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35 min La Canción Del Gilipollas De Jimmy Buffet

Tu empresa de pulirle los cascos a Pablo ha de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer. -La delicadeza -repuso el Abad-, según la define un filósofo suizo, se muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su propio sufragio, sustrayéndose a la ajena gratitud; es un encarecimiento de consideraciones y urbanidades hacia el desgraciado; es el perdón de una injuria pagándola con un beneficio; es una restricción de los propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto a sí mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se permitiría en presencia de testigos; es una fidelidad a la propia palabra, que sobrevive a la amistad, al amor, a la estimación y aun a la muerte. Es la continuación de los buenos procederes, aun después de enemistarse y cortar relaciones; es una atención obsequiosa y tan fina, que no puede ser adivinada ni sentida sino por aquella persona a la que va dirigida. Es una celebración indirecta de los méritos de una persona presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un segundo beneficio, después de admitir el primero; es gozar más en el placer de otros que en el propio. Así, hermano mío, define Weiss la delicadeza; yo definiría su esencia diciendo que es una flor que tiene sus raíces en el corazón, que cría el entendimiento, y que recibe de la cultura su exquisito perfume. -Hermano -dijo don Martín-, eso es extracto sublimado de las cosas: menos espuma y más chocolate. El corazón en la mano, y en el corazón buena sangre; eso es delicadeza, según lo entiendo yo; o bien la fruta sin la flor, como dirías tú. -En ti, Martín -repuso el Abad-, halla tan buen terreno, que crece lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da opimos frutos; pero gentes hay, Martín, que son estériles troncos para esta fruta, y ramas secas para aquella flor. -Malva-rosita -dijo don Martín, distraído ya de una conversación que no le interesaba-, tira la cédula que te dio aquella- lombriz de caño sucio. -No señor, no señor -repuso alegremente Clemencia-, la voy a guardar como oro en paño. -Eso es una tontería de dos varas, niña. -Déjala, Martín -intervino doña Brígida-, deja que cada uno haga lo que le parezca, en no ofendiendo ni a Dios ni a ti: eso sí es la verdadera delicadeza; pero ¿no digo que en todo te has de meter, como los periódicos? -Señora -repuso don Martín-, los periódicos se meten en casas ajenas con las llaves del sacristán que les ha dado la niña que nació en Cádiz; pero yo no me meto sino en la mía. Mas ya callo, ya callo, señora, pues lo mandáis; pero ello es que si yo me metiese en mi concha como lo hace usted, iría todo en la casa manga por hombro. En metiéndose usted en su oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe usted aquello de la confianza en Dios y los pies en la calle? -Voy a seguir tu consejo -dijo con grave sonrisa doña Brígida-, pues mi prima me está aguardando en el locutorio con la madre abadesa.

62 min Mamopagrama Mamario No Detectado Y Doctor

63 min Mamopagrama Mamario No Detectado Y Doctor Jugarlo, señores, jugarlo, que no sabemos todavía. Si la contra está en una sola mano. Salgo de espada. no me la fallen ustedes. (la gracia de esta agudeza, que suele repetirse por término medio quince veces cada noche, sólo pueden percibirla los que conocen la marcha del tresillo). Convencidos de la infalibilidad del coronel de ingenieros, autoridad en la materia (aunque por economía no jugase jamás) y espejo de la ciencia matemática, los compañeros se rindieron, y volqué en mi exangüe cesto el platillo repleto de fichas. Dieron nuevamente, y. ¡ah, qué brinco pegó mi corazón de tresillista! Otro solo, morrocotudo, un solo que pararía en bola quizá. -¿Don Benicio? -articuló a mis espaldas una voz sumisa y oficiosa. ¿Es por mí? ¿Qué se ofrece? -respondí sin volver la cabeza, por no distraerme en momentos tan dulces. ¡Implacables mirones! Ellos fueron los que gritaron, llenos de feroz contento: -Es el mozo, que quiere hablar con usted. ¡Cómo se ceba en las ganancias este hombre!

