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107 min Letras De Apple Bottom By Flowriders

-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no es así, señora? -insistió míster Chillip. Miss Murdstone sólo le contestó con un frío saludo, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un rincón, llevándome consigo y sin volver a desplegar los labios. Observo esto porque lo observo todo; pero no me interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa. Ahora las campanas empiezan a sonar, y míster Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peggotty me lo había contado) se llevaron a mi padre a aquella misma tumba, después de prepararle en la misma habitación. Somos pocos: nada más míster Murdstone, nuestro vecino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con su carga en el jardín y van delante de nosotros por el sendero, debajo de los árboles. Pasan la verja y entran en el cementerio, donde tan a menudo he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano. Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de todos los demás días y la luz de otro color, de un color más triste, y hay allí un silencio solemne, que a mí me parece que lo hemos traído de casa con el féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos, oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la persona para mí más querida de todos los que quedan en la tierra y a la que en mi infantil corazón estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho bien» Hay muchos rostros conocidos entre la gente aquella, rostros que recordaba de la iglesia cuando sicmpre miraba alrededor, rostros que habían sido los primeros en ver a mi madre cuando llegó a la aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a su enamorado, que está cerca de mí. Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se alza ante nosotros tan bonita como siempre, no ha cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena no es nada en comparación a lo que siento ahora. Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber un poco de agua, y cuando le pido permiso para retirarme se despide de mí con dulzura de mujer. Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han huido de mi pensamiento, y he olvidado cosas que más tarde quizá reaparecerán; pero esto continúa inmóvil ante mí como una gran roca en el océano. Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quietud del momento (el día debía de ser domingo, pero lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que de vez en cuando llevaba a sus labios y a veces acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer para consolar a mi hermanito, me contó a su manera todo lo que tenía que contarme concerniente a los últimos sucesos.

110 min Caminando Contra El Cáncer De Mama A Pie 2008

36 min Caminando Contra El Cáncer De Mama A Pie 2008 -Cuando eso te quiere suceder -volvió a decir don Quijote-, ¿por qué no te defiendes como bueno? ¿Parécete mejor andar enfermándome los oídos con tus lamentaciones, que arrostrar al enemigo, y vencerle o sucumbir con gloria? En estas razones estaban caballero y escudero, cuando salió de por ahí una vejezuela, apoyada en un bordón que la sostenía a duras penas. Un siglo en piel y huesos, cien años comprimidos y reunidos en escaso volumen, tal era el objeto que se ofrecía a la vista de los aventureros, quienes no las tuvieron todas consigo en presencia de ese ente vaporoso. Ni se vio jamás cara más arrugada, amoratada y desfigurada; ojos más chiquitos, hundidos, amortiguados y nublados; cuerpo más seco, trémulo y enclenque; paso más inarmónico, débil e inseguro que los del espectro que allí se les venía acercando. Las manos eran flacas, los dedos nudosos, la cabeza sin pelo, sino tal cual mechón ceniciento por la nuca; los labios, negros, flojos y caídos; el cuello, cuatro cuerdas; el pecho, teatro de amor y voluptuosidades ahora ha ochenta años, causaba horror. Si persona humana, era esa la burla que el viejo hechicero llamado Tiempo hace del hombre transmutándole en un ser de naturaleza extraña, en el cual no caben hermosura ni felicidad. Esos ojos que hielan el corazón fueron ojos de ángel enamorado; la boca purpurina, nido de dulces sonrisas, es hoy puerta de la sepultura; la convexidad rubicunda de sus mejillas, los declivios suaves, primorosos de su seno, son cavernas; la mano, blanca, lisa, es un horrible garfio. Ese ente feo, horripilante, fue mujer hermosa, amó e infundió amor. El hombre que se extralimita en los términos comunes de la existencia humana sale del mundo, en cierto modo, sin dar en la eternidad, y se queda entre la vida y la muerte, causando en los demás un respeto que hasta se parece al miedo. El que llega a los cien años tiene ya sobradas conexiones con la tumba, es un aparecido, y no se le puede mirar sin el terror secreto con que contemplamos el Genio del sepulcro revestido de fuerzas humanas. La vejezuela tenía los ojos clavados en el niño, mientras Sancho Panza no podía ya con la angustia de su pecho, dando al demonio la adquisición de esa prenda. -No habrá sino entregarlo como está, señor don Quijote -dijo-: sano le hallé, sano le traigo, y cuéntenle los pañales. -He de ser muy hábil y mañero para que yo haga carrera contigo -respondió don Quijote-; y acomodando las circunstancias a su locura, le habló pasito de este modo: -Esta es, hijo Sancho, una fada o encantadora que quiere probarme. La sabia Belonia miraba por don Belianís de Grecia; Hipermea protegió a don Olivante de Laura; la fada Morgaina y la dueña Fondovalle a Florambel de Lucea . Aquí estaba de sus divagaciones don Quijote, cuando llegó corriendo una mujer exasperada, se tiró sobre el parvulito, y arrancándolo de los brazos del escudero, se puso a devorarlo a besos. -Hermosa señora -dijo don Quijote-, vos sois, sin duda, la madre de este niño: don Quijote de la Mancha ha tomado por suya la cuita de vuestra grandeza, y promete no envainar la espada sino después del más completo desagravio que a princesa hizo jamás ningún andante caballero. La angustiada madre empezó a requerir con la vista los alrededores, cosa de malísimo agüero para Sancho, quien no perdió tiempo de alegar en su defensa: -Mirad, hermana, que yo no quito hijos a nadie, pues los tengo propios; ni robo gente, porque no la he menester. Hallamos solo y abandonado a este mamoncito, y le he cogido en mis brazos como obra de caridad.

