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13 min Historia Adulta Sobre Mujeres Y Hombre

¿En dónde habéis aprendido tan buenas razones? -«No vale el azor menos Por nacer en vil nío, Ni los decires buenos Por los decir judío». -respondió don Quijote-. Puede uno ser pobre y ciego, y hablar como don Santos de Carrión. -Como don Santos, sea -dijo Sancho-: ¿ahora qué dice vuesa merced si en este pradecico, al lado de este bienaventurado, les diésemos nosotros también un tiento a las alforjas? -No dices mal -respondió don Quijote-, ¿pero tendremos agua por aquí? -Y pura y dulce -dijo el ciego-: ¿no la oye vuesa merced a cuatro pasos? Don Quijote puso el oído y alcanzó un blando susurro que de entre unos árboles salía. -Es un arroyo -dijo-: el licor más saludable del mundo. -Y el más barato -repuso Sancho-. Pero no me hubiera resentido con mi señora doña Engracia de Borja, si nos hubiera acomodado con unos dos frascos de Alaejos y dos de Rivadavia. En verdad que uno viene como a convertirse y santificarse con una copa de Valdeiglesias tras un bocadillo astringente como esta longaniza. -No te aficiones a la bebida con tal fuerza -tornó a decir don Quijote- que vengas a emborracharte sin beber, como si realmente hubieras bebido. ¿Qué más da que uno robe o viva deseando robar? ¿Serás menos libidinoso si vives muriendo de día y de noche por la mujer de tu prójimo, que si de veras vinieres a corromperla? De este modo, tan borracho eres si andas siempre con la mira puesta al beber, como cuando efectivamente bebes. Y no te resientas; tú sabes el refrán que dice: A mozo roncero, amo severo. -Vuesa merced me fiscaliza los pensamientos -dijo Sancho- y me condena por ellos como a pecador conflicto y confeso.

58 min Como Una Niña Puede Disfrutar Anal

Vivir Como Una Niña Puede Disfrutar Anal A pesar de la abdicación que parecía haber hecho de todas las facultades, doña Marta, en los pocos asuntos que pudiéramos llamar de pura diplomacia, en los cuales, por su posición y conexiones, se veía precisada a entender, era siempre la mujer de talento superior y de amenísimo trato. El dolor que la producían estas violencias del espíritu, sólo ella podía pintarle. Tan insufrible debía parecerle, que habiéndosele prescrito los baños de mar como de necesidad inexcusable, al volver con su hija de tomarlos por segunda vez: -¡No más! -dijo al entrar en su casa-. ¡La muerte antes que esta violencia! Y la violencia consistía en tener que frecuentar el trato de amigos y parientes durante su permanencia en la ciudad, y corresponder a las molestas atenciones que siempre se consagran en el mundo a las madres ricas de las hijas solteras, aunque no sean tan hermosas y atractivas como Águeda. Sepultóse, al fin, en Valdecines, llena de pesadumbres y de achaques, y un año después acabáronse las unas y los otros, de la triste manera que ha visto el lector algunos s atrás. Ofensa muy grave hiciera yo al piadoso corazón de ese caballero si me entretuviera, después de todo lo dicho, en pintarle los grados del dolor sentido por la hermosa doncella al ver morir a su madre; pero ha de saber que, para aumentar este dolor, que tan fácilmente se concibe, hubo un manojito de espinas con que no contaba la huérfana. Pensó la desventurada que después de amortajar a su madre, cerrarle los ojos, poner entre sus manos yertas la bula y la cruz del rosario, y estampar un beso de despedida sobre su frente marmórea, podría desahogar el acongojado pecho rompiendo el dique a las lágrimas. De aquellos lances se daban pocos en Valdecines, y Águeda era el jefe de la casa. Tuvo, por consiguiente, que proveer a un sinnúmero de necesidades del momento, y responder a otras tantas preguntas crueles sobre el pormenor de los funerales, el número de curas, la calidad y la cantidad de los invitados forasteros. ¡hasta sobre el forro y las tachuelas del ataúd! Y pasó aquello, y vino el día del entierro y cuando el corazón se le partía en el pecho al ver que se llevaban a su madre entre cuatro tablas para dar pasto a los gusanos con aquellos míseros restos de la vida, comenzaron los saludos estúpidos, las caras grotescamente tristes, las falsas protestas de sentimiento. y como los visitantes eran forasteros y habían asistido al funeral, que se acabó al mediodía, hubo que servirles copioso agasajo, y hasta que presidir la mesa, ¡ella, que no se alimentaba sino de lágrimas! Yo no sé cuándo la sociedad ha de convencerse de que esas atenciones que consagra a los que lloran en casos tales son impertinencias que producen el efecto contrario; y es un dolor que ya que la sociedad sea incorregible en ese pecado, no se resuelva el afligido a decirla, atravesando la puerta de su hogar. -¡Vaya usted muy enhoramala! ¡No puedo con lo que tengo encima, y viene usted ahora a echarme todo el peso de sus sandeces!

