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42 min Culo Gran Fuego Argot Rojo Camión Camión

Díganle a este perro de Colau que tenga conciencia y me pague por el género lo que le pido. -Yo te daría eso y más -repuso Alberto- si hicieras caso de mí. ¿Qué demonio vas tú a pintar en los Madriles? Allí no hay más que pobretería finchada y figurones políticos que no tienen ni un calé. Repito lo que te he dicho mil veces. Cuando acabe este jollín del Cantón en que estamos metidos, vente a Orán conmigo. Verás qué tierra, chica. Allí encontrarás la mar de franceses tontos y ricos. ¡Qué fácilmente los podías pescar, gitana, con el anzuelo de esa carita! Pues digo; si le caes en gracia a uno de aquellos morazos podridos de dinero, que se pirran por las españolas, ¡ay morena! te cubres el riñón para toda la vida. -No me hables a mí de tierras extranjeras -contestóLa Brava-. Yo tiro siempre al españolismo. La Madre Patria necesita de todos sus hijos, como dice don Roque. y de todas sus hijas, digo yo. La respuesta de Alberto Colau a estas sesudas consideraciones fue coger el papel donde estaba envuelto el aljófar, y sacar de su repleto bolso varias monedas de oro y una de plata, que entregó a la mozanca, añadiendo estas expresivas razones: «Pierdo dinero. Allá no pagan el adarme de aljófar más que a seis pesetas. Pero en fin, para que no chilles te doy la jara y un chus de propina». Continuó la conversación alegre.

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DVDRIP Fotos De Levantamientos De Senos En Colorado Springs. Pues yo, fiel a mis principios, no digo ni escucho ninguna cuchufleta en mengua del Jefe del Estado. ¿Qué más? Ayer me vino Rosalía con el cuento de la señora patilluda, y yo le dije: 'Rosalía, hazme el favor de callarte la boca'. Por mi decoro de funcionario público, por respeto al primer Magistrado de la Nación, oigo esas anedoctas como fábula indecente. Y punto final». -Tiene razón don Francisco -me dijo Cabeza interviniendo en el coloquio con la bondad juiciosa que era el mayor encanto mío-. Sí, amigo Bringas, fuera cuentos que bien pueden ser falsos testimonios. ¿Qué nos importa que Su Majestad tenga un devaneo, y que la tal gaste patillas o barba corrida? No demos aire a las habladurías, y menos ahora que tenemos el progreso en el poder. ¡Y que está el Rey poco contento, vaya! Por lo que he contado a ustedes de las palabritas del don Humberto al despedirse, comprenderán que hay don Manuel para rato. lo que digo: ¡don Manuel para rato! Al anochecer desfilaron los amigos, y antes de cenar di un salto al Casino Federal, para conferenciar con mis padrinos, hombres inflexibles en materias de honor: Córdoba y López, Ramón Cala. Pasaron tres días; el feroz Alberique no se daba prisa para designar padrinos. Los míos iban en su busca; no le hallaban nunca en su casa. Temimos que se lo tragara la tierra. Pero del centro de ella le habría sacado yo para vapulearle públicamente y pregonar su cobardía. Por fin dio la cara, y se concertó el duelo en las condiciones que imponía la gravedad del caso. Y en los días que precedieron al terrible lance, mi señora doña Cabeza mostró deseos de que yo escribiese en Las Novedades, ensalzando hasta las nubes a don Manuel, y declarándome radical monárquico, bajo el manso poder de don Amadeo I.

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Mp4 Madres Puta Tetas Grandes Follando A Hombres Jóvenes

