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100 min Reglas De Medicare Para El Cuidado De Adultos En El Hogar.

Los prados están risueños y matizados con todos los colores, bajo la luz clarísima que los baña: es el manto de la esperanza extendido sobre la tierra, con toda su riqueza, con todos sus caprichos, como el cendal de las ilusiones, sobre el alma enamorada de la mujer en su primera vida. Todo allí es bello, suave y amoroso; es el contraste vivo de la naturaleza moral de la ciudad vecina. Pero bajemos. Hay una cosa más bella y amorosa todavía. Hay un contraste más vivo y más latente; una mistificación de la fortuna o de la desgracia; o mas bien, una bellísima ironía de cuanto está sucediendo en esos momentos: Amalia. Amalia mintiendo felicidad, sin creerla ella misma. Amalia bella como nunca. Apasionada como el alma del poeta. Tierna como la tórtola en su nido. Derramando una lágrima del corazón sobre su propia felicidad, y feliz con su llanto. Misterio de Dios y del destino. Presa disputada por la desgracia y por la dicha, por la vida y la muerte. Entremos. El salón de la encantada quinta ha recobrado su elegancia y su brillo. La luz del sol, bañando, amortiguada por las celosías y cortinas, el lujo de los tapices y los muebles; las nubes de ámbar que exhalaban las rosas y violetas entre canastas de filigrana, jacintos y alelíes entre pequeñas copas de porcelana dorada, y el silencio interrumpido apenas por el murmullo cercano del viento entre los árboles, todo hacía el salón de Amalia una mansión, al parecer destinada a las citas del amor, de la poesía y la elegancia. Allí no estaba la diosa de aquella gruta. Con su cabello destrenzado pero rodeando en desorden su espléndida cabeza, vestida con un batón de merino azul oscuro con guarniciones de terciopelo negro, sujeto a su cintura por un cordón de seda, que hacía traición al seno de alabastro, y al pequeño pie, oculto entre unas chinelas colchadas de raso negro, la joven estaba en su tocador, con su pequeña Luisa.

29 min Andy Warhol Fondo De Mi Jardín

TVRIP Andy Warhol Fondo De Mi Jardín De un año a otro, aquellas ciénagas, cubiertas de espadañas y de papiros de quince pies de altura, desaparecen bajo las aguas del lago. Con frecuencia, las poblaciones ribereñas también quedan semisumergidas, como le sucedió a Ngornu en 1856; en la actualidad, los hipopótamos y los caimanes se zambullen donde antes se alzaban las casas. El sol derramaba sus deslumbradores rayos sobre aquellas aguas tranquilas, y al norte los dos elementos se confundían en un mismo horizonte. El doctor quiso comprobar la naturaleza del agua, que por espacio de mucho tiempo se creyó salada. No había ningún peligro en acercarse a la superficie del lago, y la barquilla descendió hasta rozar el agua como una golondrina. Joe metió una botella y la sacó medio llena. El agua tenía cierto gusto de natrón que la hacía poco potable. En tanto que el doctor anotaba el resultado de su observación, a su lado sonó un disparo. Kennedy no había podido resistir el deseo de enviarle una bala a un gigantesco hipopótamo. Éste, que respiraba tranquilamente, desapareció al oírse el estampido, sin que la bala cónica hiciese en él ninguna mella. -Mejor hubiera sido clavarle un arpón -dijo Joe. -¿Y dónde está el arpón? -¿Qué mejor arpón que cualquiera de nuestras anclas? Para un animal semejante, un ancla es el anzuelo apropiado. Joe ha tenido una idea. -dijo Kennedy.

