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Ahora, ¿qué diremos si de racionero sube vuesa merced a chantre, de chantre a arcediano, de arcediano a deán, y de aquí pasa a obispo por no decir arzobispo de una vez? Tengo para mí que la capa magna le había de sentar de perlas al señor don Sancho, y que sin más averiguación se le había de conceder el capelo, o digamos el cardenalato. -Mi amo el señor don Quijote -respondió Sancho- dice que por la carrera de las armas no alcanzamos la púrpura cardenalicia. Siendo, por otra parte, necesaria la viudez para los honores eclesiásticos, hemos resuelto ganar la cumbre de los civiles. Hágame vuesa merced estas reflexiones en tiempo hábil, esto es, cuando podía yo ordenarme, y nadie me quita que al presente me besaran vuesas mercedes la esposa. -¿Es joven? -preguntó el maestresala. -¿Qué diablos pregunta ahí vuesa merced? -dijo Sancho-: ¿se figura por si acaso que a estas horas he de ir a ofrecer a nadie mi mujer a besar? Hablo de la sortija episcopal, que se llama esposa. -Dispense vuesa merced el quid pro quo -repuso el intendente, maestresala o mayordomo, que para Sancho Panza no hay necesidad de mirar mucho en estas ligeras variedades-; dispense vuesa merced, y siga adelante en su plática. -Digo -continuó Sancho-, que con haberme ordenado a tiempo, me hubiera ahorrado además las desazones y cuitas del matrimonio. Cuando uno ha sufrido veinte años a una mujer, señor intendente, esto de venir a ponerse en capacidad de recibir las órdenes eclesiásticas, debe de ser trance además gustoso y acomodado a las inclinaciones del hombre. -«Homes, aves, animalias, toda bestia de cueva Quieren según natura compaña siempre nueva». dijo el intendente, quien era por ventura aficionado a Juan Ruiz el arcipreste de Hita. -No digan tal vuesas mercedes -dijo a su vez una señora que estaba también a la mesa-: cuando sucede que dos almas viven juntas tanto tiempo, benditas serán de Dios; y lejos de tenerlo a desgracia, lo hemos de regular por mucha felicidad. -Todavía está el alcacer para zampoñas -respondió Sancho-. ¿La gracia de vuesa merced?

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91 min Fotos De Novias Desnudas En Los Teléfonos. a algo que Andresito no podía recordar. Por fin, un nombre surgió en su memoria. Aquello era Wagner puro; la sinfonía del Tannhauser, que él había oído varias veces. Sí; allí unas tonalidades de color enérgicas y rabiosas sofocaban a otras apagadas y tristes, como el canto de las sirenas, imperioso, enervante, desordenado, intenta sofocar el himno místico de los peregrinos. Y aquella luz que derramaba polvo de oro por todas partes, aquel cielo empapado de sol, aquella diafanidad vibrante en el espacio, ¿no era el propio himno a Venus, la canción impúdica y sublime del trovador de Turingia ensalzando la gloria del placer y de la terrena vida? Sí; aquello mismo era. Y el muchacho, sonámbulo, embriagado por la Naturaleza, hipnotizado por la extraña contemplación, movía la cabeza ridiculamente, y al par que pensaba que todo aquello era magnífico para puesto en verso, tarareaba la célebre obertura con tanta fe como si fuera el propio Tannhauser escandalizando con su himno a la corte del landgrave. —Andresito. oye; oiga usted. ¿Quién le hablaba. ¿Si sería Elissabetta, la cándida amada del cantor? No; era Amparito, el malicioso bebé, que le sonreía, algo confusa y tímida, como si no supiera qué decirle, y un poco más allá, doña Manuela envolviéndolos en la más tierna de sus miradas maternales. Bien sabía hacer las cosas aquella señora. Al ver al pobre muchacho solo y gesticulando como un imbécil, había llamado a la niña para que lo llevara abajo con la gente joven, lo mismo que dos meses antes le había mandado que rompiese con él toda clase de relaciones. Era asombroso este cambio de conducta; pero también lo era que el señor Cuadros, que antes medía telas en su tienda sin ambición alguna, tuviera ahora carruaje y todo el empaque pretencioso de un aspirante a millonario. —Ven conmigo, Andresito. Vamos a dar un paseo. —Sí—añadió la mamá—, acompaña a Amparito.

