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27 min No Te Corras En Mis Películas De Boca

No quiero privarle de ellas. Miss Murdstone, tenga la bondad de continuar. Aquella amable criatura, después de reflexionar un momento con los ojos fijos en la alfombra, contó lo siguiente muy secamente: -Debo confesar que desde hace algún tiempo tenía mis sospechas respecto a miss Spenlow en lo concerniente a míster Copperfield, y no perdía de vista a miss Spenlow ni a David Copperfield. La primera vez que se vieron, la impresión que saqué ya no fue agradable. La depravación del corazón humano es tal. -Le agradeceré, señora -interrumpió míster Spenlow-, que se limite a relatar los hechos. Miss Murdstone bajó los ojos, movió la cabeza como para protestar contra aquella interrupción inconveniente, y después repuso, con aire de dignidad ofendida: -Puesto que debo limitarme a relatar los hechos, lo haré con la mayor brevedad posible. Decía, caballero, que desde hacía algún tiempo tenía mis sospechas sobre miss Spenlow y sobre David Copperfield. He tratado a menudo, pero en vano, de encontrar la prueba decisiva. Es lo que me ha impedido confiárselo al padre de miss Spenlow (y lo miró con severidad). Sabía que en semejantes casos se está muy poco dispuesto a creer con benevolencia a los que cumplen fielmente su deber. Míster Spenlow parecía aplastado por la noble severidad del tono de miss Murdstone a hizo con la mano un gesto conciliador. -A mi regreso a Norwood después de haberme ausentado para el matrimonio de mi hermano -prosiguió mi Murdstone en tono desdeñoso-, creí observar que la conducta de miss Spenlow, igualmente de regreso de una visita a su amiga miss Mills, que su conducta, repito, daba más fundamento a mis sospechas, y la vigilé más de cerca. Mi pobre, mi querida Dorita, ¡qué lejos estaba de sospechar que aquellos ojos de dragón estaban fijos en ella! -Sin embargo -prosiguió miss Murdstone-, únicamente ayer por la noche adquirí la prueba decisiva. Yo opinaba que miss Spenlow recibía demasiadas cartas de su amiga miss Mills; pero como era con el pleno consentimiento de su padre (una nueva mirada muy amarga a míster Spenlow), yo no tenía nada que decir. Puesto que no se me permite aludir a la depravación natural del corazón humano al menos se me permitirá hablar de una confianza excesiva mal colocada. -Está bien -murmuró míster Spenlow como apología -Ayer por la tarde -repuso miss Murdstone- acabábamos de tomar el té, cuando observé que el perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, mordiendo algo.

112 min Aeiress Ent Fuck It Up Song

51 min Aeiress Ent Fuck It Up Song Así no se puede vivir en el mundo. Mándeme usted a mí despóticamente, desahogue en mí esa fiereza, y trate a los demás con agrado y cómo se debe tratar a los semejantes. De primera intención, Guerra le contestaba mandándola a paseo; pero la amonestación caía en su alma como un bálsamo y le aplacaba. A poco de esto, volvió a entrar Braulio en el despacho de su amo trayendo unos apuntes que aquel había pedido, y se pasmó de encontrarle bastante menos áspero que antes, y con cierta inclinación a la indulgencia. Al siguiente día, quizás por haber mediado una nueva fraterna de Leré, notaron todos en el señor suavidades inusitadas, que les llenaron de asombro. Por la noche, hallándose la fiera en su despacho, entró la toledana y le dijo: -Ahí está el bienaventurado D. Francisco Bringas. Trae una cara de terror que da lástima, y viene con el refuerzo del marqués de Taramundi, el cual me parece que no las tiene todas consigo. No sea usted soberbio, y recíbales como le recibirían ellos a usted. No dijo más. Bringas y Taramundi se pasmaron de lo tranquilo y humanizado que estaba el hijo de doña Sales, y aquella feliz noche vieron expedito el camino para resolver algunas cuestiones pendientes en la testamentaría. El mismo Guerra se hizo cargo ¿cómo no? de la misteriosa autoridad de Leré sobre sus nervios insubordinados y sobre su genio díscolo y batallador. ¿Qué artes celestiales o demoníacas tenía aquella pobre mujer de los ojos temblones, para aplacar su cólera con cuatro palabras? ¿De dónde, de qué orden de sentimientos emanaba tal poder? Si era tan débil: que se declaraba obediente hasta el servilismo y humilde hasta la anulación de su personalidad, ¿cómo gobernaba lo más difícil de gobernar, las pasiones y la soberbia del nuevo amo? Guerra no entendía bien esto, ni se devanaba los sesos por penetrar las causas de tal fenómeno; pero ello es que sentía una inclinación efusiva hacia los temperamentos de paz y concordia siempre que se encontraba en compañía de Ción y Leré, recreándose en la travesura hechicera de la niña, y departiendo con la maestra, que moralmente le cautivaba, no sin que descubriera cada día en ella encantos físicos hasta entonces mal observados. Sus ojos bailadores le hacían muchísima gracia, y el cuerpecillo esbelto y ágil, las formas redondeadas y el abultado seno de la sierva no le parecían ciertamente de paja.

