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13 min Nc División Del Envejecimiento Y Servicios Para Adultos

-¿Cuáles de vuesas paternidades son de misa, cuáles de coro? -De misa, señor, venimos hasta diez en este pelotón de la comunidad. Aquí tiene vuesa merced a fray Emerencio Caspicada, este religioso cuyos pies van a toca no toca, con ser su caballo tan grande como él mismo. Puesto al lado de la Giralda, no se sabe cuál es la torre y cuál el padre. Para la misa del gallo, señor, es el sacerdote que se conoce: se lo embaúla con plumas y todo, y la cresta la ofrece por el bien de sus antepasados. Intentó fray Emerencio echar a malas el asunto; pero ni don Quijote ni su interlocutor hicieron caso de él, y la información continuó de esta manera: -Este que vuesa merced ve a la derecha es el padre Frollo: hace dos meses le tenemos diciendo misa en seco, y transcurrirán ocho sin que la diga en mojado. Cuando ha de trasegar el vino al cáliz, se lo bebe en las vinajeras a pico de jarro: tal es su habilidad para la clerecía. -¿Esas trocatintas las comete de ignorante o de distraído? -¿Ignorante, señor? Hombre es que con cuatro días de anticipación sabe cuando ha de caer domingo, y pocas veces yerra. Ahora conozca vuesa merced a fray Damián Arébalo, este frailecito de ojos tanto cuanto desviados: la lumbrera del convento, filósofo, humanista, crítico sin par. Corrige las pes y las tes mal hechas, con erudición y desenfado. -Envidia, envidia, señor, es la envidia que me tienen -dijo el padre Arébalo sacando la cabeza-. No niego que haya censurado yo a cierto escritorzuelo, pero ha sido según todas las reglas del arte. Si viera vuesa merced las tildes que les pone a las eñes ese tonto, se destornillara de risa. ¿Y qué piensa vuesa merced que son esos cientopiés que ve allí estampados? Pues sepa que son las emes del famoso literato, cuyas efes asimismo parecen bayonetas.

45 min La Limpieza Definitiva Y El Dolor Anal De La Naturaleza.

DVDRIP La Limpieza Definitiva Y El Dolor Anal De La Naturaleza. También las orejitas, la garganta y los brazos se hacían notar por su forma, así como las manos, que generalmente tenía extendidas, en actitud cariñosa de acoger o implorar. Con ser tan acabada la hermosura de la niña, debo mayores elogios a su dulce genio, a su índole apacible y encantadora. Mientras mis gemelas alborotaban y echaban abajo la casa a berridos, ya porque el ama no se desabrochaba pronto, ya porque no las paseaban o no las acunaban en el momento crítico en que las daba la gana, esta otra recién venida se pasaba horas y más horas en calma absoluta, en perfecto estado de reposo, siempre con sus ojazos azules abiertos de par en par y sus manos gordezuelas extendidas. Jamás se oyó decir de ella que hubiese reclamado destempladamente el necesario sustento, ni que cometiese ningún desafuero en pañales o camisa. Su limpieza y pulcritud rayaban en maravillosas, y a Pura y a Mizucha solíamos decirlas, cuando comían con los dedos o se pringaban de sopa los hocicos: -Mira la Nené, que no se baba y no es una puerca marrana como tú. Y cuando había que cambiarlas el vestido o quitarlas unos pantalones húmedos: -La Nené nunca hace chis en la ropa. Es una monada ver lo aseadísima que se conserva. No rompe los vestidos ni los zapatos andando arrastra por la habitación. En electo, la Nené, pues con este nombre habíamos bautizado familiarmente a la huéspeda, guardaría intacto y fresquísimo su traje de raso rosa con encajes negros, si mis hijas, sobándola y abrazándola y desnudándola y vistiéndola otra vez, no la ajasen sus trapitos de cristianar. Por lo cual se determinó que convenía hacerla una bata de percal sencilla, para diario, que se encargaron de cortar mis hijas pequeñas, y salió como de tales manos, con cada candil que daba miedo. También se creyó que se la debía resguardar la ropita interior, y en lugar de la enagua y pantalones de deshilado muy tieso, con puntillas ordinarias, se la hizo una camisa de lienzo, y un refajo de franela, a causa del frío. Lo más meritorio de Nené, entre tantas buenas propiedades y ejemplares virtudes, era la sobriedad. Las tentativas de mis hijas de hacer comer fruta, probar una cucharada de dulce o deglutir un sorbo de vino, resultaron completamente frustradas. No la engolosinaban ni los caramelos: se dejaba embadurnar los carrillitos; pero en cuanto a abrir la boca para chuparlos. ni por asomos. En cambio dormía como una marmota. Indistintamente echaba su siesta en el sofá, sobre una mesa, reclinada en una butaca, debajo o dentro de una cama, en las posturas más incómodas, cabeza abajo, patas arriba, desabrigada o sin abrigo. Para hacerla conciliar el sueño, y que sus párpados recubriesen sus ojos lentamente, bastaba con tirar de un alambrito que tenía entre los dos omoplatos.