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111 min Vestuario Duchas Historieta Cómica Gay

55 min Vestuario Duchas Historieta Cómica Gay Pero por lo pronto, duele, sí, señor. ¡caray, si duele! Mala noche pasó el pobre boticario a vueltas con sus inútiles investigaciones mentales; peor que Leto, mucho peor; porque éste, al fin, logró encontrar en medio de sus escozores y espasmos, ya que no un calmante de ellos, un remedio para sufrir hasta con gusto sus rigores; y fue que de pronto cayó en una idea en que hasta entonces no había caído de lleno, a causa de tener la sensibilidad fuera de quicio por la fuerza de sus aprensiones extremadamente pesimistas. Él había sentido con lo dicho por don Claudio, que era un estorbo en Peleches, y un motivo de perturbación para ciertos planes de don Alejandro Bermúdez. Así, considerándolo en montón; pero estudiándolo mejor después; separando las cosas y examinándolas una por una, acordose de que los enojos del señor de Peleches contra él, dimanaban, según don Claudio, de ciertas franquezas de Nieves que le habían confirmado en las sospechas que ya tenía. ¡Santo Dios, lo que él vio, lo que él sintió en aquellos momentos! ¡Qué efusiones tan hondas, jamás experimentadas! ¡qué terrores tan nuevos y tan sublimes! ¡qué recelos tan extraños! Póngasele el sol de repente en las manos a un hombre que le haya estado adorando sin otro fin que adorarle. Pues en una situación por el estilo se vio Leto al dar a las franquezas de Nieves la única interpretación que podía darlas por la virtud de los hechos y la fuerza de la lógica. El peso de la mole le aplastaba, la luz resultaba fuego; pero ¡qué martirios, qué torturas, qué muerte tan adorables! Porque él se daba por muerto, como dos y tres eran cinco. Que no estorbaba a Nieves en ninguna parte; que Nieves le había entendido la metáfora del aire y del sol y del humilde puesto para tomarlos, y que lejos de ofenderse con el símil, hasta le había reprendido a él porque no colocaba su banqueta en primera fila, bien sabido se lo tenía, y bien justipreciado en las entretelas de su corazón; pero que el sol descendiera de su trono para. ¡Dios clemente! ¡Cómo no había de execrarle el señor don Alejandro Bermúdez? Por otra senda bien distinta esperaba él aquella execración; pero ya que había llegado y pues que era de necesidad que llegara, bien venida fuera por donde había venido. Cierto que el abismo resultaba así más hondo para él que de la otra manera; pero, en cambio, menos frío y solitario; y eso salía ganando en definitiva.

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63 min Cómo Hacer Tu Pene Más Grande Con Solo Tus Manos.

119 min Cómo Hacer Tu Pene Más Grande Con Solo Tus Manos. Y por estilo semejante, el P. Enrique, que a penas se fijaba en la belleza y elegancia del cuerpo y rostro de doña Luz, ni en la distinción de sus modales, ni en el reposado y majestuoso continente de toda su persona, hundía la mirada a través de estas prendas corporales y exteriores, y llegaba al alma, donde resplandecía un mundo de pensamientos, que eran los suyos propios, pero mil veces más bellos, reflejados por doña Luz, que tales como ellos eran. Casi siempre las conversaciones de doña Luz y del P. Enrique eran en la tertulia, en presencia de don Acisclo, de D. Anselmo, de Pepe Güeto y su mujer y del señor cura. En ocasiones, no obstante, se encontraron en la casa a solas los dos, o bien hablaron sin oyentes y sin otros interlocutores, cuando salían de paseo con Pepe Güeto y su mujer, y éstos se adelantaban o se quedaban atrás, embelesados en la interminable y risueña luna de miel, de que seguían gozando siempre. Entonces, en estos diálogos a solas, sin reflexionarlo ni él ni ella, sin que fuese circunspección estudiada, lo cual implicaría un temor de que ambos se veían exentos, sino por instintiva, inocente y santa delicadez, por pudor inconsciente, por recato santísimo del corazón, jamás hablaban de sus propias personas, ni de lo íntimo de las almas, aunque fuese en general, sino de la pompa exterior del material universo, y de la armonía, riqueza y orden que le adornan, proclamando la bondad, el poder y la sabiduría de quien le sacó de la nada. Ella, sin embargo, había sabido inducir al Padre, cuando había auditorio, a que hablase de sí y a que contase sus peregrinaciones. Y el Padre, si bien con modestia y sobriedad, no había podido menos de dejar entrever y de hacer que se estimasen los peligros que había corrido y las penalidades y fatigas que con valor heroico había sobrellevado. Él, en cambio, había leído en la frente y en los ojos de doña Luz hasta sus más secretos pensamientos y sentimientos. Para esto le servía su costumbre de observar y estudiar a los hombres, en tantos años de predicador, confesor y catequista. Además, si algo hubiera quedado para él en cifra, su tío D. Acisclo, aunque con términos groseros, le hubiera dado la clave, contándole, como le contaba, la vida de doña Luz en el lugar, su desdén con los galanes, su orgullo y su firme resolución de no casarse nunca. Los hombres, por mucho que se examinen y estudien, por bien que escudriñen hasta los más escondidos senos de su conciencia, por severamente que se juzguen, y por muy alerta que estén, suelen con frecuencia concebir algún plan o proyecto, el cual les deleita y seduce, envolviéndose en tan mágica niebla, que logra ocultarse o velarse y disfrazarse al juicio, cuando éste interroga para fallar y condenar acaso, quedando patente y como desnudo a los ávidos ojos de la pasión que le ha creado. De este modo confuso y como entre nubes forjó sin duda el P. Enrique, a quien el trato de doña Luz encantaba, si no un plan, una ilusión, una esperanza, algo de un porvenir meramente amistoso, aunque lleno de ternura. Apenas se daba razón de lo que forjaba, pero ciertamente lo forjaba. Lo que forjaba era, por otra parte, tan sin asomo de pecado, que no suscitaba escrúpulos.