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85 min Por Qué Conseguí Un Trabajo De Tetas

59 min Por Qué Conseguí Un Trabajo De Tetas Pero ¿qué te pasa para tener tanto miedo y temblar de ese modo? ¿Que quieres subir conmigo? Bueno, ven. Si a su tío le arrojaran de casa y le obligaran a acostarse en un dique -dijo míster Peggotty con el mismo orgullo de un momento antes-, creo verdaderamente que querrías acompañarle, pero pronto me va a suplantar otro, ¿no es verdad, Emily? Al subir un momento después, cuando pasé por el lado de la puerta de mi habitacioncita, que estaba sumida en la oscuridad, me pareció que Emily yacía tendida en el suelo; pero aun ahora no sé si era ella o si fue una ilusión de las sombras que confundían todo a mis ojos en las tinieblas de mi habitación. Tuve tiempo de reflexionar, mirando el fuego de la cocina, en el terror que inspiraba la muerte a la pequeña y linda Emily, y pensé que esa sería, unido a las otras razones que me había dado míster Omer, la causa del cambio que se había operado en ella. Tuve tiempo, antes de que apareciera Peggotty, de pensar con más indulgencia en aquella debilidad, mientras contaba los latidos del péndulo del reloj, percibiendo cada vez más la solemnidad del silencio que reinaba a mi alrededor. Peggotty me estrechó en sus brazos y me dio las gracias mil veces por haber venido a consolarla en su tristeza (fueron sus propias palabras), y me rogó que subiera con ella, diciéndome, entre sollozos, que Barkis me apreciaba mucho; que había hablado mucho de mí antes de perder el conocimiento, y que en el caso en que lo recobrara estaba segura de que mi presencia le alegraría si es que todavía podía alegrarse con algo en el mundo. Pero esto era cosa absurda, según me pareció cuando le vi. Estaba acostado con la cabeza y los hombros fuera del lecho, en una posición muy incómoda, medio apoyado en el cofre que le había costado tantas preocupaciones. Supe que cuando ya no había sido capaz de arrastrarse fuera del lecho para abrirlo, ni de asegurarse de que estaba allí por medio del bastón, como yo le había visto hacer, lo había hecho colocar encima de una silla al lado de su cama, donde lo tenía entre sus brazos noche y día. En aquel momento se apoyaba en él; el tiempo y la vida se le escapaban; pero conservaba su cofre, y las últimas palabras que había pronunciado para desechar sospechas eran: «Trajes viejos». -Barkis, amigo mío -dijo Peggotty con un tono que trataba de hacer alegre inclinándose hacia él, mientras su hermano y yo permanecíamos a los pies de la cama-, aquí está mi querido niño Davy, que fue quien sirvió de intermediario en nuestro matrimonio, con el que enviabas tus mensajes, ¡ya lo sabes! ¿Quieres hablar al señorito Davy? Continuaba mudo y sin conocimiento, como el cofre, que era lo único que daba algo de expresión a su fisonomía, por el cuidado celoso con que lo estrechaba. -Se va con la marea -me dijo míster Peggotty tapándose la boca con la mano. Mis ojos estaban húmedos y los de míster Peggotty también.

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600 mb Tirones Abuela Chupa Y Traga Cum

