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101 min Invitaciones Para La Fiesta De Navidad Para Adultos Que Se Pueden Imprimir Gratis

A partir de las diez de la noche, la ciudad, malamente alumbrada en ciertos barrios, quedaba del todo a oscuras, en términos de que muchos, para dar con sus casas y no perniquebrarse, se veían obligados a encender fósforos o cabos de vela que llevaban con ese fin en los bolsillos. La vida, durante la noche, se concentraba en la plaza de la Catedral, donde estaba, de un lado, el Círculo del Comercio, y del otro, El Café Americano. Las familias tertuliaban en las aceras o en medio del arroyo hasta las once. En el silencio sofocante de la noche, la salmodia de las ranas alternaba con el rodar de las bolas cascadas sobre el paño de los billares y el ruido de las fichas sobre el mármol de las mesas. La calma era profunda y bochornosa. El cielo, a pedazos de tinta, anunciaba el aguacero de la madrugada o tal vez el de la media noche. La casa de don Olimpio andaba manga por hombro. Misia Tecla, su mujer, gritaba a los sirvientes, que iban y venían atolondrados como hormiguero que ha perdido el rumbo. Una marimonda, que estaba en el patio, atada por la cintura con una cuerda, chillaba y saltaba que era un gusto enseñando los dientes y moviendo el cuero cabelludo. -¡Maldita mona! -gruñía misia Tecla-. ¿Qué tienes? -Y acababa abrazándola y besándola en la boca como si fuera un niño. La mona, que respondía por Cuca, se rascaba entonces epilépticamente la barriga y las piernas, reventando luego con los dientes las pulgas que se cogía. Por último se sentaba abrazándose a la cola que se alargaba eréctil hasta la cabeza, sugiriendo la imagen de un centinela descansando. No se estaba quieta un segundo. Tan pronto se subía al palo, al cual estaba atada la cuerda, quedándose en el aire, prendida del rabo, como se mordía las uñas, frunciendo el entrecejo, mirando a un lado y a otro con rápidos visajes, o atrapaba con astucia humana las moscas que se posaban junto a ella. Un loro viejo, casi implume, que trepaba por un aro de hojalata, gritaba gangosamente: «¡Abajo la república! ¡Viva la monarquía!

53 min Cuánto Tiempo Cocinar Una Pechuga De Pollo En El Horno

30 min Cuánto Tiempo Cocinar Una Pechuga De Pollo En El Horno no se casa una Reina en lo que se persigna un cura loco. El Rey de Francia puede mucho, y tiene que mirar por su reino y por la familia de Borbón, y antes que consentir que la Inglaterra meta el rabo en las cosas de esta familia, armaría una gran guerra. estemos bien con la Francia, que nos quiere, y por lo mucho que nos quiere nos pegará si nos descuidamos. El viejo de las Tullerías, como en la casa grande se le llama, ha cerrado ya trato con nuestra Familia Real. Ha eliminado a todos los príncipes extranjeros y al D. Carlitos Luis. Eliminar es lo mismo que decir quitar de en medio. ha decidido que Isabel se case con uno de sus primos, los hijos de D. Francisco y de mi señora, y que Luisa Fernanda dé la mano a un príncipe francés. Esto lo ha determinado ayer, y todavía no se ha hecho cargo el público, ni el Gobierno mismo, ni nadie. Yo lo sé, y a usted se lo cuento con encargo especial de que no diga esta boca es mía. -¡Quitar de en medio al hijo de D. Carlos! -exclamó Doña Leandra con susto-. ¿Y qué dirá de esto el Austria? -¡El Austria! Valiente caso hacemos aquí del Austria. -¿Pues no es una nación de muchísimo poder, y con un gran ejército de tropas austríacas?

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66 min Manuel Ferrera Corrida Y Facial Compilacion

24 min Manuel Ferrera Corrida Y Facial Compilacion -¿Se fía usted de mí, Nieves? -Como de mi padre: se lo juro a usted. -Pues entonces, ¿qué le importa a usted el juicio de esas ciertas gentes? Haga usted su gusto y ríase de ellas. -¿Lo cree usted, Leto? -De todo corazón. -Pues no se hable más de esto. -Y dígame usted. ¿está el día a propósito para salir a la mar? -¿Lo intentaría yo si no lo estuviera, Nieves? Y dígame usted a mí: ¿no se incomodará don Alejandro conmigo cuando sepa que sin su permiso he consentido en hacer eso que tan poco le gusta a él? -No, señor, con tal de que estemos de vuelta antes de que él pueda alarmarse con mi tardanza. Son las nueve menos cuarto. a poco más de las once puede usted estar en Peleches. porque no hemos de llegar a la Isla de Cuba. digo, cuento con que no se te antojará a usted. -¡Me hace gracia la ocurrencia! ¿Y si se me antojara, Leto?

