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53 min Principiante Adulto Ballet Flor Montículo Tx

El médico halló cierta similitud entre el destino de aquel pobre animal ciego y el suyo. Ambos subían por una cuesta penosa y dura sin esperanza de reposo, a no ser en la muerte. Cuando el caballo jadeante, sudoroso, se paraba para cobrar aliento, un latigazo le recordaba que debía seguir andando sin tregua como si formase parte de aquel mecanismo que se movía gracias a él. El ruido de sus cascos se confundía con el del herraje de la correa y el del molino que trituraba el trigo. Fuera, en el campo verde y luminoso, pacían otros caballos sueltos y alegres, de piel lustrosa y ojos fulgurantes. El mar se había retirado lejos, muy lejos. En el horizonte, entre un boscaje de nubarrones grises, llameaba el sol. Grandes brasas de ópalo y naranja centelleaban en el fondo. Desgarraduras bermejas atravesaban el seno de una nube de un violeta profundo. Por el mar, casi inmóvil, rodaban ligerísimos copos de espuma. Un inmenso nublado se deshizo de pronto en flecos de áureos bordes encendidos. Brujas, elefantes, enanos sin cabeza, torsos y brazos, pájaros de abiertas alas, bloques de estatuas a medio esbozar, como las esculturas de Rodin, corrían empujados de aquí para allá por el viento, transformándose en los mil caprichos que la imaginación de la luz combina en la tela celeste. Anchos vellones policromos, como las telas de Liberty, flotaban en islas de fuego, en golfos de cinabrio, en selvas escarlatas, en lagos azules, enredándose a las cumbres de montañas de oro que se derrumbaban en fantástico derrumbe con los cambiantes cegadores de una danza serpentina. -Ahí tienen ustedes, amigos míos -dijo el doctor-, un espectáculo que no me cansa nunca: la puesta del sol. -Yo soy como los incas del Perú -añadió Plutarco-: idólatra del sol; pero la hora en que realmente le amo es ésta: la hora de la gran anemia universal.

69 min Tienes Que Lavarte El Culo

54 min Tienes Que Lavarte El Culo En otras, cuando la joven hacía oír el piano, él se paraba frente a la ventana del salón que daba a la quinta, y allí permanecía hasta haberse extinguido la última nota. Parecíale entonces que en el intervalo de música todos los pájaros habían enmudecido. ¿Valían, acaso, más que sus dedos, sus arpadas lenguas? Cuando supo que el mancebo, a quién él tanto debía, hacía pensar a su reina, era feliz de creer que los dos se habían fabricado expresamente para refundirse; pero ¡cuánto le dañaba la idea de que ella llegase a abandonar los jardines! En la tarde de que hablamos, Brenda le dirigió algunas preguntas relativas a Raúl. Y al hacerlo, con fe y abandono, asaltola el pensamiento de que aquel mísero ser gozaba de un privilegio que ella no había concedido a Areba. La joven se sentía perpleja. En diversas ocasiones hubo de revelárselo todo; pero un impulso secreto desvió su intención y no llegaron a ser confidencias las esperanzas que aleteaban con alborozo en los asilos de su alma. Desde la noche del baile Areba empezó a inspirarla temor, ¡y no tardó en adivinar el origen de sus alarmas y desazones! Triste era para Brenda su derecho a ser envidiada, especialmente por una amiga de corazón; mas no era suya la culpa, ni por eso debía ella dejar de quererla. ¡Ay, cuando el amor viene envuelto en su iris de ventura, cómo huyen los afectos que uno deseara retener! El vacío se hace en rededor, hasta donde alcanzan los haces luminosos; y desde lejos, observan todos los ojos penetrantes esta dicha nueva, a que aspiran los pechos sin amores, y que recuerdan con tristeza los corazones ulcerados. El pobre Zambique inválido, negro, senil, ruina humana que no tardaría en desmoronarse por completo al menor empuje de cualquier borrasca de la vida era el único que recogía y guardaba los desahogos, las puerilidades y los fervores de aquella pasión contrariada, tanto cuanto parecía ser de irresistible y profunda. Por eso la joven hallaba más grato que el soliloquio, el diluir sobre aquel ente fiel, oscuro y silencioso, toda la claridad de su ilusión.

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67 min Bikini Adivina L Grande Xl Xs

