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86 min Una Noche Adulta De Shel Silverstein

Es aragonés, solterón y joven todavía, pero algo acabado. Detesta la profesión tanto como a la villa, y ni siquiera trata de disimularlo. Las acusaciones suyas son dicterios y palizas contra todo lo que trae entre manos, hasta la ley, que no le da cuanto necesita para despacharse a su gusto. Para él no hay atenuantes ni eximentes. Siempre pide el máximum de la pena para toda clase de delitos. Cuando habla de Villavieja, la acusa del mismo modo, porque está deseando que le echen de la carrera y de aquí. Pone cada mote que no le levanta nadie, por lo bien que cae. Tiene talento y gracia y se deja querer, porque, después de todo, es un lagarto muy apreciable, hombre de bien y de trato muy ameno. Antes jugaba mucho al tresillo; ahora se le halla casi toda la noche y parte de la tarde fumando y tomando café en una mesa, cerca de la de billar, viendo cómo juegan el hijo del boticario y el Ayudante de Marina, hablando con ellos a su modo a ratos, y a ratos con dos abogados y un médico, jóvenes, de lo más culto y tratable que hay aquí, y conmigo, que solemos acompañarle. »Para concluir, mi señor don Alejandro: continúan los cerdos revolcándose en las calles sin empedrar, y las gallinas picoteando el césped del encachado de la plaza; el casón histórico, llamado de los Capellanes, se desplomó en abril del año pasado; está mal sostenido con puntales lo que queda del convento de Premostratenses; se va a apuntalar la fachada norte de las Casas Consistoriales, y en la calle del Cáncamo se abrió de repente una sima, tres años hizo en febrero, y sin rellenar se encuentra a la hora presente. »Con esto y lo que se adivina, ya sabe usted de Villavieja casi tanto como su muy obligado y afectísimo amigo q. l. CLAUDIO FUERTES Y LEÓN. V: Quince días después Aquella mañana madrugó don Alejandro casi tanto como el sol, y eso que era el de los días más largos del mes de junio, de los «de por san Juan».

21 min Como Hornear Pechuga De Pollo Rebozada

103 min Como Hornear Pechuga De Pollo Rebozada Maston y sus compañeros habían llegado al fondo del Pacífico, Pero nada vieron a no ser un desierto árido, que ni la fauna ni la flora marítima animaban ya. A la luz de sus lámparas provistas de fuertes reflectores, podían observar las oscuras capas de agua en un radio muy extenso, pero el proyectil permanecía invisible para ellos. Es imposible describir la impaciencia de aquellos atrevidos buzos. Como su aparato se hallaba en comunicación con la corbeta, hicieron una señal convenida de antemano, y la Susquehanna paseó por espacio de una milla la cámara, suspendida a unos cuantos metros del suelo. En esa forma exploraron toda la llanura submarina engañados a cada instante por ilusiones de óptica que les traspasaban el corazón. Aquí una roca, allí una desigualdad del suelo; les parecía el proyectil deseado; pero luego reconocían su error y se desesperaban. —Pero ¿dónde están? ¿Dónde están? —exclamaba J. Maston. Y el infeliz llamaba a gritos a Nicholl, Barbicane y. Miguel Ardán; ¡como si sus pobres amigos pudieran oírle, y menos responderle, a través de aquel medio impenetrable! Así continuaron las investigaciones, hasta el momento en que el aire viciado obligó a los buzos a subir. Esta operación duró desde las seis hasta las doce de la noche. —Hasta mañana —dijo J.

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49 min Rubia Flaca Toma Dick Negro Largo

24 min Rubia Flaca Toma Dick Negro Largo Al salir a mi encuentro, doña Flora y la condesa estaban aturdidas de puro asombradas. ¿Cómo has salido de la casa? -exclamó la condesa, besándola con ternura-. A Gabriel debemos sin duda esta buena obra. -Qué placer es estar junto a usted, querida primita -dijo Inés sentándose en el sofá de la sala tan cerca de Amaranta, que casi estaba sobre sus rodillas-. Me olvido de la falta que he cometido huyendo de mi casa, y los gritos de mi conciencia son ahogados por la gran felicidad que ahora siento. Estaré un ratito, un ratito nada más. -Gabriel -dijo Amaranta con el rostro inundado de lágrimas- ¿cuándo sale la expedición? Yo pediré permiso para marchar en ella y nos llevaremos a Inés. -¡Huir! -exclamó la muchacha con terror-. Yo apareceré a los ojos de todos como una criatura sin pudor que deshonra y envilece a su familia. Volveré a casa de doña María. -¡Fuera engañosas apariencias! -grité yo-. Por más que vuelvas a todos lados la vista, no encontrarás más familia que la que en estos momentos te rodea.