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ULTRA HD 4K Transexual Porno Gay Desnuda Polla Enorme perfectamente dominada, serena. No tengo luego ni tiempo de reprocharme esta estúpida tendencia mía a pensar que tenga ella que dominarse. Como Charo háceme intervenir en su conversación de modas, Alberto se levanta y toma casi brutal a Lucía del brazo: -¡Ven, hay que acabar de arreglar las maletas! Y se la lleva. El húsar, en cambio, me lleva a mí. -¡Tiene celos! -me dice. -¡Vamos, que la francesa de aquella noche! -¡Por Dios, Enrique! -le atajo. -No he dicho jamás a esta mujer nada. Palabra de honor ¡mi palabra! -repito golpeándome el pecho, según me ha parado el disgusto. Y él no duda. Ha visto brotar en mis labios nuestro juramento militar, por segunda vez, como bajo una bandera. Pensando a continuación que hallamos podido también Lucía y yo ser la hablilla del buque, se lo pregunto: -No. Antes Sarita. ya sabe, con su beso.

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85 min Videos De Chicas Sosteniendo Su Orina

95 min Videos De Chicas Sosteniendo Su Orina Para corresponder a tan gran beneficio, él ayudaría a Leré a derramar por el mundo la onda divina que afluía de su alma pura. Poseyendo él suficientes medios materiales para materializar los hermosos pensamientos de la inspirada joven, los emplearía sin vacilar en empresa tan meritoria y grande. Fundaría, pues, con toda su fortuna, una orden, congregación o hermandad destinada a realizar los fines cristianos que a Leré más le agradasen. Él se encargaría de todo lo adjetivo, ella de lo substancial. La institución podía ser puramente contemplativa, si ella lo deseaba, o filantrópica y humanitaria con todo el carácter católico que ella quisiese darle. Si disponía que se consagrase al amparo de pobres y desvalidos, él tomaría sobre sí la obligación de buscarlos, recogerlos y conducirlos a donde recibieran el remedio de sus males. Si era cosa de cuidar enfermos, él rebuscaría en zahúrdas insanas y estrechas las manifestaciones más horripilantes del mal físico. Si la santa se decidía por perseguir el mal moral, estableciendo la corrección del vicio, la enmienda de la prostitución y de la perversidad, él emprendería una leva de criminales y les llevaría, con sugestiones inspiradas por su fe, a donde hallaran de buen grado los medios de regenerarse. Parte esencial de este plan era que él, estimándose el primero entre los desgraciados, entre los enfermos y entre los criminales, se consideraba ya número uno de los asilados, cofrades, hermanos o lo que fuesen, sin que esto le quitase su carácter de fundador, ni le eximiese de la obligación de disponer todo lo material y externo. Segunda idea. Al consagrarse con alma y vida a la realización de las doctrinas Lereanas, se desligaría en absoluto del mundo, y de toda relación que no fuera las que entablaba con su celestial amiga y maestra. Ruptura completa con todo el organismo social y con la huera y presuntuosa burguesía que lo dirige. Equivalía semejante determinación a quitarse un duro grillete, y al propio tiempo, reconociendo los garrafales defectos del organismo social, se inhibía en absoluto de toda competencia para reformarlo. Proscripción completa de la política. Que la sociedad se arreglase como quisiera y como pudiera. Ya no tendría con ella más conexiones que las indispensables para recoger en su seno corrompido las miserias que reclaman socorro. Ninguna idea política ni social tenía ya valor para él; ni pensaba, como antes, en mudanzas o refundiciones de los poderes públicos y de la propiedad. Cualquiera concreción que trajese el porvenir, ya fuese la democracia rabiosa o el absolutismo de látigo, le tenían sin cuidado, con tal que el legislador futuro no metiese la hoz en las nuevas florescencias del espíritu religioso. Y si las segaba, Leré dispondría.

