser marido de Isabel un joven que tal piensa, aunque adornado esté, como dices, de tantas virtudes y sea tan piadoso. También te digo que mejor le sienta a un Rey el coraje que la devoción, y que eso de pasarse las horas adorando a la Virgen del Olvido será muy bueno para ganar el Cielo; pero a mí no me des Reyes de esta condición santurrona, porque los Reyes, hija, aun siendo maridos o consortes, han de ser capitanes Generales y han de mandar tropas, y figurar como ejemplo de valentía y de calzones muy apretados. Pues esto es nuestro D. Enrique, al cual verás en su bergantín Manzanares, hecho un marino intrépido, desafiando las olas. Además de bravo es liberal, y más se entretiene en lecturas de filósofos, como dice Milagro, que en libros de religión y de mística; y no le verás haciendo novenas, sino echando discursos muy avanzados, y en los puertos donde su barco fondea, le verás platicando con los hombres del Progreso y rodeado de patriotas. Este es D. Enrique, este es nuestro candidato al Tálamo, y hemos de poder poco, o al Tálamo ha de ir ¡ajo! para que veamos a un hombre en el pináculo de la Nación. No se dio por convencida Doña Leandra, y sostuvo con enérgicas razones la primacía de D. Francisco sobre su hermano, fundada en las cristianas virtudes con que agraciado le había Nuestro Señor. Blasonando de conspirador que en su mano tiene la clave de secreta intriga y el hilo con el cual se mueven misteriosamente las voluntades, D. Bruno acogió con incredulidad risueña lo que su mujer había dicho del amor de Isabel, y lo contradijo con suficiencia y seguridad.

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2160p Mira Esa Puta Mirada En Tus Ojos.

150 mb Mira Esa Puta Mirada En Tus Ojos. Sin embargo, tuve la debilidad de beberlo sin decir nada. Después de cenar, encontrándome en un agradable estado de ánimo (de lo que saqué en consecuencia que hay momentos en los que el envenenamiento no es tan desagradable como dicen), decidí it al teatro. Escogí Coven Garden, y allí, en el fondo de un palco central, asistí a la representación de Julio César y de una pantomima nueva. Cuando vi a todos aquellos nobles romanos entrando y saliendo de escena para que yo me divirtiera, en lugar de ser, como en el colegio, pretextos odiosos de una tarea ingrata, no puedo expresar el placer maravilloso y nuevo que sentí. La realidad y la ficción que se combinaban en el espectáculo, la influencia de la poesía, de las luces, de la música, de la multitud, las mutaciones de escena, todo, en fin, dejó en mi espíritu una expresión tan conmovedora y abrió ante mí tan ¡limitadas regiones de delicias, que al salir a la calle a media noche, con una lluvia torrencial, me pareció que caía de las nubes después de haber llevado durante más de un siglo la vida más romántica, para encontrarme con un mundo miserable, lleno de fango, de faroles, de coches, de paraguas. Había salido por una puerta diferente a la que había entrado, y por un momento permanecí indeciso, sin moverme, como si fuera verdaderamente extraño a aquella tierra; pero pronto me hicieron volver en mí los empujones, y tomé el camino del hotel dando vueltas en mi espíritu a aquel hermoso sueño que todavía me parecía tener ante los ojos mientras comía ostras y bebía cerveza. Estaba tan lleno del recuerdo del espectáculo y del pasado, pues lo que había visto en el teatro me hacía el efecto de una pantalla deslumbrante detrás de la cual veía reflejarse toda mi vida anterior, que no se en qué momento me di cuenta de la presencia de un guapo muchacho, vestido con cierta negligencia elegante, al que tenía muchos motivos para recordar. Me percaté que estaba allí sin haberle visto entrar, y continué sentado en mi rincón meditando. Por fin me levanté para irme a la cama, con gran satisfacción del camarero, que tenía ganas de dormir y debía de sentir calambres en las piernas, pues las estiraba, las encogía y hacía todas las contorsiones que le permitía la estrechez de su cuchitril. Al ir hacia la puerta pasé al lado del joven que acababa de entrar. Volví la cabeza, y después volví atrás y le miré de nuevo. No me reconocía; pero yo le conocí al instante. En otra ocasión quizá me habría faltado el valor para saludarle y lo hubiese dejado para el día siguiente, desperdiciando así la ocasión de hablarle; pero en el estado de ánimo en que me había puesto el teatro me pareció que la protección que siempre me había prestado merecía toda mi gratitud, y el cariño tan espontáneo que siempre había sentido por él resurgió al acercarme sintiéndome latir el corazón. -¿Por qué no me hablas, Steerforth? Me miró como miraba él siempre; pero vi que no me reconocía. -Temo que no me recuerdas -dije. -exclamó de pronto-.

