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55 min Usted Pidió Phat Ass Com

-No, y lo que es el doctor, tampoco era feo. ¡Qué simpático! Y cada una envidiaba interiormente a Alicia, no pudiendo menos de admirar su audacia. Este sentimiento era acaso el único real que latía en el fondo de todo aquel barullo. Si parecía que no rompía un plato. -Mi hija -agregaba misia Tecla- ¡es india! Don Olimpio rumiaba en silencio la carta que Alicia, momentos antes de partir, le había escrito, por mano de Plutarco, diciéndole por qué les abandonaba. Aspiraba a una vida mejor, y la posición social que Baranda la ofrecía no era para desdeñarla. Rumiaba a la vez su despecho de lujurioso burlado. Y cerrando los ojos la veía con el pelo suelto, meneando las caderas, tembloroso el pecho, fresca la boca, pasar junto a él siempre desdeñosa y altiva. Entristecido, casi lloroso, iba a su cuarto donde todo estaba lo mismo, y allí permanecía largo rato, mirando a la cama vacía que aún conservaba el olor de su cuerpo. ¿En qué pensaba? No pensaba, sentía. La Cuaresma se venía encima. Misia Tecla bordaba un manto para la Virgen de los Dolores y las beatas no se daban punto de reposo, metidas a toda hora en la sacristía, ayudando a los curas y monaguillos a limpiar la iglesia y guarnecer las imágenes. En un rincón de la Catedral colgaban de la pared piececitos, narices, piernas, manos y ombligos de cera, mechones de pasa cerdosa, alpargatas y estampas de santos.

400 mb Elenco De La Banda De Hermanos Desnudos

101 min Elenco De La Banda De Hermanos Desnudos -Éste, éste. Este es el otro del zaguán. -¿Está usted en su juicio? -exclamó Arana. -Ya están los dos -dijo Gaete frotándose las manos. -¡Pero hombre! -Sí, señor Don Felipe. Éste, éste es el otro. ¿Yo querer asesinar al muy digno y respetable cura de la Piedad? -exclamó Don Cándido revistiéndose de una entereza que él habría llamado asombrosa, descomunal, inaudita. Hable otro poquito. -Está usted en error, mi apreciable y estimado señor. El acaloramiento, la irritación. -¿Cómo se llama usted? -Cándido Rodríguez para servir a usted y a. toda su respetable familia. -¿Familia?

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103 min Madrastra Caliente Teniendo Sexo Hija

54 min Madrastra Caliente Teniendo Sexo Hija Los otros invitados me parecieron estar helados como el vino. Uno de ellos, sin embargo, atrajo mi atención aún antes de que fuéramos presentados. Había oído anunciar a míster Traddles; mis pensamientos se volvieron inmediatamente hacia Salem-House. ¿Será Tomy, pensaba, aquel que dibujaba tantos esqueletos? Esperé la entrada de míster Traddles con renovado interés. Y vi a un joven tranquilo, de aspecto grave y modales modestos, con los cabellos tiesos de un modo grotesco y los ojos grises demasiado abiertos; desapareció tan pronto en un rincón oscuro que me costó trabajo examinarlo. Por último, pude verle mejor, y, o mis ojos se engañaban mucho, o era mi antiguo y desgraciado Tomy. Me acerqué a míster Waterbrook para decirle que me parecía tener el gusto de encontrar en su casa a un antiguo compañero. -dijo míster Waterbrook, sorprendido-. Es usted demasiado joven para haber ido al colegio con míster Henry Spiker. No me refiero a él -respondí, Hablo de un caballero que se llama Traddles. -dijo mi anfitrión con mucho menos interés-. Es posible. -Si es realmente la misma persona --dije mirando hacia Traddles-, hemos estado juntos en un colegio que se llamaba Salem-House; era un excelente muchacho. Traddles es un buen muchacho -aprobó mi anfitrión, moviendo la cabeza con condescendencia-, Traddles es muy buen muchacho.

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111 min El Sexo Y El Dormitorio De La Ciudad.

70 min El Sexo Y El Dormitorio De La Ciudad. Conque, usted dirá. -Pues digo, señor don Lesmes, respetando siempre su autorizado dictamen: primero, que la enferma tiene una pleuroneumonía agudísima; y segundo, que sin uno de esos cambios súbitos, inesperados e inexplicables de la naturaleza, que ustedes llaman milagros, la enferma se muere. -¿Cómo que se muere? -exclamó don Lesmes asombrado. -Antes de dos horas. El pobre cirujano, que quería mucho a doña Marta, se llevó las manos a la cabeza, diciendo al mismo tiempo con voz plañidera: -¡Y yo que he estado entreteniéndole a usted con relatos del otro mundo! -No le remuerda por eso la conciencia, señor don Lesmes -díjole el doctor con afabilidad-; lo único que podía disponerse, lo dispuse en la alcoba de la enferma. Aquí me ha dicho usted que lo relativo a su última voluntad está ya hecho. Ni un solo minuto ha perdido la ciencia desde que yo he llegado a esta casa. Al decir esto el doctor, se oyeron en la sala pasos acelerados y sollozos comprimidos; se abrió la puerta del gabinete, y Águeda se lanzó dentro. -¡Mi madre se muere! -exclamó con un acento que sólo cabe en un alma acongojada por el mayor de los dolores. El doctor y don Lesmes se levantaron precipitadamente y acudieron a la alcoba, no antes que Águeda. El cura se vestía, acelerado, la sobrepelliz, y don Sotero le ayudaba; la niña, a quien despertaron los lamentos de Águeda y el ir y venir de las gentes, estaba aterrada y como presa de una espantosa pesadilla. Por consejo del doctor la sacó de allí don Lesmes. Las sirvientes de la casa iban llegando de puntillas y se apiñaban en la penumbra del gabinete, contemplando con asombrados ojos la triste escena que alumbraban las luces de la alcoba. El doctor pulsó a la enferma, la levantó los párpados inertes, hizo, en fin, cuanto es de rúbrica en casos tales, y se retiró lentamente como diciendo: «Esta vida se acaba». Entendióle así el cura, y se dispuso a administrar a la moribunda el último sacramento con que la Iglesia ampara a los que expiran en su fe. Águeda cayó de hinojos ante el Crucifijo.