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95 min Pene Manchas Rojas Y Luego Se Pela.

DVDRIP / BDRIP Pene Manchas Rojas Y Luego Se Pela. Las tres, envueltas en sus batas de verano, destacábanse en la obscuridad como inmóviles estatuas. Las niñas pensaban en su porvenir, que adivinaban confusamente; presentían que desde aquel momento comenzaba para ellas una era nueva, en que no todo serían alegres risas e indiferencia para el día siguiente. Los pensamientos de doña Manuela aún eran más obscuros. Miraba en torno de ella, y nada, ni un mal rayo de esperanza amortiguaba su desesperación. Necesitaba dinero para reponer esta pérdida, que tanto podía influir en el prestigio de la familia, y para satisfacer ciertos compromisos que, como de costumbre, la agobiaban con gran urgencia; pero a pesar de ser tan numerosas las amistades, no encontraba, repasando su memoria, un solo nombre. ¡Y pensar que ella, que había derrochado tantos miles de duros y vivía con cierta ostentación, pasaba angustias por unos cuantos miles de reales. El recuerdo de su hermano se aferraba tenazmente a su memoria. ¡Ah, maldito avaro! Necesario era todo su mal corazón para dejar a una hermana en el sufrimiento, pudiendo remediar sus penas con algunos de los papelotes mugrientos que a fajos dormían en el viejo secrétaire de su alcoba. Pero no había que pensar en semejante hombre. Bastantes veces la había humillado con rotundas negativas. Otro de los que no se podía contar para salir de la situación era su hijo Juanito. Doña Manuela, que le había tenido tanto tiempo a su voluntad, asombrábase ahora ante sus alardes de independencia. Le habían cambiado su hijo, según ella decía con el tono quejumbroso de una madre resignada. Y el tal cambio consistía en haberse negado Juanito varias veces a darla dinero para salir de pequeños apuros. Esto indignaba a doña Manuela. Habíase despertado en él la fiebre de la explotación. Revivía la «sangre comercial» de su padre, el instinto acaparador de su tío don Juan; y contagiado por la atmósfera de jugadas victoriosas y millonadas de papel que respiraba continuamente en la tienda al lado de su principal, había acabado por decidirse, despreciando los bienes positivos y materiales para lanzarse en la fiebre de la Bolsa. El acto de ciega confianza de su novia y su vieja amiga entregando sin temor los ahorros al omnipotente don Ramón Morte había acabado por decidirle.