65 min Tirones Abuela Chupa Y Traga Cum No había casa en que las señoritas no anduvieran medio trastornadas; y por lo que hace a los alumnos, ni ellos estudiaban ni ese era el camino. Todo el santo día en aquel Miradero y en aquel Zocodover, alborotando e inventando diabluras. Don Suero no tronaba contra la Academia; pero en su interno sayo se condolía de la perniciosa ingerencia del militarismo en la historia patria. Y cada vez que Ángel dejaba traslucir en la conversación el cambio iniciado en sus ideas, ya ponderando la belleza del simbolismo católico, ya poniendo en las nubes las órdenes religiosas, el buen D. Suero, a quien se suponía instrumento de los jesuitas, lamentaba de boca para adentro que tal yerno se le escapase. ¡Un convertido, un hombre que decía lindezas elocuentes de San Francisco y de San Ignacio con la misma boca con que había predicado la libertad de cultos y otras herejías! Por supuesto, de todo tenía la culpa la tontuela de María Fernanda, que, en más de una ocasión, cuando Guerra expresaba con sincero entusiasmo sus recientes aficiones, le tomaba el pelo por cursi y anticuado, echándoselas de librepensadora, como si ello fuera también cosa prescrita en los figurines, y perteneciese al variable reino de las modas. Por todo esto veía D. Suero con desagrado la creciente misantropía de su pariente, su prurito de aislarse, y, como buen sabueso de la vida, olfateaba que aquello terminaría quizás en trastornarse rematadamente con la religión, y meterse en cualquiera orden monástica, la cual tendría buen cuidado de que, al entrar el individuo, fueran los santos cuartos por delante. En fin, que ni D. Suero hablándole de los deberes sociales, ni doña Mayor describiéndole los horrores del frío en el campo, pudieron disuadirle de su tema, y al cigarral se fue por el 22 o 23 de Diciembre, avisando antes al guarda de la finca para que preparase alojamiento. ¡Qué hermosura, qué paz, qué sosiego en el campo aquel pedregoso y lleno de aromas mil! Después de la nevada, vinieron días espléndidos, con aire leve del Nordeste: helaba de noche; pero por el día un sol bienhechor calentaba la tierra y todo lo que cogía por delante. Los árboles, fuera de los olivos y cipreses, no tenían hoja; pero crecían allí mil matas de un verde obscuro y ceniciento, y entre ellas, las rocas graníticas brillaban con los cristalillos de la helada, cual si hubieran recibido una mano de cal o de azúcar. El olivo sombrío alterna en aquellas modestas heredades con el albaricoquero, que en Marzo se cubre de flores, y en Mayo o Junio se carga de dulce fruta, como la miel. La vegetación es melancólica y sin frondosidad; el terruño apretado y seco; entre las rocas nacen manantiales de cristalinas aguas. El cigarral de Monegro o de Guadalupe no era de los más próximos al puente de San Martín, ni de los más lejanos.

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78 min Videos Gratis De Amateurs Caseros

720p Videos Gratis De Amateurs Caseros -Vamos, vamos, no se hable más de esto -dijo a la sazón doña Beatriz-, y, a propósito de ausencias, ¿sabe Ud. amiga doña Leonor, como nuestro buen amigo el cura don Eustaquio se nos marcha también a Madrid? -Sí, señora, le contaré a Ud. la historia: porque es una historia el motivo de su marcha. -Diga Ud. diga Ud. -exclamaron a un tiempo las dos señoras. Y doña Beatriz comenzó su historia después de sacar su caja de oro con el retrato de lord Wellington, y ofrecer un polvo a sus oyentes. Luisa, sentada en un rincón del aposento, procuraba serenarse, y don Francisco después de darla al oído algún consejo con la seguridad de la pronta vuelta de Carlos, se acercó también a la narradora para oír la historia de la partida del padre de don Eustaquio. La conversación se sostuvo más de una hora sobre este asunto; luego se habló del tiempo frío que estaba haciendo, de las enfermedades que producía en Sevilla, según relato del médico de doña Leonor, de la madre abadesa de las capuchinas que padecía horriblemente todos los inviernos; de una vista que la habían hecho doña Serafina y doña Beatriz; de lo que pensaban hablar en otra visita que proyectaban hacer a la reverenda madre; en fin, la noche se pasó con corta diferencia como las anteriores, y la pobre Luisa vio con sorpresa y dolor que lo que era poderoso a destruir su felicidad era un acontecimiento muy indiferente en sí. Mientras tanto, ella apacentaba su dolor con la contemplación de todos los objetos que le recordaban más vivamente a su marido. La silla que acostumbraba ocupar, los libros que había leído y que aún estaban esparcidos sobre la mesa. Luisa notó que uno de ellos tenía marcada con una cintita la página última que había leído Carlos, y tomó con disimulo la cintita que desde entonces no se apartó nunca de su pecho. Al despedirse las dos señoras no dejaron de repetirla los consuelos de costumbre, y doña Leonor la exhortó después seriamente a moderar un exceso de sensibilidad peligroso sino culpable, habiendo conseguido con su discurso sino calmar el dolor de Luisa, hacerlo parecer extremado e injusto a sus propios ojos. Acostose pensando en ello y diciéndose a sí misma que era, en efecto, una locura afligirse tanto por una corta separación, pero a pesar de sus exactos raciocinios su tierno corazón continuaba opreso de un sentimiento doloroso, y como que una voz interior la gritaba sin cesar que aquella separación destruiría para siempre la felicidad de su vida. ¿Y por qué hemos de combatir como una locura los presentimientos? El corazón tiene un instinto particular y previsor, y muchas veces lo que nos parece una aprensión de la fantasía, suele ser el anuncio anticipado por él de una enorme desventura.

