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107 min Wonan Asiática Se La Follan En El Tren

Vieron los ojos del gigante apoyada en un lado de la mesa la cachiporra que se había fabricado durante su excursión a la selva de los emperadores. La presencia de esta arma primitiva le hizo sonreír de un modo inquietante para los pigmeos. - Yo te aseguro, Ra-Ra -continuó-, que los primeros que vengan en tu busca y nos molesten corren peligro de morir aplastados. Pero aunque esta promesa bárbara fuese muy del gusto de Ra-Ra, este protestó, sacando la cabeza imprudentemente por el borde del bolsillo. - Lo creo oportuno -dijo el pigmeo-, pero dentro de algún tiempo. Ahora es inútil. Hay que esperar nuestra Revolución, cada vez más próxima. Mientras tanto, Flimnap corría las calles de la capital, enterándose de una serie de noticias muy inquietantes para el. Un profesor le anunció que Momaren, por ciertos detalles que le habían comunicado algunos subordinados, estaba ya convencido de que era Ra-Ra el que acompañaba al gigante. El Padre de los Maestros, aceptando las sugestiones de su vanidad, creía que este varonista, enemigo del orden, había sugerido al Hombre-Montaña la idea de interrumpir su tertulia en el momento preciso que el gran Golbasto recitaba sus versos, para quitarle así un gran triunfo literario. A primeras horas de la mañana había tenido una conversación violenta con Popito, la cual negó haber visto a Ra-Ra en la parte alta del palacio universitario. Luego el influyente personaje abandonó su cama, y estaba ahora en la presidencia del Consejo Ejecutivo, recomendando sin duda la persecución del revolucionario masculista. Poco después Flimnap se encontró con un grupo de noticieros de los grandes diarios, que le iban buscando desde horas antes. Querían conocer su opinión sobre lo ocurrido en la tertulia del Padre de los Maestros, pero el se expresó de un modo ambiguo. De buena gana hubiese contestado rudamente a estos curiosos insaciables que le perseguían a todas horas; pero la gratitud le obligaba a ser cortés. Todos los diarios hablaban con elogios de su discurso en el templo de los rayos negros, lamentándose de haber desconocido durante tantos años a un orador tan eminente. Los periodistas le dieron una noticia que resultó la peor de todas. Gurdilo había anunciado su deseo de pronunciar un discurso en el Senado a propósito del Hombre-Montaña apenas se abriese la sesión. Tal vez el temible orador estaba ya hablando a estas horas.

104 min Tocó Fondo Y Comenzó A Cavar

30 min Tocó Fondo Y Comenzó A Cavar político», agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir a la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía segura mi «banca» en el Congreso, no me avine a dejar pasar sin castigo todas estas impertinencias, y, empuñando mi mejor tajada pluma, y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de los prohombres de la oposición de mi provincia. Allí salían a bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y físicos, y hasta los detalles más o menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos verdaderos y calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada uno de nuestros comprovincianos de significación. -¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis? -Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres enseñaron a leer y escribir a los hijos, que se hicieron comerciantes en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le cantábamos para hacerlo rabiar: La Habana se v'a perder la culpa tiene el dinero: los negros quieren ser blancos, los mulatos caballeros. Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y mulatos, sólo comparable con el que dedicaba a los «carcamanes», o sea italianos burdos, a los «gringos», es decir, a los extranjeros en general, y a los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica, patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una copla, más o menos chistosa, por ejemplo: A la orilla de un barranco dos negros cantando están: ¡Dios mío! ¡Quién fuera blanco. aunque fuese catalán! A los carcamanes, bachichas, «mangiapolenta», escasos por entonces en la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi, pese a su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba a sus tiros. Don Claudio le hacía coro y complementaba a veces sus recuerdos y observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle o exhumando otros desconocidos u olvidados por su cara mitad. -«Acórdate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre. Y así para todos, sin que nadie quedara en pie.

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44 min Lexa Doig Desnuda En Jason X

450 mb Lexa Doig Desnuda En Jason X Acosó a Nieves a preguntas sobre una multitud de cosas traídas por los cabellos, y las respuestas fueron siempre al caso; pero. pero aquel tonillo de voz, aquel reír a veces sin venir a pelo, o aquella seriedad marmórea cuando estaba indicada la risa. Nada resultaba natural; todo, todo era pegadizo y contrahecho allí. Nieves no había sido nunca aquello. La sobremesa fue más breve que de costumbre. Se le antojó al padre que la hija estaba deseando levantarse, y se levantó él para darla gusto. -Voy a anticipar un poco la siesta hoy -la dijo por disculpa-, porque con el madrugón y la tarea de esta mañana, me estoy cayendo de sueño. En cuanto Nieves se fue del comedor, llamó él a Catana con una seña; y llevándosela al rincón más escondido, la preguntó por lo bajo: -¿Qué tiene la niña hoy? La rondeña recibió la pregunta como el diablo una rociada de agua bendita, y contestó bajando mucho la cabeza: -Ná, zeñó. -¡Yo digo que tiene algo! -afirmó con energía desusada el manso Bermúdez. -Po zi zu mercé lo zabe, zabe má que yo. Y no dio más lumbres la rondeña, ni tampoco la cara una sola vez, por más que se la buscaba don Alejandro con gran empeño en cada pregunta que la hacía. Con todos estos misterios, se le aguzaron las aprensiones. Se encerró en su cuarto y se dio a cavilar sobre ellas. Peor. Hasta los granitos de arena se le antojaron montañas. La intranquilidad le consumía. Era indispensable poner a Nieves en la precisión de aclarar aquel misterio; pero ¿cómo?