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74 min Chicas En La Playa Nudista De Nueva York

61 min Chicas En La Playa Nudista De Nueva York El momento llega, sin embargo, súbito, inesperado. El corazón fascinado no ha comprendido los síntomas precursores de su llegada, y muchas veces dudamos todavía, aun después de tocar la terrible verdad. El corazón parece asirse con mayor tenacidad a la ilusión que se le escapa. Así, Luisa, en presencia de aquél que tan venturosa la había hecho y podía hacerla aún, creía imposible la duración de su desventura. Pero cuando dejaba de verle, cuando contaba en la soledad de su cuarto horas interminables de ansiedad, cuando volvía los ojos en torno suyo sin encontrar un seno amigo donde reclinar su cabeza atormentada, entonces faltábala resistencia y saliendo de su habitual mansedumbre osaba quejarse al cielo. No es justo que una pobre mujer sea oprimida por tanta desventura. Mientras tanto, pasaban días y días, y ninguna mudanza se operaba favorable a Luisa, por el contrario, su situación era cada vez más desgraciada. Un día, a la hora en que se acostumbraban a comer, Carlos, que se paseaba por la sala, entró de pronto en el gabinete en que ella se hallaba sumida en triste cavilación: -¡Y qué! -la dijo con mal disimulada impaciencia-. ¿No comemos hoy? -Nuestro padre -respondió Luisa- no ha salido todavía de su aposento. -¿Y qué hace? ¿en qué se ocupa? -repuso Carlos con enfado-.

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114 min Megan Qt Videos Desnudos De Cámaras Web Sin Censura

500 mb Megan Qt Videos Desnudos De Cámaras Web Sin Censura Pero no me pregunte cuándo será, pues si yo lo supiera, no se lo diría. Adiós, adiós. Mi enhorabuena». Y se metió en el cuarto, donde sufría larga y enfadosa detención, según Calpena supo luego, un tal Civit, compinche en otros días de Aviraneta, y que después se lanzó a trabajar por cuenta propia. Jamás salía de su cuarto. El cabo que servía a los de preferencia, contó a Fernando que el Sr. Civit se pasaba todo el día y parte de la noche escribiendo. ¿Qué hacía? ¿Fabricaba constituciones, formaba listas de proscripción o listines de empleados nuevos? Nunca se supo. A la hora señalada por Rufete bajó Fernando al patio, y si él fue puntual, más lo fueron los otros: en el mismo sitio del primer conocimiento les encontró, y apenas le vieron, abalanzáronse a recibirle, alentados por la presencia del más benigno de los cabos, el tal Resplandor, hechura de la Masonería del año 20. El jaquetón de sombrero ancho y botas, con patillitas de boca e jacha, quiso distinguirse por lo cariñoso y expresivo. Saludó con acento andaluz, que a Calpena le pareció afectado y mentiroso. En efecto: el señor Canencia, vástago de una dinastía de conspiradores que venía alborotando desde la francesada, era un andaluz muy crúo, natural. de Candelario. Pero habiendo rodado por Sevilla y Cádiz, algo también por Melilla, adoptó la pronunciación de aquellas tierras, por creerla más en armonía con sus pensamientos audaces, revoltosos y su natural pendenciero. Ceceaba por presunción de guapeza; su andalucismo era más de cuarteles madrileños que de sevillanos bodegones.

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47 min Mujeres Siendo Atadas Y Azotadas