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114 min Chica Obtiene Semen En Su Boca

Descargar Chica Obtiene Semen En Su Boca Enrique tuvo que volver por él, afirmando que el asunto era difícil y que no merece censura, sino aplauso, el que le estudia con ahínco y con amor a la verdad, aunque se equivoque: que no deben reírse los que no saben nadar, ni se echan al agua, de los que por nadar se aventuran y se ahogan; y que sólo yerra el que aspira, y que sólo da caídas mortales el que tiene arranque y valor para encumbrarse y subir. De esta suerte, encontró doña Luz un poderoso aliado para sus perpetuas disputas con el médico, cuyo inveterado positivismo no cedía jamás ni daba lugar a una conversión, pero cuyo concepto del saber, de la elevada inteligencia y de la bondad del Padre, era mayor cada día. Si esto pensaba el adversario y el incrédulo, ¿qué no pensarían los creyentes, los que profesaban las mismas ideas, aquellos en cuyo favor el P. Enrique tan hábil y cortésmente peleaba? La veneración, el entusiasmo, la admiración por el P. Enrique, fueron subiendo en todas aquellas almas, y más que en ninguna en el alma entusiasta, solitaria y aislada de doña Luz. Creíale un tesoro de santidad, un dechado de todas las virtudes, y un pozo inagotable de ciencia. Cuando el Padre hablaba, quedábase ella suspensa oyéndole, y se apartaba de todo y se reconcentraba a fin de no perder ni un acento y de comprender el más hondo sentido de su discurso. Su afán de saber se despertó como nunca, comparándose con el Padre y notando cuán ignorante ella era: y, aunque el Padre no hacía ostentación de su ciencia, ella le excitaba a que hablase, con mil preguntas, a las que el Padre, por más que por modestia lo repugnara, tenía al fin que responder. La vida de las plantas, el movimiento de los astros, el sistema del mundo, la historia de los pueblos, de sus emigraciones, lenguas, creencias y leyes, todo era objeto de las preguntas de doña Luz, y a todo se veía obligado a responder el P. A veces salía doña Luz de paseo con Pepe Güeto y doña Manolita, cuya luna de miel se prolongaba de un modo poco común, y mientras los esposos iban de burla o de risa, delante o detrás, y en interminable cuchicheo, el Padre, que los acompañaba, sostenía con doña Luz un coloquio grave, que a ella le parecía amenísimo, instructivo y sublime. Los médicos habían amenazado al P. Enrique hasta con la muerte si volvía a Filipinas antes de hallarse completamente repuesto. La permanencia, pues, del P. Enrique en Villafría, había de ser de dos o tres años. Él se había repuesto mucho, pero estaba aún delicado.

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113 min Películas Gay Gratis No Se Requiere Membresía Entre los allí refugiados había un chico de tipo gitanesco, vivaracho y más listo que el hambre, el cual salía y entraba a cada momento, trayéndome noticias de lo que ocurría. Por aquel galopín supe que se habían apoderado los sitiadores de la Carretería y calles inmediatas, saqueando casas y tiendas con infernal estrépito. Supe también que los carlistas quisieron parlamentar junto al Instituto; pero el Brigadier don José de la Iglesia, Gobernador Militar de la Plaza, hombre tan chiquitín como bravo, les mandó a escardar cebollinos. Mientras el chiquillo andaba recorriendo los sitios donde más empeñada era la lucha, mi patrón, dolorido y suspirante, me dijo: «Caballero, nos quedamos sin agua. Esos cafres han cortado el acueducto en el caserío de la Cueva del Fraile». La patrona, llorando, agregó: «¡Ay, Virgen Santísima, mañana no habrá ya pan en Cuenca! El poco que amasaron hoy se lo arrebata la gente en la calle, y los pobres que están batiéndose no tienen qué comer». Por la tarde, volvió despavorido el chicuelo contándonos que había un fuego horroroso en la cuesta de Tarros, Matadero, Jardín de las Carteras, Retiro, San Miguel y las Angustias, con la mar de muertos y heridos. Una vieja que vino después nos dijo que los Voluntarios, con el cañón que habían puesto en una de las ventanas del Instituto, estaban abrasando a los carcas. Otra vieja, con las sayas en la cabeza, compareció ante nosotros y nos largó un relato terrorífico del fuego que hacían los carlistas desde las casas contiguas a las puertas del Postigo, Valencia y convento de la Concepción. Los pobres carabineros, soldados y voluntarios que defendían aquellos lugares caían como moscas. La noche fue pavorosa. Los insectos y la fetidez de las habitaciones atestadas de gente expulsáronme de la casa. Bajé a la calle, prefiriendo que me matase una bala a morir de asfixia y asco. Tirado en el suelo, entre un ciego, dos lisiados, un sin fin de mujeres, y rapaces medio desnudos, me enteré de que los caribes que llamaban Zuavos habían intentado vadear el Huécar, siendo rechazados por unos cuantos Lanceros. Las llamas de los incendios daban a la ciudad un aspecto de siniestra desolación. El hambre, el miedo y el cansancio me obligaron a meterme en el zaguán de una casa, y arrimándome a un bulto que debía de ser un durmiente envuelto en mantas, descabecé algunos sueños.

