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58 min Chicos Que Aman Ser Follados Los vencedores se han traído acá las ideas de los vencidos, creyendo que en ellas consolidarán el trono flamante. -Todo queda lo mismo -continuó García Fajardo, con gran seguridad en su juicio-. El Borbonismo no tiene dos fases, como creen los historiadores superficiales, sino una sola. Aquí y allá, en la guerra y en la paz es siempre el mismo, un poder arbitrario que acopla el Trono y el Altar para oprimir a este pueblo infeliz y mantenerlo en la pobreza y en la ignorancia. Lo único positivo en ese cortejo brillante que ahora atraviesa las calles de Madrid es un sinfín de Generales, Jefes y Oficiales nuevos, agregados a los que ya teníamos, una caterva de funcionarios viejos o novísimos que fundarán sobre el doble catafalco, Altar y Trono, una política de inercia, de ficciones y de fórmulas mentirosas extraídas de la cantera de la tradición. Todo esto va decorado con el profuso reparto de honores, distinciones y títulos nobiliarios. Pronto veréis, amigos míos, el Anuario de la Grandeza empedrado de Condes y Marqueses. En lo de acuñar nobles al por mayor y en la prodigalidad de los Excelentísimos, Ilustrísimos y Reverendísimos, no hay país en el mundo que nos iguale. ¡Oh desmedrada España! Cada día pesas menos, y si abultas más atribúyelo a tu vana hinchazón». Ya supondrán los píos lectores que habiendo paz en España ardió Madrid en fiestas, conforme al ceremonial de alegría pública que amenizaba nuestra Historia desde que volvió del destierro Fernando el Deseado en 1814. Vestían los balcones abigarradas percalinas, las más de ellas de respetable ancianidad, pues ya figuraron en el regocijo de 1860, cuando entraron las tropas vencedoras en África, y en el regocijo del 68, entrada de Serrano vencedor en Alcolea. De noche fulguraban las hileras de gas en los edificios públicos, y en el caserío lucían de trecho en trecho los farolitos de aceite con parpadeo mustio y lacrimoso. La iluminación pública era la misma que esmaltó las noches en diferentes ocasiones de júbilo, como el nacimiento del Príncipe y las Infantas, o la traída de aguas del Lozoya. Salimos una noche a ver los festejos los tres inseparables; mas no tuvimos paciencia ni valor para correr el largo trayecto desde la Cibeles a Palacio, entre un gentío espeso, silencioso y embobado, que a mi parecer personificaba de un modo gráfico el aburrimiento nacional. Nos dijeron que en algún sitio de la carrera se alzaba un armatoste de pintados lienzos. Era sin duda lo que llaman un arco de triunfo, quizá un templete del género clásico fastidioso como el que pusieron en el popular regocijo de 1830, cuando María Cristina vino a casarse con Fernando VII.

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67 min Estas Listo Para Tener Sexo Porque es mentira que padecieron un error los federalistas; es mentira que no conocieron a Rosas: Rosas fue conocido desde que tuvo quince años. A esa edad fue hijo insolente; a los diez y seis fue hijo huido; más tarde fue un gaucho ingrato con sus bienhechores; después fue siempre un bandido rebelde a las autoridades de su país. Ese era el hombre que en 1840 se encerraba en los reductos de Santos Lugares, porque marchaba sobre la ciudad el puñado de libertadores que conducía el general Lavalle. Llevemos la vista hasta los campos de Luján, y allí encontraremos esa cruzada de valientes, a la indecisa luz de los crepúsculos de la tarde, símil de la indecisa suerte que corrían; todo el mundo a caballo, y el pequeño ejército dividido en dos cuerpos; el primero mandado por el general Lavalle, el segundo por el coronel Vilela. Estos dos cuerpos iban a separarse momentáneamente; el primero iba a dirigirse hacia el sur; el segundo quedaba sobre Luján. El general Lavalle quería conocer primero el espíritu de la campaña al sur, antes de marchar sobre la capital. En el norte no se habían reunido a su ejército sino algunos grupos insignificantes de vecinos, pero las milicias y las fuerzas de línea permanecían fieles al tirano. Los dos cuerpos del ejército se despidieron dando vivas a la libertad de la patria; de esa patria tan cara para sus buenos hijos, y cuyos campos debían regar bien pronto con su noble sangre. Los escuadrones marchaban, y todavía los soldados se despedían con sus lanzas y sus espadas. El escuadrón Mayo, que pertenecía al segundo cuerpo, entonó entonces el himno nacional; canto de victoria de nuestras viejas legiones, cuyas palabras se escapaban con la vida del que caía al bote de las pujantes lanzas españolas. Y hasta que allá en el horizonte, cubierto con los oscuros velos de la noche, se perdieron las sombras del general Lavalle y sus valientes, los soldados del segundo grupo permanecieron a caballo. Después los legionarios de la libertad encendieron sus fogones para calentar su cuerpo entumecido por el frío de aquel rigoroso invierno, mientras que el calor de su alma entusiasmada lo bebían en la fe, en la esperanza y en los recuerdos santos de la patria. La noche descorrió su manto de estrellas sobre aquel romancesco campamento, donde no palpitaba un corazón que no fuera puro y digno de la mirada protectora de la providencia. Y sólo esas estrellas podrían revelarnos los suspiros de amor que se elevaban hasta ellas, exhalados por el pecho tierno de aquellos soldados, arrancados por la libertad a las caricias maternales y a las sonrisas de la mujer amada, en la edad en que la vida del hombre abre el jardín de los efectos purísimos de su alma. ¡Antítesis terrible! ¡A doce leguas de ese lugar en que la libertad velaba con su manto de armiño el tranquilo sueño de sus hijos, un ejército de esclavos dormía soñando con el crimen a la sombra de la mano de fierro de un tirano! Seis mil soldados, tendidos entre los reductos de Santos Lugares, estaban esperando la voz del asesino de su patria para abocar sus armas contra los mismos que les traían la libertad.

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13 min Choot In Lun Sex Story Urdu Vengo a buscar mi parejero. Largo rato tuve que discutir con aquel pazguato para probarle que yo era dueño de disponer de lo mío. Por fin se encogió de hombros: -Ahí está el petizo. Hacé lo que te parezca. Sin dejármelo decir dos veces embozalé al animal, por cierto mejor cuidado que el que había quedado en mis manos, y despidiéndome de Remigio, con caballo de tiro y ropa en el poncho, como verdadero paisano, salí del pueblo hacia los campos, cruzando el puente viejo. Para ir a lo de Galván tenía que tomar la misma dirección que para lo de don Fabio. A cierta altura un callejón arrancaba hacia el Norte y por él debía seguir hasta el monte que de lejos ya conocía. Apurado por alejarme del pueblo me puse a galopar. El petizo que llevaba de tiro cabresteaba perfectamente. Cuando hube hecho unas dos leguas, di un resuello a mis bestias, mientras el sol salía sobre mi existencia nueva. Sentíame en poder de un contento indescriptible. Una luz fresca chorreaba de oro el campo. Mis petizos parecían como esmaltados de color nuevo. En derredor, los pastizales renacían en silencio, chispeantes de rocío; y me reí de inmenso contento, me reí de libertad, mientras mis ojos se llenaban de cristales como si también ellos se renovaran en el sereno matinal. Una legua faltábame para llegar a las casas y las hice al tranco, oyendo los primeros cantos del día, empapándome de optimismo en aquella madrugada, que me parecía crear la pampa venciendo a la noche. Receloso ante las casas, enderecé al galpón. No parecía haber nadie.

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