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104 min Dal Y Recetas De Arroz Del Sur De Asia

¡Para algo tengo la provincia en la mano! -Váyase tranquilo -murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo. Una sola cosa perjudicaba realmente a mi candidatura. Por falta de reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana habíame mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando un cura o poco menos. En realidad, no me importaban un ardite, pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador e independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático pudiera haber en mi sumisión a los poderes constituídos y en mi partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda. Pero desde mi elevado puesto, que me obligaba a la observación de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un principio -cuando el duelo con Vinuesca- y pude convencerme después de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la abortada intentona revolucionaria contra el difunto Gobernador Camino? Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión, conducían al país a la ruina. La palabra de los agitadores políticos era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el púlpito, o difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa veneración por cuanto sale de la Iglesia, y el escepticismo bonaerense es más superficial y de «moda» que real y profundo. ¡Qué decir entonces de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español, y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades! Era preciso corregir aquello, a todo trance, pero con la suficiente habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aun más que si pasara inadvertida. Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más a la religión, hasta llegar a un feroz fanatismo.

51 min Adolescentes Que Anhelan Grandes Pulgares Polla

81 min Adolescentes Que Anhelan Grandes Pulgares Polla Pinzón no se habrá descuidado en denunciarlos. Señora, repito que estamos en un día nefasto. Pero Dios amparará la inocencia. -Me voy, me voy. No deje Vd. de pasar por allá. -Señora, en cuanto despache la clase. y me figuro que con la alarma que hay en el pueblo, todos los chicos harán novillos hoy; pero haya o no clase, iré después por allá. No quiero que salga Vd. sola, señora. Andan por las calles esos zánganos de soldados con unos humos. ¡Jacinto, Jacinto! -No es preciso. Me marcharé sola. -Que vaya Jacinto -dijo la madre de este-. Ya debe de estar levantado. Sintiéronse los precipitados pasos del doctorcillo que bajaba a toda prisa la escalera del piso alto.

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89 min Grande Grande Negro Botín Polla Montando

101 min Grande Grande Negro Botín Polla Montando Me vuelvo y dejo a usted libre. Y aquella mujer, en cuyo acento se conocía un origen extranjero, empujó dulcemente al joven, desapareciendo luego sin ruido en las sombras. Apenas puso Zelmar su mano en el pestillo, abriose de súbito la puerta, demasiado tiempo cerrada a la impaciencia del amor, y una joven se arrojó en sus brazos, estrechándole con ardiente cariño. -¿Por qué has venido tan tarde? -preguntó con solicitud extrema, volviendo a enlazar el cuello de su amante-. ¡Cuántos días hace que no nos vemos! Él la besó en la boca diciendo: -Perdóname, pues que me reconozco culpable. Pero si no hubiese demorado, ¿tendrías esta ocasión de reprocharme, y yo de prodigarte mayor afecto, si posible fuere? Yo lo quiero todo. Estoy temblando no sé por qué, y ahora que tú has llegado, siento más grande este temblor. -Vamos a cenar. -Perfectamente -dijo Zelmar arrojando su sombrero-; el amor no excluye el apetito, y es regla higiénica no dejar transcurrir la hora. Desecha ideas tristes, Cantarela, pues me duele esa zozobra, y siéntate aquí, a mi lado, alegre y expansiva como en otras horas, para probar del mismo manjar y libar de la misma copa. La joven sonriose y tomó asiento, abandonando una mano entre las de su querido. -Quisiera estar así para agradarte -repuso luego-; ¡pobre de mí! Tengo miedo al pensar en la vuelta de mi padre y de Gerardo, que le acompaña, y a quien él me quiere dar por marido.

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118 min Madre Folla Hijo Película De Alta Resolución

64 min Madre Folla Hijo Película De Alta Resolución Aquí y allí se veían brillar algunas luces, en la ciudad lejana; una claridad rojiza iluminaba todavía el oriente con sus reflejos; pero del valle subía una niebla que se extendía como el mar en las tinieblas, para envolver en sus pliegues aquellas dos estatuas vivas que acababa de dejar. No lo puedo pensar sin terror, pues cuando volví a verlas un mar furioso se había verdaderamente abierto bajo sus pies. Reflexionando sobre lo que acababa de oír, pensé que se lo debía contar a míster Peggotty. Al día siguiente fui a Londres para verle. Erraba sin cesar de una ciudad a otra, preocupado únicamente por la misma idea; pero en Londres es donde más estaba. ¡Cuántas veces le he visto, en medio de las sombras de la noche, atravesar las calles para descubrir, entre las raras sombras que parecían buscar fortuna a aquellas horas descompasadas, lo que tanto temía encontrar! Había alquilado una habitación encima de la tiendecita de velas, en Hungerford Market, de que ya he hablado. De allí fue de donde salió la primera vez, cuando emprendió su peregrinación piadosa. Fui a buscarle. Me dijeron que no había salido todavía, y le encontré en su habitación. Estaba sentado al lado de una ventana, donde cultivaba algunas ílores. La habitación estaba limpia y bien arreglada. En una ojeada vi que todo estaba preparado para recibirla, y que nunca salía sin pensar que quizá la traería aquella noche. No me había oído llamar a la puerta, y no levantó los ojos hasta que puse la mano en su hombro. -¡Señorito Davy! ¡Gracias, muchas gracias por su visita! Siéntese y sea bienvenido.