32 min Madres Puta Tetas Grandes Follando A Hombres Jóvenes Todavía más que Puebla, Guadalajara parece una ciudad oriental, pues, rodeada como está de una llanura estéril y solitaria, encierra en su seno todas las bellezas que traen a la memoria la imagen de las antiguas ciudades del desierto, tantas veces descritas en las poéticas leyendas de la Biblia. Efectivamente, la llanura que rodea a la ciudad da un aspecto extraño al paisaje, que no se observa al aproximarse a ninguna de las otras ciudades de la República. En las mañanas del estío, o en los días del otoño y del invierno, como en los que llegué por primera vez a Guadalajara, aquel valle es triste y severo; el cielo se presenta radioso y uniforme, pero el sol abrasa y parece derramar sobre la tierra sedienta torrentes de fuego. La brisa es tibia y seca, y el suelo, pedregoso o tapizado con una espesa alfombra de esa arena menuda y bermeja que los antiguos indios llamaron con el nombre genérico de Xalli (arena), de donde se deriva Jalisco, se asemeja a la rambla de un inmenso lago desecado, o el cráter relleno de un volcán extinguido hace millares de siglos. Esto, como he dicho, en los tiempos calurosos; pero en la estación de aguas todo allí cambia de aspecto. El cielo parece siempre entoldado de nubes sombrías y tempestuosas; la cordillera no se distingue en el horizonte oscuro; la ciudad se envuelve en un manto de lluvia; silba el viento de la tempestad en la llanura desierta; se estremece el espacio a cada instante con el estallido del rayo, y el valle todo aparece magníficamente ceñido con una corona de tormentas. En pocos lugares de la República puede contemplarse el grandioso espectáculo que en Guadalajara, que pudiera llamarse la hija predilecta del trueno y de la tempestad. Parece también que este cielo y esta atmósfera influyen en el alma de los hijos de la ciudad, pues hay algo de tempestuoso en sus sentimientos; y en sus amores, en sus odios y en sus venganzas se observa siempre la fuerza irresistible de los elementos desencadenados. Pero, volviendo al camino de Guadalajara, observaré que no se advierte al aproximarse a ella ese movimiento, esa animación que anuncian la proximidad de una ciudad populosa. Ni carros, ni caminantes, ni rebaños se divisan en aquellas cercanías. Apenas atraviesa veloz uno que otro jinete por aquellos senderos arenosos y tristes. El silencio rodea por todas partes a la más alegre y bulliciosa de las ciudades de Occidente. Así avanzando y, cuando se camina absorto, contemplando a lo lejos aquel cuadro de desolación, repentinamente una oleada de brisa fresca y balsámica anuncia al viajero que ha llegado por fin al suspirado oasis de Jalisco. Casi sin apercibirse de ello toca uno en ese pueblecillo delicioso que se llama San Pedro, por el cual se entra a Guadalajara como por una portada de verdura y de flores. San Pedro es un lugar de recreo con lindas casas de campo y bien cultivados jardines. Desde que se entra en sus callecitas alegres y risueñas, se comprende que el paraíso va a compensar a uno del fastidio del desierto. Sobre las cercas, cubiertas con millares de parietarias, se asoman la oscura copa del nogal, el zapote de hojas brillantes, la magnolia con sus grandes y blancas flores, y el naranjo con sus pomas de oro. Los árboles de diversas zonas se mezclan allí en admirable consorcio. El plátano confunde a veces sus anchos abanicos con los ramajes del albaricoque y el chirimoyo se cubre de flores a la sombra de la higuera.

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42 min Nikki Al Lado Desnudo En Jerry Springer

77 min Nikki Al Lado Desnudo En Jerry Springer Luego empezó a caminar sobre la arista huesosa de la pantorrilla, pasando la redonda plaza de la rotula, para seguir avanzando por el lomo redondo del muslo, deteniéndose únicamente junto al abdomen. Ninguno de los curiosos osaba permitirse con Gillespie esta intimidad. Le habían hecho una fama de maligno y cruel en toda la nación, y las gentes, al insultarle o agredirle con piedras, procuraban siempre colocarse a gran distancia. Sintió no tener a mano aquella lente que le había regalado Flimnap, para poder contemplar de cerca a este pigmeo que se entregaba a él con tanta confianza. Inclinó su rostro para verle mejor, y notó que abría sus velos y erguía la cabeza, queriendo hablarle y temiendo al mismo tiempo que pudieran oír su voz los grupos inmediatos. Gillespie creyó adivinar la personalidad del recién llegado. - Debe ser Ra-Ra -se dijo. Pero la turbia luz del crepúsculo no le permitía reconocerlo. Además, los movimientos de sus brazos indicaban un afán de ser levantado hasta el rostro del gigante para poder hablarle con toda confianza. Gillespie lo coloco sobre la palma de su diestra y lo fue elevando hasta cerca de sus ojos. Una agradable sorpresa le conmovió entonces de tal modo, que por instinto hubo de tomar al pigmeo entre dos dedos de su mano izquierda para que no se cayese de la mano derecha. Lo que el creía un hombre era miss Margaret Haynes que venía a visitarle. Su rostro, único en el mundo, le sonreía encuadrado por los velos, agradeciendo como un homenaje su extraordinaria sorpresa. Pero inmediatamente pensó que, aunque miss Margaret no era de gran estatura, jamás habría podido él mantenerla sobre una de sus manos, como si fuese un objeto de bolsillo. No podía ser miss Margaret, y siguiendo una deducción lógica, descubrió que la que tenía ante sus ojos era simplemente Popito. El doctor hijo del Padre de los Maestros había renunciado a su traje universitario e iba vestido como la esposa de un menestral. - Así, gentleman -dijo ella, como si adivinase sus pensamientos-, es imposible que me reconozcan. ¿A quién se le puede ocurrir en nuestra República que una mujer vaya vestida de mujer? Y al decir esto miraba sus ropas con satisfacción, como si se encontrase dentro de ellas mejor que cuando vestía su uniforme doctoral.

