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44 min ¿qué Es Un Fetiche De Lucha De Mujeres?

Las barcas que navegaban en la bruma tenían el aspecto de ataúdes, con sus hombres inmóviles metidos en la paja y cubiertos hasta la nariz por gruesos andrajos. 99 de 158 Al pasar Tonet dos días fuera de la taberna, se dio cuenta de lo mucho que amaba a Neleta. Tal vez influía en su desesperación la pérdida del alegre bienestar que antes gozaba, de aquella abundancia en la que se sumía como en una ola de felicidad. Faltábale, a más de esto, el encanto de los ocultos amores adivinados por todo el pueblo, la malsana dicha de acariciar a su amante en pleno peligro, casi en presencia del esposo y de los parroquianos, expuesto a una sorpresa. Arrojado de casa de Cañamel, no sabía dónde ir. Probó a contraer amistades en las otras tabernas del Palmar, míseras barracas sin más fortuna que un tonelillo, donde sólo de tarde en tarde entraban los que por deudas atrasadas no podían ir a casa de Cañamel. Tonet huyó de estos sitios, como un potentado que penetrase por error en un bodegón. Pasó los días vagando por las afueras del pueblo. Cuando se cansaba, iba al Saler, al Perelló, al puerto de Catarroja, a cualquier sitio, para matar el tiempo. Él, tan perezoso, perchaba horas enteras en su barquito para ver a un amigo, sin otro propósito que fumar un cigarro con él. La situación le obligaba a vivir en la barraca de su padre, examinando con cierta inquietud al tío Toni, que alguna vez, en la fijeza de su mirada, parecía revelarle su conocimiento de todo lo ocurrido. Tonet cambió de conducta, a impulsos del tedio. Para vagar de un lado a otro de la Albufera como un animal enjaulado, mejor era prestar su ayuda al pobre padre. Y desde el día siguiente, con la pasajera furia de los perezosos cuando se deciden al trabajo, fue, como en otros tiempos, a arrancarbarro de las acequias.

106 min Chicos En Campana Follan Chica Blanca

28 min Chicos En Campana Follan Chica Blanca -Todavía no -dijo el soldado entrando por la puerta de la sala que daba al zaguán, bañado el rostro y el pecho en la sangre que salía a ríos de un hachazo que había recibido en la cabeza, y tirando, al mismo tiempo que decía esas palabras, la espada de Eduardo, que vino a caer cerca del grupo que formaban todos en el gabinete, delante de la barricada improvisada por Daniel; y mientras que con el brazo izquierdo se limpiaba la sangre que le cubría los ojos, con la derecha, donde tenía su sable, trataba de cerrar la puerta de la sala. La pluma, el pensamiento mismo, no puede alcanzar todos los accidentes de esta escena, en todo su movimiento súbito y veloz. La voz de Eduardo que decía a su esposa, asida de su brazo y su cintura: -Nos pierdes, Amalia, déjame, pasa a la sala -no se oía entre el ruido y la grita infernal que venía del patio, del tocador, y de aquellos que entraban al aposento, y de los cuales uno había caído a los pistoletazos de Eduardo. El cristal de los espejos del tocador saltaba hecho pedazos a los sablazos que pegaban sobre ellos, sobre los muebles, sobre los vidrios de las ventanas, sobre las lozas del lavatorio, en cuanto había, siendo estos golpes acompañados de una gritería salvaje, que hacía más espantosa aquella escena de terror y muerte. A los tiros de Eduardo, los que invadieron la alcoba habían unos retrocedido algunos pasos, otros parádose súbitamente, sin avanzar hacia la mesa y las sillas caídas delante de la puerta. Pero dos hombres se precipitaron en aquel instante en el aposento. -¡Ah, Troncoso y Badía! -gritó Daniel arrojando otra silla, parándose contra el perfil de la puerta, y sacando de su pecho aquella arma con que había salvado a su amigo en la noche del 4 de mayo; única que llevaba, y que era impotente en la desigual lucha que iba a trabarse. Y cuando aquellos dos hombres se precipitaban como dos demonios, el uno con una pistola en la mano, y el otro con un sable, Eduardo alzó a Amalia por la cintura, la llevó, la dejó sobre un sofá de la sala, y cogió la espada que le acababa de tirar Pedro. Y a éste, que venía de echar a la puerta de la sala el débil pasador que la cerraba, y quería hacer un esfuerzo para seguir a Eduardo al gabinete, le faltaron las fuerzas a los dos pasos, las piernas se le doblaron, y cayó temblando de furor, delante del sofá en que quedó la joven. Allí se abrazó de sus pies, bañando con su sangre generosa a aquella criatura, a quien todavía quería salvar, oprimiéndola para que no se moviese. Entretanto, el rayo no cae más rápido ni mortífero que el sable de Eduardo sobre la cabeza del bandido más cercano a la mesa y las sillas caídas, entre los diez o doce que, a la voz de sus jefes, asaltaban aquel débil obstáculo. Y al mismo tiempo Daniel alcanzaba al hombro de otro y le dislocaba el brazo de un golpe seco de su cassetête. -¡Cógele el sable! -le gritó Eduardo; mientras que Pedro, haciendo esfuerzos por levantarse, sin poderlo conseguir, porque estaba mortalmente herido en el pecho y la cabeza, sólo tenía fuerzas para oprimir los pies de Amalia, y voz para estar repitiendo a Luisa, abrazada también de su señora: -¡Las luces, apaguen las luces, por Dios!

