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96 min Centro De Cuidado De Mama Samaritano San Jose

En cuanto a la enseñanza religiosa, por entero la debí a mi madre: ella me obligó a aprender de memoria el Catecismo, me hizo rezar diariamente el Rosario, me leyó en el Año Cristiano las vidas de los Santos y en el Kempis los s referentes a la resignación, a la humilde sujeción, al hombre bueno y pacífico, a la tolerancia de las injurias, al puro corazón y la intención sencilla. Tales doctrinas prendieron en mí maravillosamente: sin duda existía oculta conformidad entre ellas y mi carácter; por lo cual llegué a imaginarme (a posteriori) que me hubiese convenido más ser amamantado en principios de energía, acción y violencia, porque hallándose estos en pugna con mi condición natural, se establecería el provechoso equilibrio donde quizá reside el secreto de la armonía, perfección y felicidad humana. Someto este problema a los doctos, y paso adelante. Cuando me veía quejoso y dolorido del proceder de mi padre, mamá me predicaba la conformidad más entera. «Las faldas del marido -me decía- no excusan jamás las de la mujer. Él es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se le ha de querer bien, todo lo que no sea esto se queda para bribonas infames. Rezar mucho a ver si se convierte y se hace bueno. y paciencia, y que cada cual acepte su cruz. Contra el marido y el padre jamás tiene razón la mujer y el hijo. Silencio. y Dios sobre todo». Uno de los sanos consejos de la que me llevó en sus entrañas, fue el de seguir una carrera. «Hijo -me decía- Dios sabe a dónde llegaremos. Puede suceder que tengamos que pedir limosna». La vida rota y relajada de mi padre daba cierta verosimilitud a tan tristes profecías. Asistí, pues, al Instituto, con propósito de ingresar más tarde en el Seminario, ordenarme y conseguir un curato de aldea donde viviríamos mi madre y yo, humildemente, según el espíritu del Kempis, pero sin mendigar. La muerte de mi madre, casi súbita, de un ataque de reuma al corazón, malogró estos planes.

87 min Machos Gays Maduros Hugh Pene Cumming

HDTV Machos Gays Maduros Hugh Pene Cumming Usted, señorita, antes de entrar en los infiernos adonde voy a guiarla, ¡acuérdese del paraíso! ¡De la maternidad! ¡La sagrada maternidad! Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el doctor no pudo medir. -¡También yo he tenido madre. madre muy tierna! El médico, de una ojeada, me escrutó. -¿Está usted de prisa? -Nadie me aguarda. Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos ojuelos zaínos, de desconfianza. -Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre. Se acerca a sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de libros gruesos, en medio folio. Empieza a volver hojas. Los grabados, sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen a la vez la mirada. La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento íntimo; el médico, a la altura de las circunstancias, sin malicia, sin falsos reparos, enseña, señala, insiste, cuando lee en mis turbias pupilas que no he comprendido.

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101 min Las Letras De Los Hermanos Desnudos Temen

23 min Las Letras De Los Hermanos Desnudos Temen No me quedaba más remedio que hacerme yo al carácter de Dora, compartir con ella lo que pudiera y contentarme, llevando el resto sobre mis hombros. Esa era la disciplina a que tenía que someter mi corazón. Gracias a aquellas resoluciones, mi segundo año de matrimonio fue mucho más dichoso que el primero, y, lo que valía más todavía, la vida de Dora era un rayo de sol. Pero al transcurrir aquel año había disminuido la fuerza de Dora. Yo había esperado que manos más delicadas que las mías vinieran a ayudarme a modelar su alma y que la sonrisa de un nene hiciera de mi «mujer-niña» una mujer. ¡Vana esperanza! El pequeño espíritu que debía bendecir nuestra casa se estremeció un momento en la puerta de su prisión y después voló al cielo, sin conocer siquiera su cautiverio. -Cuando pueda empezar a correr como antes, tía -decía Dora-, haré salir a Jip; se está volviendo muy pesado y muy perezoso. -Sospecho, querida -dijo mi tía, que trabajaba tranquilamente al lado de mi mujer-, que tiene una enfermedad más grave que la pereza: es la edad, Dora. -¡Cree usted que es viejo! ¡Oh qué cosa tan extraña, que Jip sea viejo! -Es una enfermedad a la que estamos expuestos todos, pequeña, a medida que avanzamos en la vida. Yo me resiento de ella más que nunca, te lo aseguro. -Pero Jip -dijo Dora mirándole con compasión-, ¿el pequeño Jip también? ¡Pobrecito mío! -Yo creo que todavía vivirá mucho tiempo, Capullito -dijo mi tía, besando a Dora, que se había inclinado sobre el borde del sofá para mirar a Jip. (El pobre animal respondía a sus caricias sosteniéndose en las patas traseras, y se esforzaba, a pesar de su asma, en subirse encima de su ama.

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77 min La Cabeza De Mi Pene Es Muy Pequeña

39 min La Cabeza De Mi Pene Es Muy Pequeña Hablan, los pobres viejos, maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al buen camino! , lo que significa que todavía no has llegado a su grado de perfección. -¡Ah, canalla! -¡Gracias, en nombre de don Claudio! Se sentó. Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Después, reanudó la charla: -Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo a todas las consecuencias de esto. No tenía dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno, está bien! Pero no soy tonto, y tengo algún talento, sin muchas pretensiones, tú ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos. suma respetable, sobre todo para mí, que hace cinco minutos no tenía un centavo ni de dónde descolgarlo. Pero dentro de diez días o de dos horas, me volveré a encontrar en la misma situación. Para salvarme, no hay más que esto: tómame a tu servicio; yo seré tu secretario, tu comisionista, tu amanuense, tu perro. En tu situación, necesitas quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites, redactaré tus informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y. Se interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo, como un Marcos de Obregón: -No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo, yo no pido nada.

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El video Videos Animados De Sexo Visualiza Las Configuraciones De Metacafe.

98 min Videos Animados De Sexo Visualiza Las Configuraciones De Metacafe. Mi pensamiento era suplicar al General que ordenase a mi padre la vuelta a La Guardia, negándole todo auxilio de guerra. No creía yo difícil obtener esto. En Vitoria contábamos con la ayuda de familias que nos aprecian. Todo lo vi fácil, todo realizado prontamente, conforme a mi deseo. Iba, pues, alentada por el amor filial, por el recuerdo de mi madre, por la satisfacción de ver representados en mí los sentimientos de la familia, el honor y la respetabilidad de nuestro nombre, y no bien llegamos a Vitoria. Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho. El cual con cara gozosa dio cuenta de haber reunido algunas vituallas, que fue sacando ordenadamente de una cesta: «Cuatro quesitos, dos botellas de vino, tres panes de a dos libras, docena y media de sardinas saladas, que, si a usted les parece, las tiraremos, pues esta no es buena comida para señores, y menos en viaje. cuatro bizcochos de Oñate más viejos que mi abuelo. pero, en fin, valen, y nueces. Ya ve usted cuántas. Las he probado, y más de la mitad salen fallidas. Del carro le diré que al fin encontré uno pequeño; pero quieren, por la subida hasta Aránzazu, onza y media, y además que el señor responda de la pareja, abonando su valor, si la secuestran carlistas o isabelinos. Esto es un abuso. -Mayor abuso es que nos quedemos aquí toda la noche, o que tengamos que subir a pie, llevando en brazos al Sr.

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40 min Como Despojar El Color De Tu Cabello

350 mb Como Despojar El Color De Tu Cabello Aquella aglomeración de piedras colocadas con bastante regularidad, semejaba una vasta fortaleza, que dominaba una de las vastas fallas que había servido de lecho a los ríos de los tiempos prehistóricos. No muy lejos se elevaba, a una altura de 5,616 metros, la montaña anular de Short, igual al Cáucaso asiático. Miguel Ardán, con su pasión acostumbrada, sostenía “la evidencia de una fortaleza”. Por debajo se distinguían las murallas desmanteladas de una ciudad; más allá la bóveda aún intacta de un pórtico; aquí dos o tres columnas inclinadas sobre su basamento; allí una sucesión de cintras que debieron sostener los canales de un acueducto; más allá los pilares hundidos de un frente gigantesco construido sobre el espesor de una hendidura. Miguel Ardán veía todo eso con tanta alucinación en la mirada, a través de su fantástico anteojo, que no podía menos que desconfiarse de sus observaciones. Y, sin embargo, ¿quién podría asegurar, quién osaría decir que el simpático joven no había visto realmente lo que sus dos compañeros no querían ver? Los momentos eran demasiado preciosos para sacrificarlos a una discusión ociosa. La ciudad selenita, real o supuesta, había desaparecido ya a lo lejos. La distancia del proyectil al disco lunar empezaba a aumentarse, y los detalles del suelo le perdían, confundiéndose. Únicamente los relieves, los circos, los cráteres, las llanuras, seguían viéndose con claridad. En aquel momento se dibujaba hacia la izquierda uno de los más bellos circos de la orografía lunar, que era sin duda lo más curioso de aquel continente. Era el Newton, que Barbicane reconoció sin dificultad, consultando su Mappa Selenograffica. Newton se halla situado exactamente a los 77° de latitud sur y 16° de longitud este, y forma un cráter anular, cuyas paredes, de 7,264 metros de altura, parecían imposibles de pasar. Barbicane hizo observar a sus compañeros que la altura de aquella montaña sobre la llanura vecina distaba mucho de igualar a la profundidad de su cráter. Este enorme orificio era imposible de medir, y formaba un abismo sombrío, cuyo fondo no llegaban a iluminar jamás los rayos solares. Allí, según Humboldt, reina tan absoluta oscuridad, que ni la luz del Sol ni la de la Tierra pueden interrumpir. Los mitólogos hubieran tenido razón en poner allí la boca d el infierno.

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