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76 min Adulto Joven Con Discapacidad En Long Beach

Al llegar a este punto, el más delicado, el más desaprensivo de esta historia, me detengo a implorar la indulgencia de mis lectores, rogándoles que no separen lo verídico de lo increíble, y antes bien lo junten y amalgamen; que al fin, con el arte de tal mixtura, llegarán a ver claramente la estricta verdad. A riesgo de que no me crean, les digo que me encontraba en la plena conciencia de mi yo espiritual y físico; yo era yo mismo en mi ser inmanente; gozaba la serena vida fisiológica, la vida pensante y erudita, pues todo lo que supe sabía, y mi memoria se armonizaba con mi entendimiento; yo estaba bien comido y perfectamente apañado de todas mis necesidades y estímulos; yo bebía y fumaba; yo iba por las calles saboreando la inefable dicha de que nadie me viera ni en mi diminuta persona reparara; yo disfrutaba el placer de verlo todo sin ser visto, y de ejercitar el don de la crítica, el don de la burla, más precioso aún, sin que nadie por ello me molestase; yo podía reírme a mansalva de todo ser viviente, del Rey para abajo, y no encontraba freno ni obstáculo a mi observación fisgona; ante mí no había puerta cerrada ni pared que me cortaran el paso; me congraciaba de mi suerte diciéndome: «Por San Tito mi patrón y por Santa Clío mi madre, que es linda cosa el oficio de duende». En calidad y funciones de tal, avanzaba yo una tarde por la Plaza de Oriente, y después de rodearla toda contemplando el caballo de bronce, me metí en Palacio por la puerta del Príncipe. En el largo zaguán, desde la puerta al patio, me encontré de manos a boca con mi amigo Quintín González, imponente y colosal portero, vestido de casacón colorado, con los aditamentos solemnísimos de tricornio y cachiporra. Ante él me planté puesto en jarras y le felicité por su hermosura monumental. Con gran sorpresa mía, Quintín permaneció impasible y tieso, sin contestarme ni fijar en mí sus miradas. En aquel momento me hice cargo por primera vez de que yo era invisible o poco menos, y sin solicitar de nuevo la comunicación amistosa con el amigo, acordeme de su mujer y de mi amoroso enredo con ella en días lejanos, allá por los fines del 70 y principios del 71. Entráronme vivas ganas de ver a Nieves, y con resuelto paso me lancé a las alturas por la escalera de Cáceres. Recorrí alegremente todo el piso segundo, todo el tercero, rememorando alegres días. No encontré a la esposa de Quintín en la habitación donde antes moraba; tampoco encontré a mi pariente don José Folgueras, empleado en la Intendencia. Metime en diferentes casas cuyos inquilinos desconocía, y en una de ellas se me apareció la frescachona Nieves, así llamada irónicamente, pues era su persona el trasunto de los ardores caniculares. Había mejorado considerablemente de posición y jerarquía, que bien lo declaraban su compostura y traje, así como el adorno de la sala. En esta la vi sentadita frente a un alabardero, el cual, inclinado con abandono, le acariciaba las manos pronunciando las palabras galantes que inician una campaña de amor. Yo me reía y observaba. Brincando pasé entre las piernas de uno y otro sin que ellos se percataran de mi presencia.

550 mb Te Molesta Porque Le Gustas Mi Culo

15 min Te Molesta Porque Le Gustas Mi Culo ¡Azucenas, azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado. ¿Dónde habrá azucenas. Donde lo hay todo. En nosotros mismos está, clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo crease y que ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma. ¿Y hacia quién? No conozco en Madrid a nadie que me sugiera nada. nada de lo que me parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba realidad. Los que siguen a caballo mi coche, son grotescos. Los que me han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura. Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese más difícil aún. Debo renunciar a un propósito tan raro, y que por su carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión honda de arte.

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117 min ¿cómo Se Chupan Los Hombres?