2160p Bikini Adivina L Grande Xl Xs Tenía costumbre de resoplar, y me informó antes de media hora de que era huérfana y había salido del orfelinato de San Lucas para ir allí. Mi habitación estaba en el último piso, en la parte de atrás; una habitación pequeña, cubierta de un papel que parecía de obleas azules, y muy escasamente amueblada. -Nunca hubiera pensado -dijo mistress Micawber, cuando subió con niño y todo a enseñarme mi habitación, y sentándose para tomar aliento- antes de mi matrimonio, cuando vivía con papá y mamá, que me vería en la necesidad de tomar un huésped. Pero míster Micawber está pasando por circunstancias tan difíciles, que toda consideración de otro género debe ser desechada. Yo dije: -Sí, señora. -Las dificultades de míster Micawber -prosiguióson casi insuperables por ahora, y no sé si conseguirá salir de ellas. Cuando yo vivía con papá y mamá no llegaba a comprender lo que quería decir la palabra pobreza en el sentido en que ahora la empleo; pero la experiencia es maestra, como acostumbraba a decir mi papá. Por más que pienso no consigo recordar si me dijo que míster Micawber había sido oficial de Marina, o si lo inventé yo; únicamente sé que ahora estoy convencido de que en alguna época había pertenecido a la Marina, pero no sé por qué. En aquella época era viajante de diferentes casas de comercio; pero me temo que aquello le daba muy poco o casi nada. -Si los acreedores de mi marido no quieren esperar -dijo mistress Micawber-, peor para ellos. Para nosotros, cuanto antes terminen las cosas, mejor. No se puede sangrar a una piedra, y nada podrán sacar en la actualidad de míster Micawber, aparte de los gastos que eso les ocasionaría. Nunca he podido comprender del todo si mi precoz independencia confundía a mistress Micawber respecto de mi edad, o si era que estaba tan preocupada por el asunto que habría hablado de él a los mellizos de no haber tenido otra persona a mano. Pero aquella conversación con que empezó nuestra amistad fue el asunto de todas las que siguieron. ¡Pobre mistress Micawber!

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119 min Tasa De Supervivencia Para El Cáncer De Mama Metastásico —Vaya una habilidad —dijo Nicholl, mirando a su compañero con aire perspicaz. —Sí —respondió Miguel—, es una broma muy usual en mi país; allí se hace el gallo en las reuniones más distinguidas. Y variando en seguida de conversación, añadió: —¿Sabes, Barbicane, en qué he estado pensando toda la noche? —No —respondió el presidente. —En nuestros amigos de Cambridge; ya puedes haber observado que soy completamente ignorante en las cosas matemáticas, por lo cual me es imposible adivinar cómo vuestros sabios del observatorio han podido calcular la velocidad inicial que debería llevar el proyectil al salir del columbia para dirigirse a la Luna. —Querrás decir —replicó Barbicane— para llegar a ese punto en que se equilibran las atracciones terrestres y lunares porque desde ese punto situado aproximadamente a las nueve décimas del trayecto, el proyectil caerá por sí solo en la Luna simplemente en virtud de la gravedad. —Enhorabuena —respondió Miguel—; pero, lo repito, ¿cómo se ha podido calcular la velocidad inicial? —Nada más fácil —respondió Barbicane. —¿Habrías podido tú hacer el cálculo? —Seguramente; Nicholl y yo lo hubiéramos resuelto si la nota del observatorio no nos hubiera quitado ese trabajo. —Pues bien, amigo Barbicane —respondió Miguel—, antes me hubiera cortado la cabeza, empezando por los pies, que hacerme— resolver ese problema. —Porque no sabes álgebra —replicó tranquilamente Barbicane. Así son ustedes, devoradores de “X”, Siempre lo mismo; todo lo quieren componer con el álgebra.

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110 min Películas Gay En La Red Gratis. -Nos detenemos -dijo el escocés. -Por fuerza -respondió el doctor en tono grave. Sus compañeros le comprendieron. El nivel del suelo, a consecuencia de su constante depresión, se hallaba entonces al nivel del mar, por lo que el globo se mantuvo en un equilibrio perfecto y una inmovilidad absoluta. El peso de los viajeros fue reemplazado por una carga equivalente de arena, y éstos echaron pie a tierra, se sumieron en sus pensamientos y durante algunas horas no despegaron los labios. Joe preparó la cena, compuesta de galletas y pemmican, que apenas probó nadie, y un sorbo de agua caliente completó tan triste cena. Durante la noche, nadie veló, pero nadie durmió tampoco. El calor era sofocante. Al día siguiente no quedaba más que media pinta de agua; el doctor la puso aparte y todos resolvieron no recurrir a ella sino en último extremo. -¡Me ahogo! -exclamó al poco Joe-. ¡El calor va en aumento! No me extraña -dijo, después de haber consultado el termómetro-. ¡Ciento cuarenta grados! -La arena -respondió el cazador- abrasa como si saliese de un horno.

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58 min Vaquero Bebop Lesbiana Faye Y Ed

86 min Vaquero Bebop Lesbiana Faye Y Ed No olviden que estamos en Congreso, y todas conocemos sus leyes: nadie, mientras dure, puede ejercer acto alguno de violencia. -exclamó Ñacaniná con sorda ironía-. Las nobles palabras de nuestra reina nos aseguran. ¡Entra, Anaconda! Y la cabeza viva y simpática de Anaconda avanzó, arrastrando tras de sí dos metros cincuenta de cuerpo oscuro y elástico. Pasó ante todas, cruzando una mirada de inteligencia con la Ñacaniná, y fue a arrollarse, con leves silbidos de satisfacción, junto a Terrífica, quien no pudo menos de estremecerse. -¿Te incomodo? -le preguntó cortésmente Anaconda. -¡No, de ninguna manera! -contestó Terrífica-. Son las glándulas de veneno que me incomodan de hinchadas. Anaconda y Ñacaniná tornaron a cruzar una mirada irónica, y prestaron atención. La hostilidad bien evidente de la asamblea hacia la recién llegada tenía un cierto fundamento, que no se dejará de apreciar.

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42 min Britney Spears Y Kevin Federline Sex Y no se crea que la palabra asesino es empleada como un concepto hiperbólico, sino que materialmente era preciso asociarse a lo más corrompido de la Mashorca, y tener el cuchillo en la mano, matando o pronto para matar. En todas partes la adhesión moral a la causa del poder, por más brutal y tiránico que fuese, ha sido, naturalmente, una salvaguardia. En Buenos Aires, no. El antiguo federalista de principios, siempre que fuese honrado y moderado; el extranjero mismo, que no era, ni unitario, ni federal; el hombre pacífico y laborioso que no había sentido jamás una opinión política; la mujer, el joven, el adolescente, puede decirse, todos, todos, todos estaban envueltos, estaban comprendidos en la misma sentencia universal: o ser facinerosos o ser víctimas. Las primeras luces del alba se dibujaban sobre el oriente, y la vista se fatigaba por definir los objetos informes que, aquí y allá, se le ofrecían en grandes grupos, en el acampamento de Santos Lugares. Eran centenares de carretas. Montes de tierra a orillas de las zanjas que se habían abierto. Cañones de batería. Cerros de balas. Cientos de carpas formadas de cueros, y esparramadas en el mayor desorden. Caballadas, armas, soldados, mujeres, galeras, todo confundido y en el más completo desarreglo. Y el toque de diana en los batallones; la corneta de la caballería; la algazara del cuerpo de indios; la gritería de las negras; el movimiento de los caballos; el grito del gaucho enlazándolos, todo a la vez venía a formar un ruido indefinible, para que el oído, como la vista, se intrigase también. El cuartel general estaba hacia el extremo derecho del campamento, en un grande rancho que, sin embargo, no hospedaba de noche al general en jefe. ¿Dónde dormía Rosas? En el cuartel general tenía su cama, pero allí no dormía.

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96 min Como Ser Amigos Del Sexo Opuesto

115 min Como Ser Amigos Del Sexo Opuesto ¡Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo nunca, y que no ha de aprenderlo! Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras, tronante de indignación. Y amenazó: -Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan llamándote hija, lo cual es un escarnio. Y no te acuerdes más de tu antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte. Es mejor que me retire. Adiós, Lina; siempre he desconfiado de las hembras. Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto. Parezco un patán. ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!

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77 min Yo Hombre Casarme Delincuente Registrar Sexo Debería Quién -Usted me dispense, señorito; me habían dicho que pasara. ¿No está aquí mi señor? -¿Usted no le ha visto? ¿Es que no estaba usted con él? -Por el momento no, señor. -¿Le ha dicho a usted que le encontraría aquí? -No precisamente; pero vendrá mañana si no ha venido hoy. -¿Viene de Oxford? -Si el señor quisiera hacer el favor de sentarse, yo le pediría permiso para reemplazarle por el momento. Diciendo esto, cogió el tenedor sin que yo hiciera ninguna resistencia y se inclinó sobre la parrilla como si concentrara toda su atención en aquella operación delicada. La llegada de Steerforth no nos habría molestado mucho; pero al momento nos sentimos completamente humillados y desanimados con la presencia de su respetable servidor. Míster Micawber se dejó caer en una silla y se puso a canturrear para demostrar que estaba completamente a sus anchas. El mango del tenedor, que había ocultado precipitadamente en su chaleco, asomaba como si acabara de darse una puñalada.

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600 mb Manchas Oscuras En El Interior De La Vagina

97 min Manchas Oscuras En El Interior De La Vagina Por fin, después de darle merienda, Guerra le despidió, invitándole a volver otro día. Fue acompañándole hasta más allá de la finca, y largo rato siguió con la vista sus cabriolas y brincos por la cuesta abajo. En esto observó que por la misma empinada pendiente subía un hombre cansado y viejo, el cual cojeaba y a cada instante se detenía para tomar aliento. Aguardó a que subiera más para reconocerle, y. ¡oh sorpresa! era D. Pito en persona. II Lo mismo fue verle el capitán que reanimarse, y de su alegría sacó fuerzas para vencer lo que le restaba de la cuesta. Al llegar junto a su amigo, dejose caer en un peñón, y poco menos que llorando, dijo; «D. Ángel, yo creí que no llegaba. Vengo a que usted me recoja. ¿No me dijo que me recogería? Aquí me tiene medio muerto de cansancio, de hambre, de frío, de sed. Ya estaba decidido, decididísimo, señor don Ángel a echarme de remojo en el Tajo. cuando me acordé de usted, y dije, «me recogerá, tendrá lástima de este veterano de la mar».

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