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92 min Chica Con Tacones Altos Follada

92 min Chica Con Tacones Altos Follada -Y la gente ¿cómo le considera? -A decir verdá, muy poca cosa. Y eso es lo que a él le quema; sólo que disimula. Y con mi tío ¿cómo se lleva? -Ni bien ni mal: ya sabes lo que es don Lope. -Sí, muy cerril. -Aquí dio en entrar muy a menudo. -Lo observé, en efecto, el año pasado. ¿Continuó entrando después que yo me fuí? -Algo menos. También se dijo entonces si se casaba o no se casaba con tu hermana. -¡Qué afán de casarse, hombre! Se conoce que tiene dinero. -Ahí verás tú. -Me parece que hemos de entendernos. -En todo lo que sea necesario.

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400 mb Katy Perry Filtró Foto Desnuda Sin Censura

109 min Katy Perry Filtró Foto Desnuda Sin Censura Estaba paseándome con tu tía después del té, precisamente cuando anochecía, y él estaba allí, al lado de la casa. -¿Se paseaba? -¿Que si se paseaba? -repitió míster Dick-. Déjame que recuerde un poquito. No, no; no paseaba. Para terminar antes, le pregunté: -Entonces ¿qué hacía? -Nada, porque no estaba allí ---contestó míster Dick-. Hasta que se acercó a ella por detrás y le murmuró algo al oído. Ella se volvió y se sintió indispuesta. Yo también me había vuelto para mirarle; pero él se marchó. Pero lo más extraño es que ha continuado oculto siempre, no sé si dentro de la tierra. -¿Está oculto desde entonces? -Es seguro que lo estaba -repuso míster Dick moviendo gravemente la cabeza-, pues no habíamos vuelto a verle nunca hasta ayer por la noche. Estábamos paseando cuando se acercó otra vez por detrás. Yo lo reconocí.

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115 min Abajo I Es Como Hacer Pis Verter Cuando

79 min Abajo I Es Como Hacer Pis Verter Cuando 183 de 442 Sayavedra halla en Milán a un su amigo en servicio de un mercader. Guzmán de Alfarache les da traza para hacerle un famoso hurto Atento, entretenido y admirado me trujo Sayavedra esta jornada; y tanto, que para las más que faltaban hasta Milán, siempre hubo de qué hablar y sobre qué replicar, porque [se] me hizo grande contradición y dificultoso de creer que hombres nobles, hijos de padres tales, permitan dejarse llevar tan arrastrados de sus pasiones, que, olvidado el respeto debido a su nobleza, contra toda caridad y buena policía, sin precisa necesidad hagan bajezas, quitando a otros la hacienda y honra. Que todo lo quita quien la hacienda quita, pues no es uno estimado en más de lo que tiene más. Decía yo entre mí: «Si a este Sayavedra, como dice, lo dejó tan rico su padre, ¿cómo ha dado en ser ladrón y huelga más de andar afrentado que vivir tenido y respetado? Si se cometen los males, hácese por la sombra que muestran de bienes; empero en el padecer no hay esperanza dellos. Luego revolvía sobre mí en su desculpa, diciendo: «Saldríase huyendo muchacho, como yo. Representáronseme con su relación mis proprios pasos; mas volvía, diciendo: «Ya que todo eso así es, ¿por qué no volvió la hoja, cuando tuvo uso de razón y llegó a ser hombre, haciéndose soldado? 197 de 442 Sale bien con el hurto Guzmán de Alfarache, dale a Aguilera lo que le toca y vase a Génova con su criado Sayavedra La esperanza, como efectivamente no dice posesión alguna, siempre trae los ánimos inquietos y atribulados con temor de alcanzar lo que se desea. Sola ella es el consuelo de los afligidos y puerto donde se ferran, porque resulta della una sombra de seguridad, con que se favorecen los trabajos de la tardanza. Y como con la segura y cierta se dilatan los corazones, teniendo firmeza en lo por venir, así no hay pena que más atormente que si se ve perdida, y muy poquito menos cuando se tarda. Cuántos y cuán varios pensamientos debieron de tener mis dos encomendados en este breve tiempo, que como ni les di más luz y los dejé con la miel en la boca, debieron de vacilar y dar con la imaginación más trazas que tiene un mapa, unos por una parte y otros por otra. ¡Cuáles andarían y con qué cuidado, deseando los fines prometidos, que no se les debieron de hacer poco dudosos! Ya, cuando vieron amanecer el sol del día dellos tan deseado y de mí no menos, y Aguilera me trujo el libro borrador que le pedí, busqué una hoja de atrás, donde hubiese memorias de ocho días antes, y en un blanco que hallé bien acomodado puse lo siguiente: «Dejóme a guardar don Juan Osorio tres mil escudos de oro en oro, los diez de a diez y los más de a dos y de a cuatro. Más me dejó dos mil reales, en reales. Luego pasé unas rayas por cima de lo escrito y a la margen escrebí de otra letra diferente: «Llevólos, llevólos. Con esto cerramos nuestro libro y díselo.

