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Conforme con este tratamiento elemental, mi compañera sacábame de paseo todas las tardes; pero mi vista mermaba tan rápidamente, que a los pocos días de estas divagaciones por el Botánico y Ronda de Atocha, tuve que agarrarme al brazo de mi leal Casianilla para no tropezar con los transeúntes. Al propio tiempo crecía la fotofobia, y ni aun amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, que perdía su brillo, tomando según me dijeron un aspecto mate, sanguíneo. Tanto Segis como los demás amigos que me acompañaban en mis largas horas tediosas, convinieron en familiar consulta que era forzoso acudir a la Ciencia. Agravado el mal en breve tiempo, hasta el punto de que ya no distinguía más que los objetos próximos y de mucho bulto, se trató en mi casa de elegir el médico que había de curarme, y Pablo Nougués, doliente también de la vista, llevó a mi casa una tarde para que me examinase al doctor Albitos. Era este un oculista joven, inteligentísimo en su profesión, de trato muy ameno y agradable, discípulo del famoso Delgado Jugo. Examinó el doctor mis dolidos ojos con escrupulosa atención y cariño; enterose de cuanto en mi naturaleza y en mis costumbres pudiera ser considerado como antecedente de la enfermedad. Sus palabras dulces me consolaron; mi sufrimiento sería tal vez un poco largo; pero si no me faltaba la virtud puramente medicatriz de la paciencia, él respondía de mi curación. Terminó el diagnóstico con el nombre científico y un tanto enrevesado de lo que yo padecía. No se me olvida aquel nombre, que fue como un rótulo, clavado por el médico en mi frente: Queratitis Parenquimatosa». Desde aquella tarde quedamos unidos con vínculo estrecho mi Queratitis y yo, cual un matrimonio doloroso que había de durar hasta que la ciencia del oculista nos divorciara. Fortalecido por mi paciencia, de la que hice acopio exuberante, cargaba mi cruz y con ella recorría el agrio camino de la vida hora tras hora, semana tras semana. Recluso en mi habitación, sumido en intensa obscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante. En aquel lúgubre rodar de mi existencia notaba yo menos constancia en las visitas de los amigos.

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46 min Bignaturals Presenta Maddy En Episodio De Mama Compran Don Jaime iba al grano. Buen mozo, audaz y discreto, había tenido ya varios éxitos ruidosos con damas elegantes, y tres o cuatro desafíos, en los que siempre había quedado vencedor. Entonces se pronosticaba a D. Jaime un brillante porvenir. El pronóstico se va cumpliendo. Aún no debe tener cuarenta años y ya es brigadier. Por su cuna y por sus prendas es muy estimado y querido. Además de su sueldo, tiene alguna rentilla, que le da independencia y desahogo. Jaime tendrá sobre dos mil duros al año. Para nada necesita de este distrito. No me explico qué antojo será el suyo de salir diputado por aquí, pudiendo salir por donde quiera. Cerca de este lugar posee unas sesenta aranzadas de olivar, que su padre, militar como él, compró con dinero ganado al juego. Este es el único lazo, que yo sepa, que a este distrito le une. Repito, pues, que no me explico su empeño en ser nuestro diputado; pero doy por evidente que, una vez logrado su empeño, nos volverá la espalda, nos mandará a paseo, y no nos dará ni pizca de turrón. Como en esto precisamente consiste mi sueño dorado, callándome la razón para no espantar a los secuaces de V. me decido a ser uno de ellos.

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Gratis Fotos De Gran Coño Apretado Gratis Mi interesante compañera se detuvo en un punto, donde oíamos dulcísimos acentos de violines y de humanas voces melodiosas, y despidiéndose me dijo así: «Aquí me quedo, que siento la voz de mi hermana, la que rige y gobierna los reinos de la Música, y subiré a pasar un ratito en su compañía. Vete a descansar, que bien lo necesitas. Haz por dormirte; olvida lo que conmigo has hablado y visto, que todo es figuración y embuste de tu cerebro enardecido y no muy sano. Dejé de verla a mi lado. Mi camino seguí claudicante y haciendo eses. Esto de las eses que yo hacía me puso en gran cuidado, pues no recordaba yo haber bebido ni una gota de licor espirituoso. Alguna cuchufleta oí referente a mis eses. la cabeza me pesaba como si en ella se me hubiera metido todo el azogue de las minas de Almadén. No puedo asegurar cómo y en qué postura llegué a mi casa; pero es indudable que en ella y en mi cama me encontré por la mañana, como quien despierta, o más bien resucita. Apenas puse mis huesos de punta, me lié con Ido del Sagrario en agria disputa. Empezamos por sostener, yo que las Musas eran diez, y él me contradijo con burlas diciendo que no eran más que nueve, quizás ocho no más, pues una de ellas, la de la Historia, se había dado de baja por no tener ya cosa bella o grande que contar. Estallé yo en cólera; quise pegarle, y habríamos tenido en casa una tragedia si no entrara Nicanora con zorros y una estaca para restablecer la paz. ¡Cómo estaría yo en aquellos días, que no hablaba con ningún amigo sin que acabáramos poniéndonos de vuelta y media! Con Mateo Nuevo reñí tan ásperamente que faltó poco para enredarnos a pescozones. Por una palabra, por una sonrisa, desafié a Luis Blanc y a Roberto Robert. A Ramón Cala, por haberme recomendado moderación en la bebida (yo no lo cataba), le mandé los padrinos, que fueron Ido del Sagrario y Roque Barcia.