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37 min Videos Gratis De Chuparse El Coño Midgit La sabia genial era en la vida corriente, una mujer de cortos alcances, y solo presintió en su invención un medio de llamar al orden a los humanos, impidiéndoles que insistiesen en sus guerras; como si esto fuese posible quedando en manos del hombre la dirección de la Historia. El Comité supremo de las reivindicaciones feministas vio más claro que esta química ilustre y simplona. Se fue enterando minuciosamente de sus trabajos, y a continuación la guardó presa, con toda clase de miramientos, en una cueva del Club Feminista, para que no pudiese revelar su secreto a los hombres. ¡Qué envidia siento al pensar en las mujeres que presenciaron la más estupenda de las revoluciones! ¡Cuánto me hubiese gustado ver lo que vio mi madre, que era entonces una niña! Las muchachas más valerosas, acostumbradas a los deportes, montaron una mañana en varios aeroplanos, volando sobre toda la extensión del país. Cada avión llevaba un aparato de los inventados por la sabia providencial. Eran a la vista unas simples cajas de las que salían varios chorros de humo tenue y negro. Estas mangas, al descender del avión, iban pasando sobre la superficie de la tierra, y toda materia inflamable que tocaban, aunque estuviese defendida por paredes u oculta bajo el suelo, hacia explosión inmediatamente. Así, en unas cuantas horas volaron todos los arsenales, polvorines y depósitos de municiones existentes en nuestro país. Aquí, en la capital, el gobierno de los hombres, asustado por esta revolución catastrófica, intentó apresar al Comité feminista. Toda la guarnición marchó al asalto de nuestro Club. ¡Esfuerzo inútil! El Comité aguardaba tranquilamente en medio de la calle, armado de los famosos "rayos negros". Le bastó proyectarlos, para que una mitad de las tropas huyesen a la desbandada y la otra mitad quedase tendida en el suelo. Los soldados vieron como sus fusiles estallaban entre sus manos antes de disparar y como se inflamaban las cápsulas en sus cartucheras, acribillándolos de heridas mortales. Los que estaban más lejos, espantados por el fenómeno, arrojaban las armas y se despojaban de sus bolsas de municiones, viendo en el propio equipo militar un peligro de muerte. Los oficiales, impulsados por el orgullo profesional, gritaban: "¡Adelante!