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101 min Jennifer Sexo En La Bañera

TVRIP Jennifer Sexo En La Bañera Era en tanto extremo lo que la absorbían estas innobles pasiones, a que se entregaba sin reparo, que no conocía freno, ni se cuidaba de la profunda repulsa que causaba a las mujeres honradas, y del menosprecio que inspiraba a los hombres que lo ocultaban en frases corteses y ligeras, tanto a causa de la falta de severidad de nuestra sociedad, como por consideración a su marido, hombre que por su posición, y mucho más por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por cuantos le conocían. Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus tiros fuese a sir George, que ya conocía, y que sospechaba ser el que Clemencia distinguía. Apenas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar más propicio, y se colocó en frente de sir George, mirándolo al principio con reserva, pero procurando que él lo notase; y viendo que o no lo notaba, o fingía no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro. Es el caso de hacer notar la perversidad de ese juego de ojos que tiene la suerte de gozar de impunidad, hasta en la opinión que no suele hacer la vista larga a lo criticable; juego de ojos que con tanta falta de delicadeza, de recato y hasta de conciencia se permiten en público algunos hombres y algunas mujeres, aun sin conocerse, con el mismo cinismo y tranquilidad con que un desalmado se permite una maldad que no deja pruebas. Esas infames miradas, hijas de la vanidad y del temperamento (puesto que no lo son de amor en los que no se aman), que dicen sin comprometerse, me agradáis; esa unión de pensamientos, esa expresión de deseos, ese contacto espiritual, digámoslo así, es entre personas que no se conocen, una desfachatez, un escándalo, y entre las ligadas a otras, una infamia; es sembrar una planta venenosa y exponerse a que crezca; y es una culpa tanto más traidora cuanto que se puede negar con toda seguridad. La maldad que consigo lleva su peligro, tiene al menos el valor de arrostrarlo; pero la que en la mano lleva su impunidad, es cobarde e insolente a la vez, y mata a un corazón diciéndole fríamente al verlo sufrir: Te suicidas. Varias y mañosas disculpas había dado Alegría a su marido cuando le había reconvenido con dolor de corazón sobre estos y otros desmanes. Se había exaltado unas veces, probándole en tono declamatorio que era él un celoso, ciego e injusto, y ella una vestal; y otras, atrayéndolo y engañándolo con algunas monadas y algunas pruebas de ese amor universal que tienen tales mujeres. Largo tiempo había engañado al Marqués, a pesar de ser un hombre de tanto valer, pues ser engañado no es una prueba de tontería sino de buena fe, como lo prueba el que más fácilmente se engaña a un discreto que a un necio. No obstante, Alegría, abusando de la confianza, esa noble calidad de su marido, había desde su venida a Sevilla hecho tales exterioridades con su antiguo amante Paco Guzmán, que las sospechas del Marqués habían tomado cuerpo, y su honor se había alarmado. Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras circunstancias no habría sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como lo era sir George, pues la mujer que busca al hombre tiene la fácil tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenía demasiada delicadeza en su imaginación para dejarla impresionar ante un ser que la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba a ocuparla, y que aun en circunstancias normales no habría sido para él sino un ligero pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy al contrario, conocía muy bien cuánto perdería a sus ojos si llegase a comprender que acogía las provocaciones de una coqueta de la especie de Alegría. La inalterable indiferencia de sir George picó a ésta, que pasó a otra clase de agasajos más directos. No hubo pregunta que no le hiciese, afectando no contestar ni hacer atención a los demás que le hablaban o se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y exclusivamente de él. Le instó a ir a Madrid, poniendo a Sevilla y a su sociedad en ridículo con lo más picante de la burla y lo más agrio de la sátira, armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se estrellaron contra un frío glacial, que sólo se halla en los polos y en el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin faltar a la más estricta finura, propia de los hombres de la sociedad a que él pertenecía, vengó tan cumplidamente a Clemencia de las perversas y traidoras intenciones de su prima, que ésta, en quien siempre predominaba la bondad, se sintió impulsada a desear que estuviese el hombre que ya amaba con vehemencia, menos seco y rechazador con su prima. Clemencia nunca había sentido celos, y tampoco nunca había comprendido que hubiese mujeres que provocasen a los hombres, y menos que esto lo hiciese una mujer casada.