63 min Mujeres Siendo Atadas Y Azotadas -preguntó por desviarle de la cólera. -La virtud está no solamente en la espada -respondió don Quijote- sino también en el brazo que la menea. Si por la espada, ahí tienes la de Brabonel, señor de Rocaferro; ahí la de don Duardos, padre de Palmerín de Inglaterra; ahí la de Celidón de Iberia; ahí la de don Belianís de Grecia; ahí la famosa Balisarda de Reinaldos de Montalbán. Todas estas eran espadas encantadas que, al primer golpe, hacían del enemigo diez pedazos. Si por el brazo que la mueve, mira allí al caballero del Cisne, a don Amadís de Gaula, a Félix Marte de Hircania. Y Rugero ¿no hacía migas yelmos y corazas, hombres y caballos a cada golpe de los suyos? El Cid Rui Díaz, en la batalla de Alcocer, le dio tal espadada al moro que había herido al caballo de Alvar Fáñez, que cabeza, brazos y pecho vinieron a tierra, y quedaron jineteando las piernas, de la cintura para abajo. «Violo mío Cid Rui Díaz el castellano; Acostos' a' un alguacil que tenía buen caballo: Diol' tal espadada con el so diestro brazo, Cortol' por la cintura, el medio echó en el campo». ¿Pues qué hizo el caballero del Febo con el moro que guardaba el castillo donde estaba encantado su padre, sino partirle de un fendiente en dos mitades, y echar la una al un lado, la otra al otro? Viendo que la abundancia de don Quijote en esta materia no estaba cerca de agotarse, Sancho Panza quiso doblar esa hoja y preguntó: -¿Y esa que acaba de ganar vuesa merced al porquerizo, qué arma es, señor, y qué se propone hacer de semejante pieza? -Esta es una pieza curiosísima, amigo Sancho: con ella te metes de hoz y de coz en medio del más numeroso ejército, y si el brazo te falta, das con este cuerno un estallido que espanta y pone en fuga a tus contrarios, quienes, traspasados de terror, se despeñan por derrumbaderos y precipicios. Este es el cuerno con que Astolfo libró de las mujeres homicidas a Marfisa, Aquilante y Sansoneto, cuando la sanguinaria Orontea había resuelto la perdición de esos andantes. Ahora mismo puede llegar la ocasión de utilizar este buen cuerno, si es que me falta la espada en la aventura que se nos viene a las manos. ¿Ves esa fortaleza de acero que se levanta sobre esa colina? Dígote, Sancho, que es un palacio donde alguna mágica poderosa tiene encantados a algunos caballeros muy principales; o quién sabe si no es más bien morada de esas gigantas maliciosas que tienen por costumbre encerrar en una torre para muchos años a los caballeros que se rehúsan a quererlas, y los mantienen con pan y agua hasta cuando blandean y se entregan. Si después de haberlas vencido les otorgo la vida, allí mismo las pondré yo, y las haré encanecer en sus propios calabozos. -¿Y eso será con el mismo fin con que ellas secuestran a los señores?

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77 min Gangbang Pelirroja Jennifer Tetas Grandes Tubo Y como el anuncio no tenía contestación, el redactor se quedó en su puesto mientras los primos se colocaron entre las parejas del vals. Dos de ellas quedaron al fin dueñas del campo: Florencia y su compañero, Amalia y Daniel. Florencia y Amalia, eran, más bien que dos mujeres, dos ángeles que volaban rozando la tierra con sus alas. Florencia, radiante, animada. Amalia, tranquila, impulsada por la voluptuosidad de la música y del movimiento. Una y otra, sostenidas en el brazo de su compañero, no pisaban la alfombra, se deslizaban en ella como dos sombras, como dos creaciones del espíritu. Las miradas de todos las seguían, se perdían con ellas en los giros fugitivos del vals, y se afanaban en vano por descubrir, bajo las nubes de seda y blondas, el pie delicado y flexible en que se apoyaban aquellos céfiros de amor, que pasaban junto a todos como suspiros de la música, como emanaciones de la luz. De improviso cesó la música, y de improviso, como paradas por una voluntad superior, las dos jóvenes cesaron en su rápido movimiento, y las dos, al brazo de su compañero, dieron una vuelta por el salón, tan tranquilas, como si acabasen de levantarse de su asiento. Florencia tenía pintadas de rosas sus mejillas. Amalia estaba bañada de la palidez del nácar. Florencia estaba bellísima. Amalia, divina. Las dos amigas sentáronse juntas en un ángulo del salón, y a pocos instantes Manuela, del brazo de Agustina, se acercó a Amalia. Daniel permanecía de pie delante de su amada y de su prima. Manuela presentó a Agustina, quien con los labios se dirigía a Amalia y con los ojos a la hermosa perla que sujetaba los espléndidos cabellos de la tucumana. Sentáronse juntas las cuatro jóvenes, y mientras Manuela entretenía la conversación con Florencia, Agustina se ocupaba en hacer pregunta sobre pregunta a Amalia, sobre el vestido, sobre las cintas, los encajes, etc.

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72 min Nicholas Lane E Islas Vírgenes Británicas

51 min Nicholas Lane E Islas Vírgenes Británicas ¡Sarah! ¡Sarah, rígida, terrible con su impasibilidad violenta, a un paso de nosotros! Lucía se ha apartado de mí con un instinto de terror. -¿Leyendo? -dice Sarah. La chiquilla nos domina. Se acerca y mira, sobre la falda de Lucía, la estampa de Doré. -hace a su vez cubriéndose púdica la cara entre las manos. Y sin decir nada más, absolutamente nada más. gira, marcha lenta el poco espacio que hay a la escalera, en su actitud de niña avergonzada. Y desaparece. Yo la he seguido en la sombra de los ojos todo el odio. todo el odio de su impávida faz sonriente, de trágica, de cómica increíble. -exclama Lucía solamente, interrogándome, aterrada de mi espanto, más que del suyo.

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