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52 min Porno Lesbico Gratis Para Ver Ahora Era curioso que con míster Wickfield estaba siempre nerviosa, y parecía tenerle miedo. Cuando venía a vernos por la tarde, evitaba siempre aceptar su brazo para volver a su casa, y me pedía a mí que la acompañara. A veces, cuando atravesábamos alegremente el patio de la catedral sin esperar encontrar a nadie, veíamos aparecer a Jack Maldon, que se sorprendía mucho de vemos. La madre de mistress Strong me entusiasmaba. Se llamaba mistress Mackleham; pero los chicos solían llamarla el Veterano, por la táctica con que hacía maniobrar contra el doctor al numeroso batallón de sus parientes. Era una mujercita de ojos penetrantes, que llevaba siempre, cuando iba muy vestida, una toca adornada con flores artificiales y dos mariposas, también artificiales, que revoloteaban alrededor de las flores. Se decía entre nosotros que aquella toca procedía, seguramente, de Francia y, en efecto, su origen debía de ser de aquella ingeniosa nación; pero lo que sé con certeza es que aparecía por las noches por todas partes por donde mistress Mackleham hacía su entrada, pues tenía un cestito chino para llevarla de una casa a otra. Las mariposas tenían el don de revolotear con sus alas temblorosas como las abejas laboriosas, aunque al doctor Strong sólo le ocasionaba gastos. Observaba al Veterano, y conste que no adopto el nombre por faltarle al respeto, con toda comodidad una noche que se me hizo memorable por otro incidente que también voy a relatar. El doctor daba aquella noche una reunión de despedida en honor de Jack Maldon, que se marchaba a las Indias, donde iba como cadete en un regimiento o algo parecido, habiendo terminado por fin aquel asunto míster Wickfield. Ese día era también el cumpleaños del doctor. Hacíamos una fiesta y le habíamos hecho nuestro regalo por la mañana. El número uno había pronunciado un discurso en nombre de todos los alumnos y le habíamos vitoreado hasta quedar roncos, lo que le había emocionado haciéndole llorar. Y ahora, por la noche, míster Wickfield, Agnes y yo veníamos a tomar el té en su compañía. -He olvidado, doctor -dijo la madre de mistress Strong cuando nos hubimos sentado-, felicitarle en este día, como es de rigor, aunque en mi caso esto no es una fórmula; permítame desearle muchas felicidades para este año y muchos que le sigan. -Muchas gracias, señora -contestó el doctor. -Muchos, muchos, muchos años de felicidad -dijo el Veterano-, no solamente por usted, sino también por Annie, por Jack Maldon y por otras muchas personas.

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75 min Jade Hsu Medias Pis Cerca -Ya lo tengo también. -Recomiéndele usted mucho al señor Don Felipe que lea el borrador con toda atención y haga en él las alteraciones que crea convenientes. -Muy pocas tendrá que hacer, madre abadesa, porque las obras de Su Reverencia deben ser completas, acabadas, perfectas. -¿Si usted quiere leer el borrador? -Con el mayor placer, madre abadesa. -Pero léalo fuerte; me gusta mucho oír leer lo que yo escribo. -Esa es propensión de todos los sabios y sabias de este mundo -dijo Don Cándido desdoblando el papel, en el cual leyó en seguida: Jesús Excelentísimo Señor. Rogamos al Dios del cielo y de la tierra, Soberano Rey que da rigor al brazo victorioso de Vuecelencia, para que reporte nuevos triunfos sobre sus encarnizados enemigos que acaban de invadir el país, y para que sean pulverizados por Vuecelencia bajo la protección de la divina Providencia. En todas nuestras oraciones elevamos votos al Ser Supremo porque se consumen todas las glorias de Vuecelencia sin peligro de su vida, ni de su importante y preciosa salud. Y que, abrasado en el divino amor en que arde, viva eternamente para la felicidad de sus pueblos. Estos son los votos que a nombre de toda la comunidad de las pobres Capuchinas, hace al cielo y los trasmite a Vuecelencia en Buenos Aires, a de agosto de 1840. Sor Marta del Rosario, Indigna Abadesa. -¡Magnífico está, madre abadesa! -¿Lo halla usted bueno? -No lo haría mejor el señor Don Felipe, a pesar de su inmensa sabiduría y elocuencia. -Vaya, pues, muchas gracias, señor Don Cándido. -¿Entonces no ordena Su Reverencia nada más?

