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¡Que almuerzan conmigo! Y si le estorbase al señor Doctoral almorzar, por las horas de coro, que le aguardo a las tres para el café, y que cenará aquí. Ninguno pudo acudir a almorzar. A las tres, llegaron radiantes. Intentaron un retrasado pésame, que sonaba a enhorabuena. -Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de felicitación -advertí-. No lo oculten, puesto que lo piensan. Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fue un momento sabroso, en que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado. Empecé a hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida! -¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en tiempo, una librita de molido, porque mis recursos. ¿Buen cambiazo, eh? ¿Qué tal, si le hago a usted caso y entro monja? No, no se excuse; su intención era buena, de fijo, las circunstancias mandan en nosotros. Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada.

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15 min Gratis Cum Tragar Videos Porno De Probadores Aún en pleno día no hubiera sido visible la arista de las Montañas Azules. En medio de aquella oscuridad no era posible distinguir nada, ni de responder los gritos que se elevaban de todas partes. Grupos azorados, hombres, mujeres, niños, trataban de reconocer los caminos practicables, y se empujaban unos entre otros en un indescriptible tumulto. De aquí y de allí oíanse voces de espanto. -¡Es un temblor de tierra! -¡Es una erupción volcánica! -¿De dónde viene? - ¡Del Great-Eyry! Y hasta Morganton se corrió la noticia de que piedras, lava y escoria llovían sobre el campo. Hubieran debido de reflexionar que en el caso de una erupción, aquel estrépito sería formidable; las llamas aparecerían sobre la cresta de la montaña; los surcos de lava incandescente brillarían en medio de las tinieblas. Pero nadie pensaba serenamente, y los espantados aseguraban que sus casas habían sentido las sacudidas del suelo. Era también posible que aquella trepidación obedeciera a la caída de algún bloque rocoso enorme que se hubiese desprendido de los flancos de la cordillera. Todos esperaban, presa de mortal inquietud, dispuestos a huir a Pleasant-Garden o Morganton. Transcurrió una hora sin nuevos incidentes. Apenas si una ligera brisa del oeste, detenida en parte por el largo macizo de los Apalaches, se hacía sentir a través del fino follaje de las coníferas aglomeradas en las tierras pantanosas. Cesó el pánico, y cada cual disponíase a volver a su casa. Nada había ya que temer, a juzgar por el sosiego de la tierra, y sin embargo, todos anhelaban ver llegar las luces de la aurora. Parecía fuera de duda que algún enorme bloque habíase precipitado de las alturas del Great-Eyry. Así que cuando amaneciese sería fácil asegurarse del hecho recorriendo la montañosa cadena en una extensión de algunas millas.

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1080p Polla Coño Posada Puta Dormir - Temo, gentleman, que sus ojos, acostumbrados a abarcar únicamente las cosas enormes, no lleguen a distinguir los detalles y delicadezas de una mujer pequeña como yo. Y el profesor, al decir esto, se ruborizaba, bajando los ojos. Al fin, una tarde, al salir del plato-ascensor, recomendó a dos servidores que cargasen con un disco de cristal llegado con ella. Era del tamaño de una rueda de carreta, y había sido labrado en el Palacio de Ciencias Físicas de la Universidad Central. Flimnap se excusó de traer con retraso esta lente, que había prometido para el día anterior. - No es mía la culpa, gentleman. El profesor de Física tuvo esta mañana un hijo, y esto le ha hecho retrasar unas cuantas horas la entrega del cristal. Aprovechó la ocasión Gillespie para preguntar algo que le traía preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ¿Cómo habían conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo a los asuntos públicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad? -dijo Flimnap-. Eso podía ser un problema en otra época, cuando la ciencia estaba aun en sus descubrimientos elementales. La maternidad entre nosotros no representa ya más que una corta molestia. Un simple resfriado da más que hacer y obliga a mayores perdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que más ha favorecido nuestra emancipación. Las mujeres solo tienen que preocuparse por unas horas del acto maternal, e inmediatamente vuelven a sus trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor de Física debe estar a estas horas trabajando en su laboratorio. - Pero ¿quién cuida a los hijos?