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65 min Haciendo Un Yeso De Una Vagina

23 min Haciendo Un Yeso De Una Vagina En tanto, la toledanilla consagraba todo su tiempo libre a las prácticas religiosas: rezos o meditaciones místicas ocupaban sus noches hasta hora muy avanzada, y por la mañana tempranito se iba a la iglesia más próxima, que era San Ginés, y no volvía hasta las nueve. Todos los días comulgaba. Ángel se pasaba en su casa las horas en soledad tristísima, empapando el pensamiento en memorias de la niña difunta, haciéndola revivir con la imaginación, o figurándosela en otro mundo desconocido, indeterminado, en el cual, según la idea del afligido padre, habían de ser apreciadas como en éste sus gracias, su belleza, y el donaire de sus mentiras. Siempre que Leré le concedía un rato de tertulia, hablaban de esto, y suspiro va, suspiro viene, de recuerdo en recuerdo, comentando a la pobre niña como si fuera un texto obscuro, concluían por ponerse tan atribulados como el día de la desgracia. El consuelo era difícil, sobre todo para Guerra, privado de aquel recurso de la religión, bálsamo por la virtud esencial de las creencias, bálsamo también por el entretenimiento y ejercicio que proporcionan los actos del culto. No dejó de hacer esta observación en uno de sus paliques con la beata, y ella le dijo: -Pues el remedio de su amargura, bien en la mano lo tiene. ¿Qué se diría de un sediento a quien le pusieran en la mano el vaso de agua, y en vez de beberla la tirara? Se diría que estaba loco. Pues lo mismo digo yo de usted. -¿Pero qué me recetas? -dijo Ángel echándose a reír-. ¿Que me meta yo en las iglesias, o que me pase las horas de la noche como tú, de rodillas, importunando a la divinidad y dándole jaqueca a los santos? Ya me estoy viendo en esa facha de beato, y no tienes idea de lo ridículo que me encuentro. Pero tú me vas dominando de tal modo, que harás de mí lo que quieras, y sufriré las modificaciones más absurdas. -No tengo la pretensión de que un señor tan corrido y tan baqueteado se modifique por lo que yo le diga; pero sin esperanzas de traerle por ahora al buen camino, no me iré de aquí sin echarle unos cuantos sermones. Usted se ríe o no se ríe, usted los toma como quiera; pero los sermones allá van. El primerito de todos es. -Ya, ya te veo venir; que oiga misa.

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72 min Vidoes Sexuales De Marido Y Mujer

16 min Vidoes Sexuales De Marido Y Mujer En ese momento la señora de N. saludó cariñosamente a otra señora que tomaba asiento frente a ella. -¿Sabe usted quién es aquélla? -Ya he dicho a usted, señora, que no conozco a nadie. -¿Y qué he de hacer, señora? -Esa es la esposa del general Rolón: buen corazón, excelente amiga; pero las nuevas amistades a que la ha conducido la posición de su marido, la han hecho perder el poco de buen tono que tenía, y convida a sus tertulias de invierno, anunciando, ¿qué le parece a usted que anuncia en las esquelas de invitación? -Anunciará la hora y el día, supongo. -Bien, ¿pero además de eso? -¿Además? Si dice que es una tertulia, el día y la hora del recibimiento, no sé qué más. -Pues bien, oiga usted: anuncia que la tertulia se abre con café con leche; ¡pobre Juana! Amalia no pudo menos que soltar la risa con menos conveniencia que la que requería el lugar en que se encontraba; y a tiempo de volver su cabeza para no hacerse notable por su risa, un relámpago de alegría brilló en sus ojos; acababa de descubrir a Daniel en la puerta del salón. Daniel entraba en aquel momento; y se dirigía a su prima, después de haber divisado a su Florencia paseando los salones con uno de sus mejores amigos, con quien acababa de bailar. Pero antes de que los primos y los amantes se cambien una palabra, salgamos del baile con el lector y vamos un momento a recoger los pormenores de otra escena bien diferente en otra parte, en nada parecida a la que dejamos; y del brazo con el lector hagamos también lo posible para volver pronto a los salones de nuestro viejo fuerte. El joven Daniel entraba al baile a las doce y media de la noche, pero antes de seguirlo en él, veamos lo que era y lo que hacía tres horas antes en la casa misteriosa de la calle de Cochabamba, a cuya puerta hemos visto acercarse varios individuos, dar una seña, entrar en la casa, y cerrarse luego la puerta de la calle. Entre el lector con nosotros a esa casa, a las nueve y media de la noche, y encontraremos una reunión de hombres bien interesante, pero bien en peligro al mismo tiempo. La sala de Doña Marcelina, cuyas ventanas daban a la calle, se había convertido esa noche en campamento general.

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