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30 min Rubia Tetona Dando Trabajo De Mano

15 min Rubia Tetona Dando Trabajo De Mano -El gusto y la honra serán para mí, señor don George -repuso con una sonrisa no muy natural don Galo, en quien la remesa de vinos escogidos había avivado la inquietud-; pero como tengo tanto que hacer. -¿Y como no os veo ya en casa de Clemencia? -Es cierto, no recibe porque su tía ha empeorado, y pasa allá toda la tarde y noche. -¿No me habéis dicho que se casa? Don Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural: -Ya se ve que os lo dije, como que yo fui el primero que lo supe; pero ya lo sabe todo el mundo. -Me han dicho que su novio es un ganso lugareño. -Os han informado mal, muy mal, don George; yo que lo he tratado, os puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de mucho talento y mucha instrucción, como que tuvo el mismo maestro que Clemencia, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo como pocos, y en cuanto a guapo lo es como ninguno: se cuentan de él hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones que lo sorprendieron en su cortijo. -¡Oh, señor don Galo! no me refiráis proezas bandoléricas; estoy cansado de oírlas cantar en romances a vuestros ciegos. -Es, señor don George, que la proeza que iba a referir no estaba de parte de los bandoleros, sino de parte de don Pablo Guevara, que pertenece a la primera nobleza de Andalucía, y tiene amén de esto más de medio milloncito de renta, lo cual no echa nada a perder. Y don Galo desplegó su más ancha sonrisa. -Ese novio modelo ha venido, según me han informado, de las Batuecas -dijo sir George con la mayor seriedad. No señor -contestó don Galo sin notar la burla, y no calculando que pudiese estar un extranjero al cabo del sentido que se da vulgarmente a esta frase-; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor don George, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de su talento y buen juicio. Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora a su interlocutor, que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron a él mismo: -Entre nos, señor don George, Cortegana, que no tenía corta gana de ser el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo. Sir George, que contenía a duras penas los impulsos que sentía de echar a rodar a don Galo, le dijo, no obstante, con suavidad: -He recibido noticias que me obligan a partir, y puesto que no es posible ver a nuestra amiga, y despedirme de ella antes de marchar, deseo recibir de vos un favor. -Estoy siempre, y para cuanto me mandéis, a vuestras órdenes, señor don George -contestó don Galo obsequiosamente. -Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido a los amigos ofrecer una memoria a sus amigas, deseo que os hagáis cargo de presentar una en mi nombre a Clemencia.

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56 min Caminando Desnudo En La Casa

97 min Caminando Desnudo En La Casa Besé su pelo gris, sus mejillas demacradas. -Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor bien. -¿No me quieres mal? Respondieron mis halagos. Respiró. -Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica. -No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.

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35 min Piel Medhelp Sensible A La Piel Después De Masterbation

ULTRA HD 4K Piel Medhelp Sensible A La Piel Después De Masterbation Adiós, señores. Observaron al salir a la calle grupos de presurosa gente que iba de una parte a otra. Por las palabras sueltas que oían, coligieron que no lejos de Oñate, en las alturas que dominan el valle de Aránzazu, se estaban batiendo cristinos y facciosos. En la plaza eran más compactos los grupos, y de ellos se destacaban clérigos y militares que acudían a Palacio y a la Universidad en busca de noticias. No querían hablar Rapella y Fernando de lo que les incumbía hasta no encontrar un sitio solitario; con feliz acuerdo metiéronse en la iglesia, donde había terminado el culto de la mañana, y recorriéndola, como que admiraban los retablos, la espaciosa nave y la capilla en que reposan los restosdel fundador de la Universidad, sin más testigos que algunas señoras y ancianos entregados a sus rezos y meditaciones, charlaron cuanto quisieron, sotto voce, cuidando de disimular al paso de algún sacristán o clérigo rezagado. «A lo que parece, se están batiendo ahí arriba -dijo Rapella-. ¡Qué bien me vendría que se llevaran estos caballeros una paliza fenomenal! Confío mucho en Córdova y su gente. ¡Pero si les pegan y se ven obligados a salir de Oñate. Derrotados y fugitivos entrarán en negociaciones más fácilmente que envalentonados y triunfantes. ¡Duro en ellos! -Pues si en mi mano estuviera, yo detendría en este momento la espada de Córdova. Me conviene el statu quo para las averiguaciones que pienso emprender esta tarde misma: si está Negretti aquí; si le acompañan su mujer y su sobrina; si no le acompañan; si ha dejado la familia en otra parte; si ha depositado a la sobrina en algún convento. -Calla, hombre, calla. ¡Si te enterarás al fin de quien es Rapella! ¡Si cuando tú vas a un punto ya estoy yo de vuelta!