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96 min Kim Thomas Action News 24 Desnuda

Mp4 Kim Thomas Action News 24 Desnuda Un volumen II de History of United States, con láminas; dos tomos de Les françois peints par eux memes, comidos de polilla; un Diccionario de la Academia (primera edición); una Historia del Descubrimiento de América, en varios tomos, editada en Barcelona, y La vida de los animales, de Brehm, traducida en español e incompleta. En los demás tableros se amontonaban desordenadamente viejas ilustraciones a la rústica, folletos políticos y monografías en castellano y en francés sobre la tuberculosis, la sífilis, el uso del le y el lo, el alcoholismo y la lepra. La llave del armario la tenía el cocinero. En el centro de la sala había una mesa con los periódicos del día, locales y de la capital, tinteros y plumas despuntadas. El salón principal estaba amueblado con muebles de mimbre. En la pared central, sobre una consola, un gran espejo manchado devolvía las imágenes envueltas en una neblina azulosa. Del techo pendía una gran araña de cristal con adornos de bronce, acribillada de moscas. En un ángulo, un piano de cola enseñaba su dentadura amarilla y negra. No lejos estaba la sala de juntas, con su gran mesa ministro, encima de la cual, y en ancho lienzo, se pavoneaba, vestido de general, el Presidente de la República. A la entrada, una cantina, provista de brandi, ginebra, anís del mono, cerveza, champaña y otros licores, exhalaba un tufo ácido de alambique. Era del general Diógenes Ruiz, un héroe que se había distinguido en la acción de El Guayabo. En el fondo del Círculo había un billar y no lejos varias mesitas para jugar a las cartas, al dominó, a las damas y al ajedrez. Se adornaron los balcones de la calle con palmas y gallardetes, al través de los cuales brillaba una hilera de farolillos multicoloros. A eso de las diez empezó a llegar la gente. Dona Tecla, adormilada, con su expresión de idiota, entró, pisándose las faldas, del brazo de don Olimpio, penosamente embutido en una levita color de pasa, del año uno. Delante de ellos iba Alicia vestida con gracia y sencillez, escotada, con una flor roja en el seno. Sus ojos se habían agrandado y ensombrecido; su seno y sus caderas flotaban en una desenvoltura de hembra que ya conoce el amor. Su boca, más húmeda, sonreía de otro modo, con cierta sonrisa enigmática y maliciosa.

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600 mb Hermana Le Muestra A Su Hermano Su Coño