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88 min Largo Castigar Por Placer Tubo Femdom

14 min Largo Castigar Por Placer Tubo Femdom No podía creerlo; me parecía estar soñando, y temía despertar en la habitación número cuarenta y cuatro. Después de escribir a mi tía contándole mi afortunado encuentro con mi admirado compañero de colegio, y cómo había aceptado su invitación, tomamos un coche y nos dedicamos a curiosearlo todo. Dimos una vuelta por el Museo, donde no pude por menos de observar todo lo que sabía Steerforth sobre una infinita variedad de asuntos y la poca importancia que daba a su cultura. -Tendrás el mayor éxito en la Universidad si es que te lo has examinado ya y lo has tenido, y tus amigos tendremos mucha razón para estar orgullosos de ti. -¡Yo exámenes brillantes! -exclamó Steerforth-; no, florecilla de los campos, no; pero ¿supongo que no te importará que te llame así? -Nada de eso -le dije. -Eres muy buen chico, querida florecilla -dijo Steerforth riendo-. El caso es que no tengo el menor deseo ni la menor intención de distinguirme de ese modo. He hecho suficiente para lo que me propongo, y soy ya un hombre bastante aburrido sin necesidad de eso. -Pero la fama --empecé. -Tú eres una florecilla romántica -continuó Steerforth riendo todavía más fuerte- Díme: ¿para qué voy a molestarme? ¿Para que unos cuantos pedantes se queden con la boca abierta y levanten las manos al cielo? Para otros esas satisfacciones de la fama, y que les aproveche. Yo estaba avergonzado de haberme equivocado de aquel modo y traté de cambiar de asunto. Afortunadamente, con Steerforth era fácil hacerlo, pues él pasaba siempre de un asunto a otro con una gracia y naturalidad que le eran peculiares. Después del paseo almorzamos y, a causa de lo corto de los días de invierno, oscurecía ya cuando la diligencia nos dejó delante de una antigua casona de ladrillo en la cima de Highgate, y una señora de cierta edad, pero todavía joven, con orgulloso empaque y hermoso rostro, esperaba a la puerta la llegada de Steerforth y le estrechó en sus brazos diciéndole: «Mi querido James». Steerforth me la presentó: era su madre, que me acogió con amabilidad.

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97 min Dos Chicas Teniendo Una Tira

Hdrip Dos Chicas Teniendo Una Tira Mirole un instante Areba con atención, y lanzó una carcajada vibrante y sonora, que puso en conflicto la circunspecta gravedad del intendente, a pesar de serle conocidas las genialidades de la joven. Moderose ella bien pronto, volviendo a su actitud melancólica; en tanto, don Leoncio pasaba delicadamente un pañuelo de seda por debajo de su nariz, un poco moteada en sus fosas por el rapé y coloreada por la rinalgia. La señora está hoy en vena de chancearse -pensó él-; pero yo mucho me engaño, o ella no es la misma de hace un mes. -Quiero dejar que usted aproveche sus horas, Perea -dijo Areba-. No olvide las instrucciones recibidas, y lo mucho que me interesa el resultado de sus pesquisas. Don Leoncio hizo un ademán de seguridad, prometiendo el más estricto cumplimiento, y una respetuosa reverencia; retirándose luego con el paso medido y cuidadoso de aquel cuyas piernas ya flaquean, inflando los faldones de la levita en las corvas con rítmico movimiento. Abstrájose nuevamente la joven en sus anteriores meditaciones, tratando de estimar el grado de ansiedad que en el ánimo del doctor de Selis había producido, a no dudarlo, lo abstruso del secreto; y lo que era aún más importante, el del rigor de las consecuencias que su revelación podía originar en el periodo álgido de los envidiados amores. Esto la preocupaba seriamente. Una vez rotos los vínculos de la simpatía, ¿quién podría reanudarlos, si el obstáculo era incontrastable? Partida la roca por un golpe eléctrico, sus bordes ya no se unen jamás, y poco a poco se deslíe el volumen en arena al embate eterno de las olas. Debía, pues, sobrevenir la separación imprevista y el alejamiento nostálgico y cruel. De las ruinas hace la historia edificios; una obra de arte se reconstruye si de ella quedan los escombros y en la tradición flotando el pensamiento del artífice, creador y perdurable; el lienzo ajado y descolorido en que se vislumbra apenas una imagen de pincel maestro, resucita en la mente admirada con doble vigor, si en sus rasgos principales no ha dejado impresa su injuria el tiempo; con la estatua de mármol mutilada que se arranca del seno de la tierra, renace entera y grandiosa la inspiración de una época; la momia se preserva intacta, vieja de tres mil años; y recrudece cada día el dolor de Laocoon, tan acerbo y profundo como antes lo imaginaron. Pero, una gran pasión que deriva y escolla, ¿quién puede volverla a arraigar y robustecer? Hay algo que no se rehace, ni revive, y eso es una ilusión perdida. Recuerdos sólo quedan luego que la memoria alumbra con su luz sin calor ni brillo, y destaca como siluetas informes entre la niebla del pasado. Sonreíase Areba al dar vuelo a su imaginación, y hundíase más y más en devaneos ardientes, cuando el reloj dio las cuatro. Levantó la joven su cabeza y dispúsose a llamar; pero en ese instante previno su intención la sirvienta, quien apareciendo, en la puerta, dijo con voz tranquila y sonora: -El caballero Raúl Henares. Volviose Areba con viveza, como si hubiera oído mal, y poniéndose de pie, preguntó, sofocando su emoción: -¿Quién?

