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El parto fue muy feliz, según los luminosos dictámenes de la Facultad de Medicina de la Real Cámara y los concienzudos informes de la Prensa. Mas como vino al mundo una niña, quedaron chasqueados y cariacontecidos los que esperaban anhelantes sucesión masculina para la Corona de España. Apenas nacida la tierna criatura, descendiente de tantos Reyes y Emperadores, su dorada cuna se meció en un campo de Agramante, por el recio altercado que sostuvieron políticos y palatinos sobre si correspondía o no a la nueva Infanta el título de Princesa de Asturias. Contra el sentir general, Cánovas sostuvo la negativa, robusteciéndola con los grandes elementos de su vasta erudición. El heráldico litigio encendió los ánimos de toda la gente ociosa y formulista, y nunca hubiera terminado a no cortar la cuestión Alfonso XII con fallo inapelable. Mayores disturbios y disputas más agrias produjeron las ridículas cuestiones de etiqueta suscitadas en las solemnidades de la presentación y bautizo de la Infanta, a quien dieron el nombre de María de las Mercedes. Los Cardenales Moreno, Primado de las Españas, y Benavides, Patriarca de las Indias, se tiraron las mitras a la cabeza -valga la figura- por si correspondía al uno o al otro el honor de administrar el Sacramento. Ambos Prelados y sus parciales se lanzaron a enfadosas polémicas en lo restante del año 80, sosteniendo cada cual sus pretendidos derechos. Contienda tan ridícula no había yo visto en mi vida. Me divirtió de lo lindo. Pero aún me regocijó más el enojo de los Capitanes Generales porque, habiendo tomado asiento en no sé qué banco preferente de la Real Capilla, un palatino obligoles a cambiar de sitio diciendo que aquel era el puesto de los mitrados. ¡Jesús, la que se armó! Los Príncipes de la Milicia, así como los de la Iglesia, que en este pobre Estado español no tenían nada que hacer, pues sus funciones eran puramente decorativas y pintureras, mantuviéronse alborotados y de puntas hasta el año siguiente, sin que les aplacaran las gracias y mercedes que el Gobierno derramó sobre ellos a manos llenas. ¡Delicioso país este rincón occidental de Europa! Da grima leer la Prensa en aquellos meses.

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10 min Hermano Mayor 10 Invitados Se Desnuda -¿Qué hay de reparable -replicó don Quijote- en que ese caballero hubiese desaparecido? ¿No le viste que le protegía la sabia Linigobria, hija del soldán del Cairo, la cual habrá cargado con el por un medio maravilloso, a ver si le era posible volverle a la vida? A ser tú para juzgar de éstas cosas, lo que remueve tu socarronería te diera asunto a la admiración, y no anduvieras poniéndome dudas acerca de un hecho pasado en autoridad de cosa juzgada, no apelada y consentida, nada más que por no perder la oportunidad de mostrarte irrespetuoso y bellaco. Sancho Panza se medio resintió al ver que con tanta dureza se le trataba por uno que no era caso de inquisición, y como intentando hacer pucheritos, respondió en voz un tanto sobreaguada: -Yo digo lo que veo, señor don Quijote, sin ánimo de pedir albricias ni hallazgo. Mas el perro flaco todo es pulgas: si digo algo, miento; si no digo nada, soy un asno: como tragamallas; bebo, borracho. Y tírese por estos derrumbaderos, y rompa estas marañas, y cierre con esos gigantes, y mate esos leones, y pele esos yangüeses. Dormirá vuesa merced, señor Panza, comerá, beberá, cuando el obispo sea chantre. Pues ni de la flor de marzo, ni de la mujer sin empacho, señor, ni del amo sin conciencia. -¿Despeñarte llamas -replicó don Quijote- el ir por estos floridos campos? ¿romper marañas el deslizarte por esta blanda superficie? Sábete que nos hallamos en la Bética, donde los antiguos pusieron los Campos Elíseos, y que los que te parecen derrumbaderos son verdes campiñas, y los que juzgas matorrales salvajes son grupos de flores y plantas civilizadas y cultas. Ahora vas a ver si tomo por una áspera sierra, donde no comamos sino tueras, cúrcuma, nebrina y otras cosas amargas, para que pagues el vicio de quejarte. Sancho hizo cuanto pudo por desembravecer a su amo, pues de su cólera sacaba menos que de sus promesas. -Tome vuesa merced mi palabra -dijo- de ser el más callado y agradecido de cuanto Sancho Panza hay en el mundo, y disponga dé mí y de mi rucio como de cosa propia. En tanto que don Quijote iba dando esta fraterna a su escudero, se le desencapotaban los ojos, y concluyó por obligarle en términos del todo bondadosos a pedirle merced.