77 min Hermana Le Muestra A Su Hermano Su Coño Keleffy viajaba por América, porque le habían dicho que en nuestro cielo del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo, y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como cabeza de mujer y blancas como la leche, que crecen en los países del Atlántico, y de unas anchas hojas que se crían en nuestra costa exuberante, y arrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella, como los brazos de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen, perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y las diosas. Y aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aquel dolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir del pecho, y le tenía la fantasía como apretada por serpientes, lo que daba a todo su música un aire de combate y tortura que solía privarla del equilibrio y proporción armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel dolor, en un espíritu hermoso que, en la especie de peste amatoria que está enllagando el mundo en los pueblos antiguos, había salvado, como una paloma herida, un apego ardentísimo a lo casto; aquel dolor, que a veces con las manos crispadas se buscaba el triste músico por sobre el corazón, como para arrancárselo de raíz, aunque se tuviera que arrancar el corazón con él; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le hacía parecer a las veces extravagante y huraño, y aunque por la suavidad de su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primer instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le veían, poco a poco sentía él que en aquellos afectos iba entrando la sorda hostilidad con que los espíritus comunes persiguen a los hombres de alma superior, y aquella especie de miedo, si no de terror, con que los hombres, famélicos de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajo la pesadumbre de un infortunio, ni sabe dar alegrías, ni tiene el ánimo dispuesto a compartirlas. Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente acomodada había ido toda, y en más de una ocasión, de viaje por Europa, donde apenas había casa sin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en él con natural buen gusto, tenía Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre los músicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entre la gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De modo que cuando se supo que Keleffy venía, y no como un artista que se exhibe sino como un hombre que padece, determinó la sociedad elegante recibirle con una hermosísima fiesta, que quisieron fuese como la más bella que se hubiera visto en la ciudad, ya porque del talento de Keleffy se decían maravillas, ya porque esta buena ciudad de nuestro cuento no quería ser menos que otras de América, donde el pianista había sido ruidosamente agasajado. En la «casa de mármol» dispusieron que se celebrase la gran fiesta: con un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones, ya en las salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de la escalera central había un enorme vaso chino lleno de plantas de camelia en flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla; de higares ocultos por cortinas venía un ruido de fuentes. Cuando se entraba en el salón, en aquella noche fresca de la primavera, con todos los balcones abiertos a la noche, con tanta hermosa mujer vestida de telas ligeras de colores suaves, con tanto abanico de plumas, muy de moda entonces, moviéndose pausadamente, y con aquel vago rumor de fiesta que comienza, parecía que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapa del piano, levantado para dar mayor sonoridad a las notas, parecía, como dominándolas a todas, una gran ala negra. Keleffy, que discernía la suma de verdadero afecto mezclada en aquella fiesta de la curiosidad y sentía desde su llegada a América como si constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos negros; Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus últimos dolores, vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manos tiernas y amigas, que se las devolvían a sus propios oídos como atenuados y en camino de consuelo, porque «en Europa se toca -decía Keleffy-, pero aquí se acaricia el piano»; Keleffy, que no notaba desacuerdo entre el casto modo con que quería él su magnífico arte, y aquella fiesta discreta y generosa, en que se sentía el concurso como penetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de lo extraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melancólica, y más de quien se aleja que de quien llega, tocó en el piano de madera negra, que bajo sus manos parecía a veces salterio, flauta a veces, y a veces órgano, algunas de sus delicadas composiciones, no aquellas en que se hubiera dicho que el mar subía en montes y caía roto en cristales, o que braceaba un hombre con un toro, y le hendía el testuz, y le doblaba las piernas, y lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexibles fantasías que, a tener color, hubieran sido pálidas, y a ser cosas visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepúsculo. En esto, se oyó en todo el salón un rumor súbito, semejante al que en días de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de las plazas cuando rompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de artificio. ¡Ya se sabía que en el Instituto de la Merced había una niña muy bella! que era Sol del Valle; ¡pero no se sabía que era tan bella! Y fue al piano; porque ella era la discípula querida del Instituto y ninguna como ella entendía aquella plegaria de Keleffy, «¡Oh, madre mía», y la tocó, trémula al principio, olvidada después en su música y por esto más bella; y cuando se levantó del piano, el rumor fue de asombro ante la hermosura de la niña, no ante el talento de la pianista, no común por otra parte; y Keleffy la miraba, como si con ella se fuese ya una parte de él; y, al verla andar, la concurrencia aplaudía, como si la música no hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita de un ser de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando había entre los seres humanos tan grande hermosura. ¡Quién lo supo mejor que Keleffy! La miró, la miró con ojos desesperados y avarientos. Era como una copa de nácar, en quien nadie hubiese aun puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora, que arroba y ennoblece. Una palma de luz era.

