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73 min Matrimonio Lesbiana De Michelle Y Michelle Canadá

Su espada da la libertad, o contribuye a ella, en todas partes: sus ideas, sus hombres, sus tesoros, no faltan en ninguna; y la guerrera y pertinaz España, donde no hallaba un hombre, hallaba un principio; donde no hallaba un principio, hallaba una imitación de Buenos Aires. Las provincias del Río de la Plata eran su ángel malo, cuyo influjo dañoso la perseguía como la sombra al cuerpo. La España resiste con valor; sangre por sangre se cambia en las batallas, pero la revolución era demasiado inmensa y demasiado sólida, para que la España pudiera sofocarla con su mano en el siglo XIX, y la España vencida en la América, la América se hace para siempre jamás independiente. Pero el pensamiento de Mayo había bebido sus inspiraciones en fuente harto caudalosa, para poder conformarse con asignar a la revolución los límites de una independencia política, y de una libertad civil solamente. Él inició más que todo eso, y por más que eso combatieron sus hijos. Era una revolución totalmente social lo que buscaba. Una revolución reformadora de la sociedad educada por la España de la Inquisición, del absolutismo y de las preocupaciones hereditarias de tres siglos, en política, en legislación, en filosofía y en costumbres. Y bajo el humo de las batallas que ennegrecía el cielo americano, Buenos Aires marchaba a pasos, por desgracia demasiado rápidos, en la senda de su atrevido cuanto sublime pensamiento. Sus brazos se extienden por todo el continente; y su inteligencia formula y elabora al mismo tiempo su existencia nueva. Libres en política, y colonos en tradiciones sociales, legislativas y filosóficas, habría sido una anomalía monstruosa. Romper con las viejas preocupaciones españolas en política, en comercio, en literatura, y hasta en costumbres, cuando el pueblo se las fuese dando a sí mismo, era imprimir a la revolución el movimiento reformador del siglo: era ponerse a la altura de las ideas de la época; era hacer, en fin, lo que la misma España había de tentar más tarde bajo el reinado de Isabel II. «Quedarse fijo en su abuelo y en su bisabuelo» para por esa solidaridad de tradiciones paternas darse la mano con la civilización europea, como acaba de pretenderlo no sé qué mal conocedor de nuestra historia europea, que ha escrito no sé qué con el título de Nueva Troya, era cuanto se necesitaba para no ser más de lo que fueron el abuelo y el bisabuelo, en tiempo de Carlos III y de su antecesor. Reproducción que, felizmente, la revolución tuvo el buen sentido de no apetecer jamás. El mejor alguacil del santo oficio no habría opinado de otro modo; jurando que era una verdadera herejía no ser el nieto lo que fue el abuelo. Pero sigamos el campo de los vastos acontecimientos que narramos de carrera; y asimismo se han de percibir claras y distintas la reproducción del abuelo y bisabuelo en el nieto, dando sus naturales consecuencias; y las que nacieron del divorcio de estas tradiciones pestilentes. En medio del estrépito de las armas, Buenos Aires, esa capital donde se reunían los contingentes de ideas que le enviaban todas las provincias de la unión, como enviaban a las batallas los contingentes de lanzas, marcha a grandes pasos en el camino de la revolución social; y todas las tradiciones de la colonia son tumbadas por la mano de la república. Los grandes principios se fundan y se practican a la vez. La república; el gobierno representativo; el ministerio responsable; el sistema electoral; la libertad de la conciencia, del pensamiento, del comercio; la igualdad democrática; la inviolabilidad de los derechos; todo, en fin, cuanto la revolución europea tenía de más santo, de más social, lo canoniza para sí la revolución del Plata. Y a la luz de este brillante día que se levantaba sobre sus olas, surgieron de la revolución esas cabezas chispeantes de genio que hicieron el honor y la gloria de la república, no menos grandes que el honor y la gloria que conquistaba con sus armas sobre los campos de batalla.

