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USTED! Seamos lo que fuimos. Esté el amigo a mi lado cuanto quiera. en esta noche, de amor. ¡de amor que nunca olvidarán nuestras memorias! ¿verdad, Andrés? -¡Lucía! ¡Lucía! Rechaza mis manos, cogiéndolas suave dándolas un beso, y parece que un aura de las suyas me envía a sentarme enfrente. En seguida, bella dominadora sobre mi docilidad, sigue: -Esté a mi lado cuanto quiera el amigo amante de la amistad inmensa de amores. en esta noche de traición para el ausente, y que habría sido de doble traición para nuestras sinceridades, para nuestras noblezas, para nuestros sentimientos, si nos hubiésemos obstinado ya inútilmente en ocultarlos. Yo sé, Andrés, que no le haría más traición a mi marido entregándole a usted mi cuerpo. Ni es el respeto a Alberto, ni es mi afán quien lo estorba. ¡quien lo estorba! óigalo bien. quien hubiera hasta de impedirlo violentamente si yo al acogerle aquí no hubiese estado tan cierta como estoy de que usted no necesita mis violencias. es el respeto de. a .

720p Dolor En Los Nervios Y El Tejido Mamario Se Expande.

66 min Dolor En Los Nervios Y El Tejido Mamario Se Expande. Yo llevaba el peso de todas nuestras pequeñas preocupaciones, de nuestros proyectos; Dora seguía dándome las plumas, y los dos sentíamos que las cosas así estaban repartidas lo mejor que podían estarlo. Me quería y estaba orgullosa de mí; y cuando Agnes le escribía que mis antiguos amigos se regocijaban con mis éxitos, cuando le decía que al leerme le parecía oír mi voz, Dora tenía lágrimas de alegría en los ojos, me llamaba su querido, su ilustre, su viejo marido. «El primer movimiento de un corazón indisciplinado. Aquellas palabras de mistress Strong me volvían sin cesar al espíritu, las tenía siempre presentes. Por la noche las encontraba al despertarme; en mis sueños las leía escritas en las paredes de la casa. Pues ahora sabía que mi corazón no había conocido disciplina cuando se había enamorado de Dora, y que hoy mismo, si estuviera mejor disciplinado, no hubiese sentido, después de nuestro matrimonio, los sentimientos de que hacía secreta experiencia. « No hay matrimonio más desacertado que aquel en que no hay comunión de ideas ni de carácter. Tampoco había olvidado aquellas palabras. Había tratado de moldear a Dora a mi carácter, y no lo había conseguido. No me quedaba más remedio que hacerme yo al carácter de Dora, compartir con ella lo que pudiera y contentarme, llevando el resto sobre mis hombros. Esa era la disciplina a que tenía que someter mi corazón. Gracias a aquellas resoluciones, mi segundo año de matrimonio fue mucho más dichoso que el primero, y, lo que valía más todavía, la vida de Dora era un rayo de sol. Pero al transcurrir aquel año había disminuido la fuerza de Dora. Yo había esperado que manos más delicadas que las mías vinieran a ayudarme a modelar su alma y que la sonrisa de un nene hiciera de mi «mujer-niña» una mujer. ¡Vana esperanza! El pequeño espíritu que debía bendecir nuestra casa se estremeció un momento en la puerta de su prisión y después voló al cielo, sin conocer siquiera su cautiverio. -Cuando pueda empezar a correr como antes, tía -decía Dora-, haré salir a Jip; se está volviendo muy pesado y muy perezoso. -Sospecho, querida -dijo mi tía, que trabajaba tranquilamente al lado de mi mujer-, que tiene una enfermedad más grave que la pereza: es la edad, Dora. -¡Cree usted que es viejo!