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Camrip Fotos De Sexo Gratis Sin Ventanas Emergentes Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por su salud. No; de aquel año no pasaba. Aunque se opusiera la mamá, ella se la llevaría a la fiesta mayor de Alboraya, para que todos vieran cómo estaba su Amparito y qué aire de señorío gastaba. a propósito; el hijo del tío Pallús—¿te acuerdas, Amparito. aquel chico que andaba a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases—, pues bien, ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra. Cuando viniese por el estiércol ya subiría a ver a Amparito, y de paso, si no les servía de molestia, podían darle cualquier cosilla: unos pantalones viejos de los señoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo les sirve. La tía Quica se dio cuenta del mal efecto que su conversación causaba en doña Manuela, y se apresuró a manifestar el objeto de su embajada, echando mano a la inseparable cesta. En ella llevaba algunas cosas para obsequiar a la señora en sus días; regalos de pobre, pero que ofrecía con la mejor voluntad del mundo. Rosquillas de una pasta con cierto dejo amargo, cubiertas con una capa tersa de azúcar; tortas que parecían de cartón, pegadas a un papel grasiento, y confites agridulces, que se deshacían en la boca y llevaban en la huerta el extraño nombre de suspiros. La señora dio las gracias, con una risita de conejo. Bien sabía lo que costaban esos productos de la confitería rústica. Ya lo decía su astuto padre: «El bollo del labrador cuesta cahizada de trigo. Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa sus regalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docena de pasteles que Miss había aplastado en su caída, y además le dio un duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que nada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia. Cuando tuvo en su poder los regalos, entonó un interminable himno de gracias, desbordándose en elogios, que, en forma de consejos, dirigía a su hijo. —Mira, Nelet; bien puedes servir a las siñoras. A ver si te portas bien; tu padre, el tío Sentó, tendrá un disgusto si faltas a la obligasión. Bien puedes trabajar.

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88 min Letras De Canciones De Honey Jessica Alba Sexy Para que se te hagan más breves, reza al Ángel de la Guarda, pídele de todo corazón que no te abandone un momento. -¡Si ni siquiera me acuerdo de esa oración, Águeda, con el miedo que tengo! -No importa; que con el corazón se reza, y no con las palabras. Inténtalo y verás cómo lo consigues. Pilar, sin separarse de su hermana, cruzó sus blancas manecitas, y cerrando los ojos llorosos, por no ver lo que la rodeaba, comenzó a poner por obra el consejo de su hermana, entre suspiros de angustia y estremecimientos de espanto. Águeda quiso rezar también, pero no pudo lograrlo ni con la intención. Tenía mucho más miedo que la niña, aunque lo disimulaba mejor, y no seguramente a los ratones ni a los fantasmas del otro mundo. Desde que se sentó en la silla que en aquel instante ocupaba, la confusión de sus pensamientos fue disipándose rápidamente. A los turbios celajes del crepúsculo sucedió la viva luz del día; y las montañas se perfilaron sobre el horizonte, y los cerros se alejaron de las montañas, y el valle no podía confundirse con el cerro. Cada cosa estaba ya en su sitio, con la forma, el color y el tamaño que debían tener. Había cesado la alucinación, y la realidad aparecía delante de los ojos de Águeda. Ya no podía creer ésta que la exigencia de don Sotero de llevar a su casa a la inocente niña reconociese por motivo el que él había manifestado, estando para llegar de un momento a otro don Plácido, que nunca aprobaría un exceso de celo y de precaución semejante. Éste, aun creyendo a don Sotero tan escrupuloso como él se pintaba a sí propio, pero teniendo de él la idea que Águeda tenía y sabiendo los esfuerzos que había hecho para que el otro testamentario ignorase lo ocurrido, como lo sabía ella con entera evidencia, por declaración de Macabeo, ¿cómo dudar que en los ya realizados propósitos del aborrecido administrador había una intención oculta? Y ¿qué intención era ésta? Aquí se perdía Águeda en un montón de conjeturas y supuestos; pero temblaba de espanto, porque siendo evidente la intención, debía ser infernal cuando el siniestro personaje se atrevía, guiado por ella, a cometer un atropello que podía llegar a ser escándalo y motivo de una gravísima responsabilidad para él. La imaginación de Águeda, con la espuela de tales pensamientos, volaba de horror en horror; y para que ningún tormento le faltase, su conciencia le acusaba entonces de no haberse defendido bastante contra la osada decisión del hipócrita. ¿Por qué temió la amenaza de que acudiendo a la Justicia en demanda de amparo contra el atropello se pondría su buena fama en tela de juicio? ¿No había quedado ella sirviendo de madre a la inocente huérfana?