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27 min El Club De Striptease Del Dólar De Plata Eugene ¿Me quiere usted decir si cuando un hombre se presenta delante del que juzga a los vivos y a los muertos, le van a pedir algún titulo académico o la papeleta de exámenes? Ya, ya sé lo que va usted a contestarme. Que con mis ideas, bonita estaría la civilización. Pero si yo no tengo nada que ver con la civilización, ni me importa, ni hablo contra ella. Ya sé que siempre ha de haber ricos, y convendrá quizás que los haya; pero cada cual tiene su gusto, y a mí, si me dan a escoger, me quedo con la pobreza. No poseo nada ni quiero poseer nada. La propiedad me quema las manos, y la idea de mío me la borro, me la suprimo de la mente, porque esa idea, créame usted, suele ocupar mucho espacio y no deja lugar a otras, que nos convienen más. Yo digo: habrá algo que sea de alguien; pero mío, perteneciente a mí, bien segura estoy de que nada existe. Sólo Dios es dueño de todas las cosas. A Él pertenezco y nada me pertenece. III Salía Guerra de allí con la cabeza medio trastornada, porque las ideas expuestas con tanto donaire y sencillez por su amiga le seducían y cautivaban sin meterse a examinarlas con auxilio de la razón. Había llegado Leré a ejercer sobre él un dominio tan avasallador, se revestía de tal prestigio y autoridad, que llegó a representársele como la primera persona de la humanidad, como un ser superior, excepcional, investido de cualidades y atributos negados al común de los mortales; y cediendo a una ley de gravitación moral, sentíase atraído a la órbita de ella, llamado a seguirla y a imitarla. Recordando en la soledad campestre las expresiones de su amiga, las comentaba, las desentrañaba, y de ellas partía buscando hacia arriba alguna síntesis suprema, o hacia abajo aplicaciones a la vida general. La semana entera se la llevó tratando de digerir -aquel refinado misticismo, que un año antes le habría parecido absolutamente indigesto. Lo que más sentía era que todas las visitas semanales no fueran igualmente afortunadas, porque en algunas creeríase que el Demonio lo enredaba, llevando a otras personas que hacían difícil la comunicación inmediata con Leré. Como para las visitas se designaban días de la semana, no pocas veces reuníase tal caterva de señoras y caballeros, que era cosa de salir renegando. Una de las tardes más desgraciadas fue, aquella en que, a poco de entrar Guerra, vio penetrar en la sala la respetable trinidad de D.

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105 min Culo Sexy Ébano Adolescente Hombres Blanco -Por mis íntimos contentamientos. Si he de ser franca, esta vez estuve débil. Luché, pero inútilmente. Hubo al fin que desalojar el ánimo de tristes preocupaciones, lo mismo que se espantan los mosquitos con el plumero, por una rendija de la ventana; y aquí me tiene, encontrándome al paso con los personajes, las fisonomías y las escenas de siempre, aun cuando los buenos amigos saben romper la monotonía con momentos muy agradables. -Creo contarme en ese número, si no es excesiva pretensión, Areba. Volviose la joven para cerciorarse de si la otra pareja seguía sus pasos; y ya fuera del salón, convencida de que así era, y paseada una mirada inútil en busca de Raúl, dijo en voz alta: -Es delicioso el ambiente que aquí se respira; y manifiesto con franqueza mi deseo de que posterguemos los lanceros y descendamos al instante al jardín. -¡Excelente idea! Se ven muchas parejas en los senderos. Brenda y de Selis, que venían a pocos pasos, bajaron la corta gradería de mármol en pos de la señorita de Linares y de Zelmar. Caminaban en silencio, y como abstraídos. El jardín, al frente, ofrecía un aspecto fantástico: globos chinescos, bombas de cristal, luces venecianas de caprichosas formas, unidas por hilos metálicos a las ramas ocultas, modelaban en el espeso follaje bellos pabellones de cien colores. Algunas linternas de intenso reflejo, colocadas en el interior de los grandes árboles con los lentes vueltos a los surtidores, convertían en mil chispas de rubíes, zafiros y topacios las menudas gotas, improvisando fajas transversales rojas, blancas o azules, según el color de los lentes reflectores, cual iris espléndidos en media noche. Oíanse rumores de voces y alegres risas entre los árboles, como gorjeos de pájaros que se anticipan a la aurora o sueñan inquietos en las ramas. Desarrollábanse por allí escenas más variadas que las del baile. Hermosos bosquecillos se seguían a los cuadros de plantas de la plazuela; y uno de ellos venía a concluir en ángulo agudo sobre la misma, formando dos calles profusamente iluminadas, una de las cuales concluía en un pequeño lago con puente de piedra. -Seguiremos por esta avenida de la derecha -dijo Areba, mirando para atrás-.

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