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79 min Instituto De Investigación De Los Fiscales Estadounidenses Asalto Sexual Eran unos tres mil duros, y con esta cantidad pensaba encontrar la salvación. El optimismo tornaba a apoderarse de su ánimo, como una reacción necesaria tras tantas horas de insufrible dolor. Aún tenía salvación. Se alejaría de aquella familia que sólo era en apariencia suya, pero a la cual no le ligaba lazo alguno; se casaría con Tónica, buscaría una tienda modesta y emprendería otra vez la conquista azarosa y difícil del dinero, teniendo por maestro a don Eugenio y siguiendo los procedimientos lentos y rutinarios del comercio a la antigua. No sería millonario, no soñaría con palacios en el Ensanche y brillantes trenes de lujo; pero al llegar a la vejez se pasearía por una tienda acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el mostrador, como activos dependientes, y a Tónica, hermosa a pesar de los años, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animándole el arrugado rostro. Y el pobre muchacho conmovíase ante este cuadro de futura felicidad; y así como antes el dolor le hacía llorar, ahora suspiraba con angustia a causa de la alegría. Cruzó el espacio un silbido rápido, estridente, un ruido semejante al desgarro de inmensa sábana, y en lo más alto del cielo, después de una detonación de lejano cañonazo, esparcióse un haz de puntos luminosos de diversos colores, que descendieron lentamente, dejando tras sí culebrillas de fuego. Eran los cohetes voladores que anunciaban el disparo de los fuegos artificiales. Juanito, con la atención de un muchacho, seguía las vertiginosas curvas de aquellas veloces rayas de fuego en el obscuro espacio. Cuando comenzaron a arder con gran estruendo los fuegos artificiales en un extremo de la feria, él no abandonó su asiento. Estaba molido; sus piernas entumecidas negábanse a obedecerle, y la debilidad y el cansancio le producían, en ciertos momentos, algo así como asomos de vértigo. Toda la feria adquiría un aspecto fantástico alumbrada por las bengalas, que tan pronto la coloreaban de alegre rosa como daban a las personas un tinte lívido. Un rugido de entusiasmo saludó el principio de la traca, diversión favorita de un pueblo que ha heredado de los moros la afición a correr la pólvora. Pendiente de los árboles daba la vuelta al largo paseo aquella envoltura de papel rellena de pólvora, colgando a trechos los blancos cucuruchos que contenían los truenos. Durante media hora repitió el eco aquel estruendo de batalla. Las mujeres, puestas de pie sobre las sillas, miraban con nerviosa curiosidad la nube de humo erizada de relámpagos que se acercaba, dejando tras sí un ambiente cargado de azufre y voladoras pavesas; y cuando el estruendo llegaba frente a ellas, cubríanse los rostros con los abanicos, hundían la cabeza en el pecho, o sin dejar de reír, llevábanse las manos a los oídos, como si no pudieran resistir el trueno continuo, cuya intensidad subía o bajaba, llegando en algunos instantes, con la violencia de la explosión, a hacer el vacío, dejando sin aire los pulmones. La fiebre levantina enloquecía a los nietos de los rífenos, y eran muchos los que, con la blusa chamuscada, sacudiéndose la lluvia de pavesas, corrían siguiendo la marcha del fuego, deteniéndose para silbar al pirotécnico cuando la traca se cortaba, apagándose por algunos segundos.