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116 min Luchadores Extremos Desnudados En El Peso

59 min Luchadores Extremos Desnudados En El Peso P S. -Vuelvo a abrir esta carta para decirles que nuestro común amigo míster Thomas Traddles (que aún no nos ha dejado y que sigue muy bien) ha pagado la deuda y costes en nombre de la noble miss Trotwood, y que yo mismo y mi familia estamos en la cúspide de la felicidad humana. » Me acerco ahora a un suceso de mi vida, tan horrible, tan inolvidable, tan ligado a todo lo que llevo relatado en estas páginas, que desde el principio de mi narración lo he visto irse levantando como una torre gigantesca en la llanura, y dar sombra anticipada hasta a los menores incidentes de mi niñez. Muchos años después de ocurrido todavía soñaba con ello. Me impresionó tan vivamente, que aún ahora me parece que atruena mi tranquila habitación, en noches de calma, y sueno con ello, aunque cada vez con intervalos inseguros y más largos. Lo asocio en mi memoria con el viento tormentoso y con la playa, tan íntimamente, que no puedo oírlos mencionar sin acordarme de ello. Lo vi tan claramente como intentaré describirlo. No necesito hacer memoria; lo tengo presente como si lo viera, como si volviera a suceder de nuevo ante mí. Como se acercaba la fecha de la salida del barco, mi buena y vieja Peggotty vino a Londres a verme y a despedirse. Era nuestra primera entrevista después de mi desgracia, y la pobre tenía el corazón destrozado. Estuve constantemente a su lado, con su hermano y con los Micawber (pues estaban casi siempre reunidos), pero nunca vi a Emily. Una tarde, muy próxima ya su marcha, estando yo solo con Peggotty, y su hermano, nuestra conversación recayó sobre Ham. Peggotty nos contó la ternura con que se había despedido de ella y la tranquila virilidad, cada vez mayor, con que se había portado últimamente cuando a ella le parecía más puesto a prueba. Era un asunto sobre el que nunca se cansaba de hablar, y nuestro interés al oír los muchos ejemplos que podía relatar, pues estaba constantemente a su lado, igualaba al que ella tenía por contárnoslos. Mi tía y yo habíamos abandonado las dos casas de Highgate; yo, porque me marchaba fuera, y ella, porque volvía a su casa de Dover; y teníamos una habitación provisional en Covent Garden. Cuando volvía hacia casa después de aquella conversación, reflexionando sobre lo que había pasado entre Ham y yo la última vez que estuve en Yarmouth, dudé entre mi primer proyecto de dejar una carta para Emily, a su tío, cuando me despidiera de él a bordo, o si sería mejor escribirla en aquel mismo momento. Pensaba que ella podía desear, después de recibida mi carta, mandar conmigo algunas palabras de despedida a su desgraciado enamorado, y en ese caso yo debía proporcionarle la ocasión.

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13 min Fotos De Sexo Oral En La Playa.

750 mb Fotos De Sexo Oral En La Playa. -¡Dichosa tú si a tanto te atreves! Yo no tengo esa virtud. -Porque falta la fe. -En ti puse la mía, y en ti la tengo. -Ponla en cosa más alta, si no quieres perderla. -No podemos entendernos así, Águeda; yo mido un hecho con el criterio humano, y tú le contemplas desde los ideales de tu fantasía religiosa. Desciende por un instante al mundo de la realidad, y júzgame entre los hombres y con la razón de los hombres. El destino quiso que tú y yo nos halláramos, porque nos había arrojado a la vida para eso. No recuerdo cómo te lo dije, o si te lo dije con palabras; pero sé que cuando sentí que te amaba, ya lo sabías tú, como yo supe que era dueño de tu corazón sin que me lo confesaras. Desde entonces, nuestros pensamientos fueron limpio cristal para los ojos del alma; y mientras la tuya se recreaba en contemplar la pureza de los míos, comprendí que había en el mundo algo más grande y más hermoso que el amor a los aplausos y a la gloria; y era la gloria de ser amado por ti. Ni inquietudes, ni dudas, ni recelos, ni vacilaciones nos atormentaron jamás; como si fuéramos los únicos moradores de la tierra, el afecto que nos unió no podía tener otros partícipes que nosotros mismos. No fueron muchas ni largas nuestras entrevistas, ni el misterio ni el vano alarde las acompañaron; brotaba el amor de nuestros pechos sin esfuerzo ni violencia; una palabra sola bastaba para traer a los labios todo el corazón, como del grano depositado en la tierra brota la flor fragante al dulce calor de la primavera. Al alejarme de ti por largo tiempo, parecíame que no nos separábamos, pues si perdía de vista al sol, acompañábame su luz iluminando todos los horizontes de mi vida. ¿Cabe amor más puro ni más intenso, Águeda? Ésta, invencible y severa, no dijo una palabra. El otro continuó: -Hasta aquí lo llano y placentero; las auras perfumadas y el ritmo sublime de todos los cánticos de la naturaleza. Desde aquí, las sombras de la noche, el frío y la soledad. Un día, por virtud de extrañas sugestiones, o por los recelos que produce en el país el nombre que llevo, o porque el destino así lo decretó, tus creencias ortodoxas quisieron registrar el fondo de mi conciencia.