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WEB-DL Gratis Preciosas Fotos Porno Masculinas De Ella Allí estaremos bien seguros, porque supongo que el amo de Rosita será carcunda neto. -Sí que lo es, pero buena persona y muy torero, con perdón. Está loco por la niña. Vamos, vamos. Pero ¡ay de mí! buscando a Vuecencia me he perdido en el laberinto de estas rinconadas y costanillas, y no sé por dónde volver allá. En esto, oímos que de la parte baja venía, con gran clamor de gente, estruendo de cataclismo. Unos ancianos que subían nos dijeron que, en la calle de la Moneda, los bravos defensores arrojaban petróleo con la bomba de incendios del Municipio sobre las casas de la calle de los Tintes, ocupadas por los carlistas. No pudiendo realizar su intento, lanzaban a mano el líquido inflamable contenido en botellas. Huyendo de la quema seguimos calle arriba, acelerando el paso. Don José, casi sin resuello, me dijo: «¿No sabe, don Tito, que ayer tuvieron los carlistas una gran pérdida? El cabecilla Segarra quedó muerto de un balazo junto al convento de la Concepción, al atacar la Puerta de Valencia». -¿Segarra? Pues en el Infierno nos espere muchos años. Vamos, vamos a ver si podemos dar con la casa del Canónigo. Preguntaremos al primero que pase para que nos oriente. ¿Cómo se llama ese señor? Detúvose Ido perplejo, y llevándose un dedo a la frente me dijo: «¡Ay, señor don Tito! el apellido del Canónigo es de tal manera enrevesado y estrambótico, que no sé si lo podré recordar ahora.

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18 min Videos Porno De Hombres Con Perras

300 mb Videos Porno De Hombres Con Perras En tanto, yo levantaba las tapas de pergamino para ver los títulos de aquellos vetustos infolios, y leí los rótulos que siguen: Diversas fazañas y Tractado de los rieptos y desafíos, por Mosén Diego de Varela, cronista de la Reina Católica. Memorial en detestación de los grandes abusos en los trajes y adornos nuevamente introducidos en España, por Alfonso Carraza (Madrid 1640). Clavellinas de recreación, por Ambrosio de Salazar (Ruan 1614). Geometría y trazas pertenecientes al oficio de sastre, por Martín de Andújar (Madrid 1640). Diálogo de la verdadera honra militar, por don Hierónimo de Urrea (Venecia 1566), y otros rarísimos títulos, entre los cuales distinguí el de la obra del Reverendo Padre Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada, Tractados de la mesa, del vestir e calçar e de la mormuración. Examinados los libros, dije a doña Segismunda que no tenía yo inconveniente en ofrecer a don Antonio las obras con que la señora Condesa le obsequiaba. Dos veces había visitado yo a Cánovas y sin duda me acogería con agrado, pues, a pesar de su fama de mal genio, era hombre cortés y de cortesana educación. Conformes hijo y madre en darme credenciales de embajador de los Casa Pampliega cerca del Presidente del Consejo, me personé en el número 2 de la calle de Fuencarral el segundo domingo de Adviento, 5 de Diciembre, porque me constaba que las mañanas de los días festivos pasábalas el gran don Antonio en el recreo de su magnífica biblioteca. Recibiome con gran displicencia el famoso criado Ramón, dándome a entender que era notoria osadía intentar acercarse al Presidente sin traer etiqueta o marchamo de personaje muy calificado de la Situación. Con risita guasona levanté el papel que era envoltura de los librotes, para que Ramón viese el título con que yo pretendía ser llevado a la presencia del grande hombre. En cuanto el fámulo vio los arrugados pergaminos, desarrugó el entrecejo y me dijo: «¿Viene usted a vender al señor sus libros? Vengo a regalárselos de parte de la Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega. Son obras muy raras, y pienso que algunos de estos incunables no figuran en la biblioteca del Presidente». Suplicándome que esperase un momento se internó Ramón en la casa, para anunciar a su amo la visita de un bibliófilo. Instantes después me encontraba en la presencia del insigne político y erudito historiógrafo. Había yo entrado con cierto temor en la morada del estadista, pensando que mis anteriores visitas al monstruo fueron fantásticas, obra de mi desbordada imaginación o artífice dispuesto por las Efémeras obedientes a misteriosos dictados de mi divina Madre. Contra lo que yo esperaba, don Antonio me reconoció al instante, y con llaneza y afecto me dijo: «Hola, señor Liviano.