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82 min Sexo En Línea Gratis Lesbianas Chorros ¿Querés que te traiga? -¿Con ezte zolazo? Te podría dar un ataque a la cabeza. El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace nada. -Además, no me guztan. Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio. -¿Y los huevos de gallo? Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en loz floreroz, con loz penachoz de cortadera, y rezultan máz bonitoz. -¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!

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48 min Make Miss Miss Teen Usa Usa Como su hermana «La Marsellesa» -calificada de «chant vieux jeu», aunque todavía entusiasma en Lisboa,- la guillotina ha venido muy a menos. Ya tiene poco del carácter que tuvo en 1792, cuando la instalaron en la plaza de la Greve, y la manipuló el verdadero Samson, tal vez ascendiente del almirante famoso. Y ya no tiene ni pizca del carácter que ostentó en la plaza de la Revolución. Pero, a pesar de todo, la guillotina sigue siendo una atracción parisiense, como «la Morgue» y otros establecimientos siniestros, que son lo que las verrugas en un rostro bonito y acicalado, y constituyen un contraste sugestivo para ojos turbios y espíritus marchitos. Hace tiempo que echamos de menos la canibalesca orgía que precede al acto de descabezar a un reo: el transporte de la guillotina al lugar de los suplicios, la instalación y prueba de la misma, el ir y venir del verdugo, con su séquito de ayudantes en la faena de matar; el desbordamiento de figuras atroces que corren hacia el triángulo siniestro, la exhibición, en balcones y ventanas, de mujeres, desencajadas y pálidas, que se vuelven todas ojos ansiosos de mirar, mientras, detrás de ellas, los amantes las hacen cosquillas en las nucas rubias, y luego, la lúgubre aparición del reo, sus muecas de espanto, sus sobresaltos y desfallecimientos, el acto de echarle en la báscula, amarrado como un salchichón; el ruido seco del tajo al bajar vertiginosamente y el chorro de sangre, saludado por horribles bocas que exhalan, como de una alcantarilla, toda la podredumbre social. Y es cosa convenida que así, o sin guillotina, no podemos seguir. Derruído el emplazamiento que tuvo en la Roquette, que fue su última estación de parada, no se le ha designado otro, tal vez porque los gobiernos pretendan ganar tiempo para que el pueblo olvide a «la Viuda»; pero el pueblo no la puede olvidar, y la crónica la recuerda periódicamente, consignando que estamos sin guillotina y que no descabezamos a reos de muerte porque no tenemos sitio a propósito para descabezarlos. Así fue que ayer hubo manifestaciones de verdadero entusiasmo en el antiguo emplazamiento del «Rastro» parisiense que se llamó «el Temple». Salida de no se sabe dónde, apareció allí, según refieren los periódicos, una guillotina. Verla y entusiasmarse aquel tenebroso barrio fue todo uno. Contemplábanla casi con amor, y pasábanle las manos, como acariciándola, las comadres, y una turba de apaches, con sus correspondientes apachas, ellos y ellas provistos de antorchas resinosas, bailaron alrededor del triángulo un monstruoso «cakewalk», que hubiese enrojecido las caras, aunque son negras, a los súbditos de la ex-Reina Ranavalo. Explicada la equivocación, y habiendo cargado unos guardias con la máquina del doctor Guillotin, los espectadores, decepcionados, gritaban: «Rendez-moi ma potence de bois» «Rendez-moi ma potence»! Variante de: «Rendez-moi mon cochon»! Y una tristeza profunda invadió el ambiente. Porque hay que dar al espíritu, como al cuerpo, lo que es suyo, y sin «sangrar» a alguien no se puede vivir a gusto.

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60 min Vintage Hammond M3 Organ Lexington Ky No importaba; yo no quería pensar sino en el toro. Tenía que estar quebrado. Quería que estuviese quebrado. A unos metros lo vi intentando enderezarse. Estaba como pegado por el tren trasero en tierra. Me miraba fijamente. -Lo ha de haber quebrao del espinazo -decía Patrocinio. El lobuno se levantó, sin dar señas de estar estropeado. Era manso y podía dejarlo así, rienda abajo. Yo sentía el brazo derecho completamente caído y el hombro me hormigueaba como cangrejal. Comprendí lo que me pasaba. Me había quebrado la eslilla y. tal vez tuviera el brazo sacado. Entretanto Patrocinio le había puesto el lazo al toro. Me acerqué.

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