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88 min Me Follé A Mi Primo Borracho

Mirar Me Follé A Mi Primo Borracho La Catedral es tan grande, que buscar en ella un convertido es como buscar una aguja en un pajar. III Ángel, en cuanto D. Francisco dijo el ite misa est, salió de la capilla y de la Catedral, y tomó la dirección del Locum, como si fuera a su casa; pero luego hubo de variar de propósito, y por la calle de la Tripería subió hasta San Juan de la Penitencia, para entrar por la parte del Sur atravesando el patio, que es de los más característicos de Toledo, y metiéndose en la sacristía, cuya puerta le abrió con muestras de respeto la mujer del sacristán. Allí estaba ya D. Tomé dispuesto para decir su misa. Todavía no había empezado a vestirse, y se paseaba en sotana a lo largo de la pieza, aguardando a que las señoras dieran la orden. No faltaban en la típica sacristía la cajonería de cuarterones, las cornucopias en aguamanil, las puertas pintadas de azul con vivos dorados, los sillones de vaqueta, el pedazo de alfombra antigua, ni los cuadros empolvados y ennegrecidos. El sacristán atizaba el brasero lleno de ascuas para cebar el incensario, y ya tenía el celebrante sus vestiduras y el cáliz sobre la cajonería. No hay que decir cuánto agradaban a Guerra la paz soñolienta y la tímida claridad de aquel recinto. Salió al fin el capellán al altar. La misa era cantada de un solo cura, y a la voz virginal y opaca del autor del Epítome, en quien Dios moraba, respondían las monjitas desde el coro con su salmodia compungida y catarrosa. ¡Qué diferencia entre la pobreza del culto en las olvidadas Franciscas y el esplendor aristocrático de las Bernardas de San Clemente! Pero aquel convento de San Juan había llegado a ser interesantísimo para Guerra, y más simpático y consolador que ninguno, porque el peregrino maridaje que ofrece de lo mudéjar y lo gótico, parecíale fiel espejo de la transición que en tales momentos era un hecho en su alma. En ésta la severidad y unción religiosas se combinaban también con las alharacas del mundano estilo. Durante la misa, a la que sólo asistían tres o cuatro personas, meditó mucho en su evolución o metamorfosis, la cual, después de iniciada, le resultaba menos difícil. Los primeros pasos le habían producido bienestar, cierta alegría pueril y novelera de esa que el mundo compara a la del chiquillo con zapatos nuevos. Reconoció que en los comienzos el culto sólo hablaba a sus ojos y oídos; pero también hubo de notar que no tardaba en herir las fibras del sentimiento, tendiendo a invadir poco a poco los espacios de la razón. Para esto era preciso un método especial que instintivamente puso en práctica desde los primeros días.

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67 min Esposas Blancas Amateur Follando Pollas Negras