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600 mb Gran Abuso Gay Negro Sobre Blanco Miss Mills movió la cabeza. Aquella muda concesión de miss Mills me animó a preguntarle si en el caso de que se presentara la ocasión de atraer la atención de Dora hacia las condiciones de ese género necesarias a la vida práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss Mills consintió con tan buena voluntad, que le pedí también si no querría encargarse del libro de cocina y hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora sin asustarla demasiado. Miss Mills se encargó de la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa. Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me pregunté si verdaderamente había derecho de ocuparse en detalles tan vulgares. Y además, me amaba tanto, estaba tan encantadora, sobre todo cuando hacía a Jip tenerse en dos patas para pedirle su tostada y ella hacía como que le iba a quemar la nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla, que terminé considerándome como un monstruo que hubiera venido a asustar al hada en su bosque, cuando pensaba en cómo le había hecho sufrir y en las lágrimas que había derramado. Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus canciones francesas sobre la imposibilidad absoluta de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que nunca que era un monstruo. Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un momento antes de retirarme miss Mills aludió por casualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la desgracia de decir que tenía que trabajar y que me levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era sereno en algún establecimiento particular; pero aquella noticia causó una gran impresión en su espíritu, y dejó de tocar y de cantar. Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y me dijo con su aire mimoso, como podía habérselo dicho, según me pareció, a su muñeca. No te levantes a las cinco; eso no tiene sentido común. -Tengo que trabajar, querida. -Pues no trabajes; ¿para qué? Era imposible decir de otra manera queriendo a aquel lindo rostro, sorprendido, que había que trabajar para vivir. -¡Oh, qué ridiculez! -exclamó Dora. -¿Y cómo viviremos si no, Dora?

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27 min F Diversión Familiar K9 M Pis Play Yng Y qué ¿serás tú de los que ayuden a la tropa en la grandiosa obra de nuestro aplastamiento? -Yo no soy militar. No haré más que aplaudir cuando vea extirpados para siempre los gérmenes de guerra civil, de insubordinación, de discordia, de behetría, de bandolerismo y de barbarie que existen aquí para vergüenza de nuestra época y de nuestro país. -Todo sea por Dios. -Orbajosa, querida tía, casi no tiene más que ajos y bandidos, porque bandidos son los que en nombre de una idea política o religiosa, se lanzan a correr aventuras cada cuatro o cinco años. -Gracias, gracias, querido sobrino -dijo doña Perfecta palideciendo-. ¿Con que Orbajosa no tiene más que eso? Algo más habrá aquí, algo más que tú no tienes y que has venido a buscar entre nosotros. Rey sintió el bofetón. Su alma se quemaba. Érale muy difícil guardar a su tía las consideraciones que por sexo, estado y posición merecía. Hallábase en el disparadero de la violencia, y un ímpetu irresistible le empujaba, lanzándole contra su interlocutora. -Yo he venido a Orbajosa -dijo- porque Vd. me mandó llamar; Vd. concertó con mi padre. -Sí, sí es verdad -repuso la señora interrumpiéndole vivamente, y procurando recobrar su habitual dulzura-. No lo niego. Aquí el verdadero culpable he sido yo. Yo tengo la culpa de tu aburrimiento, de los desaires que nos haces, de todo lo desagradable que en mi casa ocurre con motivo de tu venida.

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117 min Kosher Sexo Paul Brody Por Judaísmo Debían hallar un límite, y ya lo ve. acaban de encontrarlo. ¡en lo más nimio y punto menos que previsto. en un poco más de sombra, en un poco más de hora en el reloj, en un poco más de soledad en esa plaza! Deténgome, porque tengo que ir recogiendo en fondos profundos de mí mis sensaciones. Separándonos tres pasos, y ella escucha con la cabeza baja, con la mano en el respaldo. un poco también en la abrumada actitud que si oyese a una conciencia,. -como ella me dijo aquella noche. Parécela, indudablemente, que lo que digo, que lo que haya de decir, lo arranco también de su carne, de su alma. Y digo -sin más que trasladar de mi alma y de mi carne sus lamentos: -Yo partiría, y partiría ahora con una imagen rota en mezquinos miedos: la de usted. Aquella mujer impávida que yo hubiese tenido siempre en la memoria como admirable y raro femenino paladín de todas las gallardías. ¡de todas! de todas. incluso la de saber escuchar dueña de sí y dominada y sin turbarse ni de pasiones ni de espantos (como cualquier Sarah o como cualquier tímida) que yo, que yo, Lucía, la. la adoro. -gime, tendiendo, como a acallar mi voz, una mano y doblando a la otra la frente. Gime. y llora.

