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Clemencia, en quien hubiera la observación producido mal efecto y originado cuando menos el retraerse, pudo con placer dar rienda suelta con toda expansión a los sentimientos de simpática admiración que le inspiraba su primo. -Pero señor -dijo Miguel Gil-, con lo quemado y lo que les va a dar a los pobres, se queda su mercé hogaño sin la cosecha de ese cortijo. -Más vale que sea por eso que no porque se lo llevase el francés -dijo don Martín. -Dios nos lo dio, Dios nos lo quitó; él es su solo dueño -añadió doña Brígida. -Miguel Gil -dijo radiante Clemencia-, más vale lo que han hecho mis padres y mi primo que cien cosechas. -Verdad es, señorita -respondió Miguel Gil-, pues han cosechado para un granero en el que no se pica el trigo. Segunda parteDon Martín, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su testamento; pero en cuanto al hacerlo, lo demoraba de día en día. Hácense quizás ilusión estos omisos que la muerte tendrá la prudencia de respetarlos mientras no exista este importante documento, y que les dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos, pues si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella; y si no, entrad en un cementerio, mirad las lápidas, ellas os confirmarán que la reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados. En un hermoso día de Pascua de Navidad, después de haber santificado aquella solemne y a la vez alegre fiesta recibiendo los Santos Sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba don Martín sentado en su sillón en una gran habitación baja interior. Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho puercos cebados. Uno a uno iban entrando todos los criados de campo y de la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones; los capataces y criados mayores llevaban además pollos y cabritos.

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78 min Buscando Disciplina Adulto Bdsm Canada Pepe era su esposo. Ignacio sería su hermano. ¿Qué la importaba a ella que la sociedad no sancionase aquellas ideas? ¿Acaso no veía ella violar a diario las leyes sociales por los mismos que las daban? La sociedad la era indiferente. Carecía de sentido moral. ¿Pues entonces? Desde aquel día su vida varió algo. Mostrábase más cariñosa con su marido, y salvo ligeras crisis en que el llanto se desprendía a mares de sus ojos y los sollozos la ahogaban, crisis que estallaban sin causa alguna y que todos atribuían al delicado estado en que se hallaba, ningún trastorno alteró su aparente dicha. Transcurrieron así los días sin novedad: feliz Ignacio con lo que creía amor de su mujer, reposada ella en aquel que miraba ahora como a hermano, esperando ansiosa el día en que el hijo de su amado naciese. Faltaba ya poco para ver realizadas sus esperanzas, y más dolorida y cansada que nunca, permanecía echada en la meridiana, con Ignacio a sus pies, cuando un criado entregó una carta a éste. Levantose para ir a leerla junto al balcón, cuyas maderas estaban entornadas, y una vez concluida la lectura, guardó la carta en el bolsillo y dirigiose a la puerta. Detúvole la voz de su mujer: -¿De quién es?

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H.264 Abrigo Piel Pelo Largo Mujer Desnuda Esto no podía chocarle a nadie: era de razón y de necesidad. En una de sus viradas, tropezó con el fiscal que le detuvo para decirle: -Vamos, amiguito, «si buenos azotes me dan, bien caballero me iba». -¿Lo dice usted -le preguntó Leto enronquecido y algo convulso-, por lo del libelo ese? -Hombre -respondió el fiscal recogiendo velas delante de aquel huracán a la sordina-, sí y no. Con pretexto de ello quería yo aconsejarle a usted que lo echara a risa; porque comparado con el bollo que tantos le envidian a usted, ¿qué vale el coscorrón que le cuesta? -Pues mire usted, fiscal, y para que le vaya sirviendo de gobierno -respondió el otro temblándole los labios-: si quiere usted que no se le atragante el bollo ese, guárdese mucho de volver a tomarle en boca delante de mí; porque por encima de cuanto le estimo a usted y hasta del sol que nos alumbra, pongo yo el respeto que se debe a la persona a quien apunta usted en su broma de mal gusto. Y dejémoslo aquí si le parece. Y allí se dejó, con mucho placer del fiscal, que no tenía interés alguno en probar sobre su persona la fuerza de los puños de Leto embravecido. Fuese cada cual por su lado; y de esta aventura volvía, con la espina de su recuerdo atravesada en la garganta, el hijo de don Adrián Pérez, cuando se le ha visto aparecer en la plazuela por el lado de la botica. -¡Carape! Allí está, -se dijo estremeciéndose todo al reparar en Maravillas. Y se fue derecho a él con propósito de abofetearle; pero al llegar a su lado y verle tan poca cosa y empalidecer de susto, cambió de idea por escrúpulos de su conciencia hidalga, y se conformó, después de volverle de espaldas tirándole de las orejas, con administrarle una descarga de puntapiés, algunos de los cuales le levantaron más de un palmo sobre el encachado de la plazuela.