22 min ¿cómo Se Chupan Los Hombres? Por consiguiente, no había abierto un libro en su vida; pero esto no le impedía ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y tener, como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo cuanto se les viene a las mientes. Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, don Martín hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al Rey que al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenía en la memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y refranes, a los que llamaba evangelios chicos. Era don Martín caritativo como religioso; esto es, que daba a manos llenas, y sin ostentación, y era generoso como caballero, poniendo tan poco precio a sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se ofendía si se recordaban o encomiaban en su presencia, porque miraba sencilla y cristianamente el dar los ricos a los pobres, no como una virtud, sino como un deber. Dejar de hacerlo era para él una villanía. Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente: En el año denominado del hambre, esto es, el de 1804, año en que perecían los pobres de necesidad, y en que valían los granos y semillas sumas fabulosas, tenía don Martín sus graneros atestados con el producto de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada día hacía que en su presencia se distribuyesen a los pobres; cada niño llevaba una taza, cada mujer dos, y cada hombre que se presentaba, tres. Una mañana en que aún dormía don Martín, le despertó el mayordomo. -Señor -le dijo-, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y mayor empeño por llevarse los garbanzos. -¿Prisa? -exclamó don Martín-; ¡pláceme! Díles que me levantaré a mi hora, que iré a misa a mi hora, que almorzaré a mi hora, y que después, cuando sean las nueve, me podrán hablar. Y don Martín se volvió a dormir. Levantóse a su hora, hizo todo lo que tenía de costumbre, y a las nueve salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que socorría. -Dios guarde a ustedes, caballeros -dijo con su campanuda voz, dirigiéndose a los primeros- ¿Con que se quieren ustedes llevar los garbanzos, eh?

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800 mb Vintage J H Clark Co Chicago

38 min Vintage J H Clark Co Chicago ¿Qué le pasa a usted? Me hizo señas con su corto brazo derecho de que cerrara el paraguas, y entrando con precipitación pasó a la cocina. Cerré la puerta y la seguí con el paraguas en la mano, encontrándola ya sentada en un rincón, balanceándose hacia adelante y hacia atrás y apretándose las rodillas con las manos como una persona que sufre. Un poco inquieto por aquella visita inoportuna y por ser único espectador de aquellas extrañas gesticulaciones, exclamé de nuevo: -Miss Mowcher, ¿qué le ocurre a usted? ¿Está usted enferma? -Hijo mío -replicó miss Mowcher apretando sus manos contra su corazón-, estoy enferma, muy enferma, cuando pienso en lo que ha ocurrido y en que hubiese podido saberlo, impedirlo quizá, si no hubiera estado tan loca y aturdida como estoy. Y su gran sombrero, tan poco apropiado a su estatura de enana, se balanceaba siguiendo los movimientos de su cuerpecito y haciendo bailar al unísono tras de ella, en la pared, la sombra de un sombrero gigantesco. -Estoy muy sorprendido -empecé a decir- de verla tan seriamente preocupada. -Pero me interrumpió: -Sí, siempre me ocurre lo mismo. Todos los seres privilegiados que tienen la suerte de llegar a su pleno desarrollo se sorprenden de encontrar sentimientos en una pobre enana como yo. No soy para ellos más que un juguete, con el que se divierten, para tirarme a la basura cuando se cansan; se imaginan que no tengo más sensibilidad que un caballo de cartón o un soldado de plomo. Sí, sí; eso me ocurre siempre; no es cosa nueva. -Yo no puedo hablar más que de mí; pero le aseguro que no soy de ese modo. Quizá no hubiera debido sorprenderme de verla a usted en ese estado, puesto que no la conozco apenas. Dispénseme; se lo he dicho sin intención.

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42 min Amas De Casa Reales Del Condado De Orange Xxx

15 min Amas De Casa Reales Del Condado De Orange Xxx Te habla como siempre, más amiga». Ni siquiera el otro problema «de la tierra», que llegó a infundirse desconfianza, me la da ya. Cierto de que será digno de ella, sea el que fuere, digo con llaneza: -Venga el otro problema. Uno, lo hemos resuelto. -Lo ha resuelto usted. -Por usted propuesto. Ver un problema, es más difícil que comprenderlo, frecuentemente. ¿Y el otro? Vuelve a reír. -El otro. ¡ah! Más simple, más difícil, como tantas simples cosas de aquí abajo. Un antojo de mero agrado de mis ojos, que es a bordo todo un secreto horrible y formidable. ¡Y especialmente para mi marido! Perdóneme si lo guardo.

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