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DVDRIP / BDRIP Chicas Follando Entre Si En El Culo

77 min Chicas Follando Entre Si En El Culo ¿Aún no tenía bastante el muy ladrón? ¿Iban a pasar allí toda la tarde bajo el sol de septiembre, que les hería de lado, achicharrándoles la espalda. 12 de 158 La barraca del tío Paloma se alzaba a un extremo del Palmar. Un gran incendio había dividido la población, cambiando su aspecto. Medio Palmar fue devorado por las llamas. Las barracas de paja se convirtieron rápidamente en cenizas, y sus dueños, queriendo vivir en adelante sin miedo al fuego, construyeron edificios de ladrillo en los solares calcinados, empeñando muchos de ellos su escasa fortuna para traer los materiales, que resultaban costosos después de atravesar el lago. La parte del pueblo que sufrió el incendio se cubrió de casitas, con las fachadas pintadas de rosa, verde o azul. La otra parte del Palmar conservó el primitivo carácter, con las techumbres de sus barracas redondas por los dos frentes, como barcos puestos a la inversa sobre las paredes de barro. Desde la plazoleta de la iglesia hasta el final de la población por la parte de la Dehesa, se extendían las barracas, separadas unas de otras por miedo al incendio, como sembradas al azar. La del tío Paloma era la más antigua. La había construido su padre en los tiempos en que no se encontraba en la Albufera un ser humano que no temblase de fiebre. Los matorrales llegaban entonces hasta las paredes de las barracas. Desaparecían las gallinas en la misma puerta de la casa, según contaba el tío Paloma, y cuando volvían a presentarse, semanas después, llevaban tras ellas un cortejo de polluelos recién nacidos. Aún se cazaban nutrias en los canales, y la población del lago era tan escasa, que los barqueros no sabían qué hacer de la pesca que llenaba sus redes. Valencia estaba para ellos al otro extremo del mundo, y sólo venía de allá el mariscal Suchet, nombrado por el rey José duque de la Albufera y señor del lago y de la selva, con todas sus riquezas. Su recuerdo era el más remoto en la memoria del tío Paloma.

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450 mb Mujeres Maduras Que Quieren Chatear Con Sexo Siendo Azotadas

45 min Mujeres Maduras Que Quieren Chatear Con Sexo Siendo Azotadas Y en cuanto yo les diga la mitad de media palabra ¿eh? ya están todos descolgando las escopetas, ¿eh? y echando a correr a caballo o a pie para ir a donde yo les mande. Y no me anden con gramáticas, que yo si di mi palabra, fue porque la di, y si no salgo es porque no quiero salir, y si quiero que haya partidas las habrá; y si no quiero, no: porque yo soy quien soy, el mismo hombre de siempre, bien lo saben todos. Y digo otra vez que no vengan con gramáticas ¿estamos. y que no me digan las cosas al revés ¿estamos. y si quieren que salga me lo declaren con toda la boca abierta ¿estamos. porque para eso nos ha dado Dios la lengua, para decir esto y aquello. Bien sabe la señora quién soy, así como bien sé yo que le debo la camisa que me pongo, y el pan que como hoy, y el primer garbanzo que chupé cuando me despecharon, y la caja en que enterraron a mi padre cuando murió, y las medicinas y el médico que me sanaron cuando estuve enfermo; y bien sabe la señora que si ella me dice: «Caballuco, rómpete la cabeza», voy a aquel rincón y contra la pared me la rompo; bien sabe la señora que si ahora dice ella que es de día, yo, aunque vea la noche, creeré que me equivoco y que es claro día; bien sabe la señora que ella y su hacienda son antes que mi vida, y que si delante de mí la pica un mosquito, le perdono porque es mosquito; bien sabe la señora que la quiero más que a cuanto hay debajo del sol. A un hombre de tanto corazón se le dice: «Caballuco, so animal, haz esto o lo otro», y basta de ritólicas y mete y saca de palabrejas y sermoncillos al revés y pincha por aquí y pellizca por allá. -Vamos, hombre, sosiégate -dijo doña Perfecta con bondad-. Te has sofocado como aquellos oradores republicanos que venían a predicar aquí la religión libre, el amor libre y no sé cuántas cosas libres. Que te traigan un vaso de agua. Caballuco hizo con el pañuelo una especie de rodilla, apretado envoltorio o más bien pelota, y se lo paseó por la ancha frente y cogote para limpiarse ambas partes, cubiertas de sudor. Trajéronle un vaso de agua, y el Sr. Canónigo con una mansedumbre que cuadraba perfectamente a su carácter sacerdotal, lo tomó de manos de la criada para presentárselo y sostener el plato mientras bebía. El agua se escurría por el gaznate de Caballuco, produciendo un claqueteo sonoro.

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