H.264 Esposas Blancas Amateur Follando Pollas Negras El triunfo de los libertadores era la oración que cada uno elevaba a Dios desde el santuario secreto de sus pensamientos. Pero era tal la idea que se tenía de que los últimos parasismos de la dictadura serían mortales para cuantos vivían al alcance de su temible mano, que sus mas encarnizados enemigos deseaban que aquel triunfo fuese una obra pronta, instantánea, que hiriese en la cabeza al tirano, con la rapidez y prepotencia del rayo, para no dar lugar a la ejecución de las terribles venganzas que temían. Y cuando para conseguir esto se ofrecían a sus ojos los obstáculos de tiempo, de distancia y de cosas, aquéllos, los más concienzudos enemigos del dictador, temblaban en secreto de la hora en que se aproximase el triunfo. ¡Tal era el primer síntoma con que se anunciaba el terror sobre el espíritu! Así era la situación moral del pueblo de Buenos Aires en los momentos en que comenzamos nuestra historia. Y en esos instantes en que el alba asomaba sobre el cielo, según el principio de este , y en que el silencio de la ciudad era apenas interrumpido por el rodar monótono de algunos carros que se dirigían al mercado; un hombre alto, flaco, no pálido, sino amarillo, y ostentando en su fisonomía unos cincuenta, o cincuenta y cinco años de edad, caminaba por la calle de la Victoria afirmándose magistralmente en su bastón; marchando, con tal mesura y gravedad, que no parecía sino que había salido de su casa a esas horas para respirar el aire puro de la mañana, o para mostrar al rey del día, antes que ningún otro porteño, el inmenso chaleco colorado con que se cubría hasta el vientre, y las divisas federales que brillaban en su pecho y en su sombrero. Este hombre, sin embargo, fuera por casualidad o intencionalmente, tenía la desgracia de que la hermosa caña de la India con puño de marfil que llevaba en su mano se le cayera dos o tres veces en cada cuadra, rodando siempre hacia tras de su persona, cuyo incidente le obligaba a retroceder un par de pasos para cogerla, y, como era natural, a echar una mirada sobre las cuadras que había andado, es decir, en dirección al campo; porque este individuo venía del lado del oeste, enfilando la calle de la Victoria, con dirección a la plaza. Al cabo de veinte o veinte y cinco caídas del bastón, se paró delante de una puerta, que ya nuestros lectores conocen: era aquella por donde Daniel y su criado habían entrado algunas horas antes. El paseante se reclinó contra el poste de la vereda, quitóse el sombrero y empezó a levantar los cabellos de su frente, como hacen algunos en lo más rigoroso del estío. Pero por casualidad, por distracción, o no sabemos por qué, sumergió sus miradas a derecha e izquierda de la calle, y después de convencerse que no había alma viviente en una longitud de diez o doce cuadras a lo menos, se acercó a la puerta de la calle y llamó con el picaporte, desdeñando, no sabemos por qué, hacer uso de un león de bronce que servía de estrepitoso llamador. El ángel y el diablo. No será largo el tiempo que sostengamos la curiosidad del lector sobre el nuevo personaje que acaba de introducirse en nuestros asuntos. Pero entretanto, separándonos algo bruscamente de la calle de la Victoria, y pidiendo a nuestro buen viejo Saturno el permiso de no seguirlo esta vez en su mesurada carrera, daremos un salto desde el alba hasta las doce del día, de uno de esos días del mes de mayo, en que el azul celeste de nuestro cielo es tan terso y brillante que parece, propiamente hablando, un cortinaje de encajes y de raso; y apresurémonos a seguir un coche amarillo, tirado por dos hermosos caballos negros, que dejando la casa del general Mansilla, marcan a gran trote sus gruesas herraduras sobre el empedrado de la calle de Potosí. Y por cierto que no seremos únicamente nosotros los que nos proponemos seguirle, pues no es difícil que la curiosidad se incite, y las imaginaciones de veinte años florezcan más improvisamente que la primavera, cuando el pasaje fugitivo de ese coche da tiempo, sin embargo, a mirar por uno de los postigos abiertos una mano de mujer, escondida entre un luciente guante de cabritilla color paja, que más bien parece dibujado que calzado en ella, y un puño de encajes blancos como la nieve, que acarician con sus pequeñas ondas aquella mano, cuya delicadeza no es difícil adivinar. Pero la mujer a quien pertenece, reclinada en un ángulo del carruaje, no quiere tener la condescendencia que su mano, y la mirada de los paseantes no puede llegar hasta su rostro. El coche dobló por la calle de las Piedras, y fue a parar tras de San Juan, en una casa cuya puerta parecía sacada del infierno, tal era el color de llamas rojas que ostentaba. Entonces, una joven bajó del coche, o más bien salvó los dos escalones del estribo, poniendo ligeramente su mano sobre el hombro de su lacayo. Y su gracioso salto dio ocasión por un momento a que asomase, de entre las anchas haldas del vestido, un pequeñito pie, preso en un botín color violeta.