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83 min Im In Luv Song Stripper Wit Conservarla en el grado preciso para que pueda tomar la forma deseada, sin que se quiebre o se deshaga entre las manos, es el misterio del arte de la educación. Con este tino consiguió la discreta señora dirigir a su gusto el corazón y la inteligencia de su hija hasta formarla por completo a su semejanza. Verdad que se prestaba a ello la dócil masa de la despierta niña; pero en esa misma docilidad estaba el riesgo cabalmente. Que esta educación se fundó sobre los cimientos de la ley de Dios, sin salvedades acomodaticias ni comentarios sutiles, se deduce de lo que sabemos de la maestra, aunque está de más afirmarlo tratándose de una ilustre casa de la Montaña, todas ellas, como las más humildes, regidas por la misma ley inalterada e inalterable. En lo que se distinguió esta madre de otras muchas madres en casos idénticos, fue en su empeño resuelto de explicar a su hija la razón de las cosas para acostumbrarla, en lo de tejas arriba, a considerar las prácticas, no como deberes penosos y maquinales, sino como lazos de unión entre Dios y sus criaturas; a tomarlas como una grata necesidad del espíritu, no siempre y a todas horas como una mortificación de la carne rebelde. De este modo, es decir, con la fuerza del convencimiento racional, arraigó sus creencias en el corazón. Así es la fe de los mártires; heroica, invencible, pero risueña y atractiva; ciega, en cuanto a sus misterios, no en cuanto a la razón de que éstos sean impenetrables y creíbles. Es de gran monta esta distinción que no quiere profundizar la malicia heterodoxa, y de que tampoco sabe darse clara cuenta la ortodoxia a puño cerrado. Por un procedimiento análogo, es decir, estimulando la natural curiosidad de los niños, consiguió doña Marta inclinar la de su hija, en lo de puro adorno y cultura mundana, al lado conveniente a sus propósitos; y una vez en aquel terreno, la condujo con suma facilidad desde el esbozo de las ideas al conocimiento de las cosas. Libros bien escogidos y muy adecuados, la ayudaban en tan delicada tarea; al cabo de la cual, Águeda halló su corazón y su inteligencia dispuestos al sentimiento y a la percepción, único propósito de su madre, pues no quería ésta a su hija erudita, sino discreta; no espigaba la mies, preparaba el terreno y le ponía en condiciones de producir copiosos frutos, sanos y nutritivos, depositando en él buena semilla. Algunos viajes hechos por Águeda, oportunamente dispuestos por su madre, la permitieron comparar, a su modo, la idea que tenía formada del mundo con la realidad de él; y como ya para entonces la previsora maestra la había enseñado a leer en las extensas páginas del hermoso suelo patrio, convencióse la perspicaz educanda de que dice mucho menos la ciudad con sus estruendos, que la agreste naturaleza con su meditabunda tranquilidad. No exageraba su madre cuando la aseguraba, con un famoso novelista, que en todo paisaje hay ideas. ¡Cuántas encontraba Águeda entre los horizontes de su lindo valle! Y he aquí de qué manera consiguió doña Marta arraigar en su hija el amor al suelo nativo, otro de sus intentos más meditados, por juzgar el caso de suma trascendencia. Concluida la educación de Águeda, comenzó su madre la de su otra hija, venida al mundo diez años después que aquélla, y en los tanteos andaba, no más, de la candorosa y rudimentaria inteligencia de la niña, cuando la muerte asaltó la risueña morada de aquel venturoso grupo, hiriendo a la figura que más descollaba en él y mayor espacio ocupaba en el hogar. Todo parecía haberlo previsto la noble dama, menos este insuperable infortunio. Como decreto de Dios, le aceptó con la frente humillada; pero la Naturaleza reclamó su tributo de lágrimas y dolores, y la viuda se lo pagó al cabo con exceso.