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99 min El Libro Grande Del Pene Vista Libre

88 min El Libro Grande Del Pene Vista Libre Era, además, costumbre del señorío circunvecino, que tan escasas cuenta las distracciones, concurrir por la tarde a las ferias, del mismo modo que a las romerías, aunque con menos boato. Nada, pues, había de extraño en la proposición de don Román, ni de particular en que la aceptase su hija; antes al contrario, tenía ésta, desde meses atrás, inexplicable complacencia en asistir a las fiestas del valle, como si en algunas de ellas esperara continuar el asunto que quedó pendiente en el baile del palacio de los Cárabos. Porque Magdalena estaba fluctuando entre impresiones de muy opuesta naturaleza. Si los viajes de Álvaro a Coteruco, si sus miradas, si sus saludos significaban lo que ella creía. Y deseaba, ¿por qué no se lo decía? ¿Qué juicio formar de aquel hombre que parecía adorarla, y al mismo tiempo huía de decírselo? ¿Qué pensar de aquel afecto que no ansiaba saber si era correspondido? ¿Huiría Álvaro de don Román? Entonces Álvaro no era digno de que Magdalena pensara en él. ¿Habría alguna razón especial que le impidiera ser más explícito, sin dejar de quererla bien y honradamente? En tal caso, era peligroso sostenerle en la confianza de que ella conocía ese amor y le aceptaba. Así cavilaba de continuo Magdalena, y cavilando estaba en lo propio cuando su padre la invitó a ir a la feria. Adornóse lo mejor y más pronto que pudo; y seguida de Narda, que debía acompañarla mientras don Román estuviese ocupado en la feria, echaron los tres camino de ella, libre, por ser la hora que era, de ganado y de feriantes. En tanto que don Román se internaba en la arboleda, buscando con ansiedad a su criado y a Gorión, Magdalena y Narda torcieron hacia el lado en que la romería se iba formando; punto en el cual se veían ya algunos y algunas elegantes del valle, discurriendo alrededor del corro en que bailaba la gente labradora al son de las panderetas. No tardó don Román en dar con lo que buscaba. Gorión, al verle, le saludó con un gestecillo de satisfacción, que al buen Pérez de la Llosía le supo a rejalgar; buscó en la cara de su criado la razón de aquel gesto, y la halló como de hiel y vinagre. He aquí lo que había pasado. De más de dos docenas de proposiciones que se habían hecho por las dos novillas de la cuestión, no había una en que la de don Román no quedase vencida por una diferencia que variaba entre doce y cinco duros.

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102 min Alberta B.c Campo Medic Oil Sexy -Aquí no hay nada -respondió este secamente, corriendo hacia los que cargaban y echándoles tal rociada de votos, juramentos, blasfemias y atroces invocaciones que hasta las gallinas escandalizadas de tan grosera brutalidad, murmuraron dentro de sus cestas. -Lo mejor será salir de aquí a toda prisa -dijo el caballero para su capote-. El conductor me anunció que ahí estaban las caballerías. Esto pensaba, cuando sintió que una sutil y respetuosa mano le tiraba suavemente del abrigo. Volviose y vio una oscura masa de paño pardo sobre sí misma revuelta y por cuyo principal pliegue asomaba el avellanado rostro astuto de un labriego castellano. Fijose en la desgarbada estatura que recordaba al chopo entre los vegetales; vio los sagaces ojos que bajo el ala de ancho sombrero de terciopelo viejo resplandecían; vio la mano morena y acerada que empuñaba una vara verde, y el ancho pie que, al moverse, hacía sonajear el hierro de la espuela. -¿Es Vd. José de Rey? -preguntó echando mano al sombrero. -Sí; y Vd. -repuso el caballero con alegría- será el criado de doña Perfecta que viene a buscarme a este apeadero para conducirme a Orbajosa. Cuando Vd. guste marchar. La jaca corre como el viento. Me parece que el señor D.

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