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73 min Galerías De Clip De Película British Cunt Hump Al pronunciar estas últimas palabras la voz de la condesa temblaba entre sus labios, y sus ojos se fijaron en Carlos con una melancolía profunda. Parecía que una lágrima templaba el fuego apasionado de sus grandes ojos, y Carlos se sintió tan hondamente conmovido que tomando su mano la llevó con ternura a sus labios. Elvira se incorporó en la cama en aquel momento. Catalina corrió a su lado, y Carlos permaneció absorto en sus reflexiones hasta el momento en que se acercó a él la condesa para decirle a Dios. -Me marcho, Carlos -le dijo-, es ya de día y Elvira no tiene novedad. Creo que habrá sido ésta la última noche en que habremos velado juntos en este sitio. Aun le veré a Ud. algunos días aquí, pero Elvira se pondrá buena y entonces. -Entonces -dijo él con viveza-, espero que me será permitido ir a pasar algunos momentos cerca de Ud. en su casa. -Deseábalo -dijo ella-, pero no me atrevía a pedirlo. Sin embargo, Carlos, ¿por qué me privaría Ud. de este placer? Nada arriesga Ud. en concedérmelo y yo -añadió poniéndose encendida, yo creo que respetaré siempre la felicidad de Ud. Salió ella y Carlos se encerró en su cuarto en el cual, sin embargo, no buscó el descanso de dos noches de desvelo. Paseábase por él a largos pasos, recordando cuánto había oído a la condesa. Estudiaba el alma y la vida de aquella mujer singular, en lo que ella le había revelado, conmovíase de su sencillez y su franqueza, encantábase con su talento y la magia de su conversación, y espantábase de la insaciabilidad de su alma de fuego, y del frío y desolante raciocinio de su implacable razón. -Debe ser verdad todo lo que me dice -pensaba él-.

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99 min Lesbianas Teniendo Sexo Jugando Doctor Podía alejarse sin zozobra, pues ella guardaría su fe y aquel cariño que nada podría debilitar, enseñoreado como lo estaba de su corazón. Suplicaba, sí, que el regreso no fuera tardío; pues algunos presentimientos extraños la tenían inquieta. No deberían verse hasta entonces: su protectora no se encontraba bien de salud, y aparte de eso, algo había ocurrido, que ella no quería ocultarle. La señora de Nerva, penetrada de su estado de ánimo, la había llamado a confidencias, con noble solicitud; y ella, lejos de rehusarse, tuvo la dicha de revelárselo todo, sin omitir otros detalles que los que se referían al doctor de Selis. Su conciencia la absolvía; la confesión, por lo mismo, no podía quemarla los labios. ¿Cómo resistirse tampoco a exigencia tan justa? Bajo otro concepto, sus revelaciones podían contribuir a modificar los opuestos designios de su protectora. Ésta nada había dicho, limitándose a oírlas en silencio; pero creía que hubiese sufrido por ello gran pena. ¿Sería ella la causa de su actual quebranto? Tenía la esta sospecha muy pesarosa y triste; con todo, confiaba en la eficacia de sus ternuras y desvelos para desvanecer aquella sombra de disgusto y malestar. Concluía Brenda su carta expresando que esperaría resignada la vuelta del viajero; para cuya época su goce sería indecible, si él se dignaba acercarse a su venerable bienhechora y vencer los escrúpulos cuyo origen no conocía y la llenaban de penosos pensamientos. Varias veces leyó Raúl el billete, con cierto contento íntimo. Persuadiose de que podía partir sin dudas ni vacilaciones; tenía en sus manos una de las más elocuentes pruebas de ser amado: que una mujer púdica y bella no escribe nunca a otro hombre que a aquel a quien ella ha enseñado a leer previamente en el fondo de su alma, ¡y concedídole el privilegio y la gracia de vencerla! Abnegación sincera, denuedo estoico, intrepidez tranquila como si se tratase de una actitud de conquista ante una mujer hermosa: esto es poco común, y por lo mismo envidiable y atrayente. Comprendo ahora por que mi ánimo, de suyo prevenido, se exalta y admira, a pesar de todo. ¡Inclina el corazón de veras! ¿Cómo explicarse, sino, aquel cariño virginal, intenso, al héroe sombrío, en el drama de los celos, cariño que a su vez suscita un amor salvaje en la dura entraña del león célibe, embriagado hasta entonces con el aroma del desierto y el humo de la gloria? Prueba de que para un alma exigente, el amante debe ser entero; pero algo más que el negro paladín. Voluntad firme e inteligencia superior: ¡qué carácter profundo!