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111 min Swinger Club Revisa El Sabor De Nueva York

100 mb Swinger Club Revisa El Sabor De Nueva York Las mujeres tomaron la delantera en el círculo descrito y miraban coqueteando por sobre el hombro. El cuadro dio una vuelta, el cantor continuaba: «Vuela la infeliz vuele, ay que me embarco »en un barco pequeño, mi vida, pequeño barco» Las mujeres tomaron entre sus dedos las faldas, que abrieron en abanico, como queriendo recibir una dádiva o proteger algo. Las sombras flamearon sobre los muros, tocaron el techo, cayeron al suelo como harapos, para ser pisadas por los pasos galanos. Un apuro repentino enojó los cuerpos viriles. Tras el leve siseo de las botas de potro, trabajando un escobilleo de preludio, los talones y las plantas traquetearon un ritmo, que multiplicó de impaciencia el amplio acento de las guitarras esmeradas en marcar el compás. Agitábanse como breves aguas los pliegues de los chiripaces. Las mudanzas adquirieron solturas de corcovo, comentando en sonantes contrapuntos el decir de los encordados. Repetíase el paseo y la zapateada. Un rasgueo sólo batió cuatro compases. Otra vez los pasos largos descansaron el baile. Volvieron a sonar talones y espuelas en una escasa sobra de agitación. Las faldas femeninas se abrieron, más suntuosas, y el percal lució como pequeños campos de trébol florido, la fina tonalidad de su lujo agreste. Murió el baile sobre un punto final, marcado y duro. Algunas mujeres hacían muecas de desagrado ante las danzas paisanas, que querían ignorar, pero una alegría involuntaria era dueña de todos nosotros, pues sentíamos que aquella era la mímica de nuestros amores y contentos. A mi vez fui parte del cuadro con don Segundo y mi elegida. Era un gato con relación. Cuando quedamos aislados en el silencio, deletrié claramente mis versos: «Para venir a este baile puse un lucero de guía, porque supe que aquí estaba la prenda que yo quería. Por la derecha dimos una vuelta y zapateamos una mudanza.

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18 min Arte Erótico Fantasía Ciencia Ficción Xxx

350 mb Arte Erótico Fantasía Ciencia Ficción Xxx Con ella y el acopio que habrá en casa, ¿qué mejor novela para mí que la carta que me escribas? »En espera de ella, te abraza con toda su alma tu amiga »NIEVES. »Agosto 5 de 18. «G. SHAPCOAT ESQ. »119, Grave Street-Liverpool.

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