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12 min Chupame En El Carro hoy una palabrita y seis mañana, habrá ido insinuándose y atreviéndose poco a poco, hasta despertar en ti. -¡Él? -exclamó Nieves, reviviendo de pronto por la virtud de aquella injusta suposición de su padre. -Él, sí -insistió éste con verdadera saña-. ¿De qué te asombras? -De que seas capaz de creer eso que dices, -respondió Nieves más serena ya-. ¡Él, que es la humildad misma! Se le había de presentar hecho y aceptado por nosotros todo cuanto tú supones, y no había de creerlo. Te juro que no me ha dicho jamás una sola palabra de esas, y que ni le creo capaz de decírmela. -Pues entonces, ¿qué hay aquí? -Y ¿lo sé yo acaso, papá? Tú mismo le has traído a casa; tú mismo me has ponderado mil veces sus prendas y sus talentos; si yo me ha confiado a él y le he tomado por guía en unas ocasiones, y por maestro y confidente en otras, por tu consejo y con tu beneplácito ha sido. Tratándole con intimidad y a menudo, como le he tratado delante de ti, casi siempre, he visto que vale mucho más de lo que juzgábamos de él, y que es capaz de dar hasta la vida por nosotros sin la menor esperanza de que se lo agradezcamos. Todo esto sé de él. ¿Tiene algo de particular que yo lo sepa con gusto y que me complazca con el trato de un mozo de tan raros méritos? Pues no hay más, papá, y en eso se estaba cuando me anunciaste la venida del otro. -Y ahí está el dedo malo precisamente -replicó Bermúdez arañándose las palmas de las manos con las respectivas uñas-.

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70 min Hombres En Cuartos De Ducha Xxx

99 min Hombres En Cuartos De Ducha Xxx Tras de Halconero permanecía rígido y mudo Jerónimo Ansúrez: su rostro castellano, de austera y noble hermosura, que podía dar idea de la resurrección de Diego Porcellos, de Laín Calvo o del caballeresco abad de Cardeña, expresaba un vago renacer de grandezas atávicas. Primera parte -Había sufrido el rico labrador de la Villa del Prado un ataque ligero de parálisis, meses antes de lo que ahora se cuenta. Fue un aviso de su naturaleza apoplética recomendándole que se moderase en el comer. Sujeto a un régimen de sobriedad por su cara esposa, tasaba sus atracones en la comida y particularmente en la cena, con lo que se le compuso aquel desarreglo, quedándole sólo el achaque de tartamudear en los momentos de viva emoción o de coraje, y la inseguridad de piernas. La prudente Lucila le recomendó aquella tarde (22 de Octubre, si no miente la Historia) que no tomase tan a pecho la guerra que se anunciaba, pues él no estaba para bromas, ni podían hacerle provecho los malos ratos que suelen darse los patriotas por saber quién gana o pierde las batallas. No podía someterse el buen señor a este criterio, porque las glorias de su patria le importaban más que la vida, y prefería morir de un reventón de gusto a vivir en la indiferencia de estas glorias ahora refrescadas. Aquella noche, cenando y empinando más de lo determinado por la discreta Lucila, se dejó decir que España entraría en Marruecos por una punta y saldría por otra, no dejando títere ni moro con cabeza en todo el imperio. Y no debían los españoles contentarse con hacer suya toda la tierra de berberiscos, y abatir sus mezquitas y apandar sus tesoros, sino que al volverse para acá victoriosos, debían dejarse caer como al descuido sobre Gibraltar, y apoderarse de la inexpugnable plaza antes que la Inglaterra pudiese traer acá sus navíos. Una vez dueños del famoso peñasco, quedaría bien zurcido aquel jirón de la capa nacional, y ya podíamos los españoles embozarnos muy a gusto en ella. También en el viejo Ansúrez hervía la efusión patriótica; mas no eran sus demostraciones tan infantiles como las de Halconero. Su espíritu reflexivo, dotado de tanta claridad y agudeza que fácilmente penetraba hasta la entraña de todas las cosas, ponía en el examen de la anunciada guerra el sentido más puro de la realidad. «Buena será esta campaña -decía-, y debemos alabar al señor de O'Donnell por la idea de llevar nuestros soldados al África; que así echamos la vista y el rostro fuera de este patio de Tócame Roque en que vivimos. ¡Con doscientos y el portero, que ya nos apesta la política, siempre el mismo sainete representado en los mismos corredores de vecindad! Bien, muy bien. Pero esta guerra será dura, y nos ha de costar trabajo volver con provecho y gloria. No es el moro enemigo de poca cuenta, y en su tierra cada hombre vale por cuatro.

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