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350 mb Reportero Sexy Caliente En Hln Nuevo Porque hay muchas maneras de hacer las cosas. ¿no te parece, papá? No contesté, y la niña, adivinando que me entristecía aquello, se quedó también callada, bajando los ojos, de los cuales se desprendió límpida gota. Volviendo a los terribles instantes en que perdí a Ilduara, diré que arrostro las burlas de mi siglo, -que pone en solfa el amor entre cónyuges ya viejos, cuando la antorcha amorosa lanzó su destello último- y declaro que me quedé sumido en melancolía profunda. No calculaba yo mismo el lugar que ocupaba en mi existencia la compañera de tantos años. Ella regía casa y hacienda, y si bien las regía con poca suavidad, no por eso ha de negarse que su firmeza y su vigilancia eran sanas y útiles. Podríase comparar a mi Ilduara con un corsé emballenado y recio, que si oprime, sostiene. Pero aparte de este que no sé si llamé dolor egoísta, el dulce y natural imperio de la costumbre me hacía sufrir a cada instante al ver el sitio frontero de la mesa ocupado por Tula, y al hallarme de noche solo en un lecho que me parecía de nieve. Perderían el tiempo y el pecado los maliciosos: mis soledades de viudo eran espiritualísimas: ningún estímulo vil me acuciaba: procedía mi nostalgia de un sentimiento puro y elevado, compuesto de lo mejor de mí mismo, barajado con otros sentimientos prosaicos, de conveniencia, de rutina afectuosa si se quiere, pero hondamente arraigados, indestructibles. El encontrarme tan solo, tan alicaído, tan desquiciado moral y materialmente, me aproximó a doña Milagros. Libre de la preocupación de que el trato con la comandante pudiese ocasionar celosos desvaríos, me entregué sin escrúpulo al consuelo de oír y ver a una señora que tan especial afecto me demostraba, y más aún que a mí, a mis hijos, y particularmente a las gemelillas, de las cuales puede decirse que no se apartaba casi. Mi amorosa lástima de los huerfanitos vestidos de luto que veía a mi alrededor, mis inquietudes por su porvenir; mi prurito de que fuesen dichosos, se convirtió en apasionada gratitud hacia doña Milagros, que obraba el prodigio de reanimar nuestra casa, siendo el único rayo de luz que entraba en mi hogar velado por tétricos crespones. En aquellos días de dolor, nostalgia y prueba, además de la pareja de ángeles que me dejó mi compañero como recuerdo vivo de sus últimos instantes, vino a aposentarse en mi casa otro ser impecable e inocente. Describiré su físico, con toda la prolijidad que merece belleza tan divina. Tenía esta lindísima criatura el cabello abundoso, rubio, de un matiz de oro cendrado, formando tirabuzones y caprichosas sortijillas alrededor de la frente, la cual era tersa, lisa y blanca como el alabastro más puro. Rodeaba sus ojos azules tan grandes que parecían mayores que la boca, una selva de curvas y negrísimas pestañas. Miraba con serena dulzura, algo atónita. Su naricilla era perfecta, redondeada y con meseta en la punta como las de las esculturas clásicas; bajo la nariz, un hoyo suave anunciaba las carnosidades y curvaturas de la imperceptible boquita, rehenchida como dos mitades de guinda, roja lo mismo que coral; y entre ella brillaban los dientes blancos, menudos y tan parejos, que su igualdad causaba asombro. No era menos sorprendente la pureza del contorno de sus mejillas, ni el arrebol siempre igual, limpio y delicadamente difuminado que las coloreaba.

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43 min Que Esposa Con Nuevo Amante Porno Hoy es distinto. ¡Había habido hueva en el remanso! Riose Raúl de la ocurrencia, echose la escopeta al hombro y se alejó diciendo: -Adiós Roberto. Espero que nos volveremos a ver. Encaminose enseguida a pasos largos, con el morral pendiente de un costado, a una colina próxima. Pocas cuadras más allá encontrábase Selim con el carruaje. Raúl hízole una seña. Selim era un cambujo vigoroso de veinte años, en cuyo rostro resaltaban los rasgos del indio sobre los del negro, acentuados y enérgicos, con sus pómulos salientes, los labios delgados, el hueso frontal un poco hendido en su parte superior y enarcado de una manera notable sobre las cuencas; ojos negros, pequeños y brillantes, de mirar rápido y vivo, bigote ralo, crespo y retorcido, y cuello ancho y robusto bien plantado en un tronco formidable por lo macizo del esqueleto y del músculo. Difícilmente se encontraría mejor conductor de cuadriga en un juego olímpico, ni auriga más diestro en una confusión de vehículos de plaza. Sabía afirmarse bien en los lomos de un redomón, y sujetar por el bocado un tronco rebelde, y aun correrse por la lanza, hasta ceñir con sus dedos cortos y fornidos, a manera de tenazas, las narices de los potros, que al fin daban con ellas en los guijarros, llenos de roja espuma. Había nacido enmedio de las sierras de los Tambores, en una de aquellas habitaciones pajizas levantadas sobre algunas rocas de las vertientes, colgantes del abismo, sacudidas por las rachas de los ventisqueros, como un nido de buitre; y aunque habíase trasladado desde muy joven a Montevideo, contrayendo otros hábitos y costumbres, conservaba algo de las energías indómitas, propias de la savia semisalvaje que circulaba por sus venas. Astuto, leal y entendido, granjeose desde el principio la simpatía de Raúl, por quien él sentía respeto y afecto profundo. Acudió en el acto al llamado, guiando un ligero break, a propósito para excursiones de este género. Raúl le dio el morral. -Pesa -dijo Selim. -Muy poco, apenas una docena de patos. Sólo he hecho dos disparos. -Eso dije yo, señor. El monte va perdiendo hasta los escondrijos, y la caza está huida; si quedan nutrias y aves viajeras, ya es mucho aventurar.

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