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96 min Empezar Con Problemas Vamos A Jodernos

Hd Empezar Con Problemas Vamos A Jodernos Gracias a Dios supimos por Elvira que estás bueno. Aquí me tienes. ¡Cuánto he padecido! Vengo a buscar a mi esposo. ¡No tengo ya madre! Y le levantaba la inocente, abrazándole y vertiendo en su pecho abundantes lágrimas. Carlos no sabía si dormía aún o si estaba despierto. Parecía completamente lelo. -Ven -le repetía Luisa-, un coche nos espera a la puerta. Y se le llevaba consigo sin que él hiciese resistencia. Sin embargo, al atravesar la sala en la cual había algunos preparativos de su viaje, detúvose repentinamente y mirando con una especie de espanto a su mujer: -Dímelo una vez más -exclamó-. ¿Es cierto que eres Luisa? ¿qué estás en Madrid? ¿a qué has venido?

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200 mb Asociación Americana De Aanr Para La Recreación Desnuda

17 min Asociación Americana De Aanr Para La Recreación Desnuda Los carmelitas, supongo que por igual razón, ni parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho. Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos a mí. Tan gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se parecen o no a los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de la Cruz? Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que lo amargo me sea dulce. Que me sepan a miel estas molestias que me tomo por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte a ti, para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me faltan etapas, me faltan grados.

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59 min Dr Brian Richards Alargamiento Del Pene Permanencia

