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-Quiero decir que jamás arrullaron mis sueños de niño los tiernos cánticos de la fe cristiana, ni mis labios balbucearon una oración, ni los ángeles se cernieron sobre mi cuna. -Pero cuando falta una madre -observó el cura- que dirija los primeros pasos de la vida de sus hijos, la sustituye el padre. -El mío, señor cura -repuso Fernando-, lidiaba a la sazón bajo la misma bandera a que yo me afilié más tarde. La sed de la ciencia le devoraba, y en satisfacerla se entretenía. Cuidaron de mí manos mercenarias, y me formaron al gusto de quien las pagaba. -Naturalmente -dijo el cura con expresivo ademán-. -Después, como las cosas caen del lado a que se inclinan, cuando me desprendí de los brazos que me sostuvieron, caí en el agitado mar de las ideas reinantes y me dejé llevar del impulso de sus ondas. Aquel fue mi elemento: no conocía otro. -¿Y luego? -Luego me complacía en ver cómo aquellas ondas, al llegar a la opuesta orilla, espumosas y rugientes, batían y socavaban el vetusto continente, región extraña, donde yo no tenía una voz que me llamara, ni un brazo que se me tendiera. Cada roca desgajada del áspero valladar arrancaba a mi pecho un grito de triunfo. -Es decir, en neto romance -añadió el cura-, que se echó usted al mundo campando por sus respetos, y se entregó al frío racionalismo con todas sus consecuencias. -Precisamente, señor cura.

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DVDSCR Orgia Gay Gratis Negro Blanco Mpg No obstante, la expresión de aquellas miradas y la dulzura de aquella sonrisa ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado, pero perspicaz y sutil, y un corazón ahogado en egoísmo. Calificábala su madre de buena alhaja. Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy a las claras. Hay en nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo; hay mujeres, y son las más, que son buenas, francas, que tienen mucho talento y que sellan estas cualidades con la más encantadora y más común en España, la ausencia de pretensiones. Hay medianías, y hay mujeres de mala y de perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países. Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero ocultar su propio yo, eso al menos, gracias al cielo, es muy raro. Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace despreciar a la española el aparecer otra de lo que es, desaparezca dentro de poco con la saya y la mantilla, a fuerza de capotas y de novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería les quita una gracia, y cada afectación un encanto, y que de airosas y frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores artificiales. En cuanto a Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que a los diez y seis años salía del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda, era de aquellas criaturas a las que, como al mes de mayo, regala la naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y todos sus encantos. De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño inglés, su dorado cabello la cubría toda cuando estaba suelto, como un manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenían un señorío tan dulce y grave que parecían haber sido colocados por la nobleza en la cara de la inocencia. Su hermosa boca tenía sonrisas de ángel, como las que en la cuna tienen los niños para sus madres. Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de corazón, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir a sus favoritos, esto es, a los niños, a los pobres y a los sanos de corazón: resplandecía esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada por la lástima y el dolor con la misma actividad y el mismo calor que demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no se roza con ella.

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43 min Omitir El Viejo Parche Nudista Schroll Y entre tanto, a mi casa que la parta un rayo. -Para dirigir esta casa encontrará usted muchas que lo hagan mejor que yo, o por lo menos lo mismo. -¡Ay, hija! Yo dudo que ese prodigio se encuentre. Y no lo digo por adularte. No, no hay otra como tú: aguanta los elogios y sonrójate hasta que ardas. Si no te gusta que te echen incienso, ¿para que eres tú buena? ¿Por qué no te haces un poquito peor? Pero, vamos al asunto principal: yo no quiero que te marches. ¿Que echas de menos aquí? ¿la soledad de un convento? ¿horas para rezar? Pues enciérrate en tu cuarto todo el tiempo que te acomode, y reza y reza hasta que se te caiga la campanilla o hasta que se te seque el cerebro.

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34 min Camisa De Rayas Azul Y Blanca Para Mujer No había ido; había enviado recado a Londres para disculparse con su primo, y había ido a visitar a Agnes. Había convencido al doctor de que la acompañara, y habían vuelto a pie por el campo, según me contó él mismo, en una tarde magnífica. Pensé que quizá no hubiera faltado al espectáculo si Agnes no hubiera estado en Londres, pues Agnes era muy capaz de ejercer también sobre ella una influencia bienhechora. No se podía decir que fuera muy feliz; pero parecía estar satisfecha, o su fisonomía engañaba mucho. Yo la miraba a menudo, pues estaba sentada al lado de la ventana mientras trabajábamos y nos preparó el desayuno, que tomamos sin dejar de trabajar. Cuando me fui a las nueve, estaba arrodillada a los pies del doctor, poniéndole los zapatos y las polainas. Las hojas de algunas plantas trepadoras que crecían al lado de la ventana ensombrecían su rostro, y yo pensaba por el camino, mientras me dirigía al Tribunal, en aquella noche en que la había visto mirar a su marido mientras leía. Tenía mucho que hacer. Me levantaba a las cinco de la mañana y no volvía hasta las nueve o las diez de la noche. Pero me causaba un placer infinito encontrarme a la cabeza de tanto trabajo, y nunca andaba despacio; me parecía que cuanto más me cansaba más esfuerzos hacía para merecer a Dora. Ella todavía no me había visto en aquella nueva fase de mi carácter, porque como ya vendría muy pronto a casa de miss Mills, yo había retrasado hasta aquel momento todo lo que tenía que decirle, limitándome a poner en las cartas (que pasaban todas por manos de miss Mills) que tenía muchas cosas que contarle. Entre tanto había reducido mi consumo de loción para la cara, había renunciado totalmente al jabón perfumado y al agua de colonia y había vendido con una pérdida enorme tres chalecos que me parecieron demasiado elegantes para una vida tan austera como la mía. Pero todavía no estaba satisfecho; ardía en deseos de hacer más cosas, y fui a ver a Traddles, que habitaba por el momento en la parte trasera de una casa en Castle Street Holborn. Llevé conmigo a míster Dick, que ya me había acompañado dos veces a Highgate y que había recobrado su amistad con el doctor.