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115 min Donde Puedo Comprar Peliculas Porno

33 min Donde Puedo Comprar Peliculas Porno —Porque el frío y el calor seguirían equilibrándose en nuestro Globo. Se a calculado que si la Tierra se hubiera visto arrastrada por el cometa de 1861, habría sentido, en su mayor distancia del Sol, un calor que no hubiera llegado a dieciséis veces el de la Luna, calor que, concentrado en las lentes más fuertes, no produce efecto sensible. —Aguarda —respondió Barbicane—; se ha calculado también que en su perihelio o distancia más corta del Sol, la Tierra hubiera sufrido un calor igual a veintiocho mil veces el del estío. Pero aquel vapor, capaz de vivificar las materias terrestres y de vaporizar las aguas, hubiera formado un anillo de nubes que habría templado esa temperatura excesiva. De ahí la compensación entre los fríos del afelio y los calores del perihelio, cuyo resultado habría sido una temperatura media probablemente soportable. —¿Pero en cuántos grados se calcula la temperatura de los espacios planetarios? —En la Antigüedad se creía —respondió Barbicane— que esa temperatura era sumamente baja, llegándose a fijarla en millones de grados bajo cero. Pero un compatriota de Miguel, el ilustre Fourier, de la Academia de Ciencias, ha hecho cálculos incontestables, de los cuales se deduce que esa temperatura no baja de sesenta grados bajo cero, que es, con poca diferencia, la temperatura observada en las regiones polares, en la isla Melville o en el fuerte Reliance; cincuenta y seis grados bajo cero. —Falta probar —notó Nicholl— que Fourier no se haya equivocado en sus apreciaciones. Si no me engaño, otro sabio francés, Rouilet, calcula la temperatura del espacio en ciento sesenta grados bajo cero; esto es lo que nosotros comprobaremos. —Más no ahora —respondió Barbicane—, porque los rayos solares, que atacan directamente nuestro termómetro, nos darían una temperatura muy elevada. Pero cuando hayamos llegado a la Luna, durante las noches de quince días que tiene cada una de sus fases alternativamente, podremos hacer el experimento porque nuestro satélite se mueve en el vacío. —¿Pero qué entiendes por vacío? ¿El vacío absoluto?

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98 min Videos De Camel Toe Gratis

120 min Videos De Camel Toe Gratis Su primer impulso fue entrar y pedirle perdón. Comprendió cuán ridículamente macabro sería esto, que en nada repararía la injusticia, y halló preferible ahorrarle en sus últimos momentos el dolor y la indignación de su presencia. Los médicos salieron. Su reconocimiento, lejos de aportar tranquilidad, confirmaba los temores. Herida penetrante, de pleura, de pulmón. Y acaso también de pericardio. Tendencia al colapso, que verían de combatir con suero artificial. Al toser, siempre sangre. El estilete se hundía unos tres centímetros. Se le había dispuesto morfina y hielo; no hablar; calma absoluta. Como riesgos inmediatos había la parálisis del corazón, por el shok, o por la hemorragia pericárdica; y para después, si el infeliz salía de la mañana, el enfisema, la pulmonía. En suma, un horizonte de horrores que no clareaba luz por parte alguna. para mayor angustia del que había causado la catástrofe. Ya que no otra cosa, el caballeresco Monteleón se propuso poner al servicio de su víctima, y singularmente de la madre, todas sus devociones. La equivocación tremenda le obligaba a exagerar en tal concepto. Por lo pronto, le dio a los criados de la dehesa la orden de tratar al huésped con cuidados exquisitos. En seguida se volvió en el coche a la ciudad para enviar una monja de enfermera, y telegrafiar del mejor y más expedito modo posible, dentro de la urgente situación, a la pobre madre del herido.

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