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97 min Preguntas Hechas Por Usaully Sobre Compras De Adolescentes Era este femenino Cid, chica, delgada por naturaleza, y enjuta a un tiempo por su mal genio y por los años. Tenía los ojos tiernos, pero la mirada arrogante. Su boca se había sumido como para hacer más notable la prominencia de su picuda nariz, que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar espinas. Databa la ojeriza que la tenía don Martín, de una ocasión en que un sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, vicioso y pendenciero, habiendo caído soldado, había venido su tía a empeñarse con don Martín para que lo libertase, en cuya ocasión tuvieron el siguiente diálogo: -Señor -dijo la tía Latrana, haciendo las más espantosas muecas y dando los más furibundos soponcios-; a mi Bernardo le ha tocado la suerte. -Que manden repicar -contestó don Martín. -Señor, no sea su mercé asina, y tenga compasión de su prójimo. Me envía aquí el alma mía a decirle a su mercé que le dé los dineros para pagar un préfulo, mas que sean prestados; que él se los pagara a su mercé con puntualidad en cuantito saque a la lotería. -¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los plateros, que barren para adentro. De casta le viene al galgo el ser enjuto y rabilargo. Vea usted, ¡prestados! Todavía me está usted debiendo el dinero que me pidió para sembrar el habar, ¿y ha soñado usted acaso en pagármelo? -Señor, el que no tiene, ni paga ni niega. -Pues si es verdad, señor, al que no tiene, el rey le hace libre. -Pues en cambio, al que no tiene lo hace el rey soldado; ainda mais, su sobrino de usted no tiene oficio ni beneficio, es un vago, no es del campo ni del lugar; a esos flojonazos costillones, que se pasan la vida sosteniendo las esquinas, les viene la casaca como aceite a las espinacas. -¡Flojonazo mi Bernardo!

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86 min Frascos Viejos De Especias Doradas Deo Dorant

31 min Frascos Viejos De Especias Doradas Deo Dorant —En la tienda. Si tengo tiempo entraré a verle. —Dile que venga mañana. Aunque sea un grandullón, no quiero privarme del gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo. El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecía hablar con sinceridad. —También irán a verte las niñas y Rafael. —Que vengan—contestó don Juan, en quien reapareció la mortificante sonrisa—. Les daré una peseta de aguinaldos; lo único que se puede permitir un tío pobre. —¡Calla, avaro. Me avergüenzas. Eres capaz de morirte de hambre por no gastar un céntimo. ¿Por qué no vienes a comer con nosotros mañana? El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más a don Juan que la seriedad irritada de momentos antes. —¿Quién. ¿yo. Tengo hechos mis preparativos; no quiero ofender a mi vieja Vicenta, que se propone lucirse como cocinera. Mira, también yo gasto, aunque soy un pobre. Y al decir esto, señalaba a un pillete mandadero, inmóvil a corta distancia, con un capón gordo y lustroso en los brazos.

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