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19 min Vista Interna De La Polla Dentro De La Vagina. -¿A Gaete? Y Daniel tomó de la mano a Don Cándido y entró a la sala, mientras Doña Marcelina se fue a hablar a su Gertruditas. La sala estaba casi en tinieblas, pero a la débil claridad, que entraba de la luz crepuscular por la rendija de un postigo, el joven se acercó a él, lo abrió y pudo entonces elegir el objeto que deseaba: éste no era otro que la inmensa colcha de zarazas del enorme lecho de Doña Marcelina, en que acababa de estar reclinada. Daniel tomó la colcha, dio una punta a Don Cándido y le hizo señas de que la torciera a la derecha mientras él a la izquierda. Don Cándido creyó con toda buena fe que se trataba de ahorcar al reverendo cura, y a pesar de todo el peligro que corría viviendo su enemigo, la idea de un asesinato le cuajó la sangre. Daniel, que adivinaba y estaba en todo, se sonrió y tomando la colcha ya torcida, miró a Don Cándido y puso su dedo índice sobre los labios. En seguida acercóse a la puerta del aposento y el ronquido áspero, sonoro y prolongado con que salía el aire pulmonar por la entreabierta boca del cura Gaete, le convenció de que allí se podía entrar sin muchas precauciones de silencio, y entró, en efecto, con Don Cándido pegado a su levita. Entreabrió uno de los postigos que daban al patio, y a la débil claridad de la tarde distinguió al cura de la Piedad, tendido sobre un catre de lona, boca arriba, en mangas de camisa, cubierto con una frazada hasta medio cuerpo, y durmiendo y roncando a pierna suelta. Tomó una silla, colocóla muy despacio a la cabecera, entre el catre y la pared, hizo señas a Don Cándido de pasar a sentarse en ella, y luego que vio que su maestro había obedecido maquinalmente, como estaba haciendo todo, puso él otra silla en el lado opuesto. En seguida dio a Don Cándido, por encima del dormido, una de las puntas de la colcha torcida, haciéndole seña de que la pasase por bajo del catre. Obedeció Don Cándido, y en diez segundos Daniel dejó perfectísimamente bien atado al dignísimo sacerdote de la Federación: atado por la mitad del pecho contra el catre, pero de tal modo que las puntas del nudo venían a quedar del lado en que el joven iba a sentarse. Hecha esta operación, se acercó a la ventana y dejó apenas la suficiente luz para que los ojos que iban a abrirse distinguiesen los objetos; dio en seguida una de sus pistolas a Don Cándido, que la tomó temblando; le dijo al oído que repitiera sus palabras cuando le hiciera señas y se sentó. Gaete roncaba estrepitosamente cuando Daniel exclamó con una voz sonora y hueca: -¡Señor cura de la Piedad!

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57 min Marido Y Mujer Video Casero Xxx Has de saber que tengo novia. (¡Novia! ¡Oh Dora! -Es la hija de un pastor del Devonshire: son diez hermanos. Sí -añadió viéndome lanzar una mirada involuntaria hacia el tintero--; esa es la iglesia: se da la vuelta por aquí y se sale por esta verja (me lo iba señalando con el dedo); y aquí donde pongo la pluma está el presbiterio, frente a la iglesia. ¿Te das cuenta? Sólo un poco más tarde comprendí todo el gusto con que me daba aquellos detalles; pues en aquel momento, en mi egoísmo, seguía en mi cabeza un piano figurado de la casa y del jardín de mister Spenlow. -¡Es una chica tan buena! Time algún año más que yo; pero ¡es una chica tan buena! ¿No te lo dije la otra vez que te vi cuando me fui de Londres? Es que iba a verla. Voy a pie al ir y al venir; pero ¡qué viaje tan delicioso! Probablemente seguiremos de novios mucho tiempo; pero nuestro lema es «Paciencia y esperanza».

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