69 min Mila Jovavich Desnuda En Magizine Morado

20 min Mila Jovavich Desnuda En Magizine Morado Natural es que la aproveche yo para copiarla. Aunque grande, muy grande, parecía que estaba llena de narices y de labios; tan inflada, verrugosa y prominente era la una; tan gruesos, separados y corridos eran los otros. Los ojos y la frente, por pequeños y angosta, ocupaban poquísimo terreno allí; y en cuanto a los dientes, si bien eran largos, muy largos, también eran negros, muy negros, y pocos y mal distribuidos; por lo cual se desvanecían en la oscuridad del antro a cuyos bordes asomaban como las piedras mohosas en las cuevas del zorro. La piel, áspera y verdosa; nada más en su lugar; terreno seco, agrietado e infecundo, entre peñas y bardales. Entre este hombre, tal cual ahora le contemplamos, y el que hemos visto en casa de los Rubárcenas, no cabe comparación, si es cierto que en la cara y en las actitudes del cuerpo se revelan las condiciones del alma. ¿Cuál era la suya, no pudiendo tener dos? Don Lesmes, eco del vulgo de Valdecines, nos ha dicho que la más mala; el interesado trataba de probar lo contrario con su conducta ostensible. Desde que residía en Valdecines no había atravesado otros umbrales ajenos que los de la casa de Dios y los de la otra en que le conocimos. En la calle no saludaba a nadie. No podía darse hombre más indiferente a cuanto le rodeaba. Decíase, sin embargo, que no se movía una mosca en el pueblo sin que lo supiera él. Cuando entraba en el templo, caía de rodillas junto al presbiterio; y allí, doblado el espinazo y humillada la cabeza, turbaba el silencio de los fieles con el plañidero murmurio de sus rezos y el estampido frecuente de los puñetazos que se pegaba sobre el esternón. Solemnidad religiosa sin que él comulgase coram populo, no se concebía. En ausencias o enfermedad del párroco, él rezaba el rosario en la iglesia, y dirigía el Calvario que andaban las mujerucas, y cantaba las vigilias y las misas de encargo, y ayudaba a otras, y pedía para las Ánimas, cepillo en mano, al salir la gente de la iglesia. Pues a pesar de todo esto y de mucho más, la voz pública le ponía de hipócrita y de bribón, que no había por dónde cogerle. La misma fama aseguraba que no había rastro en el pueblo de un acto de caridad de don Sotero. Éste mostraba una pobreza extremada en los menores detalles de su vida; lo que, según las murmuraciones, se compadecía muy mal con la vida regalona y descuidada que llevaba su sobrino, el cual «sobrino» decía, a cada paso, que gastaba de lo suyo, heredado de su madre. Según las gentes, don Sotero era muy rico y tenía el dinero enterrado en la huerta, o en la cuadra, o quizá escondido entre las latas del tejado. Cómo había adquirido tanto caudal un pobre procurador de aldea, nunca pudo averiguarse en Valdecines; y a ese punto oscuro se enderezaban las historias tremebundas que relataban las gentes, siempre dispuestas a ver detrás de personajes como don Sotero, huérfanas esquilmadas, testamentos falsificados, depósitos desconocidos, y hasta poderdantes emparedados.

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300 mb Cuanto Tiempo Mi Pene Puede Crecer