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110 min Howard Stern Hombre Heterosexual Porno Gay Por desgracia, la andaluza subía más que nunca: nos la encontrábamos hasta en la sopa. Había cobrado a mis gemelas tal cariño, que rayaba en frenesí, y no sabía pasarse dos horas sin echarles la vista encima. Lo que sobre todo embelesaba a doña Milagros, era la dificultad de distinguir a las gemelas, por lo muchísimo que se parecían. ¿Hay encanto como no saber cuál es Zita ni cuál es Media? (Mi hija pequeña, Pura, las confirmó así con una media lengua y su ceceo incorregible). Para señal, doña Milagros había traído una medallita de plata del Carmen, y una del Corazón de Jesús; y todo el día andábamos con el ajetreo de abrirles el capillo a las mellizas y exclamar: «¡Ay, ama, que esta niña no ha mamao. la medaya. Pues no, esta es Zita. esta si se echó una buena tragantá al cuerpo. es la otra la que está muerta de hambre! ¡Gloria er mundo, biscochiyo, reina regente! ¡Te comería. huuum, te comería! ¡Pues si se ríe ya. ama, se ríe. ya se ríe! Otras veces ayudaba a Feíta en sus tareas de nutriz, en las cuales se lucía el diablillo.

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116 min Sexo En La Ciudad / Hbo

107 min Sexo En La Ciudad / Hbo Háblase de un nuevo periódico que fundará Carnerero, y que será agridulce, como todos los suyos; pastelero y anfibio, sin contentar a nadie. En la Revista Española, Mensajero de las Cortes, continúa el anónimo articulista sacudiendo zurriagazos a Mendizábal. Parece que es Galiano el autor de estas fraternas. ¡Y eran íntimos amigos! No en vano dice Martínez de la Rosa, en las tertulias a que asiste, que vivimos en el caos, y propone como único remedio que traigamos, aunque sea embotellado, el espíritu del siglo. Que lo traigan, y en barricas el justo medio. »Aumentan las desazones por la censura de la prensa. Quién afirma que de todo este caos tienen la culpa los censores del Gobierno, que no cortan y rajan todo lo que deberían; quién abomina del demasiado rigor, pidiendo que se permita mayor desenfreno, para que la libertad, así dicen, cure y cicatrice las mismas heridas que abre; más claro, que el palo de la libertad es un palo medicinal como la quina, el regaliz y la cuasia. A los censores les juzga la opinión, mejor será decir la chismografía, con variados criterios: a unos, como Ángel Fernández de los Ríos, Lorenzo Feijoo y Miguel Vitoria, les ponen en el cuerno de la luna, por su tolerancia, por no prestarse a los rigores extremados, y dejar correr algunos escritos de solapada oposición. En cambio, ponen cual no digan dueñas a D. Juan Nicasio Gallego, a D. Jerónimo de la Escosura y a Cipriano Clemencín, a quienes llamanlos inquisidores de la prensa. Estos son los que aprietan las clavijas. Les acusan de que, por conservar sus puestos, han hecho escarnio de la sacrosanta libertad de la imprenta, contraviniendo. el espíritu del siglo. Me consta que a D. Juan Nicasio le tiene sin cuidado todo lo que de él se dice. Por nada se altera, y continúa muy amigo de todo el mundo, con aquella imperturbable pachorra y aquel cinismo de buen tono. Es un Diógenes ordenadoin sacris, que ha tomado la vida por el lado práctico, aprovechando las bonanzas que nos ofrece, y presentando a las tempestades el murallón de una filosofía pasiva, de que son emblema su corpulencia, su sonrisa bonachona y sus epigramas flemáticos.

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98 min Jarras De Cerveza Vintage Nfl Fisher Cacahuetes ¡Kennedy! ¡Arroja tus armas o estamos perdidos! -¡Aguarde, señor Dick! -dijo Joe-. ¡Aguarde un momento! Y Kennedy, al volverse, le vio desaparecer fuera de la barquilla. -¡Joe! ¡Joe! -¡Desgraciado! En aquel punto la cresta de la montaña tenía unos trescientos pies de ancho, y por el otro lado la pendiente presentaba menos declive. La barquilla llegó justo al nivel de aquella meseta bastante lisa y se deslizó por un terreno compuesto de puntiagudos guijarros que rechinaban con el roce. -¡Pasamos! ¡Pasamos! ¡Hemos pasado! -gritó una voz que hizo palpitar el corazón de Fergusson. El intrépido muchacho se agarraba con las manos al borde inferior de la barquilla y corría por la cresta para aligerar al globo de la totalidad de su peso, viéndose obligado a sujetarlo con fuerza porque tendía a escapársele.

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