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93 min Yo Grito Grito Grito Sexo Nosotros ¡Bendita sea mil veces el Austria! Con instintivo saber psicológico pensaba Lea que la lisonjera situación de ánimo en que había de poner a D. Tomás la victoria de su candidato sería favorable al cumplimiento de su promesa, es decir, que impuesto Montemolín por Austria y Roma, bien podía ser que los dos matrimonios, el grande y el chico, no distaran entre sí más que una semanita. De estas esperanzas habló con su madre, guardando reserva sobre lo del Austria; Doña Leandra se distrajo de sus tristezas contemplando el optimismo de su hija, tan parecido a un espectáculo de fuegos artificiales, y aunque la buena señora dudaba, que la duda de todo era en ella ya una segunda naturaleza, fingió creerlo por no marchitar ilusiones consoladoras. Eufrasia estaba también gozosa, porque llegó Terry, y con fácil artificio ideado por Jenara facilitose en casa de esta la tan deseada reconciliación. Había llegado a tomar por aquellos días la persona de Doña Leandra apariencias de espectro, y la cara y pescuezo, las manos y antebrazos eran como piezas dispuestas para los estudios anatómicos: de tal modo la rugosa piel amarilla dejaba traslucir el cordaje de nervios y músculos, las azules venas y la osamenta desvencijada. La distancia entre el barrio de Peligros y las Cavas no le permitía visitar a la Torrubia con tanta frecuencia como deseara; hacíalo en los días buenos, arrastrándose por las mañanas hasta San Cayetano o la Paloma; y después de oír misa, echaba un párrafo con su amiga en el puesto donde vendía, o en la puerta de la iglesia. Por dicha suya, la Providencia le deparó nuevas amistades, y la más valiosa de aquellos días fue la que contrajo, por mediación de D. Bruno y de D. Serafín, con la tía de este, Doña Cristeta del Socobio, señora muy agradable y bondadosa, que al punto comprendió la profunda dolencia moral de la manchega, y puso de su parte cuanto podía para mitigarla. Desde los primeros instantes de su conocimiento simpatizaron, no teniendo poca parte en el repentino afecto de Doña Leandra por la Socobio la circunstancia de ser esta viuda de un manchego, natural de Piedrabuena; y aunque el difunto salió de su pueblo a los cinco años, y desde tan tierna edad no había vuelto a él, bastaba el origen para que Doña Leandra le tuviese en gran estimación, y mirase a la viuda como amiga predilecta. Era Doña Cristeta camarista de Palacio, y aunque en el tiempo a que esto se refiere desempeñaba un destino sedentario, porque su edad y cansancio reclamaban vida más sosegada que la del servicio de Etiqueta junto a los Reyes, su personalidad y sus funciones merecen los honores de la Historia. Había entrado en la servidumbre en 1818, y al año siguiente, marcado en los fastos palatinos por el casamiento de D. Francisco de Paula con la Princesa de Nápoles Doña Luisa Carlota, esta la tomó a su inmediato servicio, y a su lado la tuvo hasta 1838, en que pasó Cristeta a la Cámara de Su Majestad. En los duros tiempos de Argüelles y la de Bélgica, fue separada la Socobio, juntamente con otras personas de la familia, por supuestas connivencias con la Gobernadora cesante; pero al ser declarada la Reina mayor de edad, volvieron todos a sus puestos en la Etiqueta, en la Intendencia y Real Capilla; y la Camarera Mayor, marquesa de Santa Cruz, que desde aquella fecha fue la más visible influencia dentro de la casa, dio a la Socobio la Guardarropía de las Reales personas, y el mando de todas las mozas de retrete, guarnecedoras, ayudas y barrenderas. No tardó en advertir Cristeta la incompatibilidad de su salud y de sus años con aquellos oficios que bajo su mano quiso poner la Santa Cruz, y pidió la jubilación aprovechándose de las favorables circunstancias de su edad y dilatado servicio para proporcionarse una cómoda situación pasiva. Mas ni la Camarera ni la Reinita y su hermana, que la querían entrañablemente, accedieron a la jubilación, y se le concedió el puesto de camarista con todo el sueldo, exenta de servicio, con derecho de habitar en Madrid, esto es, fuera de Palacio, y sin más obligación que acudir en auxilio de las nuevas guardarropas cuando estas lo hubieran menester. Hallábase, pues, Doña Cristeta en la más holgada y feliz situación, disfrutando de las ventajas del cargo y sin la esclavitud y trajines inherentes a este. Entraba y salía en los altos aposentos y en los bajos siempre que le daba la gana; su metimiento era como el de los mejores días y grande su dominio sobre las camaristas jóvenes, sobre las mozas de retrete, mozos de oficio, ayudas de furriera y demás piezas inferiores de tan compleja máquina.