96 min Cuanto Tiempo Mi Pene Puede Crecer Algo más quiso decir Eufrasia, ampliando sus referencias y queriendo echar de sí la responsabilidad que en la difusión de ellas pudiera caberle; pero Doña Leandra, con vivo gesto, le puso en la boca la mano huesuda y en el oído esta terrible admonición: «Ni una palabra más te consiento, boba, que al no respetar la fama de nuestros Príncipes, faltas al respeto a tus padres, que todo es uno, padres y Reyes, y no siendo así no hay grandeza, no hay poder en la Nación. Guárdate de traerme más cuentos y de marearnos con la Inglaterra, pues si tu novio es inglesado, con su pan se lo coma, y menos mal si es hombre de bien, como creo. Cuando os caséis, hazte tú, si quieres, inglesada, por lo de no con quien naces, sino con quien paces; pero en el entretanto, no nos hurgue el Sr. Terry a los españoles, si no quiere ver el pie de que cojeamos. Y también le dices de mi parte, de mi parte, ¿entiendes? que aunque deseamos ver bien casada a nuestra querida Reina, para su felicidad y la nuestra, miramos antes por la familia; que no se caliente la cabeza con tantos Coburgos y Cabargos, ni con las intriguillas del Míster de la Inglaterra, sino que piense, pues ya es hora, en cumplir su promesa y determinación de matrimonio, que no es bueno que las muchachas honestas y de buena familia se eternicen en los noviazgos. Si fuera D. Emilio un pelón, no nos quejaríamos de la tardanza; pero bien sabemos que de nadie necesita licencia para casarse, ni es de los que tienen que juntar algunos duros para mercar cuatro sillas y una cama. que no te entretenga más. Tu padre y yo nos creemos muy honrados con que un señor tan pudiente te tome por mujer; pero no debemos tampoco achicarnos, que si a ti te envidian el esposo que te llevas, él no sale mal librado; y si tu educación no es a lo extranjero, ni sabes lo que otras, le llevas un buen palmito, le llevas tu honestidad, tus cristianos sentimientos y el buen nombre de nuestra casa. Cierto que tu hacienda no iguala con la suya; pero tampoco eres de las que van con lo puesto. Bien puedes apretarle, hija mía, para que se decida pronto, y ponte muy enfurruñada si no lo hace. Ya ves cómo estoy de flaca y consumida; es que no vivo, no puedo vivir mientras mis dos hijas no se coloquen. ¿Llegará ese día, Señor? No lo deseo por vosotras tan sólo, sino por mí, por mi salud, por mi existencia, que no es tan despreciable para que yo no mire un poco por ella. Espero a que os caséis para largarme a la Mancha y llevarme mis pobres huesos, que este Madrid quiere robarme: él a quitármelos, y yo a que no. Veremos quién gana. Decídanlo vuestros novios, hijas mías, y no consientan que me robe mis huesos esta tierra maldita».

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34 min Mi Pene De Nueces Ella Eunuco Colgando

96 min Mi Pene De Nueces Ella Eunuco Colgando Míster Copperfield: miss Crewler, miss Sarah, miss Louisa, Margaret, Lucy. Parecían un ramo de rosas, tan frescas y tan sanas estaban. Eran todas muy monas, y miss Caroline, muy guapa; pero en la mirada brillante de Sofía había una expresión tan tierna, tan alegre y tan serena, que valía más que todo y que me aseguraba que mi amigo había elegido bien. Nos sentamos alrededor de la chimenea, mientras el chico, de aire travieso, cuya sofocación adivinaba yo ahora que había sido ocasionada por el arreglo precipitado de los papeles, se apresuraba a quitarlos de encima de la mesa para reemplazarlos por el té. Después de esto, se retiró, cerrando la puerta de un portazo. Mistress Traddles, cuyos ojos brillaban de contenta, después de hacer el té se puso tranquilamente a tostar el pan, sentada en un rincón, al lado de la chimenea. Mientras se dedicaba a aquella operación me dijo que había visto a Agnes. «Tom» la había llevado a Kent, a una boda, y allí había visto también a mi tía; las dos estaban muy bien y no hablaron más que de mí. Me dijo que «Tom» me había tenido presente en sus pensamientos todo el tiempo que estuve fuera. «Tom» era una autoridad en todo. «Tom» era evidentemente el ídolo de su vida, y ninguna conmoción podría hacerle vacilar en su pedestal, siempre creyendo en él y reverenciándole con toda la fe de su corazón, sucediera lo que sucediera. La deferencia que ambos, ella y Traddles, profesaban a la Belleza me gustaba mucho. No creo que fuera muy razonable; pero me parecía encantadora y una parte esencial de su carácter Si en algún momento Traddles echaba de menos las cucharillas de plata, no me cabe duda que era al ofrecer el té a la Belleza. Si su dulce mujercita se vanagloriaba de algo, era únicamente de ser hermana de la Belleza. Las más leves indicaciones y caprichos eran considerados por Traddles y su mujer como cosas naturales y legítimas. Si ella hubiera nacido reina de las abejas, y ellos fueran abejas obreras, no hubiesen podido estar más satisfechos. Pero su abnegación me encantaba. El mejor elogio que podía hacerse de ellos era el orgullo que tenían por aquellas muchachas y la sumisión a todas sus fantasías. Si alguna vez se dirigían a él, llamándole querido, era para rogarle que les trajera algo o les llevara algo, les levantara algo, les bajara algo, les buscara algo, les cogiera algo, y era interpelado así por una a otra de sus cuñadas lo menos doce veces en una hora.