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67 min Maridos Que Ponen Porno En Computadora

18 min Maridos Que Ponen Porno En Computadora Cerró los ojos, oyó las primeras palabras de Álvaro entre aquel tumulto de su organismo, y apenas las comprendió; pero debieron de ser dulces y placenteras, porque el alboroto se fue calmando con ellas, como se calma la tempestad cuando el sol aparece y brilla en un cielo sin nubes. Atrevióse después a mirar a la cara del hermoso mancebo; pero al hallar su ardiente mirada en el camino, volvió los ojos de su regazo, y tembló sin saber por qué. Álvaro, en tanto, la refería sus tristezas, sus alegrías, sus temores, sus esperanzas, sus dudas, su fe; y ella, que de buena gana hubiera referido otro tanto, y aún mucho más, no hallaba, en su aturdimiento, fuerzas para responder una sola frase; pero su misma actitud era un libro abierto, y en él leyó Álvaro cuanto anhelaba su corazón. Díjola por qué hasta entonces no había continuado la conversación interrumpida tantos meses antes. En su entender, sólo en ocasiones como la que acababa de ofrecerles la fortuna, libres de toda presión extraña, podían dos almas confiarse sus más íntimos secretos. Las miradas, aunque dicen y penetran mucho, no lo dicen ni lo adivinan todo: refieren el conjunto, no explican el detalle; no descubren el obstáculo, los planes de familia, los escollos del carácter. Esto, y mucho más, puede salir al encuentro al hombre, que sin otro guía que su corazón henchido de ternura, y su mente colmada de ilusiones, llamase a las puertas de la mujer soñada, para ofrecerle su amor y su mano, como se los ofrecía Álvaro a Magdalena en aquel instante. Díjola tras esto quién era él, y todo cuanto Narda la había dicho ya; y al pedirle una respuesta que le librara del ansia en que vivía, la púdica joven tampoco halló en aquel lance de prueba palabras entre sus labios que del apuro la sacaran, y tuvo que pintar a Álvaro la dificultad con los ojos. No acertaba la infeliz a explicarse qué eran aquel placer que la oprimía el pecho; aquella íntima alegría que, como las penas, llevaba lágrimas a sus ojos; aquel purísimo sentimiento que la sonrojaba como si fuera un delito. Pero Álvaro la comprendía perfectamente, y aceptó la turbación de Magdalena por la mejor de las respuestas. Después, descendiendo de la región del sentimiento a la de los hechos y propósitos, habló de unos y de otros, y pudo Magdalena ir orientándose poco a poco en aquel terreno, recobrar su serenidad perdida, y llevar a la conversación todas las discreciones y armonías de su palabra. En esto apareció don Román; y al verle su hija y Narda, se levantaron súbitamente, como si el estar sentadas allí fuera un delito. Álvaro se levantó también, quedándose algunos pasos detrás de ellas. Llevaba el buen caballero pintada en su cara la mortificación en que le traía el suceso de la feria. Al acercarse a Magdalena, rompía en pedacitos el papel en que había hecho la liquidación de las ofertas, por la cual acababa de pagar nueve duros a Gorión, que se vio más ufano que perro con pulgas, con la ganancia: no por lo que intrínsecamente valía, sino por el triunfo que representaba. -¡Cuando digo que en el valle no hay un ganadero que sepa lo que trae entre manos! -exclamó mientras arrojaba al suelo los pedazos de papel. -Por las señas -dijo Magdalena sonriendo al verle tan sulfurado, -¿perdimos la apuesta? -La perdimos -contestó don Román muy serio, -y declaro que lo siento como si hubieramos perdido un mayorazgo.

