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Como a nosotros nos espantaban de chicos: «¡que viene el negro! , a ellos les dirán: «¡que viene el blanco! Mas no sé por qué me ha parecido leer en la sonrisa de la hechicera muchacha que no se amedrenta de un blanco como su hijo. Plaza atrás, tomando luego por otra calle que cruza a la que he traído, camino lento, pensando que estos negros, que estas negras, tienen facciones de griega corrección. Si aquí nació Eva, y fue, india, no hemos tenido los caucásicos mala suerte en perdurar siendo también sus nietos predilectos. Quédome con este consuelo bíblico de parentesco ceilanés, ya que no me consienten mejores disquisiciones mis etnologías. Al tenderme el muchacho, irguiendo rectamente la joven madre el busto, he visto por su escote, como una hechicería de perla plomo, su cintura fina y sus pechos estatuales. Una tristísima saudade de las cingalesas me quedará toda la vida. Los rectos ingleses inspíranme ahora un sombrío rencor con la rigidez de sus costumbres, que no consienten siquiera la orquesta de Port-Said. Vale más olvidar, no mirar. Trato de comprarle a Lucía el alcohol. Empiezo a revisar comercios. Ninguno tiene traza de droguería. Salvo calles al azar, sin cuidado de extraviarme: un puerto se encuentra siempre; además, me gusta andar a la ventura en una desconocida ciudad. Un comercio de jabonería y perfumes, me invita.

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550 mb Lesbianas Sapphic Erotica Videos Consolador Profundo ¡Oh, qué gran cosa! Ya conozco yo eso, ¿verdad, Teresa? Y como si presintiese lo que pensaba su mujer y quisiera apaciguarla de antemano, lanzaba a la obesa señora una mirada de ternura, como un hombre honrado y de costumbres intachables recordando su tranquila luna de miel. Doña Manuela estaba admirada. Decididamente, la tal Clarita había cambiado a aquel hombre. Era un tuno. Y en vez de indignarse por la crueldad con que mentía e intentaba engañar a su mujer, la viuda comenzaba a encontrarlo simpático, viendo en él como una resurrección de su segundo marido, de aquel doctor calavera al que tanto había amado. —Si ustedes quieren, las acompañaremos Andresito y yo. Doña Manuela, animada por un instinto pudoroso, intentó excusarse. —Sí; Antonio las acompañará—se apresuró a decir Teresa. Ya la pobre mujer la rogaba con su mirada que aceptase, como si fuese para ella una esperanza que su marido prolongase la conversación con la viuda. ¡Quién sabe cuántas cosas podía decir doña Manuela al marido infiel! No hubo medio de excusarse. Las de Pajares salieron acompañadas por Andresito y don Antonio, siguiéndolas con su vista ansiosa la crédula Teresa. ¡Dios mío, que se ablandara el corazón de aquel hombre, para que no la martirizase escandalizando a la familia y los amigos! Abajo, en la cerrada tienda, encontraron a don Eugenio, siempre con la gorrita de seda, el cual acogió con gesto huraño a su antiguo dependiente.

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51 min Transcripción Del Sexo Cibernético De La Edad De Conan La Condesa había cometido la imprudencia de conservar las primeras cartas que le escribió su amante y el Conde pudo leerlas. Por dicha, estas cartas no probaban la completa complicidad de la Condesa. Hasta podía ella haberlas conservado, no por amor a quien las escribió, sino por vanidad y como testimonio de haber sido tan amada. Las cartas bastaron, no obstante, para que el Conde tuviera escenas espantosas con su mujer. Si las cartas le hubiesen probado su culpa, el Conde la hubiera asesinado. Como las cartas no eran más que un indicio, el Conde se limitó a atormentar a su mujer y a desconfiar de ella y a vigilarla. Con un pretexto plausible se trajo a vivir en su casa a una hermana solterona que tenía, la cual era una furia del infierno. Esta mujer fue desde entonces la espía, la acompañante, la dueña, la negra sombra de la Condesa. En cuanto al galán, cuyo nombre descubrió el conde por las cartas, también las cartas le costaron caras. El Conde, a fin de que nadie se enterase y procurase inquirir el motivo, buscó al galán y le obligó a reñir con él a la espada, sin ninguno de los trámites y formalidades del duelo. El galán quedó mortalmente herido en su propia casa, y sólo por un milagro de la cirugía pudo salvar la existencia. -Sabía ese lance de mi padre -dijo doña Luz-, pero ignoraba quien fue su adversario y la causa del lance. Prosiga V.