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61 min Brent Cassie Clark Jacobs M Porn Por allí, sin que lo supiese Adela tampoco, aunque sí lo sabía Pedro, andaban lentamente, con las dos niñas menores, Sol y doña Andrea: doña Andrea, que desde que el colegio le devolvió a su Sol y podía a su sabor recrear los ojos, con cierto pesar de verle el alma un poco blanda y perezosa, en aquella niña suya de «cutis tan trasparente -decía ella- como una nube que vi una vez, en París, en un medio punto de Murillo», andaba siempre hablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras regañaba por todo, ella que no regañaba antes jamás, pues lo que quería en realidad, sin atreverse, era regañar a Sol, de quien se encendía en celos y en miedos, cada vez que oía preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto no eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doña Andrea por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en el colegio había entrado en la casa, se contentaba doña Andrea; y a veces se dio la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tanto mimaba, y que desde la infancia de la niña cuidaba ella y favorecía, se la echase en cara como un pecado, que le llevó un día a prorrumpir en este curiosísimo despropósito, que a algunas personas pareció tan gracioso como cuerdo: «Si Manuel viviera, tú no serías tan hermosa». Enojábase, doña Andrea, cuando oía, allá por la hora en que Sol volvía con una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo de cierto caballero que ella muy especialmente aborrecía; y si Sol hubiese mostrado, que nunca lo mostró, deseos de ver la arrogante cabalgadura, fuera de una vez que se asomó sonriendo y no descontenta, a verla pasar detrás de sus persianas, es seguro que por allí hubieran encontrado salida las amarguras de doña Andrea, que miraba a aquel gallardísimo galán, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galán alguno hubiera soportado doña Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre de que aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, que poseyese a su Sol, no sería de Sol nunca, por lo alto que estaba, y porque era ya de otra. Mas aquella mansísima señora se estremecía cuando pensaba que, por parecer proporcionados en la gran hermosura externa, pudiesen algún día acercarse en amores aquel catador de labios encendidos y aquella copa de vino nuevo. Sentía fuerzas viriles doña Andrea, y determinación de emplearlas, cada vez que el caballo de Pedro Real piafaba sobre los adoquines de la calle. ¡Como si los cuerpos enseñasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una habitación recamada de nácar, se encontró refugiado a un bandido. Da horror asomarse a muchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de una madriguera. Y ya se sabía por toda la ciudad, con envidia de muchas locuelas, que tras de Sol del Valle había echado Pedro Real todos sus deseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballos caracoleadores, sus ímpetus de enamorado de leyenda. Y lo despótico de la afición se le conocía en que, bruscamente, y como si no hubiera estado perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, cesó de decir gallardías, a afectar desdenes a aquellas que más de cerca le tuvieron desde su llegada de París, ya porque de público se las señalase como las conquistas más apetecidas, ya porque lo picante de su trato le diese fácil ocasión para aquellas conversaciones salpimentadas que son muy de uso entre aquellos de nuestros caballeros jóvenes que han visto tierras, y suplen con lo atrevido del discurso la escasez de la gracia y el intelecto. La conversación con las damas ha de ser de plata fina, y trabajada en filigrana leve, como la trabajan en Génova y México. En ser visto donde Sol del Valle había de verlo, ponía Pedro Real el mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a él; si al teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora, y no más que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en Semana Santa, por donde Sol iba con Lucía y Adela, Pedro, sin piedad por Adela, aparecía. Decirle, nada le había dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al saludarla en público, encogimiento y moderación mayores. Y parecía más arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le decía, ni le escribía; pero quería llenarle el aire de él.

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100 min Video Porno De Pamela Anderson Tommy Lee