75 min Dr Brian Richards Alargamiento Del Pene Permanencia ¡Hubiera podido ser feliz! Y entró en su alcoba a concluir la toilette. - Tormentas Salió del baño sin haber conseguido, a pesar de la ducha fría que, siguiendo la sana costumbre adquirida en la infancia, tomaba a diario, dejar aquel estado nervioso de que por primera vez en su vida era víctima. En apariencia estaba tranquilo y hasta alegre; pero su buen humor no era natural: andaba de un lado a otro sin objeto; comenzaba canciones jamás concluidas, saltando desde las más patéticas a las más alegres; reía sin motivo, y todo su ser era presa de una alarmante sacudida nerviosa. La cosa no era para menos. Ya su naturaleza, acostumbrada al constante contacto con los elementos, ardía en aquella vida de molicie en que, si bien el cuerpo goza de voluptuosa calma, a semejanza de los orientales, no reposa como en ellos el pensamiento, sino que trabaja febrilmente, no descansando ni en sueños. En que falta el trabajo que fortifica y el opio que embrutece. En esa vida en que no se ven más árboles que los raquíticos de la Castellana, cuyas pobres hojas agonizan cubiertas con el polvo que levantan los coches al pasar, ni más campo que el de los áridos terruños que rodean a Madrid. Esto, sin embargo, no hubiese bastado a alterar su bien equilibrada naturaleza sin los contratiempos de los días anteriores, y, sobre todo, sin la fuerte conmoción sufrida la noche antes. Él, que gozaba de un sueño envidiable de niño, apenas había pegado los ojos en toda la noche; y cuando conseguía adormilarse, le asaltaron terribles pesadillas, en que se enlazaban formando estrecha cadena los seres que poblaban su pensamiento. Soñó que los blancos brazos de Julia le estrechaban amorosamente. En el fondo de la estancia, en un sofá, bajo el retrato de sus padres, lloraba abandonada Eulalia, la angelical esposa, sosteniendo en sus brazos al hijo recién nacido, sobre quien inclinaba su murillesco rostro, bello para su gusto, pero que, cuanto más se fijaba en él, le parecía menos digno de competir con la mitológica belleza de la Alcuna, causándole aguda pena hacer aquella comparación. Experimentaba un doloroso deseo de correr hacia ella; pero los bellos brazos le retenían suavemente. Sin poderse contener, los besaba con unos labios que quemaban, dejando un trazo negro que se iba agrandando, agrandando y enrojeciendo hasta convertirse en fuego que devoraba el cuerpo y se comunicaba a la habitación en que desaparecía, viéndose solo junto a un esqueleto rodeado de llamas. Miraba hacia arriba, y allí divisaba, al través de las densas nubes de humo, a sus amados muertos, a su mujer adorada y a un angelito blanco y rubio, que de rodillas rogaban a Dios por él.

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79 min Ryder Skye Sexo Desprotegido En Porno

69 min Ryder Skye Sexo Desprotegido En Porno Se quedó un momento observando al muchachón, y al ver que se hallaba muy a gusto en aquella postura, libre de las ligaduras que antes le oprimían, cogió la vela que ardía sobre la mesa y dijo a las jóvenes que se habían arrimado a él, llenas de miedo al saber que don Sotero había sido el instigador de Bastián: -Nada tienen ustedes que temer ya de los hombres; síganme, si les parece bien, y salgamos de esta cueva. Yo me encargo del lobo, si le topáramos escondido en dáque rendija. Afortunadamente, no hubo necesidad de que Macabeo esgrimiera el garrote que sólo había soltado de la mano para derribar a Bastián. Las dos prisioneras salieron de la horrible cárcel sin nuevo percance, aunque con mucho miedo, y hallaron en el portal al bueno de don Plácido que, por de pronto, las recibió entre sus brazos y en seguida las condujo a casa, llevando a la niña de la mano y dando el otro brazo a Águeda, mientras Macabeo, después de estrellar la vela contra el poste del portal, iba cubriendo la retirada de los tres, con harto sentimiento por no haber hallado a don Sotero en las encrucijadas del caserón. Entonces llegaban a la corralada los primeros vecinos de ella, que volvían de la hoguera. El atentado de Bastián no produjo el escándalo imaginado por don Sotero. Seguro de que el lector, por lo que ha visto y oído, no ha de decirme que levanto falsos testimonios, ni que falto a la caridad sacando a la pública vergüenza lo que es mejor para callado cuando las pruebas no abundan, y los juicios son, por ende, temerarios, voy a referirle en confianza lo poco que le falta saber, aunque parte de ello se lo haya presumido, del piadoso tutor y curador de las huérfanas de nuestra historia. Es cosa averiguada que sus maldades y picardías le pusieron en la necesidad de abandonar la capital del partido en que por muchos años ejerció el cargo de procurador. Al establecerse en Valdecines, su pueblo natal, como no era hombre capaz de perder el tiempo en ninguna parte, obedeciendo al impulso de una inveterada costumbre que era en él necesidad, tendió en su derredor los penetrantes ojos, diciéndose al propio tiempo: «¿Qué hay aquí de explotable y provechoso? Y vio la casa de los Rubárcenas. «¿Cómo se entra en ella? Con la ley de Dios. Yo no la conozco. Pues la falsifico».

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