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150 mb Milfs Que Beben Para Calentarse

26 min Milfs Que Beben Para Calentarse -Bien venido sea -dijo Mariquilla a Manolo-. Siéntese, siéntese el forastero y mande lo que guste a este par de esaboriciones. -Por de pronto -exclamó el poeta, encarándose con la vieja y asentado junto a las mozas- sáquese unas botellitas de vino bueno, si es que lo hay, y algo, si lo tiene, que nos vaya ayudando a envasar el mosto. -¿Cómo si lo hay? -repuso la tía Guarnición-. ¡De primera! ¡Mejor no le pisaron hombre! ¿Cómo que si tengo con qué ayuar al mosto? Dos perniles del propio Trevélez toman el aire en mi despensa; un barrilito de aceitunas se rezuma a la vera de ellos, y junto al barril puse esta mañana una cazuela de pestiños que gotean miel y están más suaves que manteca. -Venga todo eso, pues, y si más se cría en la casa pidan las niñas por sus bocas. -¡Pía usté por la suya, rumbón! Las muchachas vistas están, que vistas y deseando de servirle; pero verlas no es tó. Fuera parte otras habilidaes, Frasquita toca la guitarra como los serafines, y esta Mariquilla de la O se canta y se baila como un ángel. De mó, que si se aburre su mercé, no será culpa nuestra. -Ni mía tampoco -respondió Manuel, tirando el sombrero encima de una silla y despuntando un puro, mientras la vieja ponía sobre la mesa botellas, vasos y manjares. Era el cacareado vino de lo peor que envenena cubas: sólo con el picante de las dos mozas se podía tragar; el jamón estaba mohoso; las aceitunas duras; los pestiños ásperos como lija. Del pan no se hable: moreno y de la semana anterior. Menos mal que, según la vieja, lo amasaron sus manos, y ello ayudaba a morderlo con gusto. Vaya que la de la O y Frasquita suplían, con sus arrumacos, la mala condición de los líquidos y los sólidos; y vaya que Manolo, en punto a bebidas, no encontraba mala ninguna.

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95 min Fotos De Chicas Iranias Desnudas Por Correo -Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía -le dije con gravedad. -Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen». -No les haga caso. Hay que acostumbrarse a esas cosas cuando se es Gobernador. Si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y sería lo mismo. Pero yo no quiero que se apalee a la gente. sin necesidad. No se aflija, y dejemos en su puesto a ese comisario, que es un tigre. Nos haría falta en un momento dado. -Por lo menos, cámbielo. Mándelo a la campaña hasta que se acabe esta gritería. Me encogí de hombros. -Así no se hace patria. Déjelos que aguanten.

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80 min Hombre Gay Negro Gratis Sexo Xxx Henares pensó que desde ese momento su amigo no se pertenecía. El recuerdo de Brenda le aisló bien luego del pesar ajeno. Acercose a la mesa, después de meditar algunos instantes, y trazó varias líneas sobre un pliego pequeño. Era el anuncio de su próxima partida, delicadamente advertido, con mezcla de reminiscencias gratas, y designación del día en que contaba estar de regreso. Sus deberes profesionales le llamaban lejos; pero él suponía que la distancia y el tiempo acercaban más los corazones, para aumentar a la vez el placer de sus ansiedades; el reencuentro de los que se aman, equivalía a una doble prueba y a un supremo deliquio. Antes de partir quería verla. Él esperaba acogida para esta súplica, pues no debía confiar a la esquela lo que con más sencillez podía expresar el labio. Releída la esquela, pareciole bien; y en el instante se propuso hacerla llegar a su destino. Abandonando desde luego el gabinete, dirigiose a la quinta, pues suponía que le sería fácil ponerla en manos de Zambique, a quien siempre se veía cerca del seto. No le percibió en los lugares de costumbre; pero en cambio pudo divisar a Brenda, dando el brazo a su anciana protectora, y acompañada del doctor Lastener de Selis. La señora de Nerva parecía enferma y andaba con lentitud. En presencia de aquel grupo, pensó Raúl que la joven debía haber ocultado a la anciana, como él lo había supuesto, el episodio de la avenida. El mismo aplomo del doctor de Selis, denunciaba que éste había asistido seguro de esa discreción. No le era posible al joven observar a la distancia lo que revelaban las tres fisonomías, y por consiguiente deducir el género de impresiones que podía imperar en cada una de las personas del grupo; mas, si le fue dado convencerse, por ciertas manifestaciones y actitudes de la enferma en su paseo, que la afección que padecía estaba lejos de perder su tenacidad de grave y alarmante, debiéndose atribuir acaso a la anterior velada, su sensible desmejoramiento. En su nobleza de ánimo no se le ocurrió pensar que aquella vida podía extinguirse en breve tiempo: sólo agitose en el propósito de aproximarse a ella, en ocasión que no creía muy lejana, para expresarla sentimientos que debían, en su concepto, desvanecer una preocupación infundada y adversa a su persona. Zambique apareció de improviso, por la línea de agaves del fondo; aun cuando de su aproximación fue Raúl advertido un momento antes, por una especie de gruñido sordo, con que el liberto traducía sus notas y frases de marimba. Traía al brazo un cesto de mimbres, casi lleno de frutillas blancas y rojas. Con su irreemplazable levita sin faldones, su sombrero alto de felpa sin ala y abatido, que temblaba en el cráneo como un morrión de pelo, y su pipa de yeso detrás de la oreja, el honrado Zambique no parecía preocupado más que del suelo en que sentaba su planta callosa y vacilante. El joven le salió al encuentro, junto a unos árboles del seto, y le dijo afablemente: -No pasan los años por ti, Zambique.