55 min Video Porno De Pamela Anderson Tommy Lee Uno de los principales martirios de mi vida, el mayor quizás, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante mí todas las personas que trato. No sé si consistirá en mi posición o en mis grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento, no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos. Apenas me permito expresar una opinión cualquiera, todos los que me oyen aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carácter ama la controversia y las disputas. Cuando vine a España, hícelo con la ilusión de encontrar aquí gran número de gente pendenciera, ruda y primitiva, hombres de corazón borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano charol de la cortesanía. »Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo pudiera estar en Londres, sin hallar obstáculos a la satisfacción de mi voluntad, en medio de una vida monótona, regular, acompasada, no expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni con cosas, mimado, obsequiado, adulado. ¡Oh, amigo mío! Nada aborrezco tanto como la adulación. El que me adula es mi irreconciliable enemigo. Yo gozo extraordinariamente al ver frente a mí los caracteres altivos, que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra mía; gusto de ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una independencia intransigente y enérgica,por lo cual asisto con júbilo a la guerra de España. »Pienso ahora internarme en el país, y unirme a los guerrilleros. Esos generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros, taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiración hasta lo sumo. He estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reduciéndolo a reglas necias, y decorándose a sí mismos con plumas y colorines para disimular su nulidad. ¿Ha militado usted a las órdenes de algún guerrillero? ¿Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier? ¿Cómo son? ¿Cómo visten? Se me figura ver en ellos a los héroes de Atenas y del Lacio. »Amigo mío, si no recuerdo mal, la señora condesa dijo hace un momento que usted debía sus rápidos adelantamientos en la carrera de las armas a su propio mérito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso puesto en la milicia.

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107 min Barco De Cruceros

90 min Barco De Cruceros Ni más ni menos que como un joven indolente, embriagado por esa voluptuosidad del alma y los sentidos a los veinte y cinco años de la vida, que nos hace perezosos exteriormente, porque toda nuestra actividad se reconcentra entonces en los deseos y en los recuerdos, Daniel llegó a su casa en la calle de la Victoria, en cuya puerta encontró a su fiel Fermín, que le esperaba con impaciencia, porque eran ya las ocho y media de la noche, es decir, una hora más tarde de aquella en que Daniel volvía a su casa generalmente, a ponerse en estado, como decía, de no ser satirizado por su Florencia; verdadero afecto, única ilusión amorosa en su corazón; único hálito de felicidad que refrescaba el alma de ese joven, abrasada por la fiebre de la desgracia pública, y de la cual él no había conocido aún el más terrible de sus estragos, y por que habían pasado ya millares de hombres de la generación a que él pertenecía: y tal era la separación repentina y sin término del objeto amado. A esa época de la dictadura, la mayor parte de los jóvenes argentinos, en esa edad en que la vida rebosa su sensibilidad y su energía en las fuentes secretas de los afectos, había tenido que decir un ¡adiós! a alguna mujer querida, a alguna realización bella de los sueños dorados de su juventud; y al sentimiento de la patria, de la familia, del porvenir, se mezclaba siempre la ausencia de una mujer amada en esa segunda generación que se levantó contra la dictadura, y que, para combatirla, tuvo que dejar de improviso las playas de la patria. La mano de Rosas interrumpía en el corazón de esos jóvenes el curso natural de las afecciones más sentidas: la de la patria y la del amor. Y en la peregrinación del destierro, en los ejércitos, en el mar, en el desierto, los emigrados alzaban su vista al cielo para mandar en las nubes un recuerdo a su patria y un suspiro de amor a su querida. A la época que atravesamos, las esperanzas del triunfo radiaban en la imaginación de los emigrados; pero por halagüeña que sea una promesa, si posible es tener la paciencia de esperar su logro en la edad más inquieta de la vida, cuando esa promesa hace relación con la política, no es lo mismo cuando ella hace parte de la vida de nuestro corazón, porque entonces cada hora es un siglo que pesa lleno de fastidio y zozobra sobre el alma; así con el dolor de la proscripción los emigrados sufrían, en su mayor parte, los terribles martirios del amor en la ausencia de la mujer amada. Pero en este sentido Daniel era feliz. Él, el más devorado por el deseo de la libertad de su patria, el más dolorido por sus desgracias, el más activo por su revolución, podía, sin embargo, a los veinte y cinco años de su vida, respirar paz y felicidad en el aliento de su amada y ver a su lado esa luz divina, recuerdo o revelación del paraíso, que se derrama en la mirada tierna y amorosa de ese ángel de purificación y de armonía que se encarna en la mujer amada de nuestro corazón. Así Daniel entró contento a su casa; pues pronto debía salir de ella para volar al lado de su Florencia. -¿Ha venido alguien? -preguntó Daniel, dirigiéndose a sus habitaciones. -Sí, señor, hay un caballero en la sala. -¿Y quién es ese caballero? -prosiguió Daniel sin manifestar la menor curiosidad y entrando a su escritorio por la puerta que daba al patio. -El señor Don Lucas González -respondió Fermín, entrando al escritorio junto con su señor. -¡Ah, ah, el señor Don Lucas González! Por ahí debías haber comenzado, tonto: los hombres honrados, y sobre todo los amigos de mi padre, no deben hacer antesala mucho tiempo -dijo Daniel, dirigiéndose a su sala de recibo, pasando por su alcoba y dos habitaciones más, todas iluminadas y adornadas con sencillez, pero con elegancia. -Cuánto siento, señor, que se haya usted incomodado en esperarme. Rara vez falto de mi casa a las siete, pero hoy una ocurrencia imprevista me ha detenido fuera de ella -dijo el joven, dando la mano a un hombre anciano y de un aspecto noble y respetable, a quien colocó a su derecha en uno de los sofás de la sala.