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Mirar Sitios De Citas Gay Gratis En Usa El Senegal, que tenía allí dos mil pies de ancho, se precipitaba con atronador ruido desde una altura de ciento cincuenta de este a oeste, y la línea de peñascos que se oponía a su curso se extendía de norte a sur. En medio de la cascada había rocas de extrañas formas, como inmensos animales antediluvianos petrificados entre las aguas. La imposibilidad de atravesar aquel abismo era evidente. Kennedy no pudo reprimir un gesto de desesperación. Pero el doctor Fergusson, en un tono de enérgica audacia, exclamó: -¡Todavía nos queda un medio! -Ya lo sabía yo -dijo Joe, con esa confianza en su señor que no le abandonaba jamás. La hierba seca le había inspirado al doctor una idea atrevida. Era el único recurso. Volvió rápidamente con sus compañeros al punto donde se había quedado la envoltura del aeróstato. -Les llevamos al menos una hora de delantera a los bandidos -dijo-. No perdamos tiempo, compañeros; recoged hierba seca, mucha hierba seca; necesito por lo menos cien libras. -preguntó Kennedy. -Como no tenemos gas, cruzaremos el río utilizando aire caliente. -¡Ah, mi querido Samuel! -exclamó Kennedy-. ¡Eres verdaderamente un gran hombre! Joe y Kennedy pusieron manos a la obra y en un momento reunieron una enorme pila de hierba junto al baobab.

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98 min Chicos Gay Que Quieren Enviar Mensajes De Texto —¡Pero si no nos enojamos! —No importa. No se pongan así. Porqué no hablan de otras cosas. Me da miedo. —Miedo, ¿de qué? — preguntó Alejandra. —No sé. Me parece que se han vuelto locos. Los dos soltaron la risa. —¡Qué encanto! —dijo Roberto mirándola emocionado. Y luego, dirigiéndose a Alejandra: —Cada vez que ella dice algo así, no se imagina usted el bien que me produce. —¡Oh. ya lo había advertido! —dijo algo irónica y alejándose discretamente. Cuando quedaron solos, Roberto pasó uno de sus brazos por el cuello de su novia y le dio un beso en la boca. Los labios de Elsa no se movieron.

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79 min Trabajo Porno Mano Gratis Corridas El ilustre Momaren ha sido joven, como todos, y guarda la tristeza de un gran desengaño amatorio. Por eso muchos consideramos a Golbasto como el primero de nuestros poetas heroicos y a Momaren como el más exquisito de nuestros poetas de amor. Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiración y el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe; piense que tan poderoso personaje ha ordenado la producción de este hermoso volumen solo por serle grato, haciendo trabajar en el durante cuatro días a todos los pintores y encuadernadores que dependen de la Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien puede influir sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo para que le permitan viajar por toda la República acompañandome en mis conferencias, medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes. Prometió Edwin a su traductor cumplir exactamente tales recomendaciones, y después de la comida de mediodía aguardó, con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos, la llegada del jefe de la Universidad y su cortejo. Durante tan larga espera se entretuvo escuchando, gracias a su aparato auditivo, los gritos y las canciones de los servidores, que se movían como insectos en el fondo de la Galería. Después que toda esta gente hubo comido cerca de las cocinas, el estrépito fue en aumento, cortándose de vez en cuando el vocerío de los pigmeos con las órdenes que gritaban sus diversos jefes. Al fin se cansó de este zumbido de colmena en desorden, y sacándose de la oreja el microfonito aparato, quedó envuelto en un dulce silencio, estremecido apenas por lejanos e indefinibles murmullos. Se iba adormeciendo Gillespie, cuando le estremeció un gran ruido de muchedumbre, haciéndole volver a la realidad. Vio como una masa de curiosos formaba un semicírculo en torno a la fachada de cristal del edificio, completamente abierta, que le servía a el para entrar y salir. Numerosos jinetes contenían a estos curiosos para que dejasen paso franco al ilustre visitante. Avanzó primeramente un grupo de doctores jóvenes, que eran muchachas en traje masculino, llevando como único emblema de su grado el gorro universitario. Algunas de ellas, esbeltas y gallardas, tenían un andar marcial que revelaba su aflicción a los deportes, pero las más mostraban cierto parentesco físico con el doctor Flimnap. Las había enjutas de cuerpo, con un gesto ácidamente triste, como si el fuego del saber hubiese consumido en su interior toda gracia femenina. Otras eran gruesas, pesadas y miopes, contemplándolo todo con asombro infantil, lo mismo que si hubiesen caído en un mundo extraño al levantar su cabeza de los libros. Detrás de este escuadrón estudioso apareció la litera en forma de lechuza, dentro de la cual iba el ilustre Momaren. El profesor Flimnap marchaba junto a la portezuela de la derecha, conversando con su ilustre jefe, honor público gozado por primera vez, que le hacía caminar titubeante, con el rostro empalidecido por la emoción. Cerraban la marcha graves matronas universitarias, con togas negras.