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1080p Ver Películas De Sexo Como En La Televisión Yo no sé el número de tazas de té que acepté porque era Dora quien lo había hecho; pero recuerdo perfectamente que consumí tantas que debían haberme destruido para siempre el sistema nervioso, si hubiera tenido nervios en aquella época. Un poco más tarde fuimos a la iglesia. Miss Murdstone se puso entre los dos; pero yo oía cantar a Dora, y no veía a nadie más. Hubo sermón (naturalmente sobre Dora . y me temo que eso fue todo lo que saqué en limpio del servicio divino. El día pasó tranquilamente. No vino nadie; después paseamos, comimos en familia y pasamos la velada mirando libros y grabados. Pero miss Murdstone, con una homilía en la mano y los ojos fijos en nosotros, montaba la guardia de vigilancia. Míster Spenlow no sospechaba, cuando estaba sentado frente a mí después de comer, el ardor con que yo le estrechaba, en mi imaginación, entre mis brazos, como el más tierno de los yernos. No sospechaba, cuando me despedí de él por la noche, que acababa de dar su consentimiento a mi noviazgo con Dora, y que yo reclamaba, en agradecimiento, todas las bendiciones del cielo para él. Al día siguiente partimos temprano, pues había una causa de salvamento en la Cámara del Almirantazgo que exigía un conocimiento bastante exacto de toda la ciencia de la navegación. Ahora bien, como en esa materia no estábamos muy duchos en el Tribunal, el juez había rogado a dos viejos, Trinit y Martersn, que tuvieran la caridad de ir en su ayuda. Dora estaba ya en la mesa haciéndonos el té, y tuve el triste placer de saludarla desde lo alto del faetón, mientras ella estaba en el dintel de la puerta con Jip en sus brazos. No intentaré inútiles esfuerzos para describir lo que la Cámara del Almirantazgo me pareció aquel día, ni la confusión de mi espíritu sobre el asunto que se trataba en ella; no diré cómo leía el nombre de Dora escrito sobre la rama de plata puesta encima de la mesa como emblema de nuestra alta jurisdicción, ni lo que sentí cuando míster Spenlow se volvió a su casa sin mí. (Había abrigado la esperanza insensata de que quizá me llevaría.

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79 min Shawn Michaels Sabes Que Soy Sexy Era en ellas maestra. Equitación, música, pintura. La pintura era su especialidad. Luego leyó, leyó mucho, sin orden ni concierto, desde Fray Luis de León a Bocaccio, desde Virgilio (traducido) a Paul de Kock. Pero su pasión eran los autores psicólogos: Bourget, Prevost. Se creía un espíritu complicado. ¡Ella sí que comprendía a D'Annunzio! Ella no le comprendía, ni ganas. Era una postura (pose, como dicen los franceses). Hubo una época en que la dio por hablar con los que pasaban por usar mayores libertades de palabra. Luego, por charlar con literatos artistas. Sí, sí. Era una apasionada, pero de lujo, de elegancia, de ostentación y de amor. De amor a su manera. ¡Qué aburrido era comer en familia!

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19 min Coño Hardcore Películas Rubia Afeitada Gratis La destrozaron. Y Beaujean, que observó, al ser detenido por la policía, dos días después del asesinato, que tenía una mancha de sangre en un puño de la camisa, quiso borrar la huella dándola un lengüetazo. Levantándose tranquilamente el acusado, dijo con voz serena: -La noche era horrible. El camino, sombrío y solitario. La Silher llevaba en la mano un pañuelo para amordazar a la Dolbeau. Varias veces, durante el trayecto, le hice señas de que era necesario amordazarla para que no gritara. Pero la Silher no hacía nada, permaneciendo inactiva, «como una tonta», con el pañuelo en la mano. Entonces salté bruscamente sobre la Dolbeau para hacerle presa en la garganta. Se volvió y me quitó la acción; pero le metí los dedos en la boca para retorcerle la lengua e impedir que gritara. Luchó y me los mordió. Conseguí al fin agarrársela y retorcérsela. Con la otra mano le apreté la garganta y la eché a tierra. Me puse de rodillas en su tripa, y mientras la amordazaba la Silher, yo la estrangulé con las dos manos. Sus ojos moribundos se revolvieron con espanto. Continué apretándole la garganta unos cinco minutos más. La Dolbeau saltaba toda.

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