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103 min Tira De Prueba Del Sistema De Monitoreo De Glucosa En Sangre De Estilo Libre

500 mb Tira De Prueba Del Sistema De Monitoreo De Glucosa En Sangre De Estilo Libre Don Cándido y Daniel subieron al coche, que luego de saltar Fermín y Manuel a la zaga, se sumergió en la oscurísima calle de Cochabamba; parando, quince minutos después, en la calle del Restaurador, tras de San Juan, donde bajó el personaje que hemos mencionado, siguiendo en seguida el carruaje hasta la casa de Daniel, donde bajaron todos cerca de las once y media de la noche. -A la plaza Nueva -dijo Daniel a su cochero inglés, que hizo partir los caballos a gran trote dirigiéndose al lugar indicado para dejar en él a Don Cándido, que, como se sabe, vivía a pocos pasos de allí; y luego los dos jóvenes, seguidos de sus criados, entraron en la casa de Daniel. Por la sala de ella iba Daniel, y ya su levita estaba desabrochada, y deshecho el lazo de su corbata, para no perder sino el muy necesario tiempo en cambiar su traje ordinario en uno de baile; que para aquella organización inquieta, para aquella existencia tormentosa no había en el tiempo un solo minuto inútil, pues todos estaban consagrados a la actividad de su inteligencia y de su corazón. -Piensa que no puedo seguirte a ese paso -le dijo Eduardo, que sólo con gran dificultad andaba. -Piensa que son cerca de las doce; y que a esa hora deben entrar Amalia y mi Florencia al baile; y que yo debo estar allí para velar por ellas, y para ciertas presentaciones muy necesarias hoy -le respondió Daniel, entrando a su alcoba y desvistiéndose, mientras Fermín, que adivinaba sus pensamientos, ponía luces delante de un espejo y le preparaba un traje. -¿Ah, eres muy feliz, Daniel! -dijo Eduardo echándose en un sillón y estirando su débil y dolorida pierna, al mismo tiempo que desabrochaba su levitón, porque en ese momento su herida del hombro derecho le incomodaba demasiado. -¿Decías, mi querido Eduardo? -Decía que la Naturaleza ha hecho de ti el ser más original y más feliz al mismo tiempo. -¿Creeslo que dices? -Lo juraría. Tienes una facilidad inaudita para dejar tu pensamiento en los sucesos que quedan tras de ti, y fijarlo a tu antojo en los sucesos nuevos que procuras. Juegas tu vida; te entregas en cuerpo y alma a la intriga política, a los peligrosos acontecimientos del día; tu espíritu se levanta, hace grande, altiva, dominatriz, tu inteligencia; y dos minutos después de ser el primero en el poder de tu voluntad y en la grandeza de tus ideas, pasas con una puerilidad, con una hilaridad sorprendente, de lo más alto de la vida a las vulgaridades de ella. Sabes de dónde venimos, lo que acabamos de ser, y, sin embargo, ahí estás delante de tu espejo como el más frívolo de nuestros jóvenes, preparando tu cabello para ir a lucir a un baile, como si tal cosa acabaras de hacer, como si tal hombre acabaras de ser. Esto es, mi amigo, lo que se llama ser feliz en la vida. -¿Está bien así? -preguntó Daniel dándose vuelta, dirigiéndose a Eduardo y señalando el lazo de una corbata de batista que acababa de ponerse. -Vete al diablo -le contestó Eduardo haciendo un gesto de malísimo humor al oír la burlona contestación de su amigo acompañada de una gravedad la más irónica posible. -Me voy al diablo -dijo Daniel volviéndose al espejo y continuando su tocador-.

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