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11 min Sexo En La Ciudad En Oprah

450 mb Sexo En La Ciudad En Oprah Tomé dispuesto para decir su misa. Todavía no había empezado a vestirse, y se paseaba en sotana a lo largo de la pieza, aguardando a que las señoras dieran la orden. No faltaban en la típica sacristía la cajonería de cuarterones, las cornucopias en aguamanil, las puertas pintadas de azul con vivos dorados, los sillones de vaqueta, el pedazo de alfombra antigua, ni los cuadros empolvados y ennegrecidos. El sacristán atizaba el brasero lleno de ascuas para cebar el incensario, y ya tenía el celebrante sus vestiduras y el cáliz sobre la cajonería. No hay que decir cuánto agradaban a Guerra la paz soñolienta y la tímida claridad de aquel recinto. Salió al fin el capellán al altar. La misa era cantada de un solo cura, y a la voz virginal y opaca del autor del Epítome, en quien Dios moraba, respondían las monjitas desde el coro con su salmodia compungida y catarrosa. ¡Qué diferencia entre la pobreza del culto en las olvidadas Franciscas y el esplendor aristocrático de las Bernardas de San Clemente! Pero aquel convento de San Juan había llegado a ser interesantísimo para Guerra, y más simpático y consolador que ninguno, porque el peregrino maridaje que ofrece de lo mudéjar y lo gótico, parecíale fiel espejo de la transición que en tales momentos era un hecho en su alma. En ésta la severidad y unción religiosas se combinaban también con las alharacas del mundano estilo. Durante la misa, a la que sólo asistían tres o cuatro personas, meditó mucho en su evolución o metamorfosis, la cual, después de iniciada, le resultaba menos difícil. Los primeros pasos le habían producido bienestar, cierta alegría pueril y novelera de esa que el mundo compara a la del chiquillo con zapatos nuevos. Reconoció que en los comienzos el culto sólo hablaba a sus ojos y oídos; pero también hubo de notar que no tardaba en herir las fibras del sentimiento, tendiendo a invadir poco a poco los espacios de la razón. Para esto era preciso un método especial que instintivamente puso en práctica desde los primeros días. Del examen de sí propio había sacado en limpio que la oración no afluía de su mente con facilidad y desahogo cuando la practicaba de un modo abstracto, porque mil ideas profanas, confundiéndose con la idea regida por la voluntad, la distraían y embarazaban. Viose, pues, obligado a sujetar el pensamiento por medio de la contemplación sensorial de la imagen o símbolo, de donde vino a deducir la importancia y utilidad del arte en la vida religiosa. Así, cuando oraba encadenándose fuertemente con el símbolo por medio de los ojos, se defendía bien de las distracciones; pero no quedaba satisfecho de sí mismo, y aspiraba a educarse en el rezo metafísico y en las meditaciones abstractas y puras. Otro fenómeno que en sí notaba era que la adoración de la Virgen érale más grata que otra cualquiera adoración, y que los rezos dirigidos a la madre de Dios le salían más fáciles y espontáneos. En cambio, la plegaria expedida directamente y sin intervención alguna hacia el centro de toda divinidad, no le resultaba, y cuando más pinitos hacía, sutilizando el pensamiento para que subiera, encontrábase abajo, sin haber podido remontarse ni el espacio de un dedo.

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