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110 min Como Divertirse Haciendo Pipi

HDTVRIP Como Divertirse Haciendo Pipi Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se le quedó en el cuerpo lo que quería decir, y antes llegaron a la pobre escalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para ser esposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega. Aquella noche fue cruel para Juanito. La pasó en vela, revolviéndose inquieto en su cama, y declarando en voz alta que era el más cobarde de los hombres. Parecía imposible que un mocetón con unas barbas que causaban espanto fuese tímido como un seminarista. ¡Y pensar que todos tenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato que se declaró a Amparo con la mayor facilidad. ¡Cómo se reirían de él sus hermanas si conocieran sus timideces! Sólo esto faltaba para que todos los de casa le creyesen un imbécil. Pero pronto se sabría quién era él. Y animado por una resolución hija del amor propio, pasó todo el día siguiente en la tienda distraído, sin atender a las ventas, ansiando que llegase la hora de acompañar a su casa a Tónica. Caía una lluvia fina cuando fue a apostarse en la calle de Serranos, cerca de la casa donde trabajaba la joven. A las ocho la vio salir, andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta en la penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz parecía esparcir tinieblas. Bien comenzaba la entrevista. Tónica se resistió a aceptar el paraguas de Juanito; no podía consentir que el joven se mojase por complacerla a ella; y en cuanto a ir los dos juntos bajo aquella cúpula de seda. sólo en pensarlo la producía rubor y hacía que echase su cuerpo atrás, como para huir de un peligro. Pero la expresión de angustioso ruego de Juanito pareció convencerla. Bueno; aceptaba su invitación porque le creía un joven formal y honrado. Pero ¡Dios mío!

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ULTRA HD 4K Ver Sexo Y Zen 2 Online ¿Habrá venido con el bestia de Perico? Ha venido con Fructuoso Manrique, ese caballerete semejante a un palo del telégrafo que, según me dijo El Empalmao (q. g. h. , era novio de Dorita. -Graziella es mujer donosa y atractiva. Entiende de cábala y se divierte con hechicerías que embelesan y cautivan el ánimo. -¡A quién se lo cuenta usted! -exclamó don Florestán-. En Cartagena, mediante el estipendio de cinco duros, le hice yo una copia del Manual Hebraico de Salomón Safetir, donde están todos los signos, trazos y garabatines que sirven para el barrunto y adivinación de lo venidero, y para saber lo que está pasando a cien mil leguas de distancia en la esfera terráquea. Apenas llegó aquí, la Graciella puso taller y despacho de adivinanzas, con tan buena mano que allí tiene un jubileo de mujeres del pueblo y de señoras de alto copete, que van a que les eche las cartas para descubrir los enredos de amantes o maridos. -¿Estará haciendo su agosto? Cuando le pagan bien trae a a los animales del Zodíaco, el Carnero, el Toro, el Escorpión,el Macho Cabrío, y a los que no son animales comoGéminis y Libra o la Balanza que, entre paréntesis, es el signo que presidió mi nacimiento, por lo cual estoy destinado a defender y hacer triunfar la justicia. Mi misión es no tener descanso hasta conseguir que la maldita mano muerta no se apodere por inicuos legados de lo que no es suyo. Cuando usted tenga un rato disponible le daré a conocer las cartas que estoy escribiendo al General Pavía, al General Serrano, al señor García Ruiz y al señor Martos, señalándoles el camino que deben seguir para que las leyes tocantes a la herencia no sean conforme al capricho de una vieja loca, sino ajustadas al fuero de Naturaleza.

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