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78 min Las Chicas De Video Tienen Sexo Con Papá Por esto, cuando regresó a Valencia, volviendo a encargarse de Las Tres Rosas, experimentó la alegría del que sale del destierro. Quiso resarcirse del breve paréntisis en su vida de amante, y esperó a Tónica en las calles, sosteniendo con ella largas pláticas que la hacían llegar tarde a casa de las parroquianas, enterándose con minuciosidad de las tardes que había pasado en melancólica calma leyendo novelas sentimentales, mientras Micaela, la fiel amiga, cocinaba, preparando la modesta merienda. Sus pláticas con aquella muchacha tranquila y juiciosa le daban nuevos ánimos para trabajar; y él, que hasta entonces había vivido tranquilo e indiferente, amarrado a la noria de la dependencia, sin pensar en el porvenir, sentíase ambicioso, soñaba con una gran posición comercial, que compartiría con Tónica, y miraba la tienda de Las Tres Rosas con el mismo cariño del heredero ante una cosa que espera ha de ser suya. Su plan estaba formado. Esperaría hasta fines de año, vendería el huerto de Alcira, y don Antonio le haría traspaso de la tienda por unos cuantos miles de duros. El afortunado bolsista seguía abominando de la tienda y del mezquino comercio al por menor; no era difícil alcanzar la cesión de Las Tres Rosas por lo que el joven quisiera darle. ¡Valiente cosa le importaba a él mil duros más o menos! La suerte le había hecho audaz; realizaba jugadas con éxito sorprendente, y así como aumentaba su fortuna, transformábase en persona. Permanecía en la tienda lo menos posible; cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el café, mediando en las riñas de «alcistas» y «bajistas», con expresión de superioridad; enganchaba la charrette e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que supieran más de cuatro que él también, «aunque le estuviera mal el decirlo», era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que más vale en estos tiempos; y hasta en su misma casa introducía reformas radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad mediocre a la ostentación aparatosa. Seducido por los guisos de fonda que saboreaba en los banquetes conmemorativos de grandes jugadas, no podía avenirse con el talento culinario de su Teresa, y había tomado una cocinera procedente de una gran casa. La riqueza improvisada daba al señor Cuadros un airecillo petulante y fanfarrón. En competencia con su mujer, pocos dedos conservaba en sus manos libres de sortijas; sólo que las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos. Rompía los ojales del chaleco con la enorme cadena cargada de dijes, y él, que antes cuidaba de salir con poca calderilla en el bolsillo, por miedo a los compromisos o a la tentación de entrar en algún café, sacaba ahora, a tuertas y a derechas, su gran cartera de hombre de negocios repleta de billetes del Banco, y muchas veces escandalizaba a los camareros presentando para pagar un refresco un papelote de mil pesetas. Las Tres Rosas estaba patas arriba, según murmuraba el asombrado Juanito. La fortuna del amo los enloquecía a todos. Los dependientes, libres de vigilancia, hacían lo que les daba la gana; el género desaparecía, sin dejar como recuerdo de su paso dinero en el cajón; las criadas robaban arriba, en las mismas narices de doña Teresa, aturdida por tan radicales cambios; pero allí estaba el amo para remediarlo todo, y por mucho que se despilfarrase, los cobros de diferencias a fin de mes eran tan exorbitantes, que empujaban vertiginosamente aquel barco falto de dirección y haciendo agua por todas partes. El único que protestaba en la casa, revolviéndose furioso contra las desatinadas innovaciones, era don Eugenio. El veterano del comercio escandalizábase, y había que oírle las pocas veces que conseguía entablar conversación con el dueño de la tienda, siempre atareado, viviendo en su casa como en una fonda. Don Eugenio parecía una sibila, que, en nombre de la honradez y la mesura comercial, profetizaba las mayores desgracias.

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