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75 min Aprendizaje De Adultos Y Teoría Del Desarrollo Humano.

Tengo que darle un recado. Llevome a la que había sido mi habitación, y con seca voz me dijo señalando mi baúl: «Aquí tiene usted su ropa. lo mismo la nueva que los pingajos que trajo acá. Puede usted retirarse. Cabeza me ha dicho que le diga. que no volverá a su casa. hasta que usted no se haya ido, llevándose su ropa». -¡Jesús, Jesusa! Eso no puede ser. Necesito explicar a Cabeza. ¿Ve usted estos papeles que traigo? Pues aquí está la explicación. Don Manuel Ruiz Zorrilla. ya sabe Cabeza que.

120 min La Mayoría De Los Hombres Follan En Una Noche

49 min La Mayoría De Los Hombres Follan En Una Noche No, no tanto. Es una figura mediana -respondió él aparentando indiferencia. -Y aun antes de venir a Madrid -añadió Luisa-, me acuerdo de haber oído celebrarla como mujer de gran talento. así se dice -tartamudeó Carlos, sin saber que postura tomar-, pero se exagera. ¿no comeremos hoy, querida mía? Son las cinco. Luisa se levantó y con el pretexto de ir a dar disposiciones para la comida se retiró a llorar. ¡Todo lo sabía ya! Su rival era la condesa de S. ** ¡y era hermosa! ¡y tenía gran talento! Aquella conversación que daba tanta luz a las sospechas que Elvira había inspirado a Luisa, prestó a Carlos alguna tranquilidad. Muchas veces en aquella última época había creído a su mujer perfectamente instruida en todo lo relativo a su falta; y como no pudiese sospechar a la sencilla niña capaz de astucia, como ignoraba la rapidez con que el mundo y la desventura enseñan a las mujeres este arte que algunas veces las sirve de escudo y muchas veces más de puñal, dedujo de cuanto había oído a la desgraciada niña que se hallaba en completa ignorancia respecto a la cómplice de su crimen, y volvió a creer posible él tranquilizarla, mintiendo excusas a la conducta extraña que no podía menos que notar él. Su error fue corto, por desgracia.

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19 min Por Crvboy Historia De Amor Gay Gratis

103 min Por Crvboy Historia De Amor Gay Gratis Continuaba yo manteniendo en reserva la famosa credencial de Casiana, y como mi conciencia repugnaba la villanía burocrática de cobrar el sueldo de la Señora Inspectora sin que esta prestase al Estado servicio alguno, inclinábame a permanecer a la expectativa, sospechando que el tiempo o los espíritus amables me traerían una solución decorosa. En tanto, deslizábase mi vida sosegada y sin quebraderos de cabeza, viendo pasar los días grises y melancólicos: si alguno traía un suceso digno de atención, el siguiente se lo llevaba para diluirlo en las penumbras del olvido. Redondeaba mi tranquilidad la paz amorosa de mi unión con Casianilla, cuya modestia, docilidad y aptitudes caseras, encantábanme lo indecible. La compenetración de nuestros caracteres y de nuestros gustos llegó a ser tal, que mi pensamiento rechazaba con horror la idea de separarnos. Ya he dicho, y ahora repito, que nos habíamos declarado muy a gusto figuras culminantes en la flor y nata, o dígase crema, de la cursilería. Para que mis simpáticos lectores se rían un rato, les contaré lo que hacíamos mi compañera y yo, ganosos de afianzarnos y sobresalir dignamente en aquella interesante clase social. Sigo creyendo que la llamada gente cursi es el verdadero estado llano de los tiempos modernos, por la extensión que ocupa en el Censo y la mansedumbre pecuaria con que contribuye a las cargas del Estado. Atención, caballeros. Mi Casiana era su propia modista. Juntos íbamos los dos a comprar las telas; luego, entregábase la pobre chica al corte y confección en la mesa del comedor, guiándose con patrones hechos de papel de periódico y figurines sebosos, que le traía no sé de dónde su tía Simona. Largas horas de la tarde y la noche dedicadas a la costura, sin sustraer tiempo al estudio, completaban la obra, y cuando llegaba la ocasión de las probaturas, estas se hacían en mi presencia para requerir mi opinión de hombre de mundo y corregir los defectos que yo advirtiera. Sepan también las edades futuras que mi compañerita se arreglaba los corsés, echando piezas nuevas allí donde hacían falta, renovando ballenas, ojetes y cordelillos. En cuanto a los polisones ¡ay! yo, Prometeo Liviano, era el fabricante de aquellos absurdos aditamentos. Tras cortos ensayos llegué a dominar el armadijo de alambres y crinolina, que hubiera causado vergüenza y horror a la Venus Calípige. Agradecía Casiana esta colaboración convirtiendo en lindas corbatas para mí los retazos sobrantes de sus vestidos.

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71 min Lista De Los 100 Mejores Penes

71 min Lista De Los 100 Mejores Penes Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto. -¿Sabe usted, amiga mía -dijo en un momento de descanso doña Flora- que este cleriguito no lo hace mal? Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he enterado bien de lo que propone. -Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Ya sigue. Atendamos. El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las felicitaciones y los aplausos delas tribunas, el siglo décimo octavo había concluido. El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su última hora, y realizose en España uno de los principales dobleces del tiempo. -Atención, que van a leer el papelito. Manuel Luxán leyó.

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108 min ¿revoluciona El Cerebro El Sexo?

50 min ¿revoluciona El Cerebro El Sexo? -¿Pero dónde está? -A sentarnos primero -dijo la vieja. -A sentarnos primero -dijo la vieja, pasando con Rosas del gabinete a la alcoba. Amalia: Cómo sacamos en limpio que Don Cándido Rodríguez se parecía a Don Juan Manuel Rosas Tercera parte, 13 de José Mármol En esa misma mañana en que su señoría el señor ministro plenipotenciario de Su Majestad Británica machacaba el maíz para la mazamorra de Rosas, nuestro antiguo amigo Don Cándido Rodríguez se paseaba en el largo zaguán de su casa, cerca de la Plaza Nueva, metido entre su sobretodo color pasa que lo había acompañado en sus sustos del año de 1820; con un gorro blanco metido hasta las orejas; dos grandes hojas de naranjo pegadas con sebo en las sienes; unos viejos zapatos de paño que te servían de pantuflas, y las manos en los bolsillos del sobretodo. Lo irregular de su paso, las ojeras que bordaban sus párpados, y las gesticulaciones repentinas en su fisonomía, daban a entender que había pasado mala noche, y que se hallaba en momentos de un diálogo elocuente consigo mismo. Dos golpes dados a la puerta lo pararon súbitamente en sus paseos. Se acercó a ella, miró por la boca llave antes de preguntar quién era, y no viendo sino el pecho de una persona, se atrevió a interrogar con una voz notablemente trémula. -¿Quién es? -Soy yo, mi querido maestro. -Sí, Daniel; abra usted. -¿Que abra? -Sí, con todos los santos del cielo, eso es lo que he dicho. -¿Eres tú, en efecto, Daniel? -Creo que sí, hágame usted el favor de abrir y me verá. -Oye: pon tu cara en línea recta, horizontal con el ojo de la llave, pero separado a una tercia o media vara de él, para que yo pueda dirigir mi visual y conocerte.

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