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106 min Gran Polla Negra Y Adolescentes Pequeños

550 mb Gran Polla Negra Y Adolescentes Pequeños -Están apuntados. -¿A qué hora debía ser el embarque esta noche? -A las diez. -¡Son las doce y cuarto! -dijo Rosas mirando su reloj y levantándose, habrán tenido miedo. Pueden ustedes retirarse. Pero ¿qué diablos es esto? -exclamó reparando en el hombre que dormía enroscado en un rincón del cuarto envuelto en un mantee-. ¡Padre Viguá! Recuérdese Su Reverencia -dijo, dando una fuertísima patada sobre los lomos del hombre a quien llamaba Su Reverencia, que, dando un chillido espantoso, se puso de pie enredado en el manteo. Y los escribientes salieron uno en pos de otro, festejando con un semblante risueño la gracia de Su Excelencia el Gobernador. Rosas quedó cara a cara con un mulato de baja estatura, gordo, ancho de espaldas, de cabeza enorme, frente plana y estrecha, carrillos carnudos, nariz corta, y en cuyo conjunto de facciones informes estaba pintada la degeneración de la inteligencia humana, y el sello de la imbecilidad. Este hombre, tal como se acaba de describir, estaba vestido de clérigo, y era uno de los dos estúpidos con que Rosas se divertía. Dolorido, y estupefacto el pobre mulato, miraba a su amo y se rascaba la espalda, y Rosas se reía al contemplarlo, cuando entró de vuelta el general Corvalán. -Qué le parece a usted, Su Paternidad estaba durmiendo mientras yo trabajaba. -Muy mal hecho -contestó el edecán con su siempre inamovible fisonomía. -Y porque lo he despertado se ha puesto serio. -Me pegó -dijo el mulato con voz ronca y quejumbrosa, y abriendo dos labios color de hígado, dentro los cuales se veían unos dientes chiquitos y puntiagudos.

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650 mb Cura Flagyl Para La Infección Bacteriana Vaginal

93 min Cura Flagyl Para La Infección Bacteriana Vaginal Hay tendencias en el Senado a derivar hacia los Pozos de nieve. La Bolsa firme (quiere decir que no se ha movido). El convento de Padres Capuchinos Agonizantes, unido a la Dirección de Infantería y al Hotel de Bagdad, marcha, costeando el barrio de los judíos, hacia la Fábrica del gas». Cierto que este fenómeno, único en el globo, tiene sus inconvenientes, porque no se sabe nunca, en tal ciudad, de quién es uno vecino y de quién no; pero hay que reconocer que no carece de ventajas, pues cuando un turriota sale, a altas horas de la noche, de una francachela, con la cabeza un poco mareada, no necesita fatigarse para ir a su casa, sino que se está quietecito, arrimado a un guardacantón, esperando a que pase la puerta de su vivienda para meterse en ella tan tranquilo. Es, pues, de saber que Diana tiró por la primera calle que a su vista se ofrecía. El lamentar de las campanas, en vez de intimidarla, le prestaba más ánimos, confirmando en lenguaje solemne sus propios pensamientos. Pasó por las calles céntricas y comerciales, bulliciosas de día, a tal hora casi desiertas. Ya había salido el público de los teatros, y en los cafés había bastante gente cenando o tomando chocolate. Los vendedores de periódicos voceaban perezosos, deseando vender los últimos ejemplares. Diana reparó en algunas mujeres con manto, que no parecían trigo limpio, y hombres que las seguían y alborotaban con ellas en animado grupo. Oyó ruido de espuelas, y vio caballos envueltos en capas negras o rojas, mostrando la espada a la manera de un rabo tieso que alzaba la tela. Paseando por barrios excéntricos, donde observó secreteos en las rejas, llegó a una calle donde había muchas tabernas y gente de malos modos y peores palabras que escandalizaba a ciencia y paciencia de los cuadrilleros de Orden público, los cuales, plantados en las esquinas, como estatuas, encajonada la cara en las golillas, tapándose la boca con el ferreruelo, más parecían durmientes que vigilantes. Atravesó después la niña un tenebroso parque, y hallose, por fin, en sitio solitario y abierto. Vio pasar una gran torre que iba de Norte a Sur, cual un fantasma, y como al mismo tiempo sonaban en ella las campanas, el eco de estas se arrastraba por el aire a modo de cabellera. Fábricas monstruosas con altísimas chimeneas pasaron también como escuadrón que marcha al combate con los fusiles al hombro; después vio ante sí los resplandores de la Fábrica del gas. Pasaron algunos hombres encapuchados, que debían de ser la ronda del Santo Oficio. La inconsolable se ocultó en la sombra de una casa destechada. Pasaron, tras la ronda, penitentes que se daban de zurriagazos sin piedad; luego, empleados del resguardo que iban a relevarse en los puestos; en pos, un borracho que trazaba con inseguro paso rúbricas sin fin en el suelo húmedo. La joven, asustada de su soledad y sin esperanza de encontrar la iglesia del Buen Fin, no se atrevía a preguntar a nadie.

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