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118 min Los Videos Mejor Calificados De Sexo Interracial Dormir con el estómago lleno no es sano. ¿Vienes? Tengo sueño. -Andando se te quita. Déjame. -Se te va a agriar el almuerzo. Al médico se le daba un comino de que durmiese o no. Lo que le inquietaba era que después de la siesta se mostraba de pésimo humor. Estaba harto de aquellas continuas recriminaciones, de aquel hablar a gritos sin ton ni son, de aquellos modales bruscos y de aquel rostro avinagrado. Cuando volvieron, cerca de las cuatro, aún Alicia dormía. El sol picaba de veras espejeando en la superficie de laca del mar. No soplaba la más ligera ráfaga de aire. Una calma chicha pesaba en la atmósfera, opacamente vaporosa hacia el horizonte y diáfana en el cenit. El pueblo era feísimo y sucio, de callejuelas estrechas y tortuosas; pero la campiña no podía ser más pintoresca. -¿Se han divertido? -les preguntó Alicia con el ceño adusto, marcado de las arrugas de la almohada y los ojos fruncidos.

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120 min El Sexo Y La Música Final Episodio De La Ciudad.

600 mb El Sexo Y La Música Final Episodio De La Ciudad. ¿Y cómo andaría su honra entre tantas lenguas, si hasta para defenderla las más compasivas tenían que mancharla? Comprendió don Plácido, al ver las impresiones que se pintaban en el rostro de su sobrina, que no era cuerdo tratar más del asunto y mudó de conversación; pero ninguna conseguía sacar a Águeda de sus imaginaciones. Se habló poco y se cenó mucho menos. Recogiéronse todos, y ¡vaya usted a saber quién de ellos fue bastante afortunado que mereciera las caricias y consuelos de ese brujo de la noche, que no se los niega ni al mísero pordiosero que se tiende sobre sus andrajos en el abandonado rincón de una pocilga! Al día siguiente, mientras las campanas repicaban a fiesta y el pueblo se echaba a la calle con los trapitos de cristianar, y Macabeo se tiraba de las greñas después de haber contado los ramos que las pícaras mozas pusieron en sus heredades sin sallar, desayunándose don Plácido y sus sobrinas: Pilar, como si nada hubiera ocurrido, pues el bienestar presente le hacía olvidar los sustos pasados; Águeda, trémula todavía y espantada, parecía haber envejecido diez años en pocas horas. Don Plácido la miraba a menudo de soslayo, y hasta hubiera jurado que blanqueaban sus antes rubios y dorados cabellos. Dábale pena la luz de aquellos ojos, que sólo servía para alumbrar los surcos del dolor impresos en cara tan hermosa, y no sabía cómo encauzar la conversación para distraer un poco a su sobrina y hacerla sonreír. Al último, y por probar de todo, dijo así: -En cuanto a la razón de que, falto de noticias directas tuyas, no me llegaran por otro conducto en tantos días las referentes al triste suceso que se ha hecho público en toda la provincia por la importancia y calidad de persona tan visible como tu difunta madre, has de saber que se explica muy fácilmente. Por aquel entonces acababa yo de hacer la quinta experiencia, no más feliz que las otras cuatro, de cruzar la casta padua con la cochinchina, de tal modo y con precauciones tales, que me diera una nueva especie de siete moños rojos, dos charreteras amarillas y calzas de color lagarto, cuando me dicen que el ejemplar que yo busco con tanto empeño le tiene el cura de Caminucos. Para llegar a Caminucos, que está peñas arriba, necesitaba yo, a un buen andar, dos días desde Treshigares; pero el asunto valía bien ese mal rato y púseme en viaje. Hala, hala, y sube que te sube, aquí cayendo y allí resbalando, llego a Caminucos, doy con el cura, cuéntole el caso y háceseme de nuevas. ¡Todo su gallinero no valía cinco reales en buena venta! Por único regalo tenía dos quiquiriquis habaneros que le había enviado un sobrino indiano la primavera pasada, y ya le habían dado cincuenta disgustos revolviendo todas las gallinas del lugar y robando el grano hasta del arcón de los vecinos. Yo tuve esta casta, por tener de todo, y me deshice de ella si quise vivir en paz con los míos. Pues señor, díceme el cura que quien debe tener algo de lo que yo busco es el escribano de Pindiales. Otros dos días de viaje, siempre subiendo. Pero las cosas o se hacen en regla o no se hacen. Así me dije, y emprendí la marcha; y sábete que en aquellas alturas ya no había hondonada sin su tortillón de nieve, más dura que una peña. Al fin, llego a Pindiales y veo al escribano.

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WEBRIP Sexy Milf Tease Flash Falda Baile -Yo, por ejemplo, haya o no combate, me voy, con cuatro más que ya estamos convenidos, en cuanto pase la fuerza por esta calle. -¿Ve usted? Ya quedamos menos. ¿Y dónde diablos va usted? -A casa de Rosas. -¿Quiere usted prender a Manuela? -No, por el contrario, trataría de defenderla si alguien quisiera insultarla. -Y yo también. -Y yo -dijeron algunos jóvenes. -¿Pero entonces qué quiere usted hacer con la casa de Rosas? -repuso aquél, el más grave de todos-, ¿cree usted que los rosinos se irán a esconder allí? -No, no creo tal zoncería. -Los papeles. -Los papeles; eso es lo que yo quiero. -Muy buen provecho le hagan a usted, amiguito mío; pero me parece que ellos, y la carabina de Ambrosio, han de valer lo mismo. -Para los militares, puede ser; para los escritores, no -contestó el joven de los papeles algo picado.

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