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41 min World Of Warcraft Actualizado V1.11 Mod Desnudo Don Francisco Loidorrotea y Castro de los Urdiales era el último vástago de una de las más nobles e ilustres familias del solar de Guipúzcoa. Con los títulos de nobleza heredó todo el orgullo, toda la fe y toda la lealtad de su patria; y así como su aspecto físico, su recia musculatura y su marcialidad montañesa le daban el aire de un antiguo vasco, así florecían en su alma todas las francas virtudes de su raza. Su severa educación había contribuido a aumentar y fortalecer sus cualidades, revistiéndole a la vez de una enérgica severidad contra el mal y de un inmenso amor hacia el bien. Huérfano y sin patrimonio para vivir según exigía el rango, que su orgullo no le permitía abandonar, vegetó durante algunos años aislado del mundo en su heredado caserío de ennegrecidas paredes, entregado al estudio, sin descender sino muy rara vez a la ciudad, y teniendo por único recreo la contemplación del mar, que a sus pies majestuoso se extendía. Frisaba en los treinta y ocho años; ya entre sus negros cabellos brillaban algunas canas, cuando su alma, dolorosamente oprimida por la soledad, buscó una a quien unirse, no como ella herida, sino joven, fresca, rozagante cual flor de la mañana henchida de aromas. En el único sitio donde sus ojos veían seres humanos, en la iglesia, a que la firmeza de su fe le llevaba, halló a Laura, buena como un ángel, hermosa como un sol. A la luz que emanaba de sus ojos se fundió aquel corazón, que sólo aguardaba que alguien le diera un poco de amor para desbordar todos los sentimientos en él aprisionados, y se realizó aquel cambio sin sacudimientos, sin violencias, naciendo en él una pasión mansa y tranquila propia de aquel bien equilibrado carácter. Feliz, cual jamás pudo soñarlo, vio acercarse el día en que iba a unirse a la única mujer que amó en el mundo. Quiso entonces convertir el ruinoso caserón de sus padres en nido de amores. Así, la negruzca fachada tiñose de vivo color rojo; el tejado, de sucias y rotas tejas llenas de goteras, fue sustituido por uno de pizarra que relucía a los rayos solares; se abrieron anchas ventanas para que el aire y la luz entraran a raudales, por donde sólo había antes pequeños ventanillos que apenas dejaban penetrar la claridad del día, y, por último, el descuidado huerto se convirtió en alegre jardín poblado de flores, mariposas, pájaros y cuantos seres contribuyen a hacer grato el campo, siendo sólo respetados en aquella metamorfosis, en el exterior, las ostentosas armas que sobre el portón campeaban, y en el interior, la lóbrega capilla, sobre cuyas sucias paredes de agrietada piedra pendían los retratos de algunos ascendientes ilustres. Celebrose la boda y vino a habitar la casa aquella enamorada pareja sobre la que Dios pareció enviar su bendición. Laura era digna compañera del hombre que la eligió por esposa, pues así como en él tomaban cuerpo todas las sobrias virtudes del alma masculina: la fe, la constancia, la energía, el valor y la lealtad, juntos a una educación perfecta y una ciencia sólida, en la de ella florecían las que son ornato de la mujer, uniéndose a todas una bondad ingénita y una ternura infinita. Un año transcurrió con la rapidez de los días felices, y, al terminar, una nueva dicha vino a coronar aquel hermoso edificio de felicidad.

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450 mb Arbusto Comprar George Mono Pornografía W Aquí tienes un círculo doloroso del cual no puedo salir. La solución sería que yo también me volviera místico, como tú, y que a lo místico nos quisiéramos; pero esto no satisface al alma. No, no, todo eso, es una farsa, una comedia que hace el entendimiento para engañar al corazón. El querer de hombre a mujer y de mujer a hombre no cabe dentro de esas excitaciones artificiales de la ideología piadosa. Aquí hay un nudo que no se puede deshacer, y lo mejor es cortarlo poniendo tierra por medio. Vete, y yo me quedo aquí. Leré, conmovidísima, vaciló un instante entre levantarse o esperar. Guerra daba vueltas por la habitación, haciendo esfuerzos por aparecer tranquilo. «Debes marcharte -añadió-, y mañana procura no hacer ruido, para que yo no me entere. no sea que me dé la tentación de detenerte. -¡Dios mío, que locura de hombre! (Levantándose vacilante.

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H.264 Primero Su Historia De Coño Lesbiana Sabor En su tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de palmas. No murió don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bien pudo ser; sino que dos años antes, y sin que Manuelillo lo supiese, se sentó un día en su sillón, muy envuelto en su capa, y con la guitarra al lado, como si sintiese en el alma unas muy dulces músicas, a la vez que un frescor húmedo y sabroso, que no era el de todos los días, sino mucho más grato. Doña Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y, lo miraba con los ojos secos, y crecidos, y le tenía las manos. Dos hijas lloraban abrazadas en un rincón: la mayor, más valiente, le acariciaba con la mano los cabellos, o lo entretenía con frases zalameras, mientras le preparaba una bebida; de pronto, desasiéndose bruscamente de las manos de doña Andrea, abrió don Manuel los brazos y los labios como buscando aire; los cerró violentamente alrededor de la cabeza de doña Andrea, a quien besó en la frente con un beso frenético; se irguió como si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cayó sobre el respaldo del asiento, estremeciéndosele el cuerpo horrendamente, como cuando en tormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta al muelle; se le llenó de sangre todo el rostro, como si en lo interior del cuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco, y sonriendo, con la mano casualmente caída sobre el mango de su guitarra, quedó muerto. Pero nunca se lo quiso decir doña Andrea a Manuelillo, a quien contaban que el padre no escribía porque sufría de reumatismo en las manos, para que no le entrase el miedo por las angustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas, interrumpiendo antes de tiempo sus estudios. Y era también que doña Andrea conocía que su pobre hijo había nacido comido de aquellas ansias de redención y evangélica quijotería que le habían enfermado el corazón al padre, y acelerado su muerte, y como en la tierra en que vivían había tanto que redimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que poner derecho, veía la buena Madre, con espanto, la hora de que su hijo volviese a su patria, cuya hora, en su pensar, sería la del sacrificio de Manuelillo. -decía doña Andrea-, una vez que un amigo, de la casa le hablaba con esperanzas del porvenir del hijo. Él será infeliz, y nos hará aun más infelices sin quererlo. Él quiere mucho a los demás, y muy poco a sí mismo. Él no sabe hacer víctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque de todos modos, por desdicha de doña Andrea, Manuelillo había partido de la tierra antes de volver a ver la suya propia, ¡detrás de la palma encendida! ¿Quién que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma caída, no piensa en las viudas?

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