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12 min Cámaras De Sexo Cibernético Viven Feeds Gratis

porno Cámaras De Sexo Cibernético Viven Feeds Gratis Quería mi deshonor, quería mi vergüenza. ¿Se ha atrevido a insultarte el infame? - Comenzó, como te dije, por hablarme de amor con el lenguaje de la sinceridad: dos semanas ¿comprendes? dos semanas de un trato constante habían acabado por hacerme perder la poca reserva que había tenido para él. Verle era una necesidad para mí, necesidad tanto más irresistible cuanto que mi pasión ha llegado al extremo. Estoy loca, no pienso sino en él, no hablo sino de él, no quería vivir sino para él; pero antes que mi felicidad estaba mi honra, que Dios me da bastantes fuerzas para conservar intacta y para defender aun a costa de la paz del alma, porque yo no te ocultaré, he jurado no volver a hablarle; pero le amaré toda mi vida: es un libertino, es un malvado, pero me es imposible borrar su imagen de mi corazón, me es imposible aborrecerle y despreciarlo como merece. - Pues bien -interrumpió Clemencia cada vez más asombrada de lo que oía- ¿qué te ha dicho, qué te ha hecho? - Ya desde hace seis u ocho días sus palabras eran para mí sospechosas; había perdido su voz ese acento de respetuoso cariño que había hecho tanta impresión en mi alma, sin por eso alarmar mi delicadeza. Sus miradas no eran las del esposo, sino las del seductor mundano y atrevido que se detiene en examinar a su víctima antes de sacrificarla. Sus ojos me hacían mal y me obligaban a apartar de ellos los míos, llena de turbación. Tenía miedo de hallarme a solas con él. Mi madre, confiada como yo en el carácter caballeroso de este hombre, no recelaba de su parte ninguna intención depravada, ni la recela aún, porque nada he querido confiarle; me moriría de vergüenza si tuviera que decírselo. Me hablaba de pruebas de amor, de preocupaciones sociales, de que la pasión no conocía limites ni reservas, de que él amaría toda su vida a la mujer que se sacrificase por él, tanto más, cuanto mayor fuera su sacrificio. Ya tú veras por todas estas frases que iba encaminándose a su objeto. Nada le respondía yo a esto, y escuchaba temblando semejantes expresiones sin parecer hacerles caso; o bien le hablaba de nuestro matrimonio y de nuestro porvenir. Pero ayer vino y me halló sola, como otras veces, le vi desde luego pensativo y triste, preguntéle qué tenía y me respondió que Uraga con los restos de su ejército derrotado en Morelia había llegado ya a Jalisco, que el ejército francés se había puesto en marcha para Guadalajara y que sus avanzadas llegaban ya a León; que el general Arteaga iba a salir de aquí dentro de dos o tres días, y que naturalmente tendría que irse con él. Que nuestro matrimonio, por todas esas razones no podría realizarse tal vez nunca, y que estaba resuelto a morir antes que perderme; que me suplicaba, que me pedía de rodillas.

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118 min Dolor Durante El Sexo Después De Una Episiotomía.

24 min Dolor Durante El Sexo Después De Una Episiotomía. ¡Qué cosas! Pues pienso que si lo toma por su cuenta mi tío, les casa. porque hombre más casamentero no existe en el mundo, ni otro que con más ardor tome las empresas que él llama de utilidad. ¡Vaya, que cuando quiso nada menos que casarme a mí. El pobrecito delira por la familia, y ve los bienes que están a corta distancia de la nariz, no los que están un poquito más lejos. Le parece que si falta el puchero se acaba el mundo, y no se acuerda del pan celestial, de tanto como piensa en el de la tahona. Debe de estar incomodado conmigo, porque no viene a verme. Si va usted por allá, dígale cuánto le quiero, y que pido a Dios por todos. Estoy tranquila, porque sé que nada ha de faltarles. Me lo ha dicho. quien lo sabe. se ríe usted de mi seguridad? reírme yo! Cuando tú lo dices, bien sabido te